Autor: Josep Burgaya

Servicios que ya no lo son

La conjunción de la pandemia y el proceso de digitalización han llevado a que algunos servicios, públicos o privados, lo sean menos para los ciudadanos. Se da un proceso acelerado de negación de la atención personalizada, en vivo y en directo, de forma presencial. No es que eso sea del todo nuevo ni que sea el resultado de la prudencia con el fin de ahorrarnos el riesgo de contagio en dependencias que antes eran de uso común y de libre concurrencia. Sencillamente, no nos quieren ver y si intentamos que lo hagan como habían hecho toda la vida, abiertamente se niegan. Si insistimos considerándolo un derecho, lo más probable es que nos humillen. Cuando esto pasa, que nos dan con la puerta en las narices y no entienden de razones para facilitarnos las cosas, aducen como si nos hicieran un favor que ahora las cosas se deben hacer online y de manera digitalizada. En la post pandemia, se han mantenido maneras y actitudes que se podían entender en su punto álgido pero que luego expresan mala educación, falta de espíritu de servicio y, sobre todo, una política de reducción de costes económicos a base de disminuir el personal. Exigir cita previa concertada por internet, establecer muchos filtros de acceso no son sino maneras de hacernos desistir de nuestra demanda y necesidad que se nos atienda. Digitalización se ha convertido en síntoma de no-atención. Hay cosas, preocupaciones, que no son reducibles a formularios informáticos como hay personas que por edad o formación no saben operar con una tecnología que, se olvida, no a todo el mundo le resulta fácil.

La banca se ha especializado hace mucho en la no-atención personal. No quieren que vayamos a unas oficinas en las que no nos hacen ni caso, pero para evitar la tentación de que a pesar de todo lo hagamos las han reducido a la mínima expresión. Todo debe hacerse por internet y los cajeros automáticos son cada vez más escasos. Sacar dinero en metálico es ahora casi una odisea si, además, lo quieres hacer directamente en tu entidad bancaria para ahorrarte pagar comisiones. Para conseguir cita prácticamente tienes que estar en gracia de Dios y dar mil explicaciones a los filtros telefónicos puestos para que no lo concretes y lo dejes correr. Para hacerte la ilusión de atención, te comunica tu acceso digital que tienes un gestor personal a tu servicio. No es necesario que lo llames, te responden desde un call centersituado en Casablanca.

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Y que no decir de la dañada sanidad pública. Degradada y faltada de personal y recursos mucho antes de la pandemia víctima de la dejadez institucional y de torpes intentos de privatización, hizo su personal una gran función y inmensos sacrificios para hacer frente el virus. Pero ni ha recuperado la normalidad asistencial y parece que tampoco se pretende que lo haga. La desatención resulta notoria justamente en la atención primaria e incluso tienes dificultades para ser atendido si tienes un problema de urgencias. Muchas enfermedades se dejaron de diagnosticar en su momento y ahora numerosas personas pagan las consecuencias. Los médicos de cabecera ya casi sólo te atienden por correo electrónico, por el “canal salud” o bien telefónicamente. Desde la Generalitat, no dicen que esto sea temporal y que pondrán más personal sanitario sino justamente lo contrario: un administrativo decidirá a partir de una llamada si somos merecedores o no de ser atendidos presencialmente, algo que sólo sucederá muy de vez en cuando.

Antes una comisaría de policía era un lugar visible y para tener en cuenta, una referencia segura por “si te pasaba algo”. Denunciar haber sido víctima de un robo no es un hecho que se pueda prever, se hace de manera inmediata si tienes la mala suerte de que te ocurra. Quizá no te resolverán nada, pero se obtiene auxilio y un cierto confort. Hay cosas que parecería que no admiten demora. Ahora, si te presentas a una comisaría de los Mossos agobiado y pidiendo un poco de atención te exigirán dos cosas: o bien tener una cita previa, o bien que presentes la denuncia si este es el caso por internet. En esta segunda opción, te exigirán que la pases a validar físicamente en el plazo máximo de dos días a no ser que quieras que esta decaiga, pero para ello deberás previamente solicitado y obtenido la famosa “cita previa”. Un circuito que, para ser educados, podríamos decir que es kafkiano.

Se podría continuar con los ejemplos o sugerir que, si un día se le quema la casa, no avise a los bomberos a no ser que antes no haya concertado cita previa por medio de una página de internet. La atención personalizada, inmediata y directa es hoy en día una posibilidad muy rara y remota, en proceso de extinción. Los servicios van perdiendo justamente la denominación que les daba sentido. Los aplicativos tecnológicos y la atención remota resultan una excusa perfecta para dejar de atendernos.

