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El ángulo oscuro

La sociedad catalana, como casi todas, más allá de su dinámica natural, su vida institucional y su discurrir abierto y democrático, tiene también una parte oscura. Esta dimensión no evidente está hecha de juegos de poder ejercidos de manera descarnada donde intervienen la política y el dinero con asociaciones y defensa de intereses poco presentables y donde, muy a menudo, el cuarto poder de los medios de comunicación se encuentra totalmente involucrado. Si estos sótanos donde se tejen alianzas e intereses y se intercambian favores existen siempre, ya que son inherentes a una cierta condición humana y la pulsión de poder, en períodos de cambio y de transición suelen tener aún más relieve y significación. Las épocas inciertas, abiertas, resultan una ocasión muy propicia para los aventureros y los saltimbanquis. En las postrimerías del franquismo, cuando la transición política parecía inevitable pero aún no se había iniciado, había muchos personajes y grupos de intereses que intentaban posicionarse cara al futuro, marcando distancia del régimen con el que habían convivido sin muchos problemas y que, en muchos casos, les había facilitado enriquecerse. Había que poner huevos en una nueva cesta. También había personajes que más que vocación de política lo que pretendían era situarse en el sistema de poder político que llevaría la democracia, que se movían de manera intensa para disponer de recursos y contactos que les ubicaran en un buen lugar en la parrilla de salida para ocupar el sistema institucional que seguro se crearía. Era aquello tan lampedusiano de que todo cambiará, pero de lo que se trata es que todo siga básicamente igual. El cenagal que entre los años sesenta y noventa se produjo en Cataluña fue notorio y sus reminiscencias condicionan y contaminan todavía hoy la sociedad y la política catalana.

Paios: L'angle mort d'Alfons Quintà

De todo esto trata El hijo del chofer de Jordi Amat, un libro ineludible para entender los juegos de poder de los últimos cincuenta años, la ciénaga de intereses que han conformado la política catalana, las miserias y debilidades de algunos de sus personajes principales, los enriquecimientos súbitos y los movimientos de dinero, la feria de vanidades. Aunque el personaje principal sea el itinerario cambiante del periodista Alfons Quintà, psicópata y mala persona de manual, en realidad el escritor retrata los intersticios del poder y de intereses de detrás de las bambalinas, el ángulo oscuro que también forma parte de la realidad, centrándose especialmente en el papel de los periodistas y en el entramado de medios. Retrato de la cultura y el instinto de dominio de unos tiempos en los que el cinismo interesado resulta la pulsión dominante. En palabras de uno de ellos, Josep Pla, “¿porque en Cataluña nadie dice nunca la verdad?” Una narración de realismo novelado por donde desfilan el escritor ampurdanés y su pretencioso cortejo, el presidente Tarradellas del exilio con sus miedos, los cazafortunas y especuladores con el cambio de moneda como Manuel Ortínez o Florenci Pujol, así como franquistas que se reposicionaban como el periodista Carles Sentís. Pero sobre todo Jordi Pujol y todo lo que él mueve y lo que significa: delirios de grandeza, corrupción organizada, el fraude de Banca Catalana, el ejercicio despótico del poder, la figura de Lluís Prenafeta, las relaciones de amor y odio con La Vanguardia, la creación de TV3 como recurso publicitario y autojustificativo, la exótica aventura de El Observador, las vinculaciones con el empresario de la Rosa, la multitud de periodistas dispuestos a hacer de propagandistas… El funcionamiento descarnado de la Cataluña del poder y del dinero. Un retrato nada complaciente de unos tiempos en los que imperaba demasiado silencio cómplice.

