Autor: Josep Burgaya

Al final de la escapada

Es el título de una magnífica película de Jean-Luc Godard. Spoiler: termina mal. Después de meses y meses de un espectáculo que el país no merece, parecería que finalmente la ficción de unidad independentista se ha dinamitado. Que el socio de gobierno te amenace con una moción de confianza en pleno debate de política general, es sin duda un exceso que el presidente de la Generalitat no podía aceptar si quiere mantener una mínima dosis de autoridad. La personalización de las desavenencias con el cese del vicepresidente y máxima figura de Junts dentro del Govern, es más que una invitación a que se marchen. La situación era insostenible no desde hace meses, sino casi desde sus inicios. Desconfianza, deslealtades, posiciones confrontadas, bloqueos, desgobierno… Resultaba evidente que la estrategia de ERC de mantener la independencia sólo como objetivo final, pero dedicándose al realismo de gobernar y concertar algunos avances con el gobierno central por medio de la mesa de diálogo, tenía poco que ver con pretensiones de declaraciones unilaterales de sus aliados que tampoco explicaban cómo pensaban llevar a cabo. La estrategia de Junts ha sido la de hacer continuas afirmaciones grandilocuentes sin posibilidad de materializarlas, manteniendo la ficción y el engaño inicial en que se basó todo lo que ocurrió en el 2017. Puro voluntarismo sin posibilidad alguna de factibilidad. Afortunadamente, ERC, aunque con dudas e idas y venidas decidió abandonar el callejón sin salida.

Junts ha sido durante este tiempo una auténtica olla de grillos, con almas y estrategias internas difícilmente conciliables. Incluso algunos de sus líderes parecen representar posiciones confrontadas y contradictorias a lo largo del día. Se habla de un alma convergente, derechista y realista, con vocación de gobierno y de pretender la estabilidad. Algunos de sus consejeros realmente parecen tener esa forma de actuar. Pero de forma obvia son minoría en un partido convertido en una agregación donde predomina lo emocional y que Carles Puigdemont se ha cuidado de llevarlo a una actitud rupturista y antisistema. Casa bastante mal hablar seriamente de presupuestos y al mismo tiempo hacer ruido de proclamas del tipo “lo volveremos a hacer”. Directivos de la Caixa y radicalismo independentista no es que casen mal, sino que no resultan creíbles. En el otro extremo está el egocentrismo sobreactuado, casi naíf, de Laura Borràs y su club de fans. Víctima del personaje caricaturesco que ha creado, no ha dudado en llevar al Parlament de Catalunya al descrédito más absoluto. Es alguien que no encaja en una estructura de partido, ni siquiera en uno tan diverso y plural como Junts. Tiene vocación de liderar un movimiento personalista a su alrededor. Tiene ínfulas de Evita Perón de clase alta y puede acabar siendo la versión catalana de Giorgia Meloni. En medio de tanta diversidad e inflación de egos, una persona sensata como Jordi Turull ha intentado embridar a un partido imposible y una serie de estrategias impracticables. Convergencia y el ecosistema convergente ya no existen. Deberían asumirlo. Se acabó cuando Artur Mas se encaramó a la ola independentista.

En un país en el que la política fuera por caminos más convencionales, racionales y razonables, el gobierno habría finiquitado el miércoles por la noche. Pere Aragonès podría optar por ir a elecciones o alargar un poco la legislatura para esquivar las inminentes elecciones municipales y españolas, obteniendo un apoyo parlamentario discreto del PSC y de los Comunes. Probablemente esto no irá así y viviremos episodios de enfrentamiento fraternal del independentismo. En Junts están obsesionados con liderar el movimiento y nunca han aceptado que los resultados electorales dijeron otra cosa. No se irán del Gobierno de forma fácil. Lo alargarán. Alegarán una consulta a la militancia para decidir. El resultado, bloqueo y un in crescendo de grotesco espectáculo. Para acabar de abonarlo, estamos a las puertas del quinto aniversario de los hechos del 1 de octubre. Un contexto que juega a favor de proclamas emocionales y en la práctica del irredentismo. También para echarse, aún más, los platos por la cabeza. Continuamos anclados al querer conmemorar cosas que más bien requerirían de quien las protagonizaron buenas dosis de autocrítica. Pero la programación de TV3 de la última semana lo sigue evaluando de forma épica y gloriosa. Se rompió la sociedad catalana, se vulneraron las normas básicas de la democracia y se llevó al país al bloqueo y la frustración. ¿Qué hay que celebrar?