Facebook

Definitivamente, la última ha sido una mala semana para Facebook. El apagón del pasado lunes con el que se dejó sin servicio a miles de millones de usuarios no sólo de esta red social sino también de Instagram, WhatsApp, Messenger y la plataforma de realidad virtual Occulus de la que es propietaria puso en evidencia la fragilidad tecnológica tan de las plataformas de las que dependemos y entregamos una parte importante de nuestras vidas. Lo absurdo de una dependencia que se ha convertido además de insensata en absolutamente adictiva. La paralización de la actividad provocó que ingentes cantidades de personas, especialmente los jóvenes más apegados, entraran en pánico y se sintieran totalmente perdidos e incomunicados. Si lo que daba gran parte del sentido y el entretenimiento en sus vidas dejaba de funcionar, sólo quedaba lugar para la histeria y el colapso mental. Lo curioso del caso, es que la compañía no dio ninguna explicación de lo que pasaba de forma inmediata ni aclaró unos porqués que los avezados a la tecnología han tenido que deducir. Aclaraciones que habría hecho rápidamente cualquier proveedor de servicios en el mundo analógico. En el mundo digital, sin embargo, todo es diferente, todo se produce como si fuera un juego. La aparente gratuidad del aplicativo hace que no se adopte el papel convencional del prestador de servicios, sino que, de manera arrogante, se nos hace un generoso regalo que no nos da derecho a la queja si temporalmente se nos priva del acceso. Que la inmediata caída de la cotización en bolsa de Facebook le hiciera perder a su propietario Mark Zuckerberg cinco mil millones de dólares de patrimonio en una tarde, no deja de ser anecdótico: para él, además de que los recuperá rápidamente, no deja de ser poco más que el chocolate del loro.

CASO FACEBOOK: Mark Zuckerberg asegura que la regulación de las redes  sociales es inevitable | Internacional

A Facebook hace tiempo que le acompaña el escándalo y se ha convertido en la representación del peor de las plataformas que dominan la red. En 2016 se reveló el tema de Cambridge Analytica por el que Zuckerberg tuvo que dar explicaciones en el Senado de Estados Unidos, ya que los datos de los usuarios se habían vendido y utilizado sin control durante la campaña que en 2016 llevó a Donald Trump en convertirse en presidente de Estados Unidos. Ahora, y coincidido en el apagón de servicio del pasado lunes, esta empresa que usan 3.600 millones de consumidores en el mundo tiene que hacer frente a las acusaciones públicas de una empleada que ha decidido dar a conocer las prácticas poco éticas y peligrosas de la compañía, consistentes en dotar a sus algoritmos de connotaciones propiciadoras de la adicción y de estímulo a la creación de polaridad social y política. Incitación al odio y levantamiento de pasiones. Esta “garganta profunda” ha explicado y ha aportado documentos que evidencian la falta de moralidad y principios de la compañía, su peligrosidad y la falta de autocontrol ante la Subcomisión de Protección del Consumidor y la Seguridad de Datos, poniendo de manifiesto unas malas prácticas de la tecnológica que sabía que sus aplicaciones empujaban a los adolescentes hacia el abismo de los comportamientos suicidas y los trastornos alimentarios no haciendo nada para evitarlo. Asimismo, ha detallado los sistemas de amplificación de la división, el extremismo y la polarización, fomentando la violencia y poniendo en cuestión el propio sistema democrático. Poco ha importado que las informaciones internas de la compañía hayan alertado reiteradamente sobre los efectos perversos de algoritmos pensados ​​y imaginados para ampliar el espectáculo de la confrontación y de los sentimientos extremos. Ningún sentido de la responsabilidad: el dinero es el dinero.

Frances Haugen, que es el nombre de la ingeniera denunciante, explicó el círculo vicioso y extraordinariamente perverso de una tecnológica dispuesta crear reacciones de dependencia del usuario lo que obtiene mejor con contenidos que inciten al odio y levanten pasiones, es decir, teledirigido nuestros pensamientos y emociones con informaciones falsas o tergiversadas para llevarnos a la expresión de lo peor de nosotros mismos. No es extraño, pues, que la denunciante pida a los legisladores que actúen y regulen como se hizo con la industria del tabaco, la obligatoriedad de los cinturones de seguridad en los coches o el actuar contra las farmacéuticas responsables de la epidemia del consumo de opiáceos. Que pongan normas y frenos, a una actividad que es notoriamente nociva y practicada desde la más completa y absoluta mala fe.

La Palma como evidencia

La impactante erupción del volcán de esta isla canaria nos ha cautivado durante las últimas semanas. La demostración de fuerza y ​​la capacidad destructiva de la naturaleza fuera de control han coexistido con la generación de imágenes de una gran belleza estética. Nos hemos sentido desbordados por algo superior a nosotros y todas las capacidades de previsión que podamos tener, pero a la vez asustados de como con pocas horas muchas vidas pueden quedar absolutamente a la intemperie. Fenómenos como estos nos despojan de nuestras seguridades impostadas y evidencian la extrema fragilidad humana. Grandeza y miseria siendo presentes y fusionándose en unas mismas fotografías. El desbordamiento y la impotencia como sentimientos dominantes. Habrá pocas cosas peores como el tener que contemplar expectante cómo se destruye todo lo que has construido y que había formado parte de tu paisaje vital. La explosión repentina del volcán Cumbre Vieja y el relato cambiante sobre su comportamiento y su evolución con el paso de los días ha puesto de manifiesto lo poco que sabíamos y las limitaciones del conocimiento científico en algunos ámbitos, así como la escasa expertez de los que nos tenían que informar. Nada ha pasado como se nos iba diciendo que pasaría y las explicaciones de los más doctos al respecto no han pasado de consideraciones de observadores de barra de bar. La vulcanología, se ha demostrado una ciencia muy inexacta. A pesar de los estudios realizados durante años y la teórica monitorización del volcán desde hacia tiempo, no se había previsto nada ni se tenía ni la más remota idea del impacto y duración que tendría su despertar. Oscilaba entre días o bien meses y la lava que tenía que llegar al mar el primer día -a las ocho de la tarde aseguraban-, ha tarde diez días en hacerlo. Quizás es bueno que la naturaleza siga siendo imprevisible y aún nos pueda sorprender, pero no estaría de más que fuéramos más prudentes y modestos cuando nos referimos a ella.