Como bien indica Jordi Amat, ésta es la parte oscura de un país que, afortunadamente, era a la vez muchas más cosas y que contaba con ámbitos de la sociedad bastante más sanos de los que en el libro se explicitan. Estamos ante una sentencia demoledora de lo que ha significado la cultura pujolista. Habrá quien piense que de todo esto es mejor no hablar y dejarlo en el olvido del cementerio de la historia, que las cosas ocultas mejor que lo sigan siendo pues removerlas las vuelve fétidas. Ninguna sociedad, sin embargo, tiene una evolución sana si no sustancia su pasado, si no aprende a base de reconocer lo que no debería haber sucedido. Es la única manera de evitar que vuelva a pasar además de poner a cada uno en el lugar que le corresponde.

Desgobierno

Vivimos en una situación extraña, anómala. Sin duda unos tiempos excepcionales y bastante inquietantes. El coronavirus y su impacto no se previeron y tiempo habrá para dilucidar si se hubiera de haber sido más diligente con sus peligros por parte de unos epidemiólogos que ahora oimos sentar cátedra de manera arrogante en los medios de comunicación. Un poco tarde. Lo cierto es que el sistema médico-sanitario no estaba preparado para una pandemia de estas características y no estoy muy seguro de que fuera posible de estarlo. La parálisis de buena parte de la actividad económica resulta de una dimensión y una brutalidad muy superior a cualquier crisis económica de las que nos recordamos. Sectores enteros sin ninguna actividad, multitud de gente sin empleo y gran cantidad de familias sin ingresos. Las perspectivas no resultan nada buenas. La necesaria desescalada no hará sino poner en evidencia un paisaje después de la batalla que resultará inevitablemente desolador. Muchos negocios habrán desaparecido, muchos comercios y actividades de tipo familiar habrán cerrado para siempre, muchas empresas harán los despidos que han diferido. Una vez superemos el drama humano y los colapsos sanitarios, nos espera una posguerra que puede resultar de muy larga y de difícil digestión.

En situaciones críticas los ciudadanos miramos hacia las instituciones públicas para que respondan a lo que está pasando, aporten soluciones incluso a lo que era imprevisto y, sobre todo, que nos den explicaciones que nos puedan proporcionar unas ciertas dosis de seguridad y nos demuestren que las cosas están bajo control. Los últimos meses hemos constatado cuán necesario resulta disponer de una sólida red sanitaria pública y de sistemas políticos donde la cultura asistencial esté presente. En definitiva, el valor del Estado del bienestar. Probablemente hemos lamentado sus agujeros y insuficiencias actuales así como haber dado por buenas las políticas debilitadores y privatizadoras de los servicios públicos que tan alegremente se hicieron. Buena parte de los gobiernos del mundo occidental han actuado de manera desnortada y bastante contradictoria durante la pandemia. Les ha costado comprender la dimensión y magnitud de la tragedia, coger el timón y tomar decisiones coherentes. El falso dilema entre priorizar la salud o bien la economía ha impedido desarrollar estrategias para contrarrestar la pandemia suficientemente claras y resolutivas. Costó que la colaboración se impusiera a la competencia entre los países y la lentitud de respuesta de la Unión Europea y otras instituciones internacionales resultó preocupante. Finalmente, la UE ha sido contundente con el programa Next Generation y los fondos destinados a la recuperación y transformación de las economías continentales. Políticas expansivas de tipo keynesiano que resultaban ineludibles y que pueden significar una magnífica oportunidad, especialmente para unos golpeados y con estructuras arcaicas países mediterráneos.

