Autor: Josep Burgaya

Se necesitan elecciones, porque se necesita gobierno

Cataluña hace tiempo que está sin Gobierno, demasiado. No es sólo que la interinidad post-Torra ya dura desde el mes de septiembre, que es un lapso muy grande y aún más en la situación excepcional que vivimos, sino que, de hecho, los temas que realmente afectan al bienestar de los ciudadanos, así como su futuro hace años que no se encuentran entre las prioridades de nuestros gobernantes. Cataluña se encuentra fracturada y dividida políticamente, socialmente sin expectativas y habiendo perdido dinamismo y mucho peso en el terreno económico. La declinación es larga y nadie del mainstream dominante parece dispuesto a hacer nada para invertir la tendencia. Hay un relato falsario que se sigue manteniendo, mientras el país se desangra entre tanta dejadez práctica. Hace años que no hay, en términos reales, un proyecto de país más allá de planteamientos idílicos y probablemente irreales. No hay políticas de desarrollo económico, no se invierte en reindustrialización y los esfuerzos en innovación son muy escasos. Hemos perdido competitividad económica, lo fiamos todo a un sector turístico regresivo y Barcelona ha dejado de ser la ciudad referente del Mediterráneo. El mundo ya no nos mira. Carentes de inversión y con intentos privatizadores los servicios públicos están lejos de ser modélicos y de estar a la altura de un Estado de bienestar avanzado, mientras la desigualdad social progresa y las personas en zona de exclusión son cada vez más numerosas. La pandemia ha terminado por evidenciar nuestras vergüenzas. El problema no es tanto que no se haya gestionado de manera muy digna la emergencia sanitaria -en todas partes se han cometido errores-, sino que se haya optado primero por politizar de manera burda culpando de las impericias propias al Estado, para pasar después a un periodo, que llega hasta hoy, donde la prioridad es echarse pestes entre los socios de gobierno los cuales a las puertas de unas elecciones se muestran incapaces de tomar las medidas que la gravedad situación pide. Mucha sobreactuación, innumerables y larguísimas ruedas de prensa sin sentido, no transmitiendo mensajes claros a la ciudadanía. Posicionamientos y manifestaciones siempre en clave de dejar en evidencia a unos contrincantes que, cosas paradójicas, son sus socios de gobierno y sus compañeros de quimera.

El desgobierno de Cataluña – Crónica Popular

Se impone un cambio de ciclo, de cultura y de actitud. Probablemente, también, de gente. Se necesitan elecciones y, gane quien gane, el gobierno que salga de la correlación parlamentaria tome las riendas, cierre el largo periodo de dejadez y termine con este vacío de poder que resulta del todo insostenible. Probablemente, no sólo sería bueno sino necesario poder construir una mayoría la preocupación de la cual sean las políticas económicas y sociales, el bienestar de la mayoría, y se emprenda un camino de dinamización y se explicite una auténtica hoja de ruta hacia el futuro. Romper la dinámica de los bloques, pese a lo que se diga en campaña electoral, es aparentemente el mejor camino para intentar recuperar una convivencia y cohesión hace tiempo perdida. Restablecer aquel viejo eslogan de “Cataluña, un solo pueblo” que ahora nos suena muy lejano, casi una entelequia. Las elecciones, pues, son la puerta de entrada de una nueva época política y social en Cataluña, no hay otra. Retrasarlas significa alargar la agonía. Deberían simbolizar no tanto un cambio de siglas, como de actitudes y predisposiciones. La pandemia no debería ni puede ser la excusa. Se podrían celebrar con todas las garantías sanitarias, como con ellas seguimos yendo cada día a trabajar o de compras. Justamente porque estamos en una situación excepcional que requiere un gobierno fuerte que no tenemos, resultaría ineludible no posponer algo que es necesario e inaplazable. Hasta hace muy poco, la mayor parte del arco parlamentario lo compartía. El golpe en la mesa que ha dado el PSC con la candidatura de Salvador Illa, la superación de la estrategia del perfil bajo que había practicado, hace que ahora algunos partidos hayan querido aplazar los comicios, ganar tiempo y ver si, mientras tanto, desgastan el candidato socialista. Una vez más el cálculo electoralista por delante de lo necesario. Tengo la sensación de que una buena parte de la ciudadanía, independentista o no, empieza a estar un poco harta de todo esto. Podría darse el caso de que, el tiempo ganado, se les pudiera hacer muy largo a algunos que creen que les juega a su favor.