La catástrofe humana del volcán de La Palma obliga a diseñar un plan de  rescate público excepcional

Otra evidencia de esta erupción ha sido la imparable tentación a turistizarlo todo en nuestro mundo, convirtiendo incluso la desgracia en un producto por comercializar. No se puede negar que las imágenes, sobre todo las nocturnas, de un volcán en erupción resultan atractivas, pero de ahí a decir que el daño que hacen los ríos de lava desbordados se compensará con el turismo que atraerá resulta una barbaridad. Ningún ingreso generado por visitantes atraídos por el morbo satisfará las formas de vida destruidas, las historias personales que quedan enterradas debajo las riadas de minerales incandescentes. La belleza resultante, estará vacía de vida y resulta un futuro muy poco atractivo para los agricultores que ya nunca más podrán cultivar plátanos, tener que convertirse en guías turísticos de desnortados visitantes. La pulsión a buscar impactos siempre nuevos y de querer estar presentes y hacernos selfies allí donde han pasado “cosas” ha terminado por que nos comportamos de manera bastante repelente. El “turismo de desgracias” tiene cada vez más predicamento y adeptos. Hay rutas turísticas por el Detroit de las fábricas abandonadas y en ruinas de los gigantes de la automoción, viajes expresos a las playas arrasadas del océano Índico por el tsunami de 2004 o bien, visitantes de París asisten a conciertos en la sala Bataclan sólo para revivir el brutal atentado terrorista de hace unos pocos años. De hecho, esta morbosidad actual y el convertir actividades poco agradables con un objetivo turístico no es del todo nueva. Marco de Eramo ha escrito como las rutas turísticas con más predicamento en el París del siglo XIX eran las que se organizaban por la zona de los mataderos donde el hedor resultaba insoportable hasta marear o bien por las cloacas de la ciudad donde, navegando, los visitantes se distraían con la caza de buenos ejemplares de inmensas ratas. Esto era de madrugada. Lo hacían compatible en ir por la tarde a pasear y comprar por los Campos Elíseos, así como por la noche asistir a la Ópera o distraerse frívolamente el Moulin Rouge. Bien pensado, somos muy raros.

Las autoridades tienen un problema de autoridad

La libertad individual y colectiva se sostiene sobre normas compartidas el funcionamiento y garantía de las cuales se basa en el mantenimiento del principio de autoridad que está depositado en las instituciones del Estado. Cuando esto se debilita o se rompe se producen situaciones caóticas, conflictos violentos que, si no se cortan, derivan en inestabilidad y en la instauración de dinámicas del “todo vale”. Asistimos ya hace tiempo a numerosos episodios de desgobierno público en el que el principio de autoridad desaparece, con grupos humanos actuando de manera violenta y nihilista, al margen de normas, y actuando contra las fuerzas de orden público que son, justamente, la encarnación pública de los preceptos y de la autoridad. Los comportamientos violentos y agresivos con la policía han aumentado y mucho en los últimos años, y parece que las ganas de desconfinamiento y superación de limitaciones postpandémicas lo explique y lo deba que justificar. La desobediencia parece haber ido cogiendo cuerpo, pero no ejercida de manera pasiva como protesta o como reivindicación de derechos, sino practicada de manera agresiva y de confrontación explícita y brutal con las fuerzas policiales. La profusión de “botellones” las últimas semanas, contraviniendo la prudencia sanitaria básica, no son sólo el resultado de un espontaneismo juvenil que muestra las ganas de fiesta después de mucha cuaresma. Se movilizan miles de personas que se convierten en una turba brutal y descontrolada, que lo arrasa todo a su paso, y que deja secuelas de violencia, destrucción de mobiliario urbano, agresiones y asaltos. La policía no sólo no puede cortarlo por miedo al mal mayor que se podría generar con su intervención, sino que tiene que huir perseguida y agredida por los elementos más locos de esta masa descontrolada. Se ha impuesto, en nombre de esta libertad nihilista, la negación de cualquier autoridad y lo que Sergi Pàmies ha definido acertadamente como la práctica de la “violencia recreativa”.