El caos, un estado que favorece a los narcisistas - La Mente es Maravillosa

En medio de todo esto chirría y mucho el auténtico desbarajuste gubernamental en que se ha instalado Cataluña. El mal viene de lejos, pero ahora resulta más insoportable e injustificable. Cuando se requiere de seguridades y de solvencia, tenemos una coalición de gobierno con partidos abierta y públicamente confrontados, que se contraprograman, que se insultan y descalifican a cada momento, que se filtran informaciones para perjudicarse, con miembros claramente poco preparados y desbordados, con subastas de ayuda como se hizo con los autónomos que no tienen perdón de Dios, con la imperdonable gestión de las residencias de la tercera edad, al utilizar el contexto de sufrimiento para profundizar en el conflicto político con el estado… Resulta aterrador que algunos políticos de la corriente dominante afirmen que quizá sí, que a partir de ahora se debería priorizar la gestión y dejar en un segundo plano la épica, la ideología y la sobreactuación para mejores momentos. Un poco tarde para darse cuenta del daño estructural, económico y social pero también moral, que se ha infringido el país. La pandemia, sus efectos y su gestión, nos ha despojado y nos ha puesto ante el espejo de la realidad. Ídolos de barro que sostenían falsos horizontes de grandeza. Quizás habría que volver a empezar, hacer un reset como se dice ahora, dejarnos de “jornadas históricas” y centrarnos en lo verdaderamente importante, lo que tiene que ver con el futuro y el bienestar de la gente. Ni más, ni menos.

Ética y tecnología

La ciencia y la tecnología juegan un papel definitorio en nuestras vidas. Cada vez más. Aunque nos resulten incomprensibles los campos de investigación más vanguardistas y el uso de una jerga de superexpertos, sus cada vez más inmediatas e impactantes aplicaciones prácticas transforman la economía y la sociedad de manera más espectacular y drástica de lo que lo han hecho nunca las ideas políticas y sociales. Nadie decide sobre la conveniencia o no de desarrollar y disponer de internet, pero la verdad es que apareció y los cambios que ha provocado, y con él toda la cultura digital, ha resultado la mayor disrupción de la historia, como mínimo desde la revolución industrial. Parece como si lo realmente importante en el mundo y en nuestras vidas no se decidiera, sino que se produce espontáneamente. Las capacidades científicas y tecnológicas actuales nos sitúan a menudo ante dilemas éticos y morales de un cierto calado, o al menos deberían hacerlo. Un mundo éste privado y al margen de todo control y sin que las prioridades se fijen de forma democrática. Con el sistema de cámara oscura, no se garantiza la “libertad” investigadora de tecnólogos y científicos como alguien podría argüir, sino los intereses empresariales que lógicamente hay detrás de la costosa actividad investigadora. Las innovaciones son de tal calado que a menudo se producen sin un marco legal previamente definido, el cual deberá desarrollarse a posteriori cuando algunos efectos perversos ya se han establecido y cuando el debate posible está mediatizado por los intereses ingentes que han adquirido las grandes corporaciones. La lógica monopolista de los gigantes de la informática y de las grandes plataformas de Internet es una prueba de ello, teniendo los estados que someter a Apple, Microsoft o Google a grandes procesos judiciales para evitar el establecimiento de monopolios y mantener, al menos las apariencias, que sigue funcionando el libre mercado.

La importancia de la ética en la inteligencia artificial - IA Latam

Sin caer en una desconfianza enfermiza con relación a la ciencia y la tecnología, lo cierto es que el tema de los límites de lo que es humanamente aceptable existe, nos lo planteemos o no, como hay un problema con relación al mantenimiento de la privacidad que algunas aplicaciones tecnológicas están obviando de una manera casi escandalosa. La dependencia de carácter casi feudal, de sumisión a los designios y la lógica de grandes corporaciones como Apple o Google, es preocupante en términos de libertad individual. Una cierta idiotez para la novedad y para lo último en aplicaciones tecnológicas a la moda, nos impide discernir o dar importancia que estamos entregando nuestra individualidad, nuestra privacidad a grandes empresas, intromisión que no toleraríamos que lo hiciera directamente el Estado. Se ha instalado la creencia de que todo es medible y cuantificable. Se controla cada clic que hacemos y cada palabra que introducimos en el buscador. Todo es observado y registrado. La tecnología, en nuestros días, sustituye la función que antaño estaba reservada a la religión. Se ha convertido en una especie de refugio contra toda incertidumbre, pero no se tolera la libertad de pensamiento fuera de su estricto marco de funcionamiento. Se ha dotado a la ciencia ya los aplicativos tecnológicos de una función ideológica, consistente en proporcionar de certeza, ser un punto de referencia y proveer de sentido a la vida. Parece como si a estas alturas, toda noción de progreso se hubiera concentrado en el conocimiento científico y tecnológico.