En defensa del impuesto de patrimonio

Una vez más el PP cae en la demagogia y se presenta como el defensor de bajar impuestos. Más allá que bajar impuestos en un país donde la presión fiscal está por debajo de la media de la Unión Europea no resulta muy lógico, ya que se debilita la posibilidad de financiar unos buenos servicios públicos, ya resulta aleccionador que sólo se bajen o se hagan desaparecer aquellos que afectan a los ricos. Primero fue la Comunidad de Madrid donde Díaz Ayuso para presentarse como el símbolo del libertarismo fiscal hizo derogar los impuestos de Sucesiones y de Patrimonio, con la pretensión de que empresas y grandes fortunas se ubicaran en este paraíso fiscal en la española. Y, ciertamente, algunos lo han hecho, aunque suelen presumir de ser más catalanes que la virgen de Montserrat. Ahora la subasta tributaria continúa con Andalucía, donde su presidente no sólo presume de hacer de su comunidad un pseudoparaíso fiscal, sino que blande el argumento de querer atraer dinero y empresas catalanas de forma abierta y explícita. Establecer una competencia territorial a base de bajar impuestos es una irresponsabilidad, se mire por donde se mire. Si a menudo se argumenta, de manera lógica, que es necesaria una armonización fiscal dentro de la Unión Europea para evitar dinámicas de subasta y de refugios fiscales que debilitan a todos los países, desarmonizar la tributación dentro de uno de los Estados, resulta una inmensa marcha atrás. La estrategia política es clara: crear conflictos entre comunidades y generar cierto caos tributario, un juego de trileros, para beneficiar a los de siempre. Las necesidades de recursos públicos les parece un tema secundario.

Sería bueno recordar algunas cosas básicas al respecto. La primera, que los Estados para prestar los servicios públicos imprescindibles y hacer frente a sus obligaciones requieren de ingresos suficientes y, esto, está aceptado de forma general que la mejor manera de hacerlo es a través de un sistema impositivo que sea ​​justo, universal y proporcional a los ingresos y riqueza de cada uno, es decir, con progresividad. Esto es posible, especialmente con los impuestos directos, donde la contribución se realiza según la renta, y no con los indirectos (IVA), ya que éstos gravan a todos por igual más allá de ingresos y riqueza. Sin embargo, un segundo aspecto, relevante, es la función de limitar a través del sistema impositivo la dinámica al crecimiento de la desigualdad económica. No se trata de hacer “igualitarismo” a través de este mecanismo sino tal y como ya indicaba Keynes hace casi cien años, de poner límites a una desigualdad que acaba por resultar tóxica tanto por el funcionamiento de la propia economía como para la cohesión de la sociedad. Es en este punto que el Impuesto de Patrimonio resulta especialmente importante. Más allá de que el ingreso neto que significa no es nada despreciable, más de 500 millones anuales en el caso de Cataluña, tiene un carácter simbólico, colabora en reforzar la idea de que aquellos que más han obtenido devuelven una pequeña parte a la sociedad. Justamente por eso, este impuesto no grava los patrimonios familiares realizados a golpe de ahorros y muchos esfuerzos, sino sólo a aquellos que tienen bienes netos superiores a 700.000 euros. Esto afecta sólo al 1% de la población. Un impuesto que, como siempre que hay que pagar da pereza, pero que es justo en términos de equidad. Su supresión en Andalucía significa que dejan de contribuir las 19.000 personas más acomodadas, con un patrimonio medio de 2,7 millones de euros y una contribución también media de unos 5.000 euros anuales. La comunidad dejará de ingresar unos 100 millones de euros y los más ricos lo serán algo más. Toda una frivolidad cuando Andalucía resulta perceptor neto de los fondos de solidaridad en la financiación autonómica. Pero, más preocupante, la “guerra” que se abre y el mensaje que se envía a la sociedad. Dirán, como afirma siempre la derecha, que “los impuestos el mejor sitio donde pueden estar es en el bolsillo de los contribuyentes”. Quieren decir, en el bolsillo de los de siempre.

¿Todos monárquicos?

Estamos viviendo un empacho de necrofilia real. Es obvio que la muerte de una monarca que ha reinado más de setenta años en un país de la significación de Gran Bretaña es un hecho noticiable. Pero ¿tanto? Y no es sólo el tiempo y el espacio dedicado en los medios, que está siendo ingente, sino un enfoque que más que informativo resulta tópico, lagrimal, hagiográfico y anecdótico, más propio de la revista Hola que de medios de comunicación que pretendan proporcionar información equilibrada y suficiente, analítica, y no tan excesiva y edulcorada. Estamos ante una de esas profecías autocumplidas. Se habla todo el día de lo mismo, se hacen mil y un programas especiales y entonces se afirma que se hace porque a los oyentes les interesa y son muy sensibles a la cuestión. Se trata de crear una necesidad para después poder argüir que la satisfacemos. Está fuera de toda duda que la relación de la población británica con la monarquía es algo especial. La mayor parte de los ingleses le tienen un respeto reverencial, incluso los republicanos, a la vez que disfrutan de forma cruel con las muchas miserias familiares que la familia real les ha proporcionado. Ciertamente han tenido una relación muy singular con Isabel II, una monarca más bien discreta, que le han visto a lo largo de toda su vida desde la Segunda Guerra Mundial y que parece suplir o complementar a cada uno de ellos la figura de la madre. Pero que los británicos se las compongan con sus particularidades y sus problemáticas psicosociales mal resueltas. Pero a nosotros, ¿que nos aporta más allá de una distracción malsana?

La monarquía británica, afortunadamente, tiene sólo y exclusivamente un papel simbólico. Es allí donde se estableció el principio de que «el rey reina, pero no gobierna». Pero es obvio que es una institución caduca que de nada sirve querer adjudicarle unos valores que no tiene. La realeza de Gran Bretaña es especialmente rancia y costosa. Sus exposiciones públicas y los quehaceres familiares resultan más bien patéticos. Acumulan una de las fortunas más importantes del mundo, se habla que unos 80.000 millones de libras entre todo. Son la primera inmobiliaria del país, propietarios de calles enteras de Londres e incontables fincas rústicas, tienen intereses en todos los sectores de actividad, exhiben formas y lujo de carácter medieval y son el mal gusto personificado. Tienen formas peripuestas, distantes, mientras se muestran en sus palacios medievales o en los hipódromos. Un mundo en escombros. La última reina decía que el secreto de su éxito era «no hacer ni decir nada», y esto se esgrime como una muestra de gran inteligencia política. Durante el reinado de esta monarca que ahora se entierra por etapas, la grandeza del antiguo imperio se ha devaluado hasta el máximo mientras mantienen una ficción de serlo todavía con una Commonwealth que ya no se creen ni ellos. Todo en la monarquía británica recuerda su pasado colonial y las derroches y saqueos que practicaron cuando eran la gran potencia que dominaba el mundo. Todo tan destartalado como los innumerables bolsos que ha traído a la gran dama y de falso brillo como la colección de más de cinco mil sombreros de gusto dudoso que dicen acumula. De todo esto, de un mundo que más le valdría desaparecer ahora lo hacemos noticia y lo vendemos como una expresión de los valores democráticos.

Creo mucho más dignos de luto y trascendencia los referentes del mundo de la cultura universal que, en coincidencia, nos han dejado estos días, desde un escritor insuperable como Javier Marías hasta la magnífica actriz Irene Papas, o la desaparición de dos grandes cineastas como Jean-Luc Godard o Alain Tanner. Los echaremos de menos, a ellos sí, pero a cambio nos dejan un legado de inmenso valor que no se extinguirá. Nosotros y las próximas generaciones disfrutaremos el lenguaje preciso de Corazón tan blanco, nos impresionaremos con la capacidad interpretaba en Zorba, el griego, admiraremos la sutileza fílmica de la Nouvelle Vague y la magnífica y singular À bout de souffle, nos emocionaremos volviendo a ver la Lisboa de En la ciudad blanca. Obras que merecen la pena y que pervivirán. De los monarcas opulentos, antiguos, hieráticos e insulsos podemos olvidarnos.

Chile como muestra

En América Latina se va consolidando un nuevo giro hacia la izquierda en buena parte de los países, en una edición renovada de lo que fueron los regímenes nacional-populares de la primera década de siglo y que tuvieron su reflujo en los últimos años. Hay ejemplos muy interesantes, aunque en algunos países que a veces se contabilizan resultan indefendibles y donde no se superan ni mucho menos los estándares democráticos, como serían los casos de Venezuela o de Nicaragua. Pero existen modelos a tener en cuenta de transformación económica y social como los de Bolivia, una primera vez de ensayo de gobierno progresista en Colombia y el siempre dudoso y contradictorio kirchnerismo en Argentina. Será clave si en Brasil se logra deshacerse del ultraderechista Jair Bolsonaro y vuelve Lula y sus políticas de desarrollo e integración social. Seguro que, si lo consigue, dará un empujón y liderará las izquierdas democráticas del continente.

Chile es un caso muy particular y tras el fracaso de la nueva constitución que fue rechazada en referendo, con un futuro político bastante incierto. Las movilizaciones populares de hace tres años contra el pinochetismo que todavía estaba constitucionalmente vigente y en demanda de políticas económicas y sociales más inclusivas comportaron que, en las últimas elecciones se impusiera el líder de la nueva izquierda hecha y crecida en la calle. Se había logrado derogar por referendo lo que quedaba de la era dictatorial de Pinochet, pero se erró al plantear una nueva constitución elaborada por un movimiento popular. El resultado, un texto inmenso donde todo el mundo quiso hacer constar su agravio, muy avanzado y que ponía sobre la mesa multitud de temas ligados a las identidades y que, por defendible e interesante que fuera, iba mucho más allá de la mentalidad media de la sociedad chilena. El error de Boric y su movimiento fue el de confundir las ideas de las movilizaciones del 2019 con el pensamiento del conjunto de una sociedad ideológicamente más bien derechista. El método elegido para elaborar el nuevo texto constitucional favorecía un fuerte sesgo radical. El nuevo presidente del país no sólo tuvo un revés en el plebiscito, se le infligió una dura derrota política. La derecha chilena, muy potente, sabe que ha recuperado la iniciativa política y que la izquierda en el poder queda paralizada, dividida entre facciones, prisionera de una estrategia equivocada.