Vergüenza

Después de un año tan singular y que merecería, sin duda, ser enviado a la papelera de la historia, parece que el que acabamos de empezar nos depara emociones fuertes. El día de Reyes hemos visto lo que nunca hubiéramos pensado de ver: un serio intento de golpe de estado en Estados Unidos. Aunque la toma del Capitolio parece hecha por figurantes una mala película de zombis pone en evidencia el mal profundo que han infringido a la sociedad americana Donald Trump y el trumpismo. Se ha puesto en jaque un sistema democrático antiguo y aparentemente sólido y se ha mostrado como la mayor potencia económica y militar, el país de Silicon Valley, ha sido gobernado y dirigido por el mayor energúmeno que ningún guionista podía imaginar. El ultraje que han sentido una parte importante de los estadounidenses al ver cómo las hordas se comportaban de manera antidemocrática y casi animal, profanando los símbolos del país, es comparable a la intensa vergüenza que hemos sentido en todo el mundo. Porque a todos nos incumbe, vestigios observamos y en ninguna parte estamos vacunados contra ello. Cuando quien lideraba el mundo se ve poseído por un movimiento claramente totalitario, abyecto, es como para ponerse a temblar. Lo previó Thomas Mann en los años cincuenta: “el fascismo volverá, y entonces lo hará en nombre de la libertad”. Las bases de lo que está pasando en Estados Unidos están presentes en buena parte del mundo occidental. Amplios sectores sociales que se han sentido excluidos de la marcha de la sociedad tanto en el terreno económico como cultural; gente irritada, humillada y resentida que han escuchado los cantos de sirena de un nacionalpopulismo hecho de mentiras, manipulaciones y demagogias. El carácter simplificador y adictivo de internet y las redes sociales ha permitido articular los miedos y los odios de los actuales parias de la tierra, movilizados y en pie de guerra en pro de un líder -carismático a su manera-, pero sobre todo contra todo lo que simboliza el status quo político y social de los Estados Unidos, contra la corrección lingüística y cultural del progresismo y, en definitiva, contra todo lo que representa el Partido Demócrata: los outsiderscontra los insiders.

Europa reacciona al asalto al Capitolio: ″Las palabras incendiarias se  traducen en violencia″ | El Mundo | DW | 07.01.2021

Con el trumpismo y con esta algarada final que tanto se parece a las revueltas de las repúblicas bananeras, Estados Unidos ha perdido mucho del prestigio que aún mantenían y buena parte de la referencia y liderazgo que aún ejercían en el mundo. Hoy en día, dominan rankings y estadísticas, pero ya no tienen autoridad moral ni encarnan el futuro. No estamos ante una anécdota, sino ante hechos con mucha carga simbólica y significativa. Una ola reaccionaria, violenta y fascista que se lleva por delante un Partido Republicano que ha hecho muy poco para detener la dinámica loca impuesta por Donald Trump. Los totalitarismos europeos del periodo de entreguerras lo primero que hicieron fue someter a unos partidos de derechas muy pusilánimes en la defensa de la libertad y la democracia. Los sistemas democráticos se sustentan sobre instituciones que deben ser compartidas y aceptadas, pero, sobre todo, en un conjunto de normas no escritas que tienen que ver con la tolerancia, la convivencia, el diálogo, el respeto a las leyes y la aceptación de la pluralidad. El sistema no es compatible con el tribalismo. Democracia es Constitución y participación electoral, pero es sobre todo una actitud, un comportamiento, una cultura. Después del espectáculo vivido en Estados Unidos los últimos cuatro años con la culminación casi surrealista del día de Reyes y con un Presidente que se niega a aceptar la realidad, los hechos y el final de su mandato, el mundo podría aprender a donde lleva seguir dinámicas locas y autodestructivas. Las consecuencias de instalarse en mundos imaginarios construidos con la manipulación de los temores por parte de líderes mesiánicos que no tienen otro interés que dar salida a sus delirios y perpetuarse en un poder que no lo entienden para contribuir al bien común sino para hacer un homenaje a su narcisismo y una visión del mundo egocéntrica. Pero, sobre todo, sería bueno que entendiéramos que no podemos avanzar por caminos de un dudoso progreso olvidando y condenando a la exclusión a tanta gente a los que no les dejamos mucha más salida que seguir a profetas equivocados y proyectar su fe en dioses falsos.