El imperio del tecnológico tiene sus peligros y sus disfunciones, así como la necesidad de proteger algunos valores básicos de nuestra sociedad que corren el riesgo de verse asaltados y arrasados. Quizás algunos aspectos de los trabajos en biotecnología sean los que resultan más inquietantes. Los avances en este campo permiten literalmente reescribir el código de la vida, como quien reescribe la programación informática. Hay quien considera que los científicos de algunas compañías que están trabajando en ello, cambiarán la raza humana tal como la conocemos hoy en día. Esto, convertiría, comparativamente, la revolución digital en algo minúsculo. Ya no se trata de conocimiento biológico para combatir o prevenir enfermedades, se trata de que por primera vez en la evolución que un producto de la evolución pueda modificarse a través de la ingeniería. La humanidad, así, podría estar en los albores de la creación de nuevas especies, modificar las existentes y mutarse a sí misma. El darwinismo puede quedar como algo del pasado en la medida que la genómica pueda practicar una arquitectura biológica diseñada para ajustarse a los deseos, las locuras o a las demandas del mercado. Que se pueda reescribir la vida es notablemente inquietante, más cuando lo que es posible a nivel científico no habrá código ético o prohibición gubernamental que pueda impedir que se acabe realizando.

La derrota de la sociedad americana

Probablemente Joe Biden acabe ganando las elecciones estadounidenses, pero el reconocimiento de ello le costará muchos días y grandes esfuerzos institucionales y judiciales. Como había anunciado previamente, Donald Trump no aceptaría una derrota la que a su juicio y la de sus seguidores sólo era posible si le robaban las elecciones. El peor de los escenarios electorales que se temían se ha acabado produciendo: una victoria demócrata muy ajustada y el no reconocimiento de esto por parte de unos republicanos dispuestos a litigar hasta donde haga falta y, de paso, hacer tierra quemada y destruir la credibilidad de las instituciones y del sistema político. En la calle, grupos armados poseídos por teorías conspiratorias como las que difunden grupos tanto demenciales como QAnon, dispuestos a ir hasta el final en esta locura. Trump quizás al final tendrá que abandonar la Casa Blanca, pero el trumpismo se quedará en una sociedad americana profunda y lastimosamente dividida.

Y es que Trump ha instituido una nueva manera de hacer política, la que entre otras cosas consiste en arrasar con todo y en no dar por buena ninguna regla del juego. Una manera de actuar y de construir el relato que ya se ha impuesto en diversos grados de intensidad en buena parte del mundo. Es lo que ahora se lleva. En las elecciones americanas actuales, sólo ha existido él. Ha ocupado el centro del escenario y ha ido marcando la agenda según su criterio y percepción. No hay contrincante, a nadie le interesa quién es Joe Biden ni lo que piensa hacer. Todo resulta dual entre seguidores enardecidos y votantes que no lo soportan y huyen de tanta desmesura. Esta es su victoria incuestionable, aunque después las cifras finales no le den la presidencia. En su extremado egocentrismo no hay lugar para nadie más y lo que le corresponde de natural sólo le puede ser usurpado o expoliado por la conjunción de las fuerzas del mal. Poca sofisticación en el razonamiento, esquemas sencillos.

