Autor: Josep Burgaya

Twitter como campo de batalla

Cada vez más se pone en duda que Twitter sea un espacio saludable donde mantener diálogo e interacción. Estos días han anunciado su renuncia a esta red social la alcaldesa de Barcelona Ada Colau o bien la periodista Cristina Fallarás. Se han cansado de recibir insultos, descalificaciones y amenazas. Abandonan una selva donde más que diálogo hay una multitud de gregarios dispuestos a machacar al adversario o de gran cantidad de cuentas falsas destinados a crear una sesgada noción de la realidad, más que a reflejar la pluralidad de visiones. Pero, aunque todo esto se haya acentuado, probablemente su error fue pensar que Twitter era una plaza pública, un lugar de reflexión o de razonamiento. Siempre ha sido un arma, un mecanismo de activación y de movilización, y no de diálogo además de ser, como todas las redes sociales, un gran negocio hecho a partir de la apropiación de nuestros datos.

Twitter sirve para sustituir el pensamiento elaborado por la reacción airada y explosiva, en una especie de basurero de nuestras opiniones. Lugar de linchamientos, reforzamiento del propio criterio y la demagogia desmedida. Una pura ficción de debate y de falso acceso a buena información. Todas las redes sociales, además de una naturaleza que fomenta la intervención agresiva y la irresponsabilidad en los comentarios, tienen también un aspecto muy acentuado de configuración de efecto-túnel, es decir, de instalarnos en una burbuja según la cual acabamos sólo relacionándonos con gente con la que tenemos un acentuado sentido de comunidad y justamente para no ser expulsados ​​del “grupo” apostamos por expresar opiniones e intervenciones que se encuentran plenamente identificadas dentro del marco conceptual con el conglomerado de relaciones que tenemos establecidas. En las redes la actitud dominante tiende a dos comportamientos que se manifiestan en paralelo: comentarios negativos y a menudo ofensivos contra todo aquello y aquellos que no forman parte de la tribu y, por otro lado, apoyo sin fisuras a la propia congregación. Se produce un incisivo sentido de la identidad grupal, y difícilmente se cambia de opinión y de grupo. No se confrontan ideas, razones, sino sentidos de pertenencia.

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El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por su función degradadora ya que se van cerrando los espacios en que contraponer opiniones, con lo que ello implica de transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque haya grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo. En Twitter practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de manera simultánea y, en el mejor de los casos, sucesiva. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No hay matices ni posibilidad de mudar de parecer. Para cambiar de opinión se requiere previamente cambiar de grupo. El mundo de los hiperconnectats es, en el fondo, un mundo de gregarios. Twitter y las redes sociales no refuerzan la democracia, ya que no hay diálogo ni siquiera el contraste de opiniones contrapuestas o simplemente dispares. La democracia sería la gestión de las diferencias, los intereses y las opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que pretende ser unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar. El linchamiento digital es la máxima expresión del activismo en las redes. La batalla para establecer una hegemonía cultural.

La perversión intrínseca de Twitter es que todas las opiniones valen lo mismo, justamente porque son eso, opiniones. Se tenga o no criterio sobre un determinado tema, se produce un igualamiento, por abajo. Se cruzan y entrecruzan mensajes como armas arrojadizas, pero sin ninguna posibilidad real de comunicación entre sí. Cuando surgieron, se consideraron las redes sociales como el nuevo paradigma de la democracia, la participación y la cultura libre. En realidad, es un submundo de monólogos histéricos cuya finalidad es crear la falsa sensación de que estamos incluidos y participamos. En el fondo, a quien nos dirigimos principalmente es a nosotros mismos. La furia y el resentimiento suelen acompañar las actitudes dominantes en la red. Una multitud que se expresa en conjunto, pero que vive en soledad. El agitador digital teclea animosamente, pero en general lo hace como sustitutivo del actuar. Se impone un “ni olvido ni perdón” que persigue toda la vida a los estigmatizados y que deja temporalmente satisfechos a unos acosadores que requieren rápidamente de un nuevo enemigo a combatir.

Ya no basta con hacer las cosas bien

El nivel de conciencia sobre los temas medioambientales ha aumentado mucho. El calentamiento global del que ya se notan sus efectos de manera bastante evidente es generalmente conocido y fuente de preocupación de una buena parte de la sociedad. La necesidad de mudar hacia energías renovables parece también bastante asumida y forma parte ya de nuestra elección a la hora de comprar vehículos o bien decidir cómo climatizamos nuestra vivienda. La publicidad suele ya contemplar los valores asociados a la sostenibilidad a la hora de condicionar nuestras opciones de compra, mientras los jóvenes estudian los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los centros educativos. Incluso algunas de las mayores fortunas del mundo, como es el caso de Bill Gates, invierten gran cantidad de recursos en innovadoras y sofisticadas tecnologías que contribuyan a reparar, al menos una parte, del mal infringido al planeta. Se habla ahora de inyectar carbonato de calcio a la atmósfera para que evite la progresión del calentamiento y, afirman, atenuar la cantidad de luz solar que nos llega.

Ha costado mucho llegar hasta asumir que estábamos en una deriva destructiva que había de detener, han sido necesarias muchas evidencias, para que el tema de los límites medioambientales del planeta se asume como un dato objetivo y no como un mito, como una invención de ecologistas y otros agoreros de todo tipo. Ahora los ricos y poderosos también parecen estar preocupados. El problema de fondo es que nuestra sociedad y nuestra economía se han sustentado durante la época industrial sobre el mito que la tecnología nos permitiría de manera progresiva dominar la naturaleza y ponerla a nuestro servicio. El desarrollismo, el crecimiento económico continuo ha sido la filosofía que ha movilizado izquierdas y derechas desde la revolución industrial. La superioridad que se creía incuestionable de la condición humana no nos hacía plantear la posibilidad de interactuar y convivir armónicamente con la naturaleza, sino que se trataba de subyugarla y dominarla como si sus posibilidades y su capacidad de regeneración fueran infinitas. Las externalidades de nuestras actividades económicas, medioambientales y de otro tipo, no se han empezado a contabilizar hasta hace relativamente poco tiempo. Nuestro sistema económico y productivo, en nombre de llegar a la suficiencia productiva, se ha basado en tecnologías sobre las que no controlábamos la totalidad, a veces ni siquiera una pequeña parte de sus efectos. Para el funcionamiento del sistema, para no caer en la sobreproducción, se ha estimulado el consumo a niveles irracionales, convirtiendo del despilfarro en la cultura y en los hábitos dominantes. Hemos construido una sociedad en que se vive sobre una cantidad ingente de desechos, incapaces ya de fagocitar los mismos, por nuestro inducido consumo desmedido y el deseo por poseer la versión más o menos nueva de las cosas. No es sólo un problema de actitud y de cultura personal, el despilfarro y la generación de residuos es la base sobre la que se sostiene el sistema económico y social.

Qué es la contaminación?

La duda radica en si la conciencia actual y la predisposición a “hacer las cosas bien” de la actualidad, es suficiente. La respuesta es que probablemente no lo es. Pretender la sostenibilidad medioambiental, pero también económica y social, resulta absolutamente descabellado si queremos mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuado, que asociamos el progreso y el desarrollo deseables con el aumento permanente del PIB. Somos adictos al crecimiento y esto resulta del todo incompatible con respetar los límites medioambientales o bien en hacer posible un grado de bienestar razonable para el conjunto de la población. En la lógica actual, el único antídoto para el desempleo permanente es más crecimiento y más endeudamiento. Un círculo aparentemente virtuoso que se convierte en un circuito infernal. Para pasar de la economía del despilfarro a una economía circular, hay que imaginar una prosperidad sin crecimiento, una sociedad “de abundancia frugal”. Una economía intensamente productiva requiere que hagamos del consumo nuestro estilo de vida. No hay salida. Como ha planteado de manera concluyente el teórico del decrecimiento Serge Latouche, pensar que conseguiremos establecer una compatibilidad entre el sistema industrial productivista y los equilibrios naturales apoyándonos sólo en las innovaciones tecnológicas o recurriendo a sencillos correctivos en las inversiones, sin esfuerzo, sin dolor y, además, enriqueciéndose, es un mito. Pronto no habrá ya elección y tendremos que reducir nuestra huella de carbono y organizar el racionamiento en la extracción de los recursos no renovables. Hay que mudar de una economía actual donde si no se crece se bloquea, a una economía diseñada para mantenerse estable sin crecimiento. No es incorporando tecnología y buenas intenciones a un modelo obsoleto como se van a enderezar las cosas. Se trataría de situarnos en un nuevo paradigma, en pensar diferente.

El espectáculo continuará

Cataluña no tiene Gobierno, pero posee y tendrá dosis enormes de escenificación. Hace años que estamos sin quien nos gobierne, cosa bastante evidente en los tiempos de pandemia que hemos vivido, y no parece que la excepcionalidad del país apresure a nadie. Los aprendices de brujo dicen que lo importante es controlar los “tempos” políticos, no precipitarse. No importa el tiempo, las urgencias, ni las medidas políticas que no pueden esperar. Los trenes van pasando para desesperación de una sociedad que, cuando va a votar, prefiere hacer una afirmación de identidad más que una apuesta por alguien que le pueda resolver las cosas, o al menos intentarlo. La política ya hace tiempo que no está en manos de políticos, sino de guionistas que usan actores para contarnos historias que nos emocionen.

Pere Aragonés ha sido derrotado por segunda vez. Es la historia de una humillación anunciada. En parte una vendettaentre enemigos íntimos, pero sobre todo la puesta en evidencia de que el dominio de la situación está en manos de Waterloo y de su sección del interior. Parece que todo el mundo lo ha entendido, menos ERC, convencido este partido que, si está dispuesto a tomarse todo el aceite de ricino que haga falta, al final se hará con el poder. La Presidencia todo lo vale. Lo que no parecen captar es que, cuando les entreguen nominalmente la vara de mando, ésta resultará vacía de contenido, sin credibilidad y con un presidente esposado. Una vez más, un vicario. ERC tendrá nominalmente la presidencia, pero no obtendrá ni el poder ni les dejarán gobernar. Este es el marco fijado por JuntsxCat. Laura Borràs ejercerá, como ya lo hace, de evidente dueña del negociado barcelonés, mientras la estrategia y el predominio institucional y político se traslada a un quimérico Consejo para la República que, tema menor, se ve que no ha elegido nadie. En medio, los republicanos habrán tenido que entregar su estrategia política en Madrid y Bruselas que se pondrá al servicio del conflicto abierto y continuado con el Estado que quiere Carles Puigdemont.

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Supongo que quien ha diseñado la estrategia de ERC se debe considerar una lumbrera, pero en realidad parece ejercer de enemigo. Cuando la última semana de la campaña electoral quisieron cerrar ostentosamente la puerta a un pacto de izquierdas con el PSC y los Comunes, desde el local de campaña de Junts brindaron con cava. Acababan de hacer a los republicanos prisioneros de su estrategia, les habían hecho entrar en su marco político y mental. Se cerraban a cualquier otra posibilidad o alternativa que es, al fin y al cabo, lo que les habría hecho fuertes en la negociación. El desprecio expresado hacia Salvador Illa, bien ostentoso y desagradable para que nadie en el mundo independentista los pudiera acusar de posibles “traidores”, resultó un evidente tiro en el pie, una autolimitación que hoy pagan cara, aunque quién más lo sufraga es la sociedad catalana que habría tenido una oportunidad de salir de una división de bloques que la ahoga. Apuesta conservadora y aparentemente poco arriesgada: continuar con la estrategia irrendentista. Para disimular que, entre izquierda o derecha, había hecho esta última opción, creyeron que había que abrazarse lo más fuerte posible a la CUP hecho que, a su entender, forzaría a Junts a entregarse fácilmente a un pacto. Visto desde fuera, no parece una gran idea que para convencer a un partido liberal-conservador te presentes con un acuerdo programático con un partido que se define a sí mismo como “anti-sistema” (una cosa rara ésta, si se analiza la sociología y localización de su voto). El argumento para alargar la agonía política les había sido servido en bandeja a aquellos que tienen todo el tiempo del mundo y pocas ganas de que Cataluña tenga un gobierno efectivo y convencional.

Probablemente al final, apurando los tiempos, habrá algún tipo de pacto que puede resultar bastante vergonzante para ERC. JuntsxCat puede tener la tentación de forzar nuevas elecciones, pero incluso el muy activable electorado independentista parece mostrar signos de cansancio como lo expresan los ochocientos mil votos menos obtenidos en la última cita. La demoscopia les desaconsejará esta vía. Posiblemente tendremos Gobierno, pero otra cosa será que pueda gobernar en un clima con tantas malquerencias y cuentas pendientes. De hecho, la política actual ya no va de eso sino de ocupar el espacio para poder actuar. Será como ir al teatro con varios escenarios abiertos al mismo tiempo y en la misma sala. Para algunos, la perspectiva debe resultar emocionante, para otros, puro aburrimiento provocado por una obra ya muy vista.

Aval

Definitivamente, a la gente nos gusta ser engañados. En política, damos por buenas propuestas que sabemos que no se cumplirán y nos adherimos al primer charlatán que sabe conectar con nuestros malestares prometiéndonos la redención, aunque intuyamos que es poco más que un decorado de cartón-piedra. No sé muy bien porqué, pero la figura del estafador nos atrae, nos acaba por resultar simpática y le compramos el relato embaucador, aunque todo apunte a que es pura bisutería. Da igual, queremos creernos la historia que se nos cuenta, aunque sea poco más que papel mojado envuelto en purpurina. No hablo ahora de política, al menos no de la misma en el sentido literal del término. Me viene a la cabeza esta reflexión raíz del asalto al FC Barcelona que han perpetrado Joan Laporta y su camarilla, sea dicho de paso, por medio de unas elecciones y, hay que diría, de forma completamente democrática. Desde el primer día que anunció que quería repetir presidencia, ha contado con muchos medios para hacerse notar y proyectarse, con el apoyo incondicional y acrítico de buena parte del periodismo deportivo, de las inflamadas huestes independentistas, practicando una exitosa estrategia comunicativa digna de cualquiera de los movimientos populistas que campan por Europa. Ha obviado, y nadie le ha hecho reproche, de su historial en el club con despilfarros ostentosos de nuevo rico, uso de jets privados, los negocios particulares con la hija del dictador de Uzbekistán utilizando jugadores del equipo, movimientos de dinero con fichajes difíciles de explicar o, también, el derrumbe del Reus Deportivo después de su paso por él. Ha sabido conectar con la tendencia a la melancolía del aficionado azulgrana abstraído aún con “el mejor Barça de la historia” que se asocia a la época de Laporta y de Guardiola. Se podría recordar, pero creo que nadie lo quiere, que aquellos éxitos tuvieron que ver con una generación irrepetible de jugadores con gran talento y que la opción Guardiola fue la tercera después de que dijeran que NO apuestas prevalentes como la de José Mourinho.

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Con Laporta y su séquito, el socio barcelonista, más bien conservador y de una cierta edad que podría inducir a pensar erróneamente que sería más dado a la prudencia, se asegura mucha sobreactuación, declaraciones testosterónicas, un subido tono patriótico y una gestión económica que, probablemente, acabará entre mal y muy mal. El adulto del grupo en estos temas, Jaume Giró, se ha largado antes de empezar y quién lo sustituye es un nuevo rico que ha decidido “comprarse” el cargo haciendo una aportación al aval que necesitaba Laporta. Muy tranquilizador. Y es que el tema de cómo se ha llevado la cuestión del preceptivo aval de la nueva Junta directiva debería haber encendido las alarmas incluso a los más conformistas y no digamos de un periodismo deportivo que sigue sin decir nada, en un acto de complicidad que justamente no les correspondería. Según la ley del deporte, las directivas deben aportar en los clubes deportivos avales por valor del 15% del presupuesto. En este caso 125 millones de euros. Sorprende que la noche de la victoria no lo tuvieran ni siquiera apalabrado. Creyeron que, en caso de ganar, alguien lo pondría y, sobre todo, convertirían en un problema del club algo que le correspondía a Laporta y su corte. El Banco de Sabadell, prevenido, sólo puso 30 millones y aún con los consiguientes contravales pertinentes con el patrimonio de los miembros de la Junta. Es aquí donde aparecen avalistas de última hora que actúan como si compraran participaciones de una sociedad que se llama “Barça”, exigiendo no contrapartidas de los avalados, sino del club el cuál además pagará los intereses pertinentes de esta aportación tan “desinteresada”. Jaume Roures, ya sabemos cómo se lo cobrará. Dentro de no mucho se le entregarán los derechos televisivos y supongo que, como ha hecho en Francia, sencillamente no los pagará. Todo ello en un club en horas bajas: 1.100 millones de deuda, 850 millones de ellos a corto plazo; un fondo de maniobra negativo de 700 millones y el campo de juego para rehabilitar o hacerlo nuevo, además de tener que renovar una plantilla de valor muy deteriorado. A 30 de junio, las cifras serán de quiebra y alguien podría instar el concurso de acreedores. Entonces es cuando aparecerá algún fondo de inversión salvador, que probablemente ya está conectado y trabajando en el tema, y ​​ el “més que un club” terminará en manos de una sociedad anónima. Nadie se acordará ya del “socio”, como decía siempre el expresidente Núñez. Al ser un tema pasional, la afición futbolística lo aguantará todo y, puede ser, que se encuentre la manera de culpar a los de fuera. Quizás nos lo merecemos. Hemos hecho todo lo posible para que nos tomen el pelo y se nos rían en la misma cara. Con estas apuestas que hacemos, ¿qué puede salir mal?

Gambito de dama

El tablero político español en pocos días ha saltado por los aires. A pesar de que los discursos iban cogiendo un tono cada vez más agresivo y polarizado, la coalición gubernamental y la mayoría parlamentaria sobre la que se sustenta parecían no tener revuelo más allá de la estrategia de tensión constante de la cuerda por parte de Pablo Iglesias, el grado de inestabilidad inherente a la dinámica política catalana y las salidas de tono verbal de una derecha compitiendo para ser cada vez más extrema. Justamente, han sido las estrategias en competencia de la derecha las que han terminado por dinamitar el estatus quo y convertir así la batalla de Madrid en el gran campo de combate de la política española en los próximos meses y, quien sabe, si años. Ciudadanos ha sido el eslabón débil y desencadenante del conflicto. Fracasada la estrategia de Albert Ribera de sustituir al PP como referencia de derechas, de hacer un quimérico sorpasso, el decaimiento de los resultados y los intentos de volver hacia el centro el partido por parte de Inés Arrimadas, han implosionado su organización y los populares han salido a la compra del diputado para acelerar la derrota. Aparte del espectáculo lamentable de la exhibición de la parte más sórdida de la política, la posible desaparición de Ciudadanos no hará sino acentuar la polarización en la dinámica política española. El Partido Popular sólo podrá contar con Vox, partido con el que irá tomando semblanzas especialmente en el tono, mientras el PSOE no dispondrá de ningún socio alternativo al que tiene ahora. Bloques sólidamente configurados y confrontación que no dejará espacio a matices ni a la sofisticación verbal. La política española se catalaniza, pero no en el sentido regeneracionista en que se utilizaba este concepto en la época de la Restauración del siglo XIX, sino de caótico, de opereta, fantasioso y fracturador que hemos vivido en la política catalana, como mínimo, en la última década.

Crítica de Gambito de dama, con Anya Taylor-Joy más desafiante que nunca -  HobbyConsolas Entretenimiento

De hecho, Madrid se ha erigido como el gran baluarte de la nueva derecha española para desgastar y confrontarse con el gobierno de Pedro Sánchez y con cualquier planteamiento progresista que se les ponga por delante. Un gobierno madrileño de derecha pura y dura que ha seguido una estrategia de conflicto constante y sin miramientos, utilizando la pandemia para convertir las mentiras, las medias verdades y las invenciones en la base de un relato apocalíptico sobre la situación española. El inefable Miguel Ángel Rodríguez, jefe de comunicación del Aznar más duro, encontró en el perfil de Isabel Díaz Ayuso la persona adecuada para llevar a cabo una deriva populista de manual, emulando al que seguro son sus referentes como el norteamericano Steve Bannon o bien el británico Dominic Cummings. Su repentina y sorprendente convocatoria de elecciones fue un gesto muy teatral, pensado y, extrañamente, inesperado por sus contrincantes. El movimiento de fichas, a derecha e izquierda, es ahora enorme y, como en toda partida de ajedrez, resulta un desplazamiento con múltiples e inesperadas salidas. Subordina a Pablo Casado, que decía querer ir hacia el centro, a su estrategia populista, bronca e iliberal, pretendiendo sustituirlo como líder referente hacia el futuro. Provoca un movimiento atrevido pero inevitable de Pablo Iglesias de cara a evitar que su formación sea irrelevante, lo que satisface al PSOE ya que se deshace de una figura demasiado dada a la sobreactuación. Pero, sobre todo, minimiza la política catalana y la estrategia independentista de marcar la agenda política española. El personaje Díaz Ayuso, que ya se ha ganado las siglas IDA como propias, es un personaje singular y sólo comprensible como líder político en los kafkianos tiempos que corren. Su experiencia política no va más allá de haber llevado las redes sociales de Esperanza Aguirre, y entre ellas la cuenta de twitter de “Pecas”, el perro de la anterior presidenta. No tiene ningún problema con blandir públicamente una inmensa ignorancia que lo abarca casi todo. Aparentemente frágil y de mirada inquietante, es una especie de combinación entre el derechismo iluminado de Sarah Palin del Tea Party y del tacticismo imprevisible y dado a la performance de Carles Puigdemont. Son tiempos en que el simplismo combinado con el descaro ayuda bastante a triunfar en una política que ya es poco más que un parque de atracciones de las emociones.

A los youtubers les gusta Andorra

Últimamente ha habido un cierto debate raíz de la “fuga” a Andorra del Rubius y algunos otros nuevos ricos hechos a la sombra de los negocios de internet, los cuales han tirado del argumentario individualista y egoísta más rancio de cara a justificar de manera insolente el no pagar impuestos, con el contrapunto muy digno de Ibai Llanos. Que los ídolos adolescentes hagan bandera de escaquearse de contribuir dice muy poco de ellos, pero resulta muy preocupante por la cultura que abonan.

De hecho, el debate sobre la cuestión fiscal y tributaria se produzca de manera siempre parcial, sesgada, mal planteada y confusa. Sin duda una manera interesada de hacerlo, para evitar que la ciudadanía pueda hacerse una composición de su trascendencia. También llama la atención la poca importancia que se da al tema en el debate político. No ocupa como debería la centralidad, e incluso las izquierdas de vocación transformadora, rehúyen hablar explícitamente del tema más allá de los lugares comunes habituales de perseguir el fraude fiscal como mecanismo de aumento de la recaudación. No entran, ya sea por miedo o por desconocimiento, a plantear el debate tributario en parámetros algo más allá del sí “subir o bajar” impuestos de manera genérica, que es la primera gran fórmula para generar desconcierto sobre el tema. No se entra en las diferencias de naturaleza entre los diversos tipos de impuestos y sus efectos correctores de la desigualdad o precisamente estimuladores de ella. Se considera la cuestión tributaria como una materia “técnica” que incumbe a “expertos” fiscalistas, como si detrás de cualquier normativa no hubiera un ineludible sesgo ideológico y político.

Con tantos años de propagandismo liberal, de individualismo extremo, gran parte de la ciudadanía ha interiorizado el concepto de la fiscalidad ligado a el de la “confiscación” que tanto vilipendian los ultraliberales. No se entiende la contribución tributaria como una acción necesaria y que revierte en el bienestar común y al sostenimiento de mismo concepto de sociedad, sino como una apropiación que el Estado malgasta. La misma contabilidad empresarial, no sitúa la tributación en el ámbito de los costes, sino como algo que recorta a posteriori el epígrafe de los beneficios. Nada es neutro. Los gobernantes y los que pretenden serlo, tratan a menudo la falta de rigor en la aplicación de las normativas fiscales, el porqué unos pagan religiosamente y otros no, como un descontrol inevitable debido a la complejidad del tema. Sorprende como el que para las rentas del trabajo resulta inexorable, para las rentas de capital se plantee como una cuestión de mentalización y de responsabilidad. Nadie explica, ni se explica por qué en algunos ámbitos de tributación de los tipos nominales y los tipos medios de liquidación real divergen tanto. La normativa fiscal es claramente ideológica en favor de una sociedad poco equitativa, pero además las legislaciones son tramposas y tienen múltiples vías de elusión y de fraude fiscal. Son multitud los legisladores fiscales que se contratan luego como expertos fiscalistas que las corporaciones pagan generosamente para que los ayuden en su planificación fiscal agresiva. Es el rentable mundo de las puertas giratorias.

fraude fiscal – @FerranMartín

En la misma línea de las maniobras de confusión con relación a la cuestión fiscal, está el de los paraísos fiscales. Se plantea su existencia como un imponderable inevitable debido a que algunos pequeños estados poco solidarios se dedican a esta actividad y sobre los que no se puede actuar. No se explica, que los paraísos fiscales justamente nacieron y se han desarrollado como el reverso necesario del propio sistema económico, de cómo los refugios fiscales son instrumentos absolutamente interrelacionados con la gran banca y los grandes centros financieros como la City de Londres, o como Wall Street. El mundo offshore no es el ultramundo de la delincuencia internacional, son instrumentos establecidos, especializados e interrelacionados con toda la economía y las finanzas internacionales. Los paraísos, como el fraude fiscal, no son una excrecencia, un accidente o una anomalía, forman una parte sustancial de los movimientos económicos internacionales, así como el principal mecanismo de la gran acumulación de capital en unas cada vez más pocas manos. Los Estados subsisten concentrado su presión tributaria hacia unos trabajadores cada vez menos numerosos y con peores niveles salariales. A nadie parece interesarle la falta de equidad fiscal, o al menos de plantear la cuestión en sus justos términos. Habría que devolver, o contextualizar, el debate tributario en el ámbito de la política y sobre todo situarlo en su consideración ideológica central sobre el tipo de sociedad que queremos y a la que aspiramos. Sería bueno recordar que, aunque pueda parecer reduccionista, democracia es pagar impuestos; es el precio de la civilización.

El fracaso de la política

La política es más necesaria que nunca. No sólo debe ser una actividad apacible, aburridamente institucionalizada para épocas de estabilidad y bonanza. En momentos de mudanza y en tiempos críticos debería visualizar especialmente que este es el camino, y no hay otro, para encaminar la sociedad. Vivimos momentos convulsos y muy confusos. A nivel global, pero también y especialmente, a nivel local. Conflictos enconados y fuera de control que manifiestan una cierta negación de la política. Un fracaso de la política por partida doble, afectada tanto por la pérdida de su centralidad y su intenso viaje hacia la ingravidez, así como el deterioro de sus expresiones institucionales, de sus organizaciones partidarias y de sus líderes. Estamos en una sociedad donde la ciudadanía ha visto desdibujar esta condición fundamentalmente “política”, por la de consumidores compulsivos, desengañados y indiferentes. La dimensión de la crisis actual tiene, lógicamente, connotaciones sanitarias, económicas y sociales de carácter estructural, pero también de ligereza política en el sentido de establecer bandos confrontados y un partidismo mal entendido. Se han roto o están en proceso de hacerlo todos los equilibrios imprescindibles para una estabilidad mínima y necesaria. Se han extraviado por el camino valores fundamentales que habrían asegurado la convivencia y la cohesión. Hay futuro, lógicamente, y no deberíamos caer en tentaciones derrotistas ni apocalípticas. Pero son tiempos de falsos apóstoles, de referencias escasas y de liderazgos débiles. En épocas de confusión, el principal peligro, nuestra principal debilidad, como ya señalaba Antonio Gramsci en sus escritos de juventud, es la indiferencia.

Habría que recuperar algunos valores y hábitos que eran inherentes a la cultura democrática, y que su vaciado de las últimas décadas les ha hecho caer en un relativo desuso. Sociedades libres y con ciertos niveles de bienestar y de cohesión social o nos las proporcionamos a través de la revitalización del sistema democrático o, sencillamente, nos abocamos al caos y en el “no hay salida”. Reasumir la libertad individual y colectiva como valor supremo no estaría mal, porque existe la posibilidad de que la demos por hecha, cuando en realidad es una conquista que hay que defender cada día contra sus detractores, que los hay y muchos. Como también, deberíamos asumir el conflicto de intereses y los puntos de vista diferentes como algo consustancial en individuos que vivimos de manera agrupada. Habría que aceptar la pluralidad, la diversidad no tanto como un problema y más como un valor, como una riqueza. El debate puede resultar apasionado, pero el respeto y la tolerancia deberían ser líneas rojas infranqueables. La discusión, el intento de convencer, encontrar puntos en común en la discordia es mucho más fácil cuando se explicitan claramente los planteamientos ideológicos. Bueno sería recuperar el concepto de “ideología” como algo positivo, no como una enfermedad peligrosa o como una antigualla de la que deshacerse. La ideología remite a un sistema de valores, a una forma más o menos ordenada de entender y explicarse el mundo, una estructura mental no en la que cerrarse, sino desde la que pensar. Como sería todo mucho más fácil si la discusión política se pudiera realizar sobre proyectos políticos también específicos y concretos, no sobre elementos de propaganda o pulsiones tribales que sólo inducen a la confusión y al desengaño.

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Habría que renovar y revitalizar las instituciones políticas. Que nos permitan abandonar esa sensación de estar ante instrumento viejos, en teatros o catedrales donde se representan obras antiguas de poco interés o en franca decadencia. Las instituciones son símbolos en la democracia, pero también sus pilares efectivos. La renovación de formas y contenidos parece indispensable, como dotarlas de mayor eficacia y de capacidad de identificación. Toda sociedad, toda cultura tiene necesidad de renovar, de vez en cuando, sus rituales. Cuando los ceremoniales nos parecen ridículos tendemos a abandonar la creencia. Parece insólito que en un mundo donde la hemos cambiado casi todo de arriba abajo, algunas cosas parezcan inmutables. Las sesiones parlamentarias, tal como están concebidas y se desarrollan, parecen diseñadas por los enemigos de la democracia, y no digamos los actos oficiales de la jefatura del Estado, más propios de monarquías absolutas o de repúblicas bananeras. La seriedad, el respeto, la importancia poco o nada tienen que ver con formas impostadas y engoladas. Más de fondo que de forma, es el hecho de que la división de poderes del Estado no sea una mera caricatura, especialmente en cuanto al poder judicial. La famosa “independencia” de este poder debería ser algo más que un apelativo sin contenido que se acuñó y proviene del fondo de los tiempos.

La libertad de expresión como excusa

Parece que en Cataluña nos ha dado para normalizar la violencia. Gente organizada, convenientemente promovida y con buena cobertura mediática crea escenas dantescas y de pánico en las calles, con profusión de quema de mobiliario urbano, destrozos de comercios y espacios públicos y ataques inusitados y feroces hacia una policía que por no contar no tiene ni el apoyo de sus jefes políticos. Llama la atención el grado de vandalismo, pero aún más la justificación y legitimación que hacen, en Cataluña, los líderes independentistas, así como la “brunete mediática” local, dispuesta a bendecir todo conflicto y caos en nombre de poner en jaque el sistema político español y cargarse de razones de cara al gran objetivo de la separación. Las imágenes de estos días recuerdan muchos episodios reiterados los últimos años, con jóvenes y no tan jóvenes impelidos a la violencia para demostrar que “las calles serán siempre nuestras”. El contexto lo facilita. Presidentes que gritan “¡apretad!” y políticos que afirman cínicamente que quemar contenedores, atacar la policía o hacer barricadas no es violencia, sino “autodefensa”. Resulta irresponsable estar en el gobierno y al mismo tiempo afirmar que no hay ley ni autoridad que valga. Los mismos que dirigen (es un decir) los Mossos d’Esquadra. Todo ello, la muestra de la degradación del país y de la ruptura con cualquier atisbo de sentido de la realidad, la moderación o la decencia. La violencia no es nunca justificable y, en todo caso, se puede entender que sea inevitable y se produzca cuando se sufren situaciones muy extremas. No es ni mucho menos el caso. Quién protagoniza los disturbios con impunidad política y social no son la gente con penurias y problemas económicos y de pobreza serios. No son los excluidos, que los hay y muchos en Cataluña, sino clases medias que, una vez abandonado ningún sentido de las proporciones y de los límites, se divierten, viven una aventura nocturna haciéndose multitud de fotografías para presumir ante los amigos. Esto es una fiesta. Por el camino dejamos la credibilidad de país, trituramos aún más la sociedad y nos instalamos en un desgobierno que lo que hace es jugar muy a favor de lo que justamente dicen combatir. Manifestarse es un derecho; no usar la violencia, una exigencia y una obligación democrática. Culpar a la policía del desbarajuste organizado, una insensatez.

Una reforma innecesaria para frenar el vandalismo | Vida & Artes | EL PAÍS

La libertad de expresión es algo muy serio. Un aspecto clave de los sistemas y la cultura democrática. No cabe banalizarla y menos crear falsos mitos que no soportan ni una mirada superficial. La libertad de expresión es absolutamente contraria al discurso del odio y de la apología de la violencia y del terrorismo. Esta línea roja que no se debería atravesar y está establecida en todas las sociedades democráticas. Cuando más exigente y escrupuloso se es en la defensa de la libertad de opinión, más estricto se acostumbra a ser en no admitir las llamadas a practicar crueldad o la vindicación de la confrontación. Una cosa es condición para la otra. En los países serios, este límite está presente en el código penal justamente para evitar que se pueda incitar y practicar una violencia que lo que hace es inducir a callar, a no poder expresarse libremente, a muchos ciudadanos. Resultan bastante elocuentes las entrevistas en caliente a elementos que estos días protagonizan los disturbios en la calle. Los más prolíficos y expansivos afirman estar porque “han encarcelado a alguien por cantar canciones” o que “España es una dictadura”. Una prueba de que, entre otras muchas cosas, no funciona muy bien en este país el sistema educativo. Ya no digamos la defensa de la libertad que hacen aquellos que intentan incendiar la redacción de un diario, atacan periodistas o saquean las tiendas de marcas del Paseo de Gracia. Al final, gente utilizada por aquellos creadores de contexto que ahora quieren caos porque creen que les resulta rentable políticamente. Aquí por unas razones y por una gente y en Madrid por otros argumentos y diferentes finalidades. Nos haremos daño, mucho daño. Preocupa especialmente el relativismo moral de una parte de la sociedad que acepta esto de manera benevolente y justificatoria, que lo legitima, pero resulta aún más indignante cuando se azuza desde consejerías de la Generalitat o desde vicepresidencias del Gobierno de España. Esto debería inhabilitar para gobernar.

Quizá sería hora de gobernar

Las elecciones del domingo en Cataluña no han resuelto nada, al menos de manera concluyente, pero han evidenciado poderosos movimientos de fondo. El efecto Illa le ha funcionado al PSC, pero de momento es una victoria moral más que un cambio de paradigma fáctico. Medido en los tradicionales conceptos “processistes”, la suma independentista puede hacer valer la mayoría, tal vez incluso conformar un Gobierno, pero difícilmente gobernará. Esto es algo muy diferente. La legislatura se terminó hace un año (presidente Torra dixit) por que los dos socios de coalición no se soportaban, se peleaban y confrontaban varias veces cada día. El desgobierno ha sido notorio y especialmente lamentable teniendo en cuenta los tiempos de pandemia. Ahora, los mismos, dicen que harán gobierno y que además será fuerte y estable. Se ve que para que esto sea posible incorporarán a la CUP que, como es sabido, es un tradicional partido estabilizador de sistemas. Las pretensiones políticas de unos y otros, especialmente en el terreno económico tienen tanta similitud como los huevos con las castañas. No hay que tener una gran imaginación para ver que, para Waterloo, lo que menos interesa es un gobierno efectivo y estable cuyo beneficiario sería ERC y a ellos se los condene al olvido. Laura Borràs irá doblando la apuesta para hacer las cosas imposibles y forzar unas nuevas elecciones que, entienden, podrían ganar una vez liquidado el PDCAT. Este es el cálculo y este es el relato. Otra cosa es que no se pueden permitir quedar como los que imposibilitan un gobierno independentista, porque lo pagarían en las urnas. La piel de este tipo de elector se ha demostrado muy fina. Tienen a ERC subyugada y en sus manos, en campaña se incorporaron a su estrategia y marco mental (mantenimiento estricto del bloque y cordón sanitario a los socialistas). ERC parece no haber entendido que siempre irá un paso atrás en la radicalidad, que tiene la batalla perdida. 

Resultat d'imatges per a "desgobierno"

Hay otra posibilidad, que es el de hacer un gobierno de izquierdas. Aunque esto pueda ser muy importante de cara a las políticas a implantar, lo es más que significaría romper la infernal y castradora lógica de los bloques y de la confrontación. El PSC y los Comunes han hecho su parte de este trabajo de desescalar el conflicto. Han propuesto en campaña, justamente y a pesar de los improperios que se les ha dedicado, superar el callejón sin salida de la melancolía y dotar al país de un gobierno transversal, fuerte, que busque puntos de encuentro, de consenso y acuerdo, para responder a lo que la sociedad catalana requiere ahora mismo. Pareciera que esto era posible hace unos meses o tan sólo unas semanas. En los últimos días de campaña a Esquerra le temblaron las piernas y los temores a la derrota le hicieron virar la estrategia y comprar el marco mental de la unilateralidad y de la polarización al que los llamaba el independentismo más recalentado del “lo volveremos a hacer “. Les ha servido para vencer en el combate interno del independentismo, lo que pasa es que el precio ha sido comprar el producto del adversario y perder centralidad y capacidad política. A veces el independentismo parece presentarse como una categoría por encima de la realidad y de los conflictos de clase, como si el elemento identitario obedeciera a una pulsión mística y bondadosa que superara proyectos ideológicos y de sociedad contrapuestos. ERC, no es sólo que pueda elegir o bien a derecha o izquierda y de entrada elige derecha, sino que significa apostar por mantener el conflicto, la polaridad y la fractura del país. Pero también para mantener la inestabilidad y el desgobierno que es inherente a los planteamientos de JxCat o bien de la CUP. El tripartito de izquierdas no significaría sólo ocupar el gobierno, que es sólo a lo que puede aspirar la estrategia independentista monolítica. Gobernar es otra cosa. Y esto, ahora y aquí, pasa por un acuerdo con Illa y con Albiach. Se puede hacer decir lo que se quiera a los resultados electorales, lo cierto, sin embargo, es que el voto independentista ha pasado de 2 millones de votos a 1,3 y representar sólo un 26% del censo electoral. Se precisaría valentía y aceptar la realidad plural y diversa de Cataluña. Poner el país por delante de los miedos ancestrales a ser tachado de “traidor”. El patriotismo, concepto complejo y de dudosa existencia, tiene mas que ver con la grandeza de espíritu y la generosidad que con la justificación de misérrimos intereses particulares.