Desalojadas 3.851 personas en botellones en Barcelona - La Nueva España

En Cataluña, esto se ha convertido en un fenómeno que se produce día si día también ya sea a partir de concentraciones espontáneas generadas con llamadas en las redes sociales o como la manera de terminar cualquier fiesta popular, o ya no digamos las movilizaciones y concentraciones políticas. Ha adquirido tal normalidad, que ya no sorprende a nadie ni ninguna autoridad política se ve obligada a condenarlo y aún menos a salir en defensa de los Mossos, cuerpo el cual es escrutado y convertido en chivo expiatorio para aquellos cuya responsabilidad sobre ellos debería ser comandarlo y defenderlo más que participar en su desprestigio. Se podrán argüir causas sociológicas o económicas profundas para explicar los malestares que respaldan estos comportamientos cada vez más violentos por parte, especialmente, de los jóvenes. Si nos fijamos bien, sin embargo, tanto las reacciones violentas en los “botellones” como el ataque brutal que se hace a la policía en la parte final de las concentraciones políticas no los protagonizan chicos procedentes de la exclusión social, sino estudiantes y elementos de grupos sociales de buen nivel de bienestar. Hay un problema de justificación y legitimación de esta violencia desde instancias políticas y también de opinadores y algunos medios de comunicación. Hace tiempo que dura. Cuando se detiene, sólo muy de vez en cuando, a algún energúmeno que intenta pisar la cabeza a algún policía, hay quien desde cómodos atriles habla de “represaliados” y apela a una imaginaria “opresión” y a la práctica de libertad de expresión, en una visión muy a Díaz Ayuso del concepto de libertad. Que, por ejemplo, una vicerrectora de una universidad pública, afortunadamente cesada, publicara un tuit donde decía “¡ganas de fuego, de contenedores quemados y de aeropuerto colapsado!” denota que la enfermedad está extendida, o bien que un programa del prime time televisivo catalán se le sonría la gracia a un entrevistado cuando afirma ridícula e impunemente que “el terrorismo no debería ser delito en ningún país democrático”, la cual ya es pura locura. Sorprende, que en sociedades acomodadas y más bien conservadoras como es la nuestra, atraiga tanto la práctica de la barbarie como divertimento y posibilidad estética y que se le proporcione tanta coartada y justificación alegre. No estoy seguro de que esto se acepte de manera tan deportiva cuando quien lo practique sea, por la auténtica frustración que proporciona la pobreza, la enorme masa de gente excluida que de momento vamos manteniendo y conteniendo en los márgenes. Entonces si, corremos allí todos, apelaremos a la autoridad para que nos defienda.

Diálogo, pese a todo

La icónica Mesa de Diálogo entre los gobiernos español y catalán ha conseguido reunirse. A pesar de que, como no podía ser de otra manera, los resultados del encuentro son más bien escasos y la celebración ha servido para poco más que para constatar el alejamiento de las posiciones, la cita acaba por tener efectos balsámicos justamente porque ha conseguido hacerse contra embates, boicots y disparos de artillería. Aunque momentáneo, el éxito radica no en lo hablado sino en haberse hecho una fotografía que se ha intentado dinamitar desde muchos lugares, pero especialmente desde dentro del movimiento independentista. Pedro Sánchez consigue mantener su inestable mayoría parlamentaria para seguir con la legislatura al menos un curso más y desarma la virulencia de una derecha que ha querido hacer del diálogo del Estado con el independentismo el canto del cisne del gobierno de izquierdas y del futuro político de su presidente. El discurso alarmista sobre la entrega a los postulados secesionistas hace aguas ya que no se evidencia ninguna concreción real ni ninguna carga simbólica que permita sostener que el Estado se disuelve o desaparece en Cataluña, como tampoco que se hagan concesiones que vayan más allá de la Constitución. La firmeza y demostración de autoridad que Sánchez hizo en relación con las dudas y contradicciones del independentismo con la ampliación del aeropuerto del Prat también lo reforzó y mucho tanto en España como en Cataluña. Definía no sólo el terreno de juego, sino que evidenciaba el coste que tenía para la sociedad catalana quedar en manos de mayorías políticas incoherentes y sin un proyecto de país.

Pere Aragonés ha llegado a la mesa muy debilitado, pero ha alcanzado el objetivo. Aún diciendo por activa y por pasiva que apoyaban el formato, aunque no creían en él, JuntsxCat ha intentado hacer fracasar esta apuesta bombardeandola por tierra, mar y aire hasta última hora. El golpe sobre la mesa del presidente catalán en relación con sus socios lo refuerza políticamente como fortalece su apuesta estratégica, aunque la sensación final sea que se ha quedado sin Gobierno. En una situación y comportamientos políticos normales, que es manifiestamente evidente que en Cataluña no se producen, la mayoría gubernamental debería haber disuelto de iure una vez lo ha hecho de facto, y se iría a elecciones. La contradicción estratégica, en el fondo y en las formas, entre los pretendidos socios parecería hacer imposible su continuidad. En nuestro caso, esto no ocurrirá y se continuará la confrontación aún más subida de tono, compartiendo al menos formalmente la misma mesa de gobierno, pero con una imposibilidad obvia para gobernar. ERC ha logrado imponer su estrategia dentro del independentismo, pero ha quedado aislada y prisionera de una Mesa que, como parece lógico, no dará frutos palpables e irá poco más allá de ser un espacio en el que se alternan monólogos que dialogan bastante poco.

La mesa de diálogo sobre Cataluña | El Norte de Castilla

Con la Mesa de Diálogo, básicamente todo el mundo gana tiempo. Se establece un interregno en el que se guardan las formas y se mantiene la espera por lo que suceda a partir del posible cambio de ciclo político del 2023. Este ámbito de diálogo no tiene ni probablemente tendrá más funcionalidad que el carácter simbólico de su existencia. Mientras se dialoga la virulencia de los conflictos se apacigua, esa es su lógica. Pero no nos engañemos, el tono y las maneras del independentismo que ha quedado fuera del marco del encuentro aumentará y puede salir reforzado ante las “claudicaciones” de los republicanos. Más que nunca asistiremos a la batalla por imponer cada uno su relato. Estamos ante un juego de emociones y no de razones. En este contexto, la radicalidad tiene siempre mucho que ganar. Paralelamente, y más allá de un independentismo que no va más allá de representar a la mitad de la ciudadanía, la división de la sociedad catalana entre los que aspiran a ser medianamente bien gobernados y los que anhelan una utopía se puede mantener inalterable, mientras que la declinación social y económica que ya hace muchos años que dura difícilmente revertirá. El peligro, es acostumbrarse a vivir en aguas estancadas. Que no se muevan, no significa que sean saludables.