Una simpatizante del movimiento conspiratorio QAnon, nueva congresista en  Estados Unidos

Pese a lo que decían las encuestas, el arraigo profundo en la sociedad americana de lo que significa el trumpisme es ya muy grande. No habrá sido un fenómeno incidental. Después de cuatro años de disparates, de salidas de tono, de pérdida del liderazgo de Estados Unidos en el mundo, de apuestas económicas y diplomáticas quiméricas y de una gestión de la pandemia deplorable, no sólo no le ha abandonado su electorado, sino que habrá obtenido más de cinco millones de votantes nuevos. Y lo que es peor, la fractura de la sociedad americana es ahora más profunda de lo que había sido nunca y las posibilidades de enfrentamientos violentos son altos en la medida que campan una gran cantidad de milicias armadas. Pura distopía cuando esto está sucediendo en el país más rico del mundo y que, al menos teóricamente, lo conduce. El mundo de Silicon Valley, de Wall Street o el Nueva York más cosmopolita coexiste con territorios y poblaciones decadentes, con una América profunda reaccionaria, irritada y paranoica. Hay un “cinturón de óxido” de zonas industriales con los trabajadores abandonados a su suerte, territorios de empobrecimiento donde la población se ha sentido despreciada por los flamantes y competitivos titulados universitarios que ocupan los mejores puestos de trabajo y se llevan todas las oportunidades. Hay una América que todavía considera la inmigración como a unos expoliadores de las pocas migajas de bienestar que quedaban en el país y de los supuestos valores fundacionales de la nación, pero también una América de inmigrantes que quieren dialéctica bélica y mano dura con los gobiernos de los países de los que ellos han huido.

Si algo sabe hacer el populismo es apropiarse de los malestares sociales y darles canalización y proyección política. Se trata de proporcionar un “enemigo”, proveer una causa para la que movilizarse y, especialmente, recurrir a la pulsión más elemental y emocional para activar a la acción. A pesar de resultar pintoresco y repulsivo, Donald Trump es un maestro en todo esto, es el ególatra que centra y activa toda la maquinaria. Posee Trump algo fundamental: carece de escrúpulos y no tiene ningún freno moral. Esta dinámica, ciertamente no resuelve ningún problema de fondo ni mejorará la vida de sus votantes. Tampoco lo pretende. Es un mero espectáculo basado en el narcisismo combinado con los intereses de clase disimulados por una narrativa demagógica. El problema, entre otros, es que se lleva por delante toda noción de sociedad y cualquier vestigio de decencia.

Brotes verdes en América Latina

En medio de los nefastos indicadores de la Covid que desnudan nuestra sociedad y ponen en evidencia suss inmensas debilidades, en Bolivia y Chile se han dado procesos que pueden inducir a un cierto optimismo y evitar caer en la espiral de la derrota. La aplastante victoria electoral de la izquierda del MAS certifica la voluntad de la ciudadanía boliviana de continuar avanzando de manera cohesionada y echar ostentosamente del poder a una derecha extraordinariamente reaccionaria que había llegado hace un año al gobierno de manera vergonzante de la mano de un golpe de estado claramente dirigido, como si volviéramos a los setenta, desde la embajada de los EE.UU. En la cruzada contra los gobiernos llamados nacional-populares latinoamericanos, derribar el de Bolivia y la figura exótica de Evo Morales resultaba crucial para fortalecer el retorno de las oligarquías en el poder de un continente sudamericano al que a nadie interesa la situación desde sus habitantes, pero en cambio sí los abundantes recursos del suelo y del subsuelo. Desde Europa, el indigenismo de Morales nos podía parecer folclórico en exceso y su discurso y formas exageradamente populistas. La realidad, sin embargo, es que proporcionó a los indígenas una condición de ciudadanos que les habían negado los gobiernos conservadores y oligárquicos durante buena parte de su historia. Les devolvió su dignidad, además de llevar a cabo unas poderosas transformaciones económicas que iban sacando al país del secular atraso y a una parte significativa de sus habitantes de la miseria. Con la cuidadosa visión europea, probablemente no nos acababan de gustar las formas de Morales, el cual seguramente no se supo retirarse a tiempo y quiso estirar su presidencia llevando a cabo una dudosa reforma constitucional. Pero resulta incuestionable que durante los catorce años de políticas progresistas el PIB del país se triplicado, la pobreza extrema ha pasado del 40% de la población al 15% y la ciudadanía con ingresos medios ya supera el 60%. La esperpéntica derecha que ocupó el palacio presidencial biblia en mano hace un año también fue muy elocuente cuando lo primero que hizo fue incendiar la fornida biblioteca del reputado intelectual y vicepresidente hasta entonces, Álvaro García Linera. Ahora ha sido derrotada de manera contundente y abrumadora.

