Autor: Josep Burgaya

¿Quién se lo traga?

El actual gobierno de la Generalitat y muy especialmente su presidente Artur Mas han demostrado una notable habilidad en el recurso a lo místico y poético de la política, pero más bien poca destreza en convertir ideas genéricas en proyectos viables y materializables, es decir, en lo que sería la prosa política. La queja sistemática por la falta de recursos y la apelación a un futuro soberano del que se sigue sin explicar cómo llegar, han sustituido la gestión de los asuntos colectivos en los últimos años en Cataluña, así como una notoria falta de capacidad de acción y ausencia de políticas que pudieran confortar a una ciudadanía que, algunos más que otros, lo está pasando mal de manera muy notoria. La imaginación no ha dado para más que para recortar los servicios públicos básicos y para dar carnaza al sector privado que trata de convertir en negocio algunos aspectos de los pilares del estado del bienestar. Aunque nos pasamos el día oyendo que se necesitan crear estructuras de Estado, tampoco pasa día en que algunas ya existentes no se troceen y privaticen. Léase, por ejemplo, el sector sanitario.

Que la euforia política y ciudadana que los últimos años ha habido en torno al soberanismo ha sufrido un cierto declinar en los últimos tiempos parece bastante evidente. Creo percibir que lo que ha mermado no es la convicción de una gran parte de la ciudadanía que quiere decidir sobre diez futuro y que justamente aspira a otra futuro, sino la confianza en unos liderazgos políticos que al entorno de las ilusiones colectivas han acabado para escenificar un sainete de intereses particulares y de cortedad de miras bastante decepcionante. La evidencia de que las ínfulas patrióticas de algunos son sólo un recurso para no quedar descabalgados y para mal disimular el haber utilizado el país -y pretender de continuar haciéndolo-, como si fuera una auténtica finca privada. Todo lo que rodea a los últimos episodios económicos de la extensa familia pujolista es indicativo de cómo en Cataluña hemos estado en babia, como hemos adorado falsas divinidades que tenían intereses exclusivamente pecuniarios. Como en la mala magia, la ciudadanía ha visto el truco y ha entendido que el radicalismo patriótico, para algunos, es poco más que un instrumento para el engaño y para ganar tiempo. ¡Ya escampará!.

Para muchos ciudadanos, los malestares políticos y económicos de los últimos tiempos están asociados. Que el pacto de la transición está periclitado y que el encaje o no de Cataluña y España se realizará sobre nuevas bases, parece mayoritariamente aceptado. Existe una ciudadanía que no cree que haya un «eje nacional» que desplace y entierre «el eje social», al contrario, que entiende que la Cataluña futura sobre la configuración de la cual se quiere pronunciar, debe ser más justa «o no será». En unos tiempos de desigualdad social llevada hasta el paroxismo, de una precariedad económica y laboral casi generalizada, de unas clases medias fulminadas, en tiempos en que sólo tributan y sostienen los restos del estado del bienestar las rentas del trabajo; no parece que ningún gobierno pueda disponer de credibilidad y sostenerse sin actuar en el día a día, sin gobernar, apelando a teóricas estructuras de Estado futuras. Se pretende reanimar la parroquia afirmando que los próximos meses si se gobernará, que se pretende erigir las nuevas estructuras de la Cataluña futura, en una especie de salto adelante, de aparentes hechos consumados, que no es sino fanfarria, un salto al vacío.

Martín Caparrós. El hambre

Me tengo por un lector bastante compulsivo, pero también con el tiempo me he ido tornando bastante exigente. Suelo elegir bastante lo que leo, dado que se publica mucho y necesitaríamos vivir varias vidas para disfrutar sólo de los libros que valen la pena. Hay que acabar siendo un poco selectivo. No pretendo hacer una frase hecha al decir que el libro del periodista y escritor Martín Caparrós es de las mejores cosas que he leído en los últimos tiempos. Me ha entusiasmado el contenido, pero me ha conmovido la manera nueva e imaginativa de explicar un tema del que se ha hablado tanto que ya parece reiterativo y que no haya forma humana de contarlo diferente. Con el argentino Martín Caparrós había una manera aún más demoledora y literariamente cautivadora de narrarlo.

Uno de los mejores ejercicios de esto que estilísticamente se ha llamado el «nuevo periodismo» y que consiste en articular adecuadamente la narración y explicación de temas cruciales con formas atractivas y que te atrapen como lector. No creo que se pueda hacer un mejor homenaje al periodismo, al buen periodismo que este libro. Periodismo comprometido y de denuncia, profundamente trabajado, reflexionado y viajado. He leído bastante sobre la pobreza, sobre la desigualdad económica y social, sobre los «cómos», los porqués y sus causas. Me faltaba leer este libro para situarme en la piel de la pobreza, sentir el olor que sienten los que no saben si hoy se podrán alimentar a sus hijos y que ya han enterrado algún debido a las enfermedades que acompañan a la desnutrición, hacerme las preguntas lógicas y de sentido común para no aceptar una situación insostenible.

Hay cosas que no progresan adecuadamente. Una capacidad productiva creciente que nos lleva a malgastar una parte importantísima de productos, incluidos los alimenticios, coexiste con una falta de todo expansiva y creciente de un número cada vez mayor de personas. En El hambre (Anagrama, 2015), Martín Caparrós nos confronta en la economía y la sociedad sin sentido que hemos construido, donde la mitad del mundo sufre problemas de obesidad y la otra mitad problemas de carencia de lo más básico. Recorre los escenarios, la geografía del hambre y la miseria en África, en India o Bangladesh, pero también las formas del «OtroMundo» que proliferan en nuestras ciudades. Analiza también los notorios contrasentidos de la producción alimentaria, la de convertir cereales en combustibles, de la nefasta ineficiencia de invertir muchas calorías de origen vegetal para obtener muchas más pocas en carne, de especular con los alimentos financieramente con futuros, lo que consigue el despropósito que su precio sea allí donde se produce tan caro como en nuestro mundo occidental, no fuera el caso que los necesitáramos. Mientras 2.000 millones de personas tienen que sobrevivir con menos de 1,5 dólares diarios, a los 75 millones de vacas de la Unión Europea le dedicamos 3 dólares diarios a cada una para alimentarlas. Algo hay de error en todo esto.

El libro es elocuente, emocionante y te subyuga. Una parte importante de la humanidad sufre de hambre física y la incertidumbre insoportable de si mañana podrá comer y si sus hijos sobrevivirán o malviviran por falta de las calorías imprescindibles. La mayor parte de la población no sabe que es comer otra cosa que no sea día tras día el mismo cereal, y aún gracias si tiene. La diversidad alimentaria, las dietas completas y variadas son sólo para una parte de la población. La gastronomía, el gusto personal en relación a la comida es para la mayoría de la población mundial una entelequia que no les tiene ningún sentido. Lo mejor en relación a la comida es imaginar que tienen el suficiente, que un día se podrán saciar ellos y los suyos. Esta es la perspectiva mientras la otra mitad de la humanidad derrocha y buena parte del que dispone en abundancia termina en la basura en una u otra parte del ciclo. Estamos ante un libro, magnífico. Un libro incómodo, pero de ineludible y apasionante lectura. Un libro que, si aún hubiera el hábito de la lectura, debería ser obligado a las facultades de periodismo y las de economía. Sus 800 páginas seguro que son una montaña demasiado alta para que la suban los en buena parte iletrados universitarios actuales. Para los que la aventura de la lectura todavía os gusta, os lo recomiendo absolutamente. Los libros no cambian el mundo, ciertamente, pero los buenos al leerlos nos cambian un poco a nosotros. Afirmo que éste lo hará. Las percepciones de algunas cosas no serán las mismas después de hacerlo.

Entre el hambre y la obesidad

Desde hace décadas se nos ha educado en la bendición que supone poderse alimentar de manera suficiente y regular, como también de manera variada y completa, frente al castigo divino que sufren aquellos que poder comer es más una excepción más que una norma y que, cuando lo hacen, lo que se pueden llevar a la boca es insuficiente, poco agradable y equilibrado, ya menudo nocivo por las condiciones deficientes en que se encuentra. (más…)

Ahorro empobrecedor

El Gobierno acaba de aprobar, en nombre de la homologación europea, la rebaja de un año en la duración de los grados universitarios, para imponer el modelo conocido del 3+2, es decir, que si se quiere disponer de un título universitario que sirva de algo hay que cursar dos años de Máster tras obtener en tres la titulación de Grado. (más…)