Fragilidad

Cada vez más las empresas modernas son marcas, con estructuras muy ligeras, consistiendo básicamente en unas sedes centrales donde se concentran la dirección, el I+D y el marketing. De hecho, el término “trabajador” ya no se utiliza hace años en las empresas. No es tanto una cuestión de consideración o de respeto, como dejar las cosas claras: las firmas ya no sienten responsables de sus empleados. Han pasado ya los tiempos en que las compañías, aunque fuera a través de fórmulas paternales, se consideraban una gran familia con obligaciones hacia los que formaban parte de ellas. La antigüedad de una corporación se valoraba como un importante valor de reputación y en las épocas críticas se mantenía la ocupación hasta donde se podía a costa de los beneficios de la sociedad. Los despidos eran una desgracia y ya no digamos el cierre. Los dividendos no es que fueran secundarios, pero tenían la plasticidad de adaptarse a las situaciones de expansión y de recesión económicas. Las condiciones de trabajo eran duras y los salarios bajos, pero en contrapartida había algunas seguridades que en el capitalismo posmoderno se han perdido. El lenguaje se ha adaptado. Las escuelas de negocios introdujeron primero el concepto de recursos humanos, como término genérico e impersonal, para pasar después al concepto más elevado: capital humano, en el que los individuos que forman parte ya tienen la condición de colaboradores. Pero como se trataba más que de una cuestión nominativa, sino de actitud hacia los trabajadores, los conceptos de outsourcing y de offshoring se convirtieron en el nuevo paradigma de la gestión empresarial, que ahora se llamaría management. Despedir personas ya no era una acción ominosa de último recurso, sino que se blandía con orgullo por los nuevos gurús del capitalismo formados en las escuelas de negocios, muy propensos a readaptarse a “las necesidades de capital humano” hechos en nombre de la mejora de la competitividad. Pura literatura. Lástima que los numerosos trabajadores despedidos con EROS a costes bajos y dejados en la estacada por la nueva legislación laboral que se había hecho para combatir “las rigideces” del mercado de trabajo y poder ganar mayor “flexibilidad”, no lo comprendieran de esta manera. 

Definición de fragilidad - Qué es, Significado y Concepto

En cualquier caso, la conversión de muchos antiguos empleados en trabajadores autónomos que prestan servicios a las empresas sin carga laboral interna ha sido una vía que continúa aún hoy en día su proceso de expansión. Ha habido en los últimos años una auténtica explosión de creación de microempresas que no son más que formas ineludibles de autoempleo y que tienen un componente evidente de autoexplotación para poder salir adelante. Depender de las demandas de grandes empresas es tener la seguridad de solo poder facturar con unos márgenes muy reducidos. Un extremo bastante particular y abundante de las nuevas formas organizativas del trabajo en el capitalismo posmoderno son las cooperativas de trabajo que tanto ha proliferado en los restos de producción textil en el mundo occidental o también en el sector de manufactura de la carne. Trabajos que necesitan mano de obra intensiva y que se contrata y descontrata de manera sencilla y sin costes a estas cooperativas de trabajo. Inditex lo practica mucho en la producción que mantiene en Galicia o en el Norte de Portugal. Un capitalismo que no hace sino incorporar los valores del modelo capitalista asiático de exportación: sobreexplotación sin responsabilidades. 

La ideología que acompaña todo ello, fomenta el concepto de “empleabilidad” como elemento de tensión continuo a lo largo de toda la vida, ya que la voluntad de tener trabajo se debe alimentar con formación y disposición a todo tipo de humillaciones, muy ligada a la necesidad del consumo compulsivo como único método de realización personal y al papel estimulante que ejerce la deuda en nuestras vidas. Tras unas décadas en que se completó un sueldo cada vez con menos capacidad adquisitiva con un amplio acceso al crédito bancario y a la disponibilidad de tarjetas de crédito que ni siquiera habíamos solicitado, vivimos en una trampa de riqueza y de capacidad de compra ficticia, prisioneros de nuestra deuda y de nuestros deseos de consumo siempre insatisfechos. Para filósofo Byung-Chul Han, hemos mudado de “la sociedad disciplinaria” hacia “la sociedad del rendimiento”. Hemos pasado de ser sujetos de obediencia a ser sujetos de rendimiento, es decir, “emprendedores de nosotros mismos”. Si la sociedad disciplinaria generaba locos y criminales, la del rendimiento genera fracasados ​​y, de ahí, que la depresión sea la enfermedad moderna, la expresión patológica del fracaso.

Se requiere un nuevo contrato social

Las perspectivas de la Covid no son, hoy en día, nada optimistas. Lo que debía ser una posible tercera ola los próximos meses ya se ha iniciado y la variante del virus que ha emergido en Gran Bretaña enciende todas las alarmas además de proporcionar a ese país, de facto, un Brexit duro. Siempre se ha dicho que hay que vigilar con lo que se desea ya que te puede ser concedido. En todo caso no hay tregua navideña de la pandemia. Más aislamiento y soledad para las personas y más depresión para una economía que, aparte de los contados sectores que lo perciben como una oportunidad, está inmersa en un bache profundo de difícil y larga salida. Estamos todavía en una fase de contención en la que mantener el tejido productivo resulta crucial. Serán necesarios más programas de ajuste temporal del empleo, aplazamiento de impuestos, ayuda directa a autónomos y pequeñas empresas y proporcionar liquidez con líneas de avales y créditos. Y, lógicamente, ayuda directa a las personas que han perdido o se les disiparán sus ingresos y corren el riesgo de aumentar la ya muy poblada zona de exclusión social. 

Habrá que articular después la fase de recuperación la que, en el mejor de los casos, se alargará más de tres años. Se tratará de recuperar la actividad económica y el empleo de cara a restablecer también el consumo. Habría que poner en práctica políticas económicas tendentes a transformar estructuralmente la economía, tema que en España resulta del todo imprescindible e inaplazable. Los importantes fondos provenientes del Next Generation instrumentados por la Unión Europea deberían servir para cambiar profundamente una economía de bajos niveles de productividad y demasiada dependencia del turismo, hacia una economía más competitiva, tecnológica y sostenible. Mudar de una economía marrón a una economía verde es ya inexorable, como lo es un proceso reindustrialitzador inteligente, asumir la transición energética hacia las renovables, digitalizar las pymes, aumentar la dotación en investigación y desarrollo en los presupuestos públicos o bien invertir mucho más en salud pública. Se debe estimular la innovación, garantizar la producción más estratégica en el propio país y evolucionar hacia una economía de tipo circular que no genere residuos y con una huella de carbono mínima. 

Panamá. Un nuevo contrato social – Kaos en la red

La financiación de todo esto, aparte de los fondos europeos, se hará en parte endeudándose y también saneando un ineficiente y desfasado sistema tributario. Con prudencia, la deuda no es hoy un mal recurso teniendo en cuenta que el precio del dinero está en tasas negativas. Ahora bien, como se tiene que devolver, ciertamente que lo que se hace se diferir la carga hacia las generaciones futuras. En parte, parece bastante lógico teniendo en cuenta que, justamente, lo que se trata es de hacer inversiones que posibiliten un futuro digno. Ahora bien, lo que hay que revisar en profundidad es un sistema tributario lleno de agujeros que lo convierten en insuficiente y poco equitativo. Multitud de mecanismos de fraude fiscal que se calcula se aproximan a los 60.000milions de euros anuales y formas de elusión fiscal que llevan, por ejemplo, que las empresas del Ibex liquiden una media del 6% en Impuesto de Sociedades cuando el valor nominal es del 30%. Todo ello explica bastante la debilidad de los ingresos tributarios del Estado como, también, la incapacidad para hacer cotizar de alguna manera las incontrolables plataformas digitales o las grandes corporaciones que operan en muchos países a la vez, especulan con sus precios de transferencia para que los beneficios terminen recalando en paraísos fiscales. Apple centraliza su negocio europeo en Irlanda, donde tiene pactado un tipo impositivo del 0,005%. Más allá de la deficiente gestión del sistema fiscal, hay un problema con su naturaleza. Los sistemas tributarios actuales descansan sobre las rentas del trabajo mucho más que sobre las rentas de capital. Resulta injusto y tiene bastante ver con la creciente y acumulativa desigualdad social. Pero, además, resulta ineficaz cuando los salarios tienen un peso cada vez menor en el PIB de los países. Son los efectos inherentes a unos salarios medios en declinación y en una sociedad con cada vez más gente sin trabajo o brutalmente precarizada. Se imponen unas nuevas reglas.

Clandestinos

Hace unos días se prendió fuego en una nave industrial en Badalona que se utilizaba como asentamiento por gente que no tiene otro techo. Cuatro muertos y numerosos heridos como resultado. Pocos, porque podían haber sido mucho peor. El trágico accidente, que olvidaremos pronto, puso en evidencia que hay un mundo paralelo en nuestras ciudades y es la de gente condenada a la miseria y a los que encima les negamos la visibilidad. En la nave incendiada al parecer convivían unas doscientas personas sin ninguna condición que la pudiera identificar como viviendas ni siquiera pobres o poco dignas: sin agua ni luz, con separaciones improvisadas de cartones y telas, con gente durmiendo sobre colchones en el suelo y con unas condiciones higiénicas y de salubridad que nos podemos imaginar. Y no es un caso singular, hay muchísimas más especialmente en el entorno metropolitano como lleno está de pisos patera y de viviendas infames sobreocupadas. Multitud de espacios invadidos para la supervivencia de todos aquellos a los que hemos condenado a la exclusión social y residencial. En el caso de la nave badalonesa confluyen muchas de las condiciones con las que han de resistir esta gente a los que condenamos a ser los parias de la tierra: inmigración irregular, ningún tipo de trabajo estable ni prestación social, trabajos indecentes de subsistencia, recurso a pequeña delincuencia, desconsideración, invisibilidad… La ocupación era pública y notoria y hacía ocho años que el ayuntamiento lo sabía. Afirman que se encontraban atados de pies y manos porqué el tema se había llevado al juzgado y imperaba el silencio judicial. Alguien quizás pensará que esto ocurre en la ciudad de García Albiol, hombre poco propenso a empatizar con la inmigración y la pobreza; pero lo cierto que los dos alcaldes de izquierdas que ha habido antes tampoco hicieron más. Que una cosa es blandir argumentos genéricos sobre la solidaridad o la multiculturalidad y otra es resolver problemas concretos y ayudar a personas reales.