31 días de movilizaciones en Chile: las cifras

En Chile se ha aprobado en referéndum romper definitivamente con la etapa del dictador Augusto Pinochet, exigiendo una nueva constitución. Puede parecer un pronunciamiento puramente simbólico, pero tiene mucho calado. La derecha gobernante no tuvo más remedio que dar salida con la consulta a unas poderosas e incluso violentas movilizaciones que exigían un cambio profundo en la política, pero también en la economía chilena. La dictadura llevó a este país a ser campo de experimentos de las políticas neoliberales más extremas, sin servicios públicos y sin ningún tipo de protección social, que pretendió erigirse en un modelo de desarrollo para toda América Latina basado en el más radical laissez-faire. Con el paso de los años, y sobre todo a partir de la crisis de 2008, la caída económica del país y su fractura social ha sido brutal. Las clases medias notablemente precarizadas y empobrecidas y cada vez más sectores sociales excluidos, contrastando con una clase dominante que ha acumulado riqueza de manera casi impúdica. En un país sin ningún tipo de red de protección social los malestares acabaron explotando, especialmente contra la derecha gobernante todavía de alguna manera emparentada con el dictador, pero también contra todo el sistema político de partidos que claramente no se dieron cuenta de la situación de desamparo y humillación, como tampoco supieron reaccionar proponiendo alternativas. Las grandiosas movilizaciones, en algunos momentos caóticas y airadas, forzaron el referéndum sobre la extinción de la carta magna. Para los chilenos, el proceso de elaboración de una nueva constitución debe significar el inicio de un proceso de cambios profundos en el ámbito político, cortando con el sangriento pasado, pero sobre todo económicos y sociales. Necesitan una nueva perspectiva, nuevas oportunidades y un nuevo reparto. La duda es si en el sistema político chileno algún partido será capaz de construir un proyecto estimulante y emancipador tanto de las pocas familias históricamente dominantes y dedicadas a las actividades extractivas como de la subyugación a un modelo puramente exportador de materias primas y de la subordinación a los Estados Unidos. Sin embargo, se abren tiempo de esperanza.

Urbanismo táctico

El urbanismo es tan antiguo como lo es la existencia de las ciudades. Ordenar y planificar los entornos urbanos, así como el territorio es un termómetro de civilidad y de progreso. En Europa, frente las caóticas aglomeraciones urbanas que se constituyeron en la época medieval -agregados insalubres sin planificación y noción de espacio público-, la expansión urbana y las nuevas necesidades del mundo industrial llevaron a un creciente ordenamiento de las ciudades. Había más gente, más necesidades, mayor diversidad de usos, así como imponderables de salud y de seguridad a tener en cuenta. Con el triunfo del capitalismo y del orden burgués era necesario, además, que las ciudades como las edificaciones, establecieran y expresaran de manera nítida la jerarquía de clases sociales. Las ciudades se estructuraban en barriadas cada una de ellas representativa de una pertenencia. Progresar era moverse en el espacio urbano. El ascensor social te podía facilitar cambiar de entorno: más limpieza, mejores servicios, espacios públicos más amplios, mayor seguridad y diferente red de relaciones. La especulación urbanística acompañaba todo ello, siendo la gran vía de enriquecimiento contemporáneo, mientras el planeamiento urbanístico, mitad arte y mitad técnica, intentaba establecer unas reglas del juego con normativas y disciplina, proyectando escenarios de futuro. Si algo en los dos últimos siglos contiene abundantes dosis de ideología implícita, esta es la teoría y práctica del urbanismo. Detrás de una ciudad y su planeamiento hay un modelo de sociedad. Se pueden legitimar predominios y grandes negocios o bien reequilibrios y priorizar lo público y colectivo.