Los gobiernos deben gobernar

El título resulta la afirmación de una obviedad, pero es una regla que no siempre se cumple. Cuando esto ocurre, las sociedades se debilitan por la falta de liderazgo, por carecer de la necesaria capacidad de decisión. Gobernar es también decidir, pero a veces no se quiere asumir el coste de hacerlo y se opta por marear la perdiz. Una pretensión demasiado extendida en política suele ser la de querer contentar a todos y no tomar nunca una posición clara. Lo que siempre se ha expresado como la pretensión de estar a misa ya la vez repicando, decir una cosa y, todo lo contrario. Suele terminar mal. Querer cosas contradictorias o bien apelar a electorados con pretensiones confrontadas, suele hacerlos perder a todos como muy saben los politólogos. El tema de la ampliación del aeropuerto del Prat y la suspensión de la inversión que ha anunciado el Gobierno del Estado como desenlace previsible pone en evidencia las contradicciones y vergüenzas de la política catalana, la muestra que se ha instalado una notoria incapacidad para gestionar, demasiado pendientes de la finalidad independentista. Aunque los partidos que han conformado el gobierno actual afirmaron que eran conscientes de que mientras se velaban armas para la consecución del objetivo de la secesión el país debía ser gobernado, que había que priorizar la gestión, a la hora de la verdad, no parecen ser capaces de hacerlo. Hay un problema de estrategias en conflicto entre las diversas partes del gobierno, que son formalmente dos, pero que en realidad son más. El contencioso y la neutralización mutua termina por condicionar la posición y contraposición sobre cualquier tema.

A pesar de que el presidente de la Generalitat parece haber dado al inicio de la legislatura un perfil bajo al Gobierno, estableciendo una especie de situación de espera para ver cómo avanza el tema de la Mesa de Diálogo, que condiciona toda la agenda y los movimientos posteriores, el tema del aeropuerto del Prat tenía demasiado calado como para no ser aprovechado por los actores principales de la política catalana para profundizar en su disputa. El Gobierno catalán no ha tenido una sola voz, sino que ha manifestado las contradicciones de manera amplia e interesada. Resulta que los mismos que habían firmado un primer acuerdo sobre el tema con el gobierno central, poco después afirmaban que irían a manifestarse en contra de la ampliación. El consejero Puigneró, partidario de la obra, quedaba desautorizado por los socios e incluso por gente del propio partido. Les resultará difícil hacer entender la pérdida de la inversión y todo lo que representa a los sectores económicos claramente favorables que hay en el país, así como el desorden que todo ello expresa. Más que la Mesa de Diálogo y los objetivos de amnistía y de autodeterminación que el independentismo decía querer focalizar, es ahora esta cuestión la que centrará la política catalana. Habrá quien recurrirá a la tradicional “culpa de Madrid” para excusarse, pero el problema está aquí. Gobernar y al mismo tiempo defender objetivos a largo plazo como el de la independencia, con estrategias internas en colisión, se ha demostrado claramente poco funcional, inviable.

Aeropuertos: La ampliación de El Prat debe respetar el Delta del Llobregat,  avisa la CE

El problema no es la posición concreta sobre el tema de la ampliación del aeropuerto, cuestión por la que hay razones que pueden justificar ser favorable a ello o no serlo. La protección del humedal de La Ricarda no es ni mucho menos el más relevante. Depende de qué modelo de desarrollo futuro se quiera para Barcelona y para Cataluña, además, de poder dudar sobre el hecho que alargar una pista de vuelo comporte de manera inmediata convertirse en un hub, lo que parece tener muchos otros condicionantes y considerandos. Quien tiene en sus manos el gobierno del país ni puede adoptar la actitud de ni si ni no, ni opinar en función del debilitamiento del socio de gobierno, como tampoco confundir diálogos políticos de más alargo alcance con la necesidad o no de este equipamiento. Firmar acuerdos y al mismo tiempo organizar manifestaciones en contra, tampoco contribuye a avanzar o bien a establecer la confianza imprescindible entre instituciones. En Cataluña casi nadie discute la legitimidad de la mayoría constituida para gobernar, lo que sí se duda muy seriamente y cada vez más, es que su actitud lo haga posible.

Autopistas y peajes

Hay temas que no son de blanco o de negro, y la cuestión de la eliminación de los peajes pertenece a esta categoría. Que de repente se hayan levantado las barreras que te obligaban a pasar por caja tan a menudo resulta sin duda un desahogo. En Cataluña, que teníamos la sensación cierta que había una profusión mayor que en ningún otro lugar de vías de pago tiene importancia material, pero también simbólica. Se han liberado 556 kilómetros de autopistas catalanas, curiosamente las que eran propiedad del Estado, mientras que los 120 kilómetros de pago que restan son de la Generalitat. Aunque tiene explicaciones técnicas sobre los vencimientos de la gestión, algo contradictorio si que resulta. Pero ¿es positivo o no que ya no tengamos que pagar? Pues sí, y no. Como muchas cosas en la vida es bueno y malo a la vez, tiene una carga ambivalente. Lo primero para tener en cuenta, es que los costes de mantenimiento de las vías los tendremos que pagar igualmente, lo que pasa que lo haremos a través de los impuestos. Una forma indirecta de hacerlo, que duele menos pero que nos afecta también particularmente. Es más, hasta hoy contribuía quien utilizaba estas vías y ahora lo haremos todos juntos, las transitemos o no. ¿Es mejor pagar por uso? En parte sí, es más justo. Ahora bien, la tarifa no discriminaba entre los usuarios que lo eran por necesidad de aquellos que lo hacían por gusto y aún menos entre los diferentes niveles de renta de los conductores de los vehículos. Lo que sí es seguro, que la gratuidad aumentará la fluencia de tráfico por estas vías rápidas, funcionará como un estímulo al tránsito rodado ahora que, al menos teóricamente, nos tocaría justamente impulsar la reducción de los vehículos privados para minimizar la contaminación y el impacto sobre el calentamiento global. Parece un poco contradictorio mirado en términos medioambientales. También es cierto, sin embargo, que no siempre el transporte público es suficiente o lo bastante eficiente para mudamos de hábitos en el desplazamiento. Pero también pasa, a veces, que la crítica al transporte público esconde una excusa, unas muy pocas ganas de cambiar de hábitos en una cultura donde ir a todas partes con el propio vehículo es prácticamente una adicción.