400.000 madrileños viven en infraviviendas

Vivimos en un mundo absolutamente disfuncional. La desigualdad es un fenómeno que avanza inexorable y va deviniendo acumulativo y asfixiante. La solidaridad y los mecanismos de redistribución han ido debilitándose. En la parte baja, precarios e inseguros, tenemos una cuarta parte de la población que las cifras oficiales sitúan en “zona de exclusión” o “por debajo del umbral de la pobreza”. Resulta fácil de decir, pero en Cataluña son casi dos millones de personas que tienen que resistir carentes de expectativas y dosis razonables de seguridad. Pero más allá de esta mucha gente, hay un área de exclusión pura y dura, hecha de personas sin papeles y casi sin cara que transitan como zombis en nuestro entorno y no los miramos si no es para expresarlos distancia, rechazo o miedo. La mayoría provienen de países africanos y han llegado aquí después de itinerarios y desventuras inenarrables. Buscaban una oportunidad y los condenamos a la pobreza extrema y el desprecio. Conforman un ejército laboral de reserva de unos cientos de miles de personas a los que no facilitamos ni el acceso a una triste vivienda. Todos los niveles de administración, desde los ayuntamientos al gobierno del Estado, afirman no poder hacer nada. Unos apelan a falta de medios y los demás evitar generar un “efecto llamada”. Resulta evidente que gestionar importantes flujos migratorios es de una gran complejidad y muy especialmente en un territorio de frontera como es España entre dos mundos en términos de desarrollo. No nos separa el Mediterráneo, sino un abismo. Pero más allá de los grandes números y las dinámicas migratorias globales, lo que tenemos en nuestro entorno son personas que merecen ser consideradas y tratadas como tales. Gente que la única diferencia con todos nosotros es que han tenido una biografía mucho más dura y muchas menos posibilidades. La única “culpa” que arrastran es no haber tenido la suerte que hemos tenido otros para los que tener vivienda y alimentación, entorno seguro, salud y educación garantizada nos ha venido dado. La condena a que los sometemos, o que toleramos con nuestro silencio, resulta del todo inaceptable si es que todavía hacemos nuestros aquellos valores humanísticos, sociales e ilustrados de los que a menudo presumimos y hacemos bandera.

La abstención como determinante

Los resultados electorales y la cultura política predominante en una sociedad no siempre resultan coincidentes. Suele haber una parte variable del electorado que a menudo no se siente llamado a las urnas ya sea por falta de propuestas atractivas que lo representen, por cansancio o por puro desánimo. La abstención suele ser muy política tanto en sus causas como en sus consecuencias. En cualquier contienda política, los incentivos para participar suelen estar desigualmente repartidos. Hay sectores más activos, más motivados y tensionados, mientras que otros caen en un cierto espíritu de dejadez, el entorno y el contexto los llevan a una cierta abulia. Tiene todo que ver con los estímulos de las ofertas que compiten, con la convicción que emanan y, también, en las posibilidades de victoria. Poca gente va al colegio electoral si “los suyos” no les transmiten que vale la pena y que es posible. Los partidos políticos saben que es tan importante su discurso motivador hacia los adeptos como el no dar argumentos para que se movilice el votante contrincante. Las emociones que se generan tanto en positivo como en negativo tienen una gran importancia. En la Cataluña pujolista la abstención diferencial tuvo una gran importancia.

En defensa de la abstención electoral – Palabras Al Margen

Durante décadas, una parte del electorado catalán se quedaba en casa cuando había elecciones autonómicas y facilitaba así el triunfo de un nacionalismo conservador que no reflejaba el conjunto de una sociedad que era más de izquierdas y más cosmopolita, como una mayor participación en otro tipo de elecciones ponía claramente en evidencia. Se daba la victoria al PSOE, pero no al PSC. El porqué no votaba en las elecciones catalanas era un misterio. El nacionalismo miraba de no irritarlos y así no darles motivos para participar, mientras que la izquierda y principalmente el PSC que era dominante en otras elecciones, no era capaz de activar un electorado mayoritariamente propio que se comportaba de manera absentista. Posiblemente no se transmitía la importancia de participar, no se ofrecía un relato claramente diferenciado y alternativo. La izquierda catalana terminó, probablemente, por ser prisionera del marco mental del nacionalismo y de Jordi Pujol. Su proyecto político no era contrapuesto y claramente nuevo al discurso nacionalista convertido en hegemónico, sino que era “un poco más de lo mismo” aunque rebajado un poco de tono. No se denunciaban en ningún caso los intereses de clase que se amparaban detrás del discurso de catalanismo político.

La fase independentista que toma el nacionalismo catalán a partir de 2012, con un discurso vibrante, fuertemente voluntarista y que apelaba a la épica ha funcionado sin duda como un potente estímulo a la participación política plena por parte de aquellos que han compartido este ideario. Como ha quedado patente, a pesar de ser muy numeroso y popular, el independentismo no es mayoritario en la sociedad catalana, aunque su discurso y la presencia en los medios sea dominante. Los que no son independentistas son muy diversos, tienen pocas cosas en común y, sobre todo, no están ni pueden ser orquestados como tales ya que, aunque mayoritariamente de cultura de izquierdas y de aspiraciones federalistas para la articulación de Cataluña dentro España, hay también sectores derechistas y poco dados a entender el concepto de una España plural. El cambio de marcha independentista en el entorno del 1 de Octubre, con un discurso muy agresivo y acciones unilaterales, terminó por irritar a una parte del habitual abstencionista de las elecciones catalanas, concentrando su voto en Inés Arrimadas la que simbolizaba un discurso de confrontación claro contra el independentismo, un relato y marco mental diferentes. Esto le valió, una victoria electoral tan imprevista como inútil en las elecciones de 2017. Como se ha demostrado después, era un voto de malestar y alerta y poco ideológico hacia a una candidata y un partido que no se sabía muy bien que eran y que, en todo caso, su batalla la pretendían librar en Madrid y no en Barcelona.

Apuntan los sondeos que este elector abstencionista activado puntualmente en 2017 volverá a inhibirse. El PSC recuperará algunos votantes que se le habían ido puntualmente por verlo demasiado en tierra de nadie, pero no parece de momento estimular a un 12-15% de los electores que si se movilizan en otras elecciones y que resultan cruciales. La encomiable actitud del PSC intentando no reforzar antagonismos ni bloques y buscando crear vínculos y conexiones, hace que una parte de la gente que podría formar parte de su cultura política no disponga de un relato alternativo ni una motivación clara para ir a votar, que no sienta sus valores suficientemente defendidos. No se transmite ni la energía ni la convicción de que otra Cataluña es posible, porque en realidad es mayoritaria. Construir puentes está muy bien, es una muestra de generosidad, pero quizás habría que hacerlo una vez se hayan afianzado algunas bases de sustentación imprescindibles, cuando se haya activado y articulado aquella parte de la sociedad catalana olvidada ya menudo menospreciada. También irritada. Si no es así, son poco más que buenas intenciones que el contrincante ridiculiza y que terminan para diluirse en medio del griterío de la política. 

Volver a casa por Navidad

Las reunificaciones navideñas, las celebraciones en grupos familiares amplios tienen una fuerte tradición en nuestra cultura. Son un hábito sólidamente adquirido. El entorno de la Navidad significa comercio a gran escala y es también repliegue y sociabilidad. El espíritu navideño, buena parte del cual ha sido impulsado, fomentado y relatado por estrategias publicitarias, ya hace tiempo que ha quedado sólidamente incorporado a nuestra manera de entender la vida y alrededor del cual nos relacionamos y interaccionamos a nivel familiar, entendido este concepto de grupo en un sentido amplio. Todo ha adquirido y está cargado de componentes emocionales muy poderosos. Que las dinámicas habituales en estas fiestas puedan estar condicionadas por las medidas contra la pandemia genera preocupación y ciertas dosis de desasosiego a una buena parte de la sociedad. Los gobiernos saben que relajar las precauciones y los aislamientos alrededor de estas fechas puede significar un empeoramiento notorio en la dinámica de contagios, que a comienzos de año lo vamos a pagar. Pero saben también las autoridades políticas que tomar medidas restrictivas resultará muy impopular, porque ahora y aquí se discute todo se tenga o no conocimiento para hacerlo. En el mundo digitalizado, más que nunca, la ignorancia se ha vuelto muy atrevida. Hay, sin embargo, también el impacto económico que tiene abrir la manguera de las restricciones o bien el mantenerlas. Por el sector comercial la campaña navideña es siempre crucial y limitar su actividad ahora después de ocho meses de penurias puede resultar para muchos letal, su cierre definitivo. El debate entre si es necesario priorizar la economía o bien la salud está servido. Esta dicotomía es en realidad falsa, una manera de simplificar y escapar de la complejidad de la situación, de las dosis de vacilación inherentes a las actuales circunstancias y los desconocimientos profundos que aún hay sobre toda esta cuestión. No hay economía sin salud.

Las tapas y el picoteo, así se contagia el coronavirus en las terrazas

Los países con efectos económicos menores de la pandemia son aquellos que o bien han minimizado los contagios o los que han adoptado medidas más contundentes al respecto. No habrá dinámica comercial y económica sólida si la situación sanitaria resulta descontrolada o muy frágil. Esto lo saben los responsables políticos, del color que sean, el problema es que han apostado por politizar la incertidumbre y polarizar la sociedad haciéndoles tomar posicionamientos que a menudo poco tienen que ver con la ciencia y el conocimiento. Se han abonado atajos mentales que llevan a dualidades inexistentes y a posicionamientos extremos: test en las farmacias, ¿si o no?; ¿test de antígenos o PCR?, confinamientos perimetrales, ¿si o no?; ¿toque de queda o libertad de movimientos?, restricciones de grupos, ¿si o no?; ¿limitaciones a la hostelería o apertura de bares y restaurantes?, salvar la Navidad, ¿o no? En realidad, nada es bueno o malo por naturaleza, depende de la situación y, especialmente, de los matices.

Pero todo sirve ahora para estimular políticamente la confrontación de posiciones antagónicas. Los falsos dilemas que se plantean con relación a la COVID desde la política no hacen sino polarizar y confundir, al tiempo que se hace decir al conocimiento y la ciencia lo que no dicen. Cada giro en el camino de la pandemia, cada medida, provocan un debate enconado, una discusión final donde se busca y predomina la adscripción partidaria, pero, sobre todo, la falta de prudencia, el desconocimiento y la derrota del adversario. Todo se ha convertido en terreno de juego para el conflicto, todo nos va bien para hacer una exhibición de tribalismo. El efecto inmediato, es que al crear confusión sobre la lógica de las medidas lo que se provoca es el debilitamiento de su cumplimiento ya que una parte de la sociedad las percibe como incongruentes o injustas. Y lo que queda. La confrontación de posiciones, seguramente protagonizado por indocumentados, que nos espera sobre las vacunas será especialmente ruidosa y virulenta. Un ámbito este muy abonando para desplegar todo tipo de teorías conspirativas y porque el protagonicen los muchos iluminados que campan por el mundo de la medicina y de las verdades alternativas. Si hay un ámbito donde resulta especialmente peligroso de frivolizar, este es el de la salud. 

El ángulo oscuro

La sociedad catalana, como casi todas, más allá de su dinámica natural, su vida institucional y su discurrir abierto y democrático, tiene también una parte oscura. Esta dimensión no evidente está hecha de juegos de poder ejercidos de manera descarnada donde intervienen la política y el dinero con asociaciones y defensa de intereses poco presentables y donde, muy a menudo, el cuarto poder de los medios de comunicación se encuentra totalmente involucrado. Si estos sótanos donde se tejen alianzas e intereses y se intercambian favores existen siempre, ya que son inherentes a una cierta condición humana y la pulsión de poder, en períodos de cambio y de transición suelen tener aún más relieve y significación. Las épocas inciertas, abiertas, resultan una ocasión muy propicia para los aventureros y los saltimbanquis. En las postrimerías del franquismo, cuando la transición política parecía inevitable pero aún no se había iniciado, había muchos personajes y grupos de intereses que intentaban posicionarse cara al futuro, marcando distancia del régimen con el que habían convivido sin muchos problemas y que, en muchos casos, les había facilitado enriquecerse. Había que poner huevos en una nueva cesta. También había personajes que más que vocación de política lo que pretendían era situarse en el sistema de poder político que llevaría la democracia, que se movían de manera intensa para disponer de recursos y contactos que les ubicaran en un buen lugar en la parrilla de salida para ocupar el sistema institucional que seguro se crearía. Era aquello tan lampedusiano de que todo cambiará, pero de lo que se trata es que todo siga básicamente igual. El cenagal que entre los años sesenta y noventa se produjo en Cataluña fue notorio y sus reminiscencias condicionan y contaminan todavía hoy la sociedad y la política catalana.

Paios: L'angle mort d'Alfons Quintà

De todo esto trata El hijo del chofer de Jordi Amat, un libro ineludible para entender los juegos de poder de los últimos cincuenta años, la ciénaga de intereses que han conformado la política catalana, las miserias y debilidades de algunos de sus personajes principales, los enriquecimientos súbitos y los movimientos de dinero, la feria de vanidades. Aunque el personaje principal sea el itinerario cambiante del periodista Alfons Quintà, psicópata y mala persona de manual, en realidad el escritor retrata los intersticios del poder y de intereses de detrás de las bambalinas, el ángulo oscuro que también forma parte de la realidad, centrándose especialmente en el papel de los periodistas y en el entramado de medios. Retrato de la cultura y el instinto de dominio de unos tiempos en los que el cinismo interesado resulta la pulsión dominante. En palabras de uno de ellos, Josep Pla, “¿porque en Cataluña nadie dice nunca la verdad?” Una narración de realismo novelado por donde desfilan el escritor ampurdanés y su pretencioso cortejo, el presidente Tarradellas del exilio con sus miedos, los cazafortunas y especuladores con el cambio de moneda como Manuel Ortínez o Florenci Pujol, así como franquistas que se reposicionaban como el periodista Carles Sentís. Pero sobre todo Jordi Pujol y todo lo que él mueve y lo que significa: delirios de grandeza, corrupción organizada, el fraude de Banca Catalana, el ejercicio despótico del poder, la figura de Lluís Prenafeta, las relaciones de amor y odio con La Vanguardia, la creación de TV3 como recurso publicitario y autojustificativo, la exótica aventura de El Observador, las vinculaciones con el empresario de la Rosa, la multitud de periodistas dispuestos a hacer de propagandistas… El funcionamiento descarnado de la Cataluña del poder y del dinero. Un retrato nada complaciente de unos tiempos en los que imperaba demasiado silencio cómplice.

Como bien indica Jordi Amat, ésta es la parte oscura de un país que, afortunadamente, era a la vez muchas más cosas y que contaba con ámbitos de la sociedad bastante más sanos de los que en el libro se explicitan. Estamos ante una sentencia demoledora de lo que ha significado la cultura pujolista. Habrá quien piense que de todo esto es mejor no hablar y dejarlo en el olvido del cementerio de la historia, que las cosas ocultas mejor que lo sigan siendo pues removerlas las vuelve fétidas. Ninguna sociedad, sin embargo, tiene una evolución sana si no sustancia su pasado, si no aprende a base de reconocer lo que no debería haber sucedido. Es la única manera de evitar que vuelva a pasar además de poner a cada uno en el lugar que le corresponde.

Desgobierno

Vivimos en una situación extraña, anómala. Sin duda unos tiempos excepcionales y bastante inquietantes. El coronavirus y su impacto no se previeron y tiempo habrá para dilucidar si se hubiera de haber sido más diligente con sus peligros por parte de unos epidemiólogos que ahora oimos sentar cátedra de manera arrogante en los medios de comunicación. Un poco tarde. Lo cierto es que el sistema médico-sanitario no estaba preparado para una pandemia de estas características y no estoy muy seguro de que fuera posible de estarlo. La parálisis de buena parte de la actividad económica resulta de una dimensión y una brutalidad muy superior a cualquier crisis económica de las que nos recordamos. Sectores enteros sin ninguna actividad, multitud de gente sin empleo y gran cantidad de familias sin ingresos. Las perspectivas no resultan nada buenas. La necesaria desescalada no hará sino poner en evidencia un paisaje después de la batalla que resultará inevitablemente desolador. Muchos negocios habrán desaparecido, muchos comercios y actividades de tipo familiar habrán cerrado para siempre, muchas empresas harán los despidos que han diferido. Una vez superemos el drama humano y los colapsos sanitarios, nos espera una posguerra que puede resultar de muy larga y de difícil digestión.

En situaciones críticas los ciudadanos miramos hacia las instituciones públicas para que respondan a lo que está pasando, aporten soluciones incluso a lo que era imprevisto y, sobre todo, que nos den explicaciones que nos puedan proporcionar unas ciertas dosis de seguridad y nos demuestren que las cosas están bajo control. Los últimos meses hemos constatado cuán necesario resulta disponer de una sólida red sanitaria pública y de sistemas políticos donde la cultura asistencial esté presente. En definitiva, el valor del Estado del bienestar. Probablemente hemos lamentado sus agujeros y insuficiencias actuales así como haber dado por buenas las políticas debilitadores y privatizadoras de los servicios públicos que tan alegremente se hicieron. Buena parte de los gobiernos del mundo occidental han actuado de manera desnortada y bastante contradictoria durante la pandemia. Les ha costado comprender la dimensión y magnitud de la tragedia, coger el timón y tomar decisiones coherentes. El falso dilema entre priorizar la salud o bien la economía ha impedido desarrollar estrategias para contrarrestar la pandemia suficientemente claras y resolutivas. Costó que la colaboración se impusiera a la competencia entre los países y la lentitud de respuesta de la Unión Europea y otras instituciones internacionales resultó preocupante. Finalmente, la UE ha sido contundente con el programa Next Generation y los fondos destinados a la recuperación y transformación de las economías continentales. Políticas expansivas de tipo keynesiano que resultaban ineludibles y que pueden significar una magnífica oportunidad, especialmente para unos golpeados y con estructuras arcaicas países mediterráneos.

El caos, un estado que favorece a los narcisistas - La Mente es Maravillosa

En medio de todo esto chirría y mucho el auténtico desbarajuste gubernamental en que se ha instalado Cataluña. El mal viene de lejos, pero ahora resulta más insoportable e injustificable. Cuando se requiere de seguridades y de solvencia, tenemos una coalición de gobierno con partidos abierta y públicamente confrontados, que se contraprograman, que se insultan y descalifican a cada momento, que se filtran informaciones para perjudicarse, con miembros claramente poco preparados y desbordados, con subastas de ayuda como se hizo con los autónomos que no tienen perdón de Dios, con la imperdonable gestión de las residencias de la tercera edad, al utilizar el contexto de sufrimiento para profundizar en el conflicto político con el estado… Resulta aterrador que algunos políticos de la corriente dominante afirmen que quizá sí, que a partir de ahora se debería priorizar la gestión y dejar en un segundo plano la épica, la ideología y la sobreactuación para mejores momentos. Un poco tarde para darse cuenta del daño estructural, económico y social pero también moral, que se ha infringido el país. La pandemia, sus efectos y su gestión, nos ha despojado y nos ha puesto ante el espejo de la realidad. Ídolos de barro que sostenían falsos horizontes de grandeza. Quizás habría que volver a empezar, hacer un reset como se dice ahora, dejarnos de “jornadas históricas” y centrarnos en lo verdaderamente importante, lo que tiene que ver con el futuro y el bienestar de la gente. Ni más, ni menos.