Xesco Arechavala: Urbanisme tàctic, una oportunitat per fer ciutat

En las últimas décadas del siglo pasado como en el comienzo de este, se ha hecho en general un buen urbanismo en España. En todo caso, muy superior al desorden y la falta de planeamiento anterior. Fue la época del predominio progresista en los ayuntamientos catalanes como hegemónico en el gremio de los arquitectos y urbanistas. Había muchos carencias y chapuzas a resolver que nos había dejado la herencia del franquismo. Así, gran parte de las ciudades españolas han sido ordenadas, han incorporado servicios, han ganado calidad urbana y han tenido un desarrollo coherente. Uno de los mejores referentes de todo ello ha sido la ciudad de Barcelona, ​​convertida en los ojos del mundo en ejemplo de la ciudad mediterránea monumental, compacta, con coexistencia de usos y capital del buen diseño. Pero justamente aquí se pone en evidencia el estancamiento, cuando no clara declinación, de los planteamientos urbanísticos que habían estado vigentes. Es ahora una ciudad en quiebra por la saturación turística, la especulación pura y dura con la vivienda, la degradación del espacio público, el declive económico y el predominio de ejercer de parque temático. Pero, sobre todo, víctima de una insoportable falta de ideas tanto políticas como técnicas. Es en este contexto de falta de proyecto es donde se ha impuesto tanto en Barcelona como en buena parte de las ciudades del país eso que se llama el urbanismo táctico.

Este urbanismo de mirada corta hace honor a los tiempos líquidos en los que vivimos, con impulsos que tienen que ver con la inmediatez, pero sin ningún planteamiento sólido y con una cierta profundidad. Actuaciones frívolas, sobreactuadas, que intentan empatizar con públicos y demandas específicas, pero parciales y carentes de una visión de conjunto de ciudad. El espacio vial y el entorno público se está convirtiendo en un paisaje insufrible, pintando de mil y unos colores el asfalto y las aceras, la significación de lo cual resulta desconocida en la mayoría de la gente, como también con profusión de separadores, bloques de hormigón creando laberintos intransitables, carriles bici que no llevan a ninguna parte, mucha señalética a menudo confusa cuando no contradictoria… Que el tráfico rodado debe reducirse a las ciudades es un tema en el que todos estamos de acuerdo por razones medioambientales y de bienestar, pero sencillamente tomar medidas que lo complican no hacen sino colapsar y añadir estrés tanto los ciudadanos de a pie como a los conductores. En las ciudades medianas, dificultar el tráfico rodado a menudo lo que conlleva es criminalizar a aquellos de fuera que querrían y deberían entrar a la población. Todo lleva a que la gente se quede en los polígonos perimetrales -cada vez más importantes- y que la vida interna, especialmente la comercial, vaya deprimiéndose. Hay una auténtica plaga de populismo urbanístico, tal vez cargado de buenas intenciones, pero que crea muchos más problemas de los que resuelve. En urbanismo, menos es más. El espacio nítido y la simplicidad son valores muy superiores al barroquismo y un exceso de intervencionismo que no añade ningún valor. Cuando no se tienen ideas claras y sólidas, lo que se suele hacer es actuar de manera exagerada. Así, se convierte un espacio público que debería ser atractivo y amable en un auténtico galimatías. Tiempos de confusión.