La patronal andaluza de constructores se opone a los peajes en autopistas y  carreteras

Que estas vías rápidas incorporen contingentes provenientes de vías alternativas más lentas pero que tenían el atractivo de que no se pagaba tarifa puede resultar muy beneficioso en algunas zonas. En el Maresme, por ejemplo, supondrá una significativa descongestión de una Nacional II que constituía una barrera entre estas poblaciones y el mar, convirtiéndose ahora en una vía menor y de un flujo de vehículos de escala más local. Probablemente les mejorará mucho la calidad de vida. Pero no en todo el territorio será así. Canalizar el tráfico por vías rápidas que aíslen la circulación del entorno y de las poblaciones, no siempre es bueno ya que justamente el viajero ni interactúa ni ve el territorio por el que pasa. La autopista crea un sistema autista de moverse en el que sólo importa el origen y el destino. En medio, no hay territorio ni paisaje a considerar ya que sólo hace una función puramente utilitaria para el que se desplaza, aunque justamente la huella visual y física del equipamiento suele condicionar y mucho los lugares por donde discurre. Una barrera más bien fea y infranqueable. Ya sé, que a menudo cuando vamos arriba y abajo lo hacemos por utilidad y no estamos para romanticismos, pero ciertamente en el concepto antiguo de viaje, lo más relevante no era el destino sino el camino que se hacía, lo que pasaba en el trayecto que se seguía.

En el mundo que vivimos y especialmente en nuestro país, el sistema de autopistas resulta necesario, inevitable e imprescindible. Al menos hoy en día. Es la manera principal como nos desplazamos en distancias medias y la forma en que se mueven buena parte de las mercancías. El transporte colectivo resulta sólo complementario a la hora de ir por Cataluña. Está hecho y pensado de esa manera. De manera inmediata resulta positivo que tengamos una buena red de autopistas con buen mantenimiento y, además, gratuitas. La realidad, sin embargo, es también que esto obedece a un modelo de movilidad antiguo y que se contradice con las declaraciones de buenas intenciones que hacemos sobre los impactos medioambientales, la huella de carbono y sobre el futuro del planeta. Nos llenamos la boca con el concepto de sostenibilidad, pero el modelo de transporte que tenemos y agrandamos justamente no lo es de sostenible. Los departamentos de Medio Ambiente de las administraciones suelen ser un negociado aparte que intenta hacer algunas acciones para verdear a posteriori las políticas que se hacen desde Economía, Empresa o Infraestructuras. El día que nos creamos de verdad el vector ecológico, este no será un ministerio o una consejería menor sino un componente transversal, el condicionante básico, y todos los ámbitos de gobierno le quedarán subordinados. Mientras tanto, y como dice la canción italiana: parole, parole, parole 

El precio de la luz

España tiene uno de los precios de la energía eléctrica más caros de Europa. No es que le falte capacidad de producción, que sobra, ni que no se tenga un acceso suficiente y diversificado las fuentes que la han de producir. Tiene un problema de oligopolio, es decir de unos pocos operadores que acaban para fijar condiciones y que hacen que el concepto de competencia, al menos de cara al consumidor, resulte una ridiculez. Pero tiene, sobre todo, un sistema tarifario que está fuera de toda lógica y que resulta una bicoca para las compañías presentes en este ámbito. El sistema de subasta establecido en el mercado mayorista, y que acaba por ser decisivo en el precio final que pagamos los consumidores, resulta extraordinariamente perverso y parece que a nivel gubernamental les resulta intocable ante el riesgo de molestar a la Unión Europea o enfadar las influyentes grandes compañías que son las beneficiarias. En estos meses de julio y agosto, casi cada día batimos récords en el precio de la luz. Esta semana hemos llegado a la brutal cifra de 122,76 € el megavatio/hora y parece que la tendencia alcista continuará. Para que nos hagamos una idea, hace un año el precio no llegaba a los 40 € (Mw/h). ¿No sería el momento de hacer algo? Caras de preocupación y buenas palabras sobre posibles vías de solución muy parciales y de futuro, pero ninguna acción clara, contundente e inmediata como merecería una situación tan excepcional e insostenible. El temor casi reverencial hacia las empresas operadoras hace que se desestime una intervención y tasación de precios, lo que habría que hacer al menos durante un periodo de tiempo de cara a reorientar y reorganizar el sector y especialmente cambiar el sistema tarifario basado en la subasta. El precio de la electricidad afecta de manera brutal las economías domésticas, pero también a la actividad empresarial, siendo un factor de coste que resta competitividad a las empresas que producen en España cuando han de operar en el mercado internacional. Este no es un tema menor, como no lo es que una parte de la población no se pueda permitir el consumo que se requeriría en plena ola de calor o bien que tenga que recurrir a desplazar buena parte del consumo en la franja horaria menos costosa de la madrugada.

precio luz – @FerranMartín

Aunque el sistema de funcionamiento del mercado eléctrico es bastante complejo y difícil de comprender en sus detalles, como, por cierto, también lo es el recibo eléctrico que recibimos en casa; parece bastante evidente que un sistema de subasta en la compra mayorista organizado por fuentes que van de la energía más barata a la más cara y que sea ésta, el gas, la que acabe fijando el precio pagado por el conjunto, resulta una brutalidad. No tiene sentido que lo que se paga no tenga que ver con costes de producción notoriamente diferenciales. Los bajos costes de producir la nuclear, la hidroeléctrica, o las otras renovables se ve premiado con el mismo pago que reciben el gas o los derechos de emisión de CO2 que son las fuentes que entran al final del proceso y que lo encarecen. La especulación está servida: aportar mucha energía de bajos costes y que finalmente se pueda cobrar según la aportación en el tramo final a costes elevados. La paralización gubernamental en esta situación resulta preocupante, ya que proporcionar energía suficiente a precios razonables debería ser una obligación. Cuando se saca el tema de crear una sociedad pública de distribución que pueda garantizar justamente el carácter de servicio público se echan balones fuera y se cantan las excelencias del mercado privado. No se explica que, en Francia o en Italia, las compañías energéticas más importantes tienen capital público. Que las medidas paliativas que se instrumenten sean bajar el IVA (del 21 al 10%), otros impuestos o el canon que se paga para fomentar las renovables no son sólo un parche, son una muy mala idea. El problema del precio que pagamos por la energía eléctrica no es de exceso de carga tributaria, sino de la existencia de un mecanismo de fijación de precios que permite la obtención de unos beneficios desaforados e injustificables.

Afganistán o el fracaso del pragmatismo político

Lo que debía ser una retirada militar ordenada de este país se ha acabado por convertir en una derrota militar, política y humanitaria incalificable. A los ojos del mundo, los Estados Unidos y sus aliados europeos han escenificado una fuga torpe y patética ante el triunfo de unas tropas que representan la versión más pedestre y medieval del fanatismo religioso. El simulacro de régimen político y de administración que se había erigido en Afganistán durante la ocupación se ha deshecho antes de que los ocupantes desalojaran el país, siendo la fuga de su presidente con unos furgones llenos de billetes la demostración de la solidez y los valores morales de lo que se había construido. Un fracaso más a contar entre las intervenciones militares “salvadoras” que Estados Unidos y Europa han practicado por el mundo. Joe Biden culmina así su errática política exterior, afirmando que Estados Unidos no tienen porque combatir en una guerra que los afganos no piensan librar. Excusas de mal pagador. Las imágenes brutales y caóticas del aeropuerto de Kabul le perseguirán siempre. El americano medio no quiere intervenciones exteriores que le reportan soldados muertos, pero, por encima de todo, su orgullo no puede tolerar imágenes de humillación patriótica. Todo ha sido un cálculo político donde el futuro de la población afgana cuenta poco. Encima, ha salido muy mal.

Y es que el tema de los talibanes no se puede reducir a un problema de los afganos. Su origen fue fomentado e inducido por los Estados Unidos y los aliados europeos en tiempos de Guerra Fría para inestabilizar y combatir el régimen comunista instalado en 1978 y que era sostenido por la URSS. Las partidas guerrilleras de muhaidines, que luego se convertirían en talibanes -literalmente estudiantes de teología-, fueron abundantemente financiadas y armadas por Estados Unidos y los países árabes en sintonía. Osama bin Laden se formó y se fogueó ahí, hasta convertirlo en su base de operaciones contra Occidente. Para la Unión Soviética fue su Vietnam. Desgastada militarmente en una guerra que no podía ganar, abandonó el país en 1989. La guerra civil se prolongó hasta 1996 cuando los talibanes, haciendo gala de una ferocidad inusitada se impusieron y crearon un emirato islámico regido por el fundamentalismo religioso más estricto basado en la sharia, ahogando toda libertad y vestigio de sociedad civil y haciendo recaer la peor opresión imaginable sobre las mujeres. Una demostración de cómo el recurso ocasional e interesado al factor religioso con la excusa de dominar el tablero de la Guerra Fría, había generado un monstruo incontrolable que, además, se giraría contra el mundo occidental dando refugio al terrorismo islamista que tuvo peor expresión en el atentado de septiembre de 2001 en el World Trade Center de Nueva York.

Afganistán | Hoy

La guerra contra el terrorismo y la pretensión por erradicar las bases de Al Qaeda han llevado a una intervención militar estadounidense que ha durado veinte años, durante los cuales las numerosas acciones de guerra no han conseguido acabar con un islamismo radical muy organizado y bien financiado desde el mundo árabe y que cuenta, cosas de la geopolítica, con una cierta simpatía por parte de Rusia y China. Durante estos años se creó un aparente sistema democrático, el país se liberalizó en sus costumbres y se promovió la creación de un ejército bastante inoperante como para que colapsara antes de que las tropas y personal extranjero salieran. Un país complejo, de etnias diversas donde los pastunes son dominantes, con poderosos estructuras tribales también de tajiks, hazaras o uzbekos. Una orografía extraordinariamente difícil lo convierte en incontrolable y abona la práctica militar de la guerrilla, tal y como ya había comprobado el Imperio británico en la primera mitad del siglo XIX, resignándose entonces a que fuera un estado-tapón que le permitiera mantener protegida joya de la corona que era la India. Ahora, después de haberlos usado, condicionado y de que hubiera emergido una sociedad laica, se les abandona a manos de un ejército de mercenarios unidos bajo la bandera del fanatismo religioso. Liquidación de las libertades, opresión asfixiante y desaparición de cualquier vestigio de estado mínimamente organizado. Una vez más, las principales víctimas de sus obsesiones serán las mujeres, obligadas ya de entrada a desaparecer del espacio público y a renunciar a cualquier tipo de visibilidad. Para los pragmáticos que dominan la política internacional, sólo unos efectos colaterales con los que convivir. Inmensa frustración ante un cinismo y una indignidad que son para llorar.

Fuego

Vivimos atemorizados estos días ante la posibilidad de que se puedan producir grandes incendios forestales. Calor, niveles de humedad, sequedad larga y extrema se combinan con bosques densos e hiperpoblados donde se acumula la biomasa: se dan las condiciones de tormenta perfecta para que se produzca algún desastre ecológico. Cuando se nos queman bosques a gran escala, cuando se dan fenómenos de fuego incontrolado no es sólo que se provoca un daño inmenso a los recursos naturales y se ponen en peligro bienes e incluso vidas humanas. Nos sentimos vulnerables y a merced de fuerzas que nos sobrepasan. Resulta inquietante. Como país mediterráneo sabemos que somos propensos a los incendios, tradicionalmente el clima nos ha predispuesto a ello. Ahora, sin embargo, ya no es sólo una cuestión de memoria sobre aquellos grandes incendios que rememoramos o que alguien con más años o memoria nos recuerda. La mitad del Mediterráneo quema este verano: Grecia, Turquía, Italia… Pero también muchos otros lugares. El fuego está devastando California o carboniza millones de hectáreas en lugares tan inverosímiles como Siberia. Sensación de descontrol y desorden, de que lo que estamos viviendo no es anecdótico, no es sólo un mal año, sino que tiene que ver con una lógica ascendente que se relaciona con un cambio climático que se ha acelerado y que ha dejado de ser un concepto para convertirse en una evidencia.

De hecho, la profusión de incendios forestales ligados a menor pluviosidad y a olas de calor inusitadas es tan sólo una muestra de la mayor agresividad de la naturaleza en los últimos tiempos. La tierra está dejando de ser un lugar amable y mostrando cada vez más una crudeza que antaño estaba reservada a determinados lugares ya poco habitados o bien como expresión muy puntual de comportamientos desbocados. Cada vez más los fenómenos climáticos extremos se van convirtiendo en normalidad. Hace menos de un mes que hemos visto unos trágicos y brutales aguaceros en una Alemania que lo ha vivido de manera perpleja, como también en el norte de Italia. Los huracanes y las grandes tormentas tropicales que antes sólo se daban muy de vez en cuando en la zona del Caribe, ahora se suceden hasta el punto de haber agotado los nombres para singularizar la fotografía. El deshielo en las zonas del círculo polar Ártico avanza mucho más rápidamente de lo previsto y los lugares con nieves perpetuas ya se han convertido en rarezas casi inencontrables.

Ignición, combustible, sequía y tiempo apropiado: los ingredientes de los  grandes incendios forestales

Nuestra civilización tiene una capacidad desmedida e incontrolada para modificar la biosfera. Desde la revolución industrial que comenzó hace dos siglos y medio, se ha producido una actitud depredadora y destructiva respeto al medio natural que no ha hecho sino irse acelerando hasta hoy. Se entró en la era del Antropoceno. Dejamos de convivir y aprovechar de manera respetuosa las inmensas posibilidades que nos ofrecía la tierra, para intentar dominarla, subyugarla y explotarla desaforadamente aprovechando los instrumentos tecnológicos. Crecimiento y presión demográfica, conurbaciones inmensas, expoliación de recursos naturales, contaminación de aguas y de la atmósfera, montañas de residuos, agotamiento de recursos… Un modelo de producción y de consumo irracional, destructivo, que nos lleva al paroxismo ya comportamientos sin mucho sentido. Sistemas de distribución tan desiguales y tan poco equitativos que hacen que conviva el despilfarro y la riqueza insultante de unos y la pobreza y falta de todo de otros. No hay que hacer grandes viajes para ver el contraste, a veces basta con cambiar de calle o de barrio.

Las Naciones Unidas acaba de hacer público un informe sobre el cambio climático y sobre los daños probablemente ya irreparables que hemos infringido el planeta y sobre la necesidad de que los gobiernos prioricen el actuar para paliar los efectos tan devastadores que tiene nuestro modelo económico vigente en las últimas centurias. Probablemente, el impacto de los datos y las evidencias del mal harán que se implanten algunas políticas de disminución de la emisión de gases de efecto invernadero. Pequeños parches y declaraciones de buenas intenciones. El problema es más de fondo y no nos lo resolverán ni pequeñas muestras de autocontención ni el recurso a la tecnología por más verde que ésta sea. Especialmente en Occidente, nos hemos acostumbrado a nadar en la abundancia y difícilmente renunciaremos a los comportamientos y hábitos que nos han traído hasta aquí. Posiblemente continuaremos viviendo en la inconsciencia. La condición humana lleva incorporada también la pulsión autodestructiva.