La república chilena es un país con unas élites económicas y sociales muy poderosas. Desde la instauración con la dictadura en los años setenta de los principios más extremos del neoliberalismo de la Escuela de Chicago, la capacidad de intervención y regulación de los gobiernos es mínima. La desigualdad económica y la polaridad social muy grande. Las grandes familias casi siempre han actuado con total impunidad y, cuando ha sido necesario, con el garrote de los militares para contener cualquier ínfula de reclamación social. Aunque las grandes cifras de la economía le hacen parecer un país con buen dinamismo económico, la realidad es que depende en exceso de la exportación de materias primas, especialmente del cobre y de su subordinación, en todos los sentidos, respecto de los Estados Unidos. Todo está privatizado y el Estado, al menos hasta ahora, no tiene instrumentos ni capacidad para mitigar con intervención económica y programas sociales los graves problemas de desigualdad y exclusión. La izquierda, más que resolver los grandes problemas, se ha centrado en temas simbólicos, en libtar lo que ahora se llaman las “guerras culturales”. Y como en todas partes, en este envite, la derecha suele moverse muy bien aprovechando los descontentos y temores no sólo de los suyos, sino también de esos excluidos que sufren por perder sus referentes, la cultura social que ellos conocían. De paso, cuando el conflicto político se produce en este ámbito no material funciona de forma magnífica como maniobra de distracción de los aspectos estructurales que serían los fundamentales de plantear. Los debates identitarios son siempre una trampa para obviar los temas económicos y sociales. Como en Chile, con demasiada frecuencia el progresismo de todas partes cae en esta celada.

La nueva extrema derecha

El Partido Popular Europeo acaba de dar luz verde y reconocimiento a la alianza de la extrema derecha italiana. El conservadurismo continental abre la puerta así a que la derecha y la extrema derecha cooperen para recuperar el poder donde no lo disfrutan. Una buena noticia para el Partido Popular y Vox en España, no sé si tanto por el mantenimiento de los valores democráticos. Deberemos convivir con las nuevas formas que toma la extrema derecha así como con cierta convergencia con una derecha tradicional que no está dispuesta a mantener ningún cordón sanitario con sus formulaciones más extremas, de lo contrario dichas fascistas. De todas formas, el concepto de fascismo utilizado como sustantivo o como adjetivo para definir las nuevas derechas radicales, ha quedado obsoleto y resulta impreciso puesto que en la versión actual no son totalitarias, antidemocráticas, violentas o militaristas. Es cierto que hay muchos matices en el campo de estas vías políticas. En la misma Italia, cuna del fascismo originario, conviven al menos tres grandes opciones en la parte más diestra del arco político: Forza Italia, de Silvio Berlusconi; la Lega, de Matteo Salvini y, por último, los Fratelli de Italia, de Giorgia Meloni. Todos ellos, por su forma de acción política, pueden ubicarse dentro de la derecha populista, pero en ningún caso son “fascistas” en sentido estricto. Quizás Meloni se asemeja más al fascismo por su capacidad de constituir un movimiento dentro del cual los despalillados tienen un gran papel, pero entre sus objetivos no se vislumbra la construcción de un estado totalitario, la liquidación del sistema democrático, o bien el establecimiento de una economía dirigida en un estado corporativo. En Francia, el Frente Nacional tenía en sus orígenes un planteamiento de extrema derecha más clásica, pero el giro que le dio Marine Le Pen hace ya un par de décadas, dejó atrás los planteamientos más duros y las ínfulas totalitarias estrictas. Lo mismo valdría para Vox en España, e incluso para el Fidesz de Orbán que gobierna Hungría. Hay quien recurre al concepto de “neofascismo” para definirlos, pero esto implicaría que estamos ante una actualización formal de la versión originaria.


En realidad, estamos ante planteamientos bastante distintos del totalitarismo de los años treinta, aunque utilicen en ocasiones la simbología y la mística o los cantos de aquellos. Los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación distinta tanto con la violencia como con la democracia. Su defensa del pueblo contra las élites no implica querer crear un orden nuevo. Más bien, disciplinar la existente y servir de maniobra de distracción de los cimientos de los problemas actuales. El uso de la violencia no es su leitmotiv ni un elemento cohesionador, como tampoco el establecimiento de un régimen político nuevo que desplace al sistema democrático. Son partidarios de una democracia iliberal, como lo definió de forma precisa el húngaro Viktor Orbán, reajustando los papeles a la división de poderes y estableciendo una preeminencia clara del poder ejecutivo. Pese al euroescepticismo, no parece que entre sus objetivos figure el dinamitar la Unión Europea, a pesar de sus críticas y las implicaciones políticas con un Vladimir Putin que, este sí, aspira a debilitar a la unidad europea a través del papel de estos partidos . Prácticamente todos ellos son partidarios de mantenerse en el euro y sólo una crisis económica de mucha envergadura podría hacerles tomar el argumento del abandono como elemento de cohesión de los sectores más excluidos en el marco de la dinámica de polaridad extrema en el que se opera. La extrema derecha actual no es un producto estrictamente ideológico. El fascismo si lo era. Tenía un pensamiento y un imaginario utópico ligado a la creación de un hombre nuevo, la lucha contra el enemigo comunista y el objetivo de alcanzar la grandeza nacional. Los actuales extremistas sólo tienen una estrategia de empleo del poder.
La derecha extrema actual es una reacción al vacío de representación de las clases subalternas, la recogida de malestares e irritaciones diversas entre una población desarraigada y enfrentada a un futuro extremadamente incierto en este siglo y que entiende que resultó la perdedora de la globalización económica y no se siente reflejada en las batallas culturales e identitarias que tiene planteada la izquierda. De ahí que les exasperen ciertos extremos de la lucha feminista, la puesta en cuestión de los géneros binarios, los temas medioambientales o el exceso de corrección política. Esta extrema derecha, más que representarlos y proponerles un nuevo futuro, les permite un desahogo. Estos planteamientos tienen un contenido ideológico fluctuante e inestable, a menudo incoherente, en el que se mezclan filosofías políticas en contradicción abierta. Esto se ve claro en el Frente Nacional francés, donde desde sus orígenes conviven los nostálgicos de Vichy, católicos integristas, poujadistas, colonialistas, nacionalistas, comunistas desencantados, xenófobos… Todos los desarraigos y resentimientos posibles.

El Govern i el topless

Esta semana, mira por dónde, se celebraba el día mundial del topless. Hay días para todo. Como el gobierno de la Generalitat que tiene una consejería de Igualdad y Feminismos y no va sobrada de trabajo, ha creído conveniente aprovecharlo para aleccionarnos y hacer una campaña publicitaria en la que estimula a la práctica del topless en nombre de superar la discriminación de género al respecto. Se ve que una asociación de nombre tan elocuente como el de Pezones Libres, ha sido la inductora de una campaña donde, qué curiosidad, en la parte gráfica se muestra el pezón de un hombre y no aparece ninguna mujer. Que yo sepa, la práctica del toples no sólo no está prohibida, sino que se practica con toda normalidad por aquellas personas que les apetece y se sienten cómodas. No veo ni siento ninguna reacción airada de nadie que se sienta ofendido por tal cosa. Normalidad. Quien quiere lo hace, pero nadie está obligado a hacerlo. Aceptación y tolerancia por parte de todos. Los tiempos del blanco y negro de gente puritana y falsamente beata que reaccionaban estremecidos ante unos senos femeninos al descubierto hace mucho tiempo que han pasado a la historia. Afortunadamente. ¿Qué sentido tiene esta campaña, entonces?

Ciertamente realiza una función de sustitución de ocuparse de los problemas reales, de distracción. A medida que los gobiernos, todos, han ido quedando incapacitados para actuar sobre problemas estructurales, suelen actuar en terrenos simbólicos como vía para conformar un grupo de afinidad. Ya hace años, existe un progresismo más bien de postureo que de realidad al que le encanta librar batallas culturales en lugar de cambiar el contexto en el que nos vemos obligados a desarrollar nuestras vidas. Existe una desigualdad creciente que arruina el concepto de sociedad, sus lazos y sus solidaridades. Hay una cada vez más precarización en el mundo del trabajo, más gente excluida y pobre. Tenemos problemas por falta de viviendas asequibles y las situaciones de pobreza aumentan, mientras hemos medio desguazado el Estado de bienestar. Podemos continuar. Tenemos el calentamiento global, el cambio climático, el envejecimiento de la población, la sobrepoblación, la falta de expectativas para los jóvenes, ciudades sucias, una turistificación insoportable en las ciudades… Como ni se sabe ni se tienen muchos instrumentos para actuar frente a los retos de verdad, nos distraemos en temas de valores sobreactuando y pontificando.

Lógicamente, no es que el tema de la igualdad y los feminismos no sea importante. Lo es y mucho, pero tiene que ver con la necesidad de cambios culturales y de mentalidad que, alcanza a la esfera personal y, en todo caso, deberían impregnar toda la obra de un gobierno. No tiene sentido, y en ocasiones se generan reacciones contrarias, cuando se crean departamentos cuya función, creen, es la de ejercer de comisariado. Por la misma regla de tres, debería haber ministerios o departamentos que se ocuparan de la libertad, de la fraternidad, de la empatía o del buen humor. Que sea deseable, que aspiremos a que la sociedad avance hacia estos valores, no implica que sea necesario un departamento de gobierno. Éste, el sentido de su existencia es gestionar y promover políticas públicas. Para la sensibilidad, la espiritualidad o del espíritu cívico como ciudadanos no necesitamos leyes, reglamentos ni declaraciones de buenas intenciones de los gobernantes. Éstos, que se ocupen de mejorar las condiciones materiales de nuestra existencia o, como mínimo, que no las empeoren demasiado. Al menos yo, no encuentro demasiado progresista estimular batallas culturales con la derecha más reaccionaria, que es de hecho lo que se busca con este tipo de campañas. Así, se crea un “nosotros” y un “ellos” que sirve sobre todo para alinear bandos opuestos y cohesionar cultural y políticamente a los “tuyos”. La forma de crear una polaridad que no lleva a ninguna parte más allá de aumentar la crispación. No contribuye al avance de la sociedad y más bien a su retroceso. La derecha extrema, o no tanto, se mofará y levantará el grito en el cielo. Gente que no es reaccionaria, que tiene problemas e incertidumbres que no se le ayuda a resolver y que no es carca, se apuntará. Lo hará porque se ha hartado de tanta impostura.

Trump en la Rambla

Se acaba de conmemorar el quinto aniversario del atentado que tuvo lugar en la Rambla de Barcelona. Como la finalidad del terrorismo, es esto, crear el máximo dolor posible y la muerte de cuantas más personas mejor, eligió de forma improvisada este lugar tan concurrido y emblemático de Barcelona, ​​sabedores de que además del mal cometido, tendría una repercusión mediática global. La forma de la acción barcelonesa, con una furgoneta encarando y atropellando de manera voluntaria a todos los peatones que encontraba a su paso, fue especialmente brutal y despiadada, además de dejarnos claro que infligir tanto daño es relativamente fácil, sólo hace falta tener la voluntad y la falta de moralidad para hacerlo. Preocupó, además, como jóvenes que aparentemente hacían vida normal, que vivían bastante integrados en ciudades catalanas, se podían fanatizar en relativamente poco tiempo y de manera poco visible, hasta querer dañar lo que hasta hacía poco compartían. Captamos la vulnerabilidad y la inseguridad para todos que representa el fanatismo extremo. Cómo es un arma poderosa, incontrolable e incomprensible, un punto de fuga a las frustraciones que parece tener poco que ver con los valores de bondad y respeto a la vida humana que preconiza cualquier religión.

Es propio de sociedades democráticas condenar de forma unánime cualquier acción terrorista y no darle a la violencia ninguna brizna de justificación. También debería ser consustancial a la noción de ciudadanía apoyar a todos aquellos que han sufrido los efectos de esta violencia ciega. En las Ramblas, en agosto del 2017, fue mucha la gente que vio destrozada a su familia y su vida. De mantener el apoyo en el tiempo no sabemos mucho, y las instituciones que deberían hacerlo en nuestro nombre, tampoco. Con sucesos de este tipo, las declaraciones contundentes e impostadas de los primeros momentos, en caliente, tienen poco recorrido. Los afectados, la gente a la que el dolor de los hechos le va a durar, pasan pronto de la condición de mártires a la de olvidados. Habría que ser mucho más empáticos. No abandonar a quienes sufren es un deber de las instituciones de cualquier sociedad sana, como lo es cumplir con sus obligaciones y compromisos. Hacía falta este recuerdo y reconocimiento cinco años después, pero por el camino se nos ha olvidado apoyarles, ayudarles más allá de las palabras amables. Tal y como habíamos dicho que haríamos.

En este contexto de dolor y sensibilidad a flor de piel, resulta incomprensible que hubiera cientos de personas organizadas y movilizadas para reventar un acto de estas características, que no se tuviera ningún aprecio para los muertos ni para sus familiares convirtiendo lo que debía ser solidaridad y recogimiento en un acto con pretensiones políticas. Hay sectores del independentismo, espero que pequeños, que han perdido completamente la carta de navegación y se comportan como la derecha extrema que opera en tantos otros países y que, por ejemplo, intentó ocupar el Capitolio de Washington en nombre de Donald Trump. Portadores de teorías conspiranoicas y verdades alternativas, niegan los hechos y las investigaciones oficiales para erigir una pretendida connivencia, o vete a saber si organización, de la policía española con el atentado. Se ve que, en este caso, también la culpa debe ser de España. Una parte del país se ha instalado en una irrealidad y tiene unos comportamientos antidemocráticos que nos acaban por afectar a todos y nos degradan como sociedad, porque no son anecdóticos, sino que se repiten y mantienen a la ciudadanía fracturada. Como se vio este día, las acciones no son nada espontáneas y responden a una organización y líderes políticos que jugando a una rebeldía impostada, están dispuestos a hacer tierra quemada. La visión de todo ello resulta triste e indignante. Lo preocupante, es que esto no es algo puntual ni agua pasada. Seguro que continuará, porque viven inmersos en estos happenings. El país ya ha perdido muchas sábanas en esta colada que dura una década. Quizá sea la hora de que aquellos que dicen apostar por el camino de la razón y poner el acento en gobernar el país dejándose de quimeras, le dijeran al trumpismo local que se ha acabado el recreo.

La edad del turismo

Si algo define nuestro mundo es la profusión del viaje, del aleteo continuo. Es una actitud. Desplazarse, conocer entornos diferentes, ya no es algo asociado únicamente a las clases dominantes, a las élites, sino que se ha convertido en característica común y transversal de nuestro tiempo. Se ha erigido como un derecho inalienable de la ciudadanía en cualquier segmento social que se habite. Hay nichos y precios para todos, para que la democratización de la práctica turística y viajera no signifique la superación de las diferencias de clase, que tampoco se trata de eso.

El nuestro es un mundo caracterizado por el movimiento y la aceleración. No siempre fue así. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad los días se sucedían tranquilos, prácticamente idénticos a los anteriores, y los ciclos de la naturaleza y de las estaciones se repetían sin fin. Hasta la revolución industrial y la introducción del ferrocarril, la mayoría de las personas no conocían durante su vida más allá de un entorno inmediato que se proyectaba en pocas leguas. Más allá del territorio propio, reinaba lo desconocido y los temores e inseguridades no abonaban, salvo en unos pocos, el espíritu de aventura, la atracción por lo diferente. El mundo industrial, la ciudad como epicentro del mundo, activaron la novedad y el espíritu del desplazamiento. El mundo se nos aproximaba, se iba allanando, y también se ampliaba el conocimiento. El sentido del nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante es algo que se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero que llega al paroxismo en las dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, como hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos viene encima. La maleta de viaje se ha convertido en una prolongación de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

El turismo es una actividad que nos define como sociedad y que conforma una de las industrias más importantes en múltiples países, con una significación que va más allá del 10% del PIB mundial y que ocupa de forma directa a más de 300 millones de trabajadores. Por cierto, la mayoría de ellos estacionales y muy precarizados. En el concepto de “turismo” han terminado confluyendo dimensiones de nuestra actividad que hasta hace poco tenían perfiles propios y diferenciados. El purismo elitista sigue diferenciando claramente entre “viajar” y hacer al turista, en realidad el propio término de turismo proviene de “tour”, que implica desplazamiento, viaje para solaz, recreo y conocimiento. Cuando los costes limitaban las posibilidades de ir a otra parte a la mayoría de la población, el viaje era algo imaginado, soñado, estrictamente preparado y que se hacía, como mucho, una vez al año aprovechando el período de vacaciones.

El viaje siempre había tenido connotaciones de singularidad, de excepción, de algo que trasciende nuestra cultura habitual y el conocimiento que tenemos. Evoca el descubrimiento, la relación y la revelación de lo diferente, ya sea en su vertiente cultural, patrimonial, urbana o paisajística. Este carácter especial, espaciado en el tiempo y en el que la preparación tenía tanta o más importancia que su desarrollo, mudó significativamente a los albores del siglo pasado ya las primeras décadas de éste, en la medida en que la reducción de los costes especialmente con la explosión de los vuelos baratos y el uso de internet dejó de ser pasajero, circunstancial y único para convertirse en una especie de pasatiempo habitual, particularmente entre los más jóvenes. Ir y venir de cualquier ciudad europea, cualquier día y cualquier hora aprovechando las ofertas de última hora de las compañías aéreas y de los subastadores de viajes de saldo por la red. Una competencia no tanto por conocer sino básicamente por moverse y así poder argüir la consecución de récords de mínimos en el precio obtenido. Colapso de aeropuertos, invasión de las ciudades que recibieron como castigo la denominación de “turísticas” y presión sin fin de los operadores tras unas bajadas de precio que llevaron a la espiral de deterioro que significa siempre el low coste. El viaje despojado de objetivo y de cualquier glamour. Viajar, básicamente, “porque puedo hacerlo”.

Sobre las palancas y el fútbol

Hace meses que la prensa y que todo tipo de medios de comunicación hablan de que el Fútbol Club Barcelona va activando palancas económicas para poder llevar a cabo a saber cuántos fichajes de nuevos jugadores y al mismo tiempo poder hacer frente a una masa salarial ingente, fuera de la realidad, de la que se ha ido cargando y que no cumple con los enrevesados ​​estándares de prudencia establecidos por la Liga de Fútbol Profesional. Estas “palancas” que va poniendo en marcha Joan Laporta y de las que presume ostentosamente en público, serían como el producto de su genialidad, una especie de maná debido a su imaginación, una poción mágica que, sin dolor, nos traerá de nuevo en la gloria futbolística. Sorprende tal optimismo económico que hace pensar en el tradicional cuento de la lechera viniendo de un club que, en números redondos, tiene una deuda acumulada y buena parte de ella a corto plazo de 1.500 millones de euros, con compromisos salariales de cerca de 600 millones anuales. En los últimos ejercicios, los ingresos no cubren los gastos y así, difícilmente, se puede hacer frente a una deuda que en cualquier otra sociedad habría llevado a la quiebra y liquidación. Como el mundo es de los imprudentes que arriesgan, la junta directiva actual logra que le aprueben en asamblea la posibilidad de endeudarse otros 1.500 millones de euros para reformar el actual y envejecido campo de fútbol. Mientras, los juegos de manos de las palancas sirven para lanzarse al mercado de forma desaforada, gastando lo que nos tiene y comprometiendo más compromisos salariales para los próximos años aunque no se libera ninguna de la herencia recibida. Se dirá, y de hecho se dice, que comprar jugadores no es gasto sino inversión. Ciertamente es así en términos contables, pero la depreciación es tan rápida que no suele haber tiempo para realizar las amortizaciones correspondientes, mientras que son comisionistas, intermediarios y representantes los auténticos beneficiarios de este digamos trato mercantil.


El mundo del fútbol, ​​como el de la economía en general, está lleno de conceptos metafóricos, medias verdades, sentidos figurados, palabras engañosas, pero también de auténticas levantadas de camisa. El término palanca nos remite a pensamiento positivo: instrumento para mover, impulsar o relanzar. Cuando, como en este caso, en realidad vienes activos, lo que estás haciendo es empobrecerte hoy y, además, al ser instrumentos de negocio a los que renuncias parcialmente, comprometes los ingresos futuros. Nefasto. Vender la casa para comprarte un coche, puede que te haga feliz una temporada, pero económicamente es ruinoso. Aunque busques una metáfora para embellecerlo, el fondo de la cuestión no cambia. Ahora, quizás consigas enredar al vecindario o bien al socio incauto. A mí, no me sorprende tanto que Joan Laporta, que siempre ha ejercido de punyetero, utilice esta terminología que más que edulcorada es engañosa, como que gran parte del periodismo deportivo y de la otra haya comprado tanto la idea como la su denominación y la repitan de forma constante hasta convencer a todos de su genialidad y bondad de manera absolutamente acrítica. Si no voy equivocado, la función del informador es justamente desmontar el lenguaje críptico y engañoso que suele utilizar el poder, en cualquier ámbito, tanto para enaltecer su acción como para minimizar u ocultar los efectos perversos de las decisiones que toma. Se puede discutir si venderse las joyas de la abuela resulta imprescindible, necesario, o si es un mal menor, pero, lo que es seguro es que, con la venta, dejas de tenerlas y si antes de hacerlo tenías l agua en el cuello, al cobrar el dinero ya empiezas a ahogarte.
Sobre fútbol y lógica económica habría mucho que decir y no terminaríamos. Sobre el Barça y sus gestores, los de antaño y los de ahora, aún más. Para los aficionados, esto es un juego de emociones en el que lo que nos interesa son los resultados. En medio y de forma bien enmascarada hay mucha gente haciendo negocios y no son sólo ni principalmente los jugadores. Terreno abonado por “listos” de toda condición. A estas alturas, el Barça no es del “socio” que decía enfáticamente el presidente Núñez, sino de quien es tenedor de su deuda. Y éste, es Goldman Sachs.

Tipos de interés

Las economías occidentales sufren procesos inflacionarios desbocados que, donde más donde menos, se acercan al 10% en la tasa interanual. Una mala dinámica. El resultado de un aumento de continuado de precios que devalúa salarios, ahorros y activos. En definitiva, nos hace progresivamente más pobres. Una de las preocupaciones siempre fundamentales de los gobernantes. Limita la estabilidad económica y la confianza de los inversores, así como la capacidad de los consumidores. Sobre todo, empobrece a los más débiles. Si la tasa anual no sobrepasa el 2% no sólo no es preocupante, sino que se considera saludable y activadora, pero a partir de ahí todo son problemas. Aumentar los tipos de interés para frenar la dinámica alcista de los precios es una solución tradicional, aunque con notorios riesgos. Lo ha hecho la Reserva Federal estadounidense dos veces estos últimos meses y de forma bastante contundente hasta llegar a tipos del 2,5%. Hay quien dice que el Banco Central Europeo, que lo hizo la semana pasada un 0,75%, va tarde y de forma demasiado modesta. No hay una varita mágica. Si estiras la sábana para tapar la cabeza, probablemente acabes por destapar los pies. Porque ese es el problema.

Las economías occidentales después de casi dos años de recesión económica provocada por la pandemia llevaban varios meses de una reactivación muy interesante, con crecimiento de la inversión, la producción y el consumo, y evidente disminución del paro. Los cuellos de botella logísticos de componentes y materias primas creaban algunas dificultades, pero los efectos de la invasión rusa de Ucrania están resultando letales. Faltan algunas materias, pero sobre todo se produce encarecimiento de productos básicos. Así, el mundo occidental no tiene un problema de calentamiento de su economía por exceso de consumo, sino sobre todo por la contracción de la oferta ya que la dinámica de funcionamiento global de la economía se ha encontrado con obstáculos más o menos inesperados. Aunque necesaria, la intervención de los bancos centrales conlleva el riesgo de generar recesión económica, que las economías dejen de crecer. Por el momento, el aumento de los costes financieros impacta directamente a las empresas y las familias de forma negativa. Todo depende del grado de apalancamiento que se tenga. Las hipotecas con interés variable -que son las tres cuartas partes de los 6,5 millones que hay contratadas en España- notarán inmediatamente la subida del precio del dinero. En contrapartida, los ahorros se verán más remunerados. Las oscuras perspectivas, probablemente frenarán la disminución del paro y, puede que, incluso repunte.

Existe otro aspecto que es el efecto que todo esto tiene en las economías públicas. Los estados salen muy endeudados de la pandemia. Han tenido que responder a su impacto multiplicando acciones y, por tanto, mayor gasto público. Los déficits continuados han reforzado una deuda pública que mayoritariamente tiene un volumen similar o superior al PIB anual. Situación de natural compleja, que ahora empeora pues con la subida de los tipos de interés aumentan sus costes de financiación. En Europa donde a pesar de los esfuerzos unificadores de la Unión Europea conviven economías y endeudamientos estatales tan diversos, habrá que multiplicar las intervenciones del Banco Central para evitar lo que se llama la “fragmentación de mercados”, expresión que hace referencia a la posibilidad de que las primas de riesgo o diferenciales que deban pagarse por la financiación se dispersen mucho según las situaciones de cada uno. El principal punto débil es Italia. La combinatoria entre su extrema inestabilidad política y un endeudamiento del 150% del PIB puede resultar letal para el país, pero puede arrastrar a toda la UE, ya que es su tercera economía en importancia. Una crisis, la italiana, que evidencia la fragilidad de la Unión Europea y del propio concepto “Europa”, más allá de lo puramente económico. Se evitó en Francia una temible victoria de la extrema derecha y su euroescepticismo y posicionamiento pro-ruso que llevaba aparejado. En Italia la hegemonía de los grupos populistas parece ya incuestionable y la probable victoria electoral de Giorgia Meloni y sus Fratelli de Italia, puede resultar un durísimo golpe a las políticas y a la estabilidad de la Unión Europea. Un debilitamiento, el europeo, que hace años por el que afanan especialmente Rusia, pero también Estados Unidos.