La distopía liberal

La crisis del coronavirus está evidenciando los insostenibles niveles de desigualdad económica y social de las sociedades actuales, pero además funciona como un elemento de profundización de esta desigualdad endémica. Incluso un último informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) habla del efecto “desproporcionado” de la pandemia hacia los más pobres ya la necesidad de aumentar la carga fiscal a los más ricos ya las empresas rentables para pagar la factura de la crisis y destinar los renovados ingresos a la salud y a la protección social. En los últimos decenios el intento de situar la competencia económica y el individualismo como “estado natural” ha sido llevado al paroxismo y ahora los resultados son más evidentes que nunca. Como hace notar y forma elocuente el novelista J. M. Cotzee, “la afirmación de que nuestro mundo se debe dividir en entidades económicas competitivas es exagerada. Las economías competitivas aparecieron porque decidimos crearlas. La competencia es un sustituto sublimado de la guerra “.

Zygmunt Bauman también alertó sobre las premisas “incuestionables” con relación a la economía, ya que son proposiciones puramente ideológicas o justificativas. Así, formarían parte de esta categoría de verdades incuestionables, el crecimiento económico como única dinámica posible, el crecimiento del consumo como una carrera interminable detrás de la felicidad, el carácter “natural” de la desigualdad entre los hombres y la competitividad como vía para acceder a lo que se “merece”. Como es sabido, Keynes consideraba la avaricia y la fijación excesiva en los temas económicos como algo detestable ya que, una vez resueltos los problemas prácticos, consideraba que la economía era una actividad poco interesante y que los hombres tenían que dedicar su tiempo y sus esfuerzos a los temas vitales que sí valen la pena. En todo caso, en la cultura thatcheriana dominante desde los años ochenta hasta hoy, se ha impuesto el que Daniel Dorling llama los “principios de injusticia”, según los cuales el elitismo es eficiente, en la medida que la expansión de las capacidades que sólo tienen unos pocos termina beneficiando a unos muchos; que la codicia no es un defecto sino un valor en tanto termina favoreciendo al conjunto, aunque sea a costa de la exclusión de unos cuantos, lo que es inevitable y realiza una función social positiva; finalmente estos principios injustos establecidos considerarían que el dolor que genera la pobreza la desigualdad y la exclusión es inevitable. El castigo como reverso del premio, la lógica del estímulo capitalista, la condena a la libertad. No hay nada más ideológico que reducir la injusticia en un hecho de normalidad. De hecho, durante muchos siglos la creencia en la desigualdad natural de los individuos por su talento y sus habilidades funcionó como el gran justificador de las desigualdades sociales, junto con el componente de resignación que le aportaba la cultura católica.

El Roto | Opinión | EL PAÍS

La desigualdad económica y social se presenta, por parte de la ideología imperante, como un hecho inherente a la naturaleza humana y su carácter intrínsecamente competitivo. La Ilustración y el liberalismo nos llevaron la noción de ciudadanía, de igualdad de oportunidades y de igualdad ante la ley, que establecía las bases para el funcionamiento ordenado de la sociedad, el mantenimiento de estímulos al esfuerzo y al trabajo, así como el sostenimiento de cada uno como responsabilidad individual ineludible. Ciertamente, la igualdad formal, jurídica, distaba mucho de ser una igualdad real. El carácter acumulativo de la riqueza, las diferentes posibilidades de acceso a la salud o la educación condicionaban notablemente la posición de partida, hasta el punto de que algunos notorios liberales de signo radical como Stuart Mill, hicieron notar que teniendo en cuenta el mantenimiento del sistema de herencias, la igualdad de oportunidades pasaba por  que el estado se hiciera cargo de garantizar salud y educación a todos los ciudadanos, en una especie de noción de estado asistencial avant la lettre. Sin embargo, en los últimos siglos ha habido una cierta preocupación por parte de muchos economistas, políticos y teóricos sociales, para establecer ciertos límites a la desigualdad y la pobreza, para que ésta no fuera ofensiva y dinamitