Autor: Josep Burgaya

Las vergüenzas del Parlament

Vivir y cobrar sin trabajar es una fantasía que todos hemos tenido en alguna ocasión. Hemos imaginado a qué actividades recreativas y lúdicas dedicaríamos nuestro tiempo con la tranquilidad de cobrar una buena nómina y sin que, en contrapartida, tuviéramos que hacer unos horarios, asumir unas responsabilidades, dar cuentas… Disponer de un salario y vivir la vida sin esfuerzo y sin la condena bíblica del trabajo, a quien más quien menos, se nos pondría bien. Pero, para la mayoría de los mortales, es un pensamiento momentáneo, una pura quimera que nunca se cumplirá y que, probablemente, es mucho mejor que no se materialice. Esta semana, sin embargo, hemos descubierto que hay gente cerca de nosotros que sí, que la vida le ha regalado esta oportunidad. Veintitantas personas (no los llamaré trabajadores por respeto a los que lo son) a sueldo del Parlamento de Cataluña y parece que de manera extensiva a otras instituciones como la Sindicatura de Cuentas han obtenido el privilegio de, sólo con quince años de antigüedad, poder cobrar el salario completo a partir de los sesenta sin acercarse al trabajo. Ojo, no es una jubilación anticipada. Como buena cultura funcionarial, siguen siendo propietarios de la plaza y van generando trienios que agrandan su salario. El concepto utilizado por esta magnífica obra de dejadez, holgazanería y desperdicio de los recursos públicos recibe el poético nombre de “permiso de edad”. El tema no es nuevo y parece que esta prebenda se remonta al 2008. El procedimiento claro: se quiere renovar a altos empleados de la institución y los responsables políticos, que no se las quieren tener con los funcionarios, deciden ofrecerles un retiro dorado que es cobrar y no acercarse al trabajo. Para que la cosa no provoque resquemor en los ojos, se extiende a todos los funcionarios de la institución, quienes se apuntan deseosos a tal oportunidad. El pequeño considerando a tener en cuenta es que esto tan injusto, injustificado, inmoral y costoso lo pagamos entre todos. Nadie habría financiado de su bolsillo tan ilógica situación de privilegio.

La Mesa del Parlament acuerda eliminar el plazo en que los funcionarios  pueden cobrar sin trabajar

El tema no es anecdótico y pone de relieve no sólo la manera frívola en como se utilizan con demasiada frecuencia los caudales públicos, sino también los beneficios que implica trabajar a la sombra del poder. Porque si el mismo concepto resulta inaceptable, también descubrimos unos niveles de salarios en algunas actividades que nada tienen que ver ni con la proporcionalidad ni con el mercado. Hemos visto nóminas que van de 4.000 a 10.500 euros mensuales limpios de polvo y paja. Cifras impúdicas. Cuando el tema ha aparecido, han quedado fotografiados los presidentes del Parlamento que ha habido desde 2008 y que han dado por buena la situación. Ernest Benach de forma torpe lo ha justificado en nombre de que «eran otros tiempos». Por supuesto. Tiempo de crisis económica, de despidos y precarización que él, sin embargo, bien acolchado en el coche oficial que se hizo “tunear” para viajar más cómodo, no se dio cuenta de lo que ocurría fuera. De hecho, ningún “tiempo” da coartada a algo así y más les valdría a los muchos que lo sabían, que pasaran vergüenza, pidieran disculpas y lo arreglaran. Porque aparte de presidentes de la institución, había mesas del Parlamento con representantes de todos los grupos parlamentarios que parece que o bien no se miraban el presupuesto anual que aprobaban, o bien se instalan ahora en el cinismo de argüir un desconocimiento que no podían tener. Hay también todos los diputados de la Cámara, de las bancadas del Gobierno o de la oposición, además de la multitud de filtros de control presupuestario que debían haberse dado cuenta, denunciado e impedido lo que alguien ha definido como una «práctica de pillaje institucionalizada».

Constatamos a menudo el distanciamiento de la política por una parte creciente de la ciudadanía e incluso las actitudes “antipolíticas” que refuerzan los discursos populistas e iliberales de las derechas extremas. Aunque las fallas del sistema democrático no justificarán nunca su negación, hechos como el de los salarios del Parlamento, así como la dejadez y frivolidad que lo ha permitido, son el caldo de cultivo del discurso de los que se han constituido como antisistema. Así, es fácil construir la existencia de una casta hecha de connivencias entre funcionarios y políticos cuya finalidad última sería la extracción de buenos salarios y todo tipo de canonjías. Si no se depura de forma clara y ejemplar este tema y todas sus derivadas, en esto el país habrá perdido cosas mucho más importantes que dinero.

La sociedad del miedo

Toda sociedad y todo individuo sienten y se les manifiestan múltiples formas de miedo. Pero quizás nunca como ahora el miedo inquieta y condiciona a los grupos sociales intermedios y determina su comportamiento social y sus actitudes políticas. De entrada, por una cuestión de lógica. Sufren miedo aquellos que tienen algo que perder. Las clases medias crecen y se consolidan en el mundo occidental especialmente durante las tres décadas gloriosas del Estado de bienestar. Si el conflicto de clases había sido muy áspero en los primeros cuarenta años del siglo XX, después de una guerra que había dejado más de cincuenta millones de muertos y dado lugar a sinrazones como el Holocausto, se imponía un cierto arreglo entre capital y trabajo. El miedo inherente a la incertidumbre del mañana quedaba mitigado por las seguridades que el Estado se encargaba de proporcionar. De paso, se desarmaba la clase obrera clásica y su sentido de pertenencia como grupo, reforzando el ascensor social y un nuevo sentido de pertenencia a un grupo heterogéneo en progreso. La sociedad ya no venía definida por la polaridad entre grupos sociales antagónicos sino por los sectores intermedios de empleados, profesionales y autónomos que, en una feliz definición de los sociólogos Ulrike Berger y Claus Offe, constituían una “no-clase”. Las generaciones occidentales de después de 1945 no conocerían el totalitarismo ni la guerra. Se acostumbrarían a la seguridad, el bienestar, los derechos, el consumo y la progresión social. El horizonte resultaba expansivo y el porvenir un escenario donde actuar y triunfar.

Una clase media que se irá definiendo cada vez más en un sentido aspiracional que por los niveles de renta o funciones en el proceso productivo que puedan considerarse homogéneas. Una diversidad de empleos, ingresos y culturas cada uno de ellos cuenta con sus objetivos y que debe gestionar un buen catálogo de frustraciones y miedos. Estamos hablando de técnicos con varios niveles de calificación, de funcionarios de diversos estratos de mando y de responsabilidad, a los trabajadores de cierto nivel de las finanzas y de las empresas tecnológicas. También empleados de la sanidad y la enseñanza, profesionales liberales y trabajadores autónomos activos en el sentido que tenía este término antes de la uberización, la gig economy y las cooperativas de trabajadores subcontratadas por las grandes empresas. Un conglomerado social que hizo oír cada vez más su voz como electores que se consideraban estabilizadores por su tendencia a la moderación que se cree inherente a tener algo de patrimonio y a los que se iba orientando la publicidad de bienes de consumo de larga duración. La clase mayoritaria de la sociedad, que determina tendencias y que se siente el sujeto de referencia de los gobernantes, puesto que conforma el grueso de la “opinión pública”.

Pero a partir de la nueva lógica que impuso la globalización económica, acentuada por las crisis del 2008, ésta es una clase que ha sufrido un profundo proceso de transformación y pérdida de efectivos, al tiempo que ve desaparecer las seguridades aparentemente eternas construidas en los años de expansión de las políticas keynesianas. Nuevos miedos, nuevos temores nuevas vulnerabilidades. Visión del abismo del desclasamiento.

Clase media" #Viñeta #Humor | Humor, Movie posters, Ups

Resulta paradójico que un grupo social que sigue siendo privilegiado respecto a buena parte de una sociedad donde avanza el terreno de la precariedad y la exclusión, se siente a la vez tan frágil y vulnerable, lo que le lleva a la toma de posturas extremas, redentoras e histéricas en política. Se acabó el formar parte de la centralidad política, de bascular entre ofertas moderadas para facilitar la alternancia. Radicalidad, griterío y refugio identitario. Los distintos populismos las acogen en sus brazos y les proporcionan un falso horizonte de emancipación. Las clases medias devienen aparentemente revolucionarias a través de propuestas que son extremadamente reaccionarias. Lo que hace el demagogo justamente es utilizar e intensificar el miedo a la gente y proporcionar un chivo expiatorio al que culpabilizar y que sirva para exorcizar a los demonios particulares. Para el populista, el miedo es elevado a categoría que permite discernir lo verídico de lo falaz. Se trata de definir dos campos antagónicos alineando el grupo social temeroso y vulnerable frente a otro grupo social asociado al dominio, la corrupción o el engaño, culpable de su frustración. Como explica el sociólogo alemán Heiz Bude, “el miedo vuelve a los hombres dependientes de seductores, mentores y jugadores. Quien es movido por el miedo evita lo desagradable, reniega de lo real y se pierde lo posible”.

Estabilidad política, a pesar de todo

En la política española contrasta la extrema polaridad que han impuesto las derechas de Partido Popular y Vox. Compiten en radicalidad y hacen de cada comparecencia y sesión parlamentaria una escenificación de combate terminal, siendo portadoras de un relato casi dantesco de la situación política. En realidad, se mantiene de manera bastante tranquila una mayoría parlamentaria de signo progresista que, aunque a trompicones por las sucesivas oleadas pandémicas, va tirando adelante la legislatura y logra aprobar algunas leyes que, a priori, parecía difícil que pudiera hacerlo. El gobierno español ha cerrado con dos victorias políticas bastante importantes en 2021. Por un lado, ha conseguido una mayoría holgada por la aprobación de los presupuestos generales de 2022. Unos presupuestos cargados de partidas sociales y engrasados ​​por la llegada de los fondos europeos postpandemia. Lógicamente, ha tenido que hacer concesiones concretas a la multitud de pequeños grupos que lo apoyan, pero el relato que quedará no será ni de grandes concesiones ni de grandes dificultades. Lo que quería el PP, que quedara la imagen de un gobierno filocomunista prisionero de nacionalismos e independentismos periféricos, no lo ha conseguido. Todo ha sido bastante plácido e, incluso, en el caso de ERC la exigencia parece ser más simbólica que otra cosa. Pactar una cuota de producción en catalán y otras lenguas cooficiales, a pesar de ser relevante para promover estos idiomas a nivel de uso social, no deja de ser alegórico puesto que no es posible la condición de obligatoriedad, sino de proporcionar estímulos a través de incentivos fiscales. Avanzar la jubilación de los Mossos a los sesenta años, equiparándolos con la Guardia Civil o la Policía Nacional tiene mucho interés para los afectados, pero poca relevancia en términos de país.

Aunque con menos diputados, el PNV siempre es más efectivo y prosaico en sus exigencias. Consigue la gestión íntegra del Ingreso Mínimo Vital -poca broma por su volumen económico y su significado-, así como importantes inversiones en relación con la llegada a Bilbao y Vitoria del Tren de Alta Velocidad (TAV), lo que es hará de forma soterrada. Aunque también más simbólico, logran, además, la cesión completa de la gestión de las cárceles, un tema sensible en aquella región. A los negociadores catalanes, como decía Ortega hace ya muchos años, les suele perder la estética. Se pasa de pretender una declaración unilateral de independencia a pactar una cuota lingüística en Netflix. Quizás una metáfora del retorno repentino y brutal hacia la realpolitik. El PNV sólo tiene seis diputados, no ha amenazado con rupturas, pero tiene infinitamente mucho más peso político. Probablemente pone en valor su moderación y su confiabilidad de partido de modelo antiguo, más preocupado por la estabilidad y los resultados obtenidos, que por el relato y lo que se dirá en las redes sociales. Maneras bastante diferentes de entender y de hacer política.

La reforma laboral com a arma – Josep Burgaya

El otro tema de gran reforzamiento por el gobierno español es el acuerdo alcanzado con los agentes sociales para la reforma laboral. Aunque no será la derogación de las regresivas leyes del PP de 2012 como se había prometido, resulta una victoria política incuestionable conseguir reformar de manera progresista la legislación laboral y disponer el acuerdo de las organizaciones patronales, lo que deja desnudas argumentalmente a las derechas y muy especialmente en el Partido Popular. Un acuerdo que para validarlo a nivel parlamentario todavía tendrá mucho tira y afloja, no pudiendo menospreciar que deba acabar haciendo con el apoyo de Ciudadanos. Lo que se ha firmado, ha forzado grandes tensiones en la patronal y entre éstas y el Partido Popular, que sería su referencia más natural. Cualquier cambio que quieran introducir en el texto nacionalistas e independentistas periféricos podría dar la coartada para que rompiese, algo que difícilmente se jugará el gobierno. Un pacto social para modificar la legislación laboral que, además, tiene problemas de mayor calado que la dialéctica y la pugna política actual. Genera mucho ruido y expectativas, pero traerá pocos cambios más allá de una relevante predominancia de los convenios sectoriales sobre los de empresa. Pese a la simplificación en los modelos de contrato, no terminará con la lacra de la temporalidad y de la precariedad que le es inherente. Ciertamente reequilibra un poco las relaciones entre capital y trabajo que estaban muy sesgadas, pero no afronta los retos que tiene el trabajo y su futuro en este período dominado por la digitalización y el capitalismo cognitivo y tecnológico. Justamente, es una reforma laboral que tiene mucho de “analógica”. Pese al incuestionable triunfo político que representa, éste es momentáneo. Quizás sería bueno que la izquierda gobernante fuera algo menos triunfalista al respecto. Más que nada, porque con la ley que pretende aprobar no resuelve ninguno de los grandes problemas de fondo en relación con el futuro del trabajo y los procesos de ensanchamiento de la desigualdad económica y social. Porque éste debería ser su objetivo. ¿O no?

Trapero

Pierre Victurnien Vergniaud, revolucionario francés antes de ser guillotinado durante el período del Terror hizo esta reflexión: “La Revolución, como Saturno, devora a sus hijos”. De modo menos sangriento, El Procés también va fagocitando a sus protagonistas. La destitución del mayor Trapero, jefe de los Mossos d’Esquadra, llevaba meses en espera. Se ha hecho en Navidad para quitarle relevancia informativa. Es una forma de proceder muy típica de la mayoría de los gobernantes. En cuatro años, este policía ciertamente peculiar ha pasado de ser un mito del independentismo a considerarlo como un enemigo a retirar. Un juguete roto en la polaridad extrema instalada en Catalunya, entre la que ha navegado durante un tiempo, pero las oleadas han sido excesivas y le han acabado ahogando. Ha sido un policía que, aunque se dejó querer por la política, esta dimensión no era exactamente la suya y su profesionalidad le impidió dejarse manipular de forma flagrante como se intentó reiteradamente. De hecho, se le ofreció ir de diputado a las listas de Carles Puigdemont, momento en el que tocó retirada estrictamente hacia su trabajo. Vivió su momento álgido cuando los atentados de las Ramblas de Barcelona, ​​circunstancia en la que los Mossos demostraron una gran eficacia y nivel desarticulando y deshaciendo por la vía rápida el complot que lo había hecho posible. Sus ironías y sarcasmos en las ruedas de prensa le hicieron trending tópic y el independentismo vendía camisetas con su esfinge. Tocaba la guitarra y se encargaba de la paella en las soirées de Pilar Rahola en Cadaqués. Un modelo de charnego integrado y de funcionamiento del ascensor social. Se dejaba ver en el palco del Camp Nou y aparentemente la fama no le desagradaba. Un poco raro para la discreción que se espera de un policía.

De camisetas con su cara al traidor "José Luis": La caída del mito Trapero

En los “hechos de octubre” de 2017, su papel fue ambivalente. Optó por la prudencia que fueron incapaces de utilizar los políticos. Eligió una estrategia de estridente dejadez por parte de los Mossos para evitar enfrentarlos a votantes y organizadores de la velada, lo que le comportó un juicio en la Audiencia Nacional que le hubiera podido llevar a la cárcel, pero fue absuelto. Apostó por defenderse adecuadamente, renunciando a la condición de mito. El tribunal entendió que había intentado evitar males mayores, así como el descrédito de un cuerpo de los Mossos ya demasiado politizado. Al mismo tiempo, lo tenía todo listo por si debía hacer detenciones entre el gobierno que declaró la república no nata, si los jueces le pedían que lo hiciera. Así de profesional parece entender la función policial. Antes, en el juicio de los políticos de El Procés, su testimonio no gustó en absoluto a los encausados. Parece que Oriol Junqueras prácticamente le culpabiliza de su encarcelamiento. Una vez absuelto, fue restituido al cargo al frente de la policía catalana, pero era evidente que ya no satisfacía a los gobernantes. Los que le habían encaramado de forma exagerada haciéndole un héroe ahora le repudiaban. Sólo había que encontrar el momento y alguien dispuesto al encargo de quitárselo de encima y, además, difundir un aviso para navegantes. Así lo ha hecho el consejero Joan Ignasi Elena. En un último gesto de dignidad, Trapero no ha aceptado negociar y pastelear su nuevo destino. Parece decir: que me den lo que quieran y así no voy a tener deudas ni hipotecas con nadie. Su mirada triste de los últimos tiempos expresa el distanciamiento escéptico con la política y con los políticos.

Pero, como cuando antes íbamos a comprar el pan, en el cese de Josep Lluís Trapero ha habido un regalo adicional, que, aunque se ha querido que pasara desapercibido, no es menor. Se ha defenestrado también a Antoni Rodríguez, responsable de la unidad de anticorrupción desde la Comisaría General de Investigación. Parece que se le han ajustado cuentas, precisamente por ejercer su responsabilidad de forma independiente al poder ya las directrices políticas. Sus investigaciones han levantado varios casos que tienen en su centro gente del gobierno actual, como sería la cuestión del trocamiento fraudulento de pagos de Laura Borràs en el Institut Ramón Llull, o bien los mecanismos para la financiación de las zonas oscuras de El Procés donde parece estar implicado el exconsejero Miquel Buch. Más allá de la destrucción de símbolos y de relegamiento de policías muy profesionales, se le está haciendo un flaco favor a un cuerpo policial demasiado discutido, debatido, castigado y relegado por los mismos que lo dirigen. Una policía democrática requiere de profesionales bien formados y con medios, pero también de mandos y dirigentes políticos que entiendan su carácter de servicio público, así como de su necesaria neutralidad. No es ni debería ser un cuerpo para utilizar de forma sesgada y partidista por los gobernantes de turno.

Una vida en exposición

Mantener la privacidad socialmente siempre se había considerado un valor y un factor que añadía respeto y credibilidad. Lo íntimo se preservaba y formaba parte de la restringida esfera particular y familiar. Tradicionalmente, la buena reputación descansaba sobre la discreción y cierta reserva en todo lo personal. Airear públicamente lo que se presumía como algo íntimo, siempre se había apreciado como una muestra de descuido y una señal para la desconfianza. Internet, y muy especialmente las redes sociales, ha inducido a la conversión de lo privado en público, a practicar un exhibicionismo impúdico al que en gran parte nos prestamos de forma generosa y natural. Parecería que hoy en día un exceso de discreción nos convierte en alguien que tiene algo que esconder. Se han invertido los papeles. Más allá de una cultura de la exposición ya naturalizada, donde la transparencia personal adquiere buenas dosis de teatralidad, la pérdida de la cautela personal tiene mucho que ver con una economía de plataforma que ha hecho del espionaje, del despojo de nuestra intimidad, de nuestros datos perfilados, la base del modelo de negocio. En palabras de Yuval Noah Harari, somos ya “animales pirateables” y nuestros cerebros pueden ser “hackeados”.

Mark Zuckerberg dijo no hace mucho tiempo y de forma muy elocuente: “la privacidad ya no es una norma social relevante”. Y no es extraña esa consideración. Hay más personas en Facebook de las que había hace doscientos años en todo el planeta, y esta red social representa el paradigma de la exhibición voluntaria. Estamos ante unas generaciones que han asumido que nada es privado y, lo que resulta chocante, es que apenas se ofrece resistencia a que esto sea así. Se hace alegre y voluntariamente. Es la condición que establecen las plataformas de internet para que esto pueda ser un negocio. ¡El espectáculo debe continuar! Nuestro yo digital va dejando rastro y no sólo eso, queda archivado para siempre. Alimentamos bases de datos mientras enviamos mails, compramos, escuchamos música vemos películas, chateamos o planificamos nuestro nuevo viaje. A partir de ahí, somos un libro abierto para que Google, o quien sea, personalice no sólo la publicidad que recibimos, sino también la información que se considera relevante y esperable para nuestro “yo digital”. Hemos creado una tecnología que nos modifica, nos expone y nos ha transmutado en mercancía y datos. Convertir la información personal en dinero comporta de forma inevitable conflictos con la privacidad, así como con la posibilidad de “olvido”. No es posible realizar un borrado absoluto de nuestras trazas en internet, dado que siempre los servidores acaban disponiendo de una copia oculta de lo que se publica en la red, más allá de cualquier eliminación voluntarista.

Un fallo de seguridad deja expuestos datos personales del Rey o Pedro  Sánchez - AS.com

El mundo de las redes sociales se ha convertido en un escaparate en el que nuestra exposición debe seguir unas reglas no escritas, pero muy estrictas. En los mensajes de texto, no se trata de escribir en una pizarra según el sentido convencional de la escritura. La secuencia del texto, los iconos utilizados y sobre todo la puntuación, lo son todo. Cada grupo de edad y cultura tiene sus códigos, no cumplirlos indica claramente pertenecer a la categoría del impostor y ser un auténtico neófito digital. Es especialmente importante demostrar una total disponibilidad. «La obligatoriedad» de la respuesta obedece casi a condiciones contractuales entre los que forman parte del grupo. La cuestión es acaparar la atención de los miembros, quienes deben al grupo una predisposición incondicional. Un mensaje de texto debe contestarse en un lapso máximo de cinco minutos. Lo contrario implica demostrar poca conexión o, peor, escaso interés. Por eso, el aparato de conexión tiene prioridad absoluta sobre la conversación, sobreponiendo siempre el mirar la pantalla y el clic histérico a cualquier relación en vivo y en directo. La descripción de las cosas que formulamos como una emergencia conseguirá que la gente te preste mucha más atención. El concepto de privado se desvanece. Nuestro diálogo en persona puede estar reflejado por uno de nuestros interlocutores hacia las redes, en tiempo real.

Facebook, tiene un mínimo de 98 campos de información que ha usurpado de nuestra intimidad: ubicación, edad, generación, género, idioma, nivel educativo, campo de estudios, colegio, afinidad étnica, sueldo, tipo de vivienda y régimen de tenencia, valor de la casa, composición del hogar, relaciones, cambios de trabajo, compromisos, matrimonios, paternidades, relaciones sentimentales, marca y antigüedad de vehículos, sistema operativo, servicio de correo electrónico, navegador, tipo de tarjeta de crédito, fluctuaciones de estado de ánimo, perfil de elector… Somos un libro abierto, demasiado abierto. La salud social y democrática requeriría mantener distinción y fronteras, una separación higiénica y prudente, entre lo privado y lo público.

Clases intermedias

Sobre las clases medias, el capitalismo se ha sostenido durante décadas y el consenso con ellas es lo que hizo posible el desarrollo del Estado de bienestar y del modelo social europeo. No es tanto que hayan sido muy numerosas, pero han tenido un gran papel en el sentido aspiracional. Mientras funcionaba ciertas posibilidades de ascensor social, todo el mundo pretendía formar parte. Siempre ha sido un concepto algo vago. Depende mucho si se adscribe a ella una determinada población a partir de un nivel de ingresos, o más bien se utiliza para definir una cultura en la que confluyen bienestar material, moderación política, un tipo de actividad laboral ligada a actividades profesionales, comerciales y empresariales y un nivel de propiedad de, al menos, la vivienda habitual. Tampoco es exactamente lo mismo si lo establecemos a partir de datos objetivos, o bien nos remitimos a la adscripción voluntaria. En este sentido, la mayoría de la población occidental, en los años anteriores al desencadenamiento de la crisis económica de 2008, se definía así de forma absolutamente predominante. Prácticamente desnaturalizada la cultura política de izquierdas que había construido sus mitos y referentes con el marxismo, parecía que la adscripción a la «clase trabajadora» hubiera desaparecido. En los discursos políticos, todo el mundo apelaba al voto de unas clases medias consideradas la base material y mental de la sociedad. Se ha valorado en el mundo occidental a este grupo como el paradigma y sostenimiento de la estabilidad económica y política. Fundamental en el aspecto económico, por su acentuada propensión y posibilidad al consumo que les permitía disponer de un cierto nivel de renta. Clave en la política, por su tendencia a optar y bascular en el arco político moderado entre el centroderecha y el centroizquierda, siendo en la práctica quien proporcionaba las mayorías en la alternancia típica europea entre socialdemocracia y conservadurismo.

9. Consolidación de las Clases Medias. « Pensamiento Social Gabo - Noveno

Con la dinámica de crear desigualdad económica extrema a partir de la globalización, la clase media se fue convirtiendo en un grupo difuso y muy propenso al mal humor. Esto se aceleró con la crisis económica de 2008. La apuesta mundializadora del capitalismo desde hace ya décadas dio lugar a una «revolución de los ricos» que, al perder el miedo a la existencia de un contramodelo que resultara atractivo para en amplias capas de la sociedad, decidieron romper todo consenso social y apostar por el individualismo más puro y duro y evolucionar hacia la sociedad del 1%-99%. Aunque a medio plazo pueda ser una ficción mantener los niveles de demanda con la liquidación de la capacidad adquisitiva de amplias capas de la población occidental, algunos han creído que la disminución de los costes de producción y los bajos precios todavía tienen una cierta carrera por delante, como creen tenerla la nueva y creciente demanda de los sectores emergentes en los países en vías de desarrollo.

La tendencia al laminado progresivo de las clases medias en todos y cada uno de sus niveles parece un proceso imparable, y la premonición que ya hizo el politólogo británico John Gray sobre el hecho de que este grupo social intermedio “es un lujo de que el capitalismo ya no quiere permitirse”, parece que se va cumpliendo. La caída de ingresos salariales y la pérdida de seguridades en relación con el mantenimiento del trabajo son una evidencia en los segmentos medios y altos del mercado laboral, presionados también por el efecto moderador de salarios que provoca la deslocalización. La precariedad -que es laboral, económica y social- es el sentimiento que marca la pauta. Por último, y, probablemente, sea un aspecto especialmente importante, las clases medias en retroceso sufren una presión tributaria importante. Gran parte del ingreso público se sostiene, todavía, sobre lo que queda de ellas, puesto que una parte significativa de los segmentos bajos cotiza mucho menos por efecto del desempleo y de la reducción salarial, y en la medida en que las corporaciones que operan a nivel internacional sean por medio de la elusión o del fraude fiscal, ya hace tiempo que decidieron contribuir sólo de forma simbólica o no contribuir en absoluto. Miedo, incertidumbre y inquietud, en una población que muda hacia el refugio identitario y hacia expresiones políticas descabelladas. Es lo que ocurre siempre que hay procesos de empobrecimiento de los sectores intermedios. Europa ya lo conoce porque lo experimentó en los años treinta. Trump, Brexit, Orban, Salvini, Vox, Zemmour… son expresiones recientes de ello. Refugio en sus extremos, polaridad, fractura social, frustración y violencia verbal. Hemos olvidado que la cultura y la práctica democrática requieren de contención de la desigualdad y de las expectativas de un cierto grado de ascensor social.

La sociedad del turismo

Aunque las limitaciones de la pandemia nos contuvieron durante un tiempo, hemos vuelto a entregarnos al movimiento compulsivo. Vivimos en la “edad del turismo”. Si algo define nuestro mundo es la profusión del viaje, el aleteo continuo. Es una actitud. Desplazarse, conocer entornos diferentes, ya no es algo asociado únicamente a las clases dominantes, a las élites, sino que se ha convertido en característica común y transversal de nuestro tiempo. Se ha erigido como derecho inalienable de cualquier segmento social. Hay nichos y precios para todos, para que la democratización de la práctica turística y viajera no signifique la superación de las diferencias de clase, que tampoco es eso.

El nuestro es un mundo caracterizado por el desplazamiento y la aceleración. No siempre fue así. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad los días se sucedían tranquilos, prácticamente idénticos a los anteriores, y los ciclos de la naturaleza y de las estaciones se repetían sin fin. Hasta la revolución industrial y la introducción del ferrocarril, la mayoría de las personas no conocían durante su vida más allá de un entorno inmediato que se proyectaba en pocas leguas. Fuera del territorio propio, reinaba lo desconocido y los temores e inseguridades no respaldaban el espíritu de aventura y la atracción por lo diferente. En el mundo industrial, la ciudad como epicentro del mundo, se activó la novedad y el espíritu del desplazamiento. El mundo se nos aproximaba, se iba allanando, y también se ampliaba su conocimiento. El nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero llega al paroxismo en las dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos cae encima. La maleta de viaje se ha convertido en una extensión de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

Estadísticas de la Organización Mundial del Turismo sobre turismo mundial |  Aprende de Turismo - Formación Online en Turismo

Los motivos que nos inducen al desplazamiento son múltiples y de muy diverso calado, además de superpuestos, e incluso entrando en contradicción. Ocio, vacaciones, descanso, aburrimiento, atracción por el “viaje”, “notengonadaquehacer”, disfrute cultural, tomar fotografías, conocer gente… El viaje adopta, también, múltiples formas: de pareja, familiar, cultivo de la soledad, con amigos, en grupo organizado… Todo esto y mucho más forma parte ya del concepto de turismo, una actividad que nos define como sociedad y que conforma una de las industrias más importantes en múltiples países, con una significación que va más allá del 10% del PIB mundial y que ocupa de forma directa más de 300 millones de trabajadores.

Y es que en el concepto de “turismo” han terminado confluyendo dimensiones de nuestra vida que hasta hace poco tenían perfiles propios y diferenciados. Aunque el purismo elitista sigue diferenciando claramente entre viajar y hacer el turista, en realidad el propio término de turismo proviene de tour, que implica desplazamiento, viaje para solaz, recreo y conocimiento.

Cuando los costes limitaban las posibilidades de ir a otra parte para la mayoría de la población, el viaje era algo imaginado, soñado, estrictamente preparado y que se realizaba, como mucho, una vez al año aprovechando el período de vacaciones. El “viaje” siempre ha tenido connotaciones de singularidad, de excepción, algo que trasciende nuestra cultura habitual y el conocimiento que poseemos. Evoca el descubrimiento, la relación y la revelación de lo diferente, ya sea en su vertiente cultural, patrimonial, urbana o paisajística. Este carácter especial, espaciado en el tiempo y en el que la preparación tenía tanta o más importancia que su desarrollo, mudó de forma significativa a los albores del siglo pasado ya las primeras décadas de éste, en la medida en que la reducción de los costes especialmente con la explosión de los vuelos baratos y el uso de internet dejó de ser algo pasajero, circunstancial y único para convertirse en una especie de pasatiempo habitual, particularmente entre los más jóvenes. Ir y venir de cualquier ciudad europea, cualquier día y cualquier hora aprovechando las ofertas de última hora de las compañías aéreas y de los subastadores de viajes de saldo que existen en la red. Una competencia no tanto para conocer sino básicamente por moverse y así poder argüir la consecución de récords de mínimos en el precio obtenido. Colapso de aeropuertos, invasión de las ciudades que recibieron como castigo la denominación de “turísticas” y presión sin fin de los operadores en pro de unas bajadas de precio que llevaron a la espiral de deterioro que significa siempre el low cost. El viaje despojado de objetivo y de cualquier glamour. Viajar, básicamente, “porque puedo hacerlo”.

Lengua

En Cataluña, a nivel ciudadano, no existen problemas con la lengua. El catalán y el castellano coexisten con absoluta normalidad y buenas dosis de armonía. Sin embargo, de vez en cuando, los intentos polarizadores de una cierta manera de entender la política quiere utilizar la lengua como campo de batalla, intentando generar confrontación y conflicto. Con la Transición política de finales de los setenta, en Cataluña predominó el sentido de la responsabilidad con el tema del idioma y se optó de forma muy mayoritaria por asegurar que toda la ciudadanía dispusiera de competencias plenas de dominio tanto del catalán como del castellano. Una sociedad diversa y compleja en la composición cultural y lingüística –también en la pulsión identitaria–, optaba por ser una y dotarse de mecanismos de cohesión e integración. “Catalunya, un solo pueblo” fue un eslogan que significaba esta voluntad de no segregar y establecer sentidos de pertenencia plurales y compartidos.

El franquismo había perseguido, menospreciado y subordinado a la lengua y la cultura catalana. Había no sólo de superar esa triste fase, sino establecer políticas compensatorias del debilitamiento que el catalán había sufrido. Se requería una normalización y un apoyo por parte de las instituciones educativas y gubernamentales en el nuevo país que se iba estructurando. Y esto se hizo con plena conciencia y apoyo de casi todos. Los castellanohablantes de una forma muy explícita y significativa. Justamente, hay que destacar que los más reacios a la mecánica de inmersión lingüística fundamentado en un sistema educativo único que garantizara el dominio de ambos idiomas, era el nacionalismo pujolista, el cual era partidario de una doble línea educativa en función de la lengua materna. Un planteamiento que, de haber salido adelante, habría segregado la sociedad no sólo por orígenes culturales, sino también de procedencia social, por clases. Afortunadamente, se impuso la Cataluña políticamente progresista en esta cuestión tan basal, que entonces era mayoritaria y que representaban sobre todo el PSUC y el PSC.

Jacobinismo y lengua. El 155 no sirve para arreglar este desastre: la inmersión  lingüística – Crónica Popular

El sistema de inmersión se ha mantenido en lo fundamental durante cuarenta años. Que globalmente haya sido un instrumento de éxito en la recuperación del conocimiento del catalán no quita disfunciones, anquilosamientos y los cambios de la realidad producidos durante un período tan largo. Habría que poder hablar de ello y no debería resultar un tema tabú. Si estamos de acuerdo en que el objetivo es el dominio de las dos lenguas cooficiales y que la inmersión es sólo el método que debe hacerlo posible, ajustar las herramientas a las mutaciones que se han producido no debería ser sólo posible, sino obligado. La última sentencia del Supremo exigiendo un suelo mínimo de formación en castellano, no cuestiona el hecho fundamental de que es necesaria la sobreponderación de una lengua con mayor riesgo y menor potencial detrás como es el catalán. Que intervengan los tribunales en este tema es poco recomendable, pero quizás también sea evidencia de la incapacidad de la política para construir acuerdos sólidos, honestos y sin sospechas de intenciones ocultas en pro de una aspiración monolingüe. Exabruptos de algún dirigente político sobre que «el castellano ya se aprende en la calle» sobran. La sintaxis se adquiere en las aulas. En el tema idiomático, necesitamos más aportaciones de lingüistas y sociolingüistas, más que de políticos especialmente cuando su especialidad es la de encender fuegos y provocar confrontaciones.

Los datos nos dicen que las competencias adquiridas en el dominio del catalán y el castellano son bastante satisfactorias. Casi todo el mundo dispone de un conocimiento aceptable de ambos idiomas, que es lo que se puede pedir y exigir al sistema educativo. Es una evidencia y resulta preocupante, sin embargo, el retroceso del uso social del catalán. La “culpa” de esto no es del castellano y la respuesta adecuada no es pretender marginar éste del sistema educativo. La ignorancia nunca resulta una solución para nada. Hay dinámicas globales que tienden a concentrar a la población en torno a unas pocas grandes lenguas. Tiene que ver con la conformación de grandes culturas de masas de carácter universal. Se pueden y se deben tomar medidas atemperadoras, de protección, como establecer cuotas lingüísticas en las grandes plataformas de entretenimiento sabedores, sin embargo, que ésta es una batalla perdida, o casi. Lo que sí se podría hacer, mientras tanto, es no vincular al catalán a opciones políticamente partidistas. Beneficiaría mucho su consideración y prestigio y evitaríamos que, para algunos colectivos, pueda acabar resultando antipático. No porque lo sea la lengua, sino porque se comportan como tales muchos de los que se llaman defensores. Las lenguas requieren practicantes, pero nunca inquisidores.

Cádiz o la revuelta contra la precariedad

El otoño está resultando laboralmente caliente para el Gobierno y los frentes de conflictividad que se le abren van en aumento, mientras el Partido Popular se frota las manos porque su relato de una España sumida en el caos le resulta un buen contexto para intentar un vuelco electoral y político. Los próximos meses no parecen ser muy favorables al gobierno de izquierdas ya que la recuperación económica se manifiesta insuficiente y desequilibrada para compensar las muchas carencias y malestares acumulados en la sociedad. Los fondos Next Generation son un bálsamo, pero no llegan para todo. La desconfianza sobre el futuro incierto de la pandemia tampoco contribuye a calmar las aguas.

La explosión violenta en el sector del metal gaditano se ha convertido en un foco de tensión y nos ha proporcionado imágenes que nos retrotraen a las crudas movilizaciones que acompañaron a la reconversión industrial española del sector siderometalúrgico, allá por los años ochenta, y que llevaron a los sindicatos a convocar una huelga general contra el gobierno socialista de Felipe González y contra las políticas del poco socialista y muy «liberal» ministro Carlos Solchaga. En este caso actual, la huelga y la toma de la calle pretende hacer mover una inflexible patronal provincial del sector, la cual no acepta proporcionar mayores grados de estabilidad laboral y unos aumentos salariales acompasados ​​con la inflación que, afirman, no resulta sostenible en un sector donde los márgenes se han ido estrechando. Como siempre, se trata de que lo pague el eslabón más débil, el trabajo.

Revueltas en Cádiz, prende la mecha del descontento social

El contexto socioeconómico respalda los temores a los despidos y la pérdida de los puestos de trabajo. Los niveles de desempleo en la bahía de Cádiz están muy por encima de la media española que ya es muy elevada y la precariedad contractual no hace más que alimentar los ya numerosos miedos. Más de 20.000 trabajadores se han manifestado y se hacen sentir en el espacio público porque ya no pueden más y los sindicatos tradicionales tienen serias dificultades para contener y encauzar una protesta movida por la rabia. La inflación y la fuerte subida del IPC no estaba en la ecuación gubernamental de salida de la reclusión pandémica. La geopolítica, las dificultades en las cadenas de suministros y la falta de chips que lastra la producción industrial no estaban en las previsiones. Los sueldos pierden rápidamente capacidad adquisitiva mientras la presión sobre el trabajo va empeorando, como en el caso de la industria del metal gaditana, las condiciones laborales en forma de horas no remuneradas, jornadas en festivos, dificultad de acceso a los servicios sanitarios… Con la precariedad laboral es fácil recortar e incluso conculcar los derechos de los trabajadores. El trabajo resulta desarmado frente al ánimo del capital. Nada nuevo bajo el sol.

El problema de fondo que evidencia la movilización gaditana es la perversión de un sistema basado en una multitud de subcontrataciones a partir de varias empresas de referencia en el sector. Las grandes firmas como Airbus, Alestis, Dragados o Navantia disponen de plantillas cortas y con personal en relativamente buenas condiciones laborales. Pero el grueso de los pedidos que reciben, muchas veces del Estado, se difuminan en una pirámide de subcontratos donde las condiciones de los obreros van empeorando a medida que se desciende a terceros y cuartos niveles donde se realiza gran parte de la producción real en pequeñas y medianas empresas auxiliares. Es aquí donde se concentra la precariedad y los bajos salarios, donde se instala una preocupación que muta hacia la indignación y la movilización violenta. Ya no es sólo una cuestión económica lo que enfurece a los trabajadores. Es una cuestión de decencia y honorabilidad. Se podrá argüir que la cuestión compite únicamente a la patronal gaditana del sector del metal, que es ella la que debería mover ficha. Sin embargo, no es del todo exacto. Existe un inmenso problema de omisión de responsabilidad de las grandes empresas porque existe una legislación laboral que permite establecer cadenas interminables de subcontratos, de recurrir a trabajadores “externos” en condiciones de vasallaje o de semiesclavitud. Si algo debe contener la nueva legislación laboral que debe aprobar, próximamente, el Congreso de los Diputados y que no está presente en las leyes actuales, son las nociones de dignidad y de respeto para los trabajadores.

Libertad es privacidad

En el mundo digital, nunca estamos al margen. Nos controlan nuestros dispositivos, nuestras apps, nuestra interacción en las redes sociales, así como la multitud de sensores que acompañan al artefacto móvil propio y de los demás. Con el Internet de las Cosas (IdC), es imposible no estar siempre bajo observación. Los sistemas de reconocimiento facial instalados en la calle nos tienen siempre ubicados y bajo control. Realmente los objetos nos miran. Esto vulnera una mínima noción de privacidad, pero sobre todo se mantiene siempre en estado de vigilancia y en disposición de ser activados. Los dispositivos móviles nos mantienen constantemente de guardia y a merced del “imperativo digital”. No hay descanso posible ni desconexión. Tener un smartphone en el bolsillo significa tener el acceso al mundo en la mano, pero también significa estar siempre en manos del mundo. Al recibir un mensaje, se nos exige respuesta y acción. Tácitamente, aceptamos ser llamados a actuar en cualquier instante, por lo que perdemos dosis importantes de libertad. Si no lo hacemos, nos sentimos permanentemente en infracción y nos vemos obligados a pedir disculpas por cualquier demora o por estar “fuera de cobertura”. Internet y los dispositivos móviles son ante todo instrumentos de “registro”, más que de comunicación. Un mecanismo del capitalismo llamado cognitivo que supera con creces cualquier forma de control social anterior. Facebook o Gmail son las máquinas de espionaje más grandes que jamás han existido. Vivimos mansamente en una auténtica jaula de cristal que el mundo digital nos ha creado y va ampliando su transparencia y exposición. Cuando una persona se sabe observada, su comportamiento se vuelve más conformista y obediente. El rastreo utilizado durante la última crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la capacidad de los estados y de las grandes corporaciones que les auxilian para ejercer un estricto y exhaustivo control de sus ciudadanos.

La inevitable transparencia en la era digital

Los datos son el nuevo petróleo. Con datos suficientes, es posible percibir correlaciones y descubrir patrones. Eric Schmidt, antiguo CEO de Google, presumía: “Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos lo que estás pensando”. Es evidente que las empresas dominantes son aquéllas que han acumulado los retratos más completos de nosotros. Los detalles íntimos incorporados en nuestros datos se pueden utilizar para minarnos; los datos proporcionan la base para la discriminación invisible; se utilizan para influir en nuestras elecciones, en nuestros hábitos de consumo e intelectuales. Los datos ofrecen una radiografía del alma. Las empresas convierten esta fotografía del yo interior en una mercancía comercializable en un mercado, comprada y vendida sin nuestro conocimiento. Las grandes plataformas han llegado a ser dominantes sobre la base de su exhaustiva vigilancia de los usuarios, el control absoluto de las actividades y sus dosieres cada vez más voluminosos. Sin duda, una versión muy mejorada y ampliada de lo que un día fue Stasi. Lo que aparentemente es investigación de mercado, termina siendo vigilancia personal a través del sistema de perfilado de datos. La matemática estadounidense Cathy O’Neil ha alertado de cómo el big datacondiciona el acceso a un crédito o a un trabajo y hasta dónde patrulla la policía. De hecho, los prolijos perfiles personalizados están desarrollando ya el concepto “economía de la reputación”, lo que implica que el precio a pagar por productos y servicios se acomodará a nuestro detallado perfil digital.

El Internet de las Cosas multiplica exponencialmente la generación de datos y nuestra transparencia. Lo hace GoogleGlass, pero lo hacen los últimos modelos de televisores, que tienen la “inteligencia” para registrar nuestras costumbres domésticas y así ofrecernos anuncios personalizados. Los datos que acumulan los robots de limpieza que se van generalizando en nuestros domicilios son ingentes. Saben más y de forma más sistemática sobre nosotros que nosotros mismos. Google Chauffeur, el coche sin conductor, conocerá todos nuestros hábitos y relaciones. ¿A quién proporcionará la información? Esto es una “república de vidrio” en la que la vigilancia y el control se convierten en absolutos. La libertad desaparece. La idea del panóptico de Jeremy Bentham queda como un método de control puramente anecdótico comparado a un sistema de observación electrónico basado en 50.000 millones de dispositivos inteligentes a los que facilitamos toda nuestra vida sin queja alguna. La intimidad se ha convertido, sin duda, en un privilegio de ricos. Las empresas de big data saben lo que hicimos ayer, lo que hacemos hoy, pero lo realmente preocupante es que también saben lo que haremos mañana, cuando todavía lo desconocemos nosotros. Los estados nos siguen en el espacio público con un sinfín de cámaras que nos identifican. El coronavirus ha servido para blanquear todo este inmenso sistema de control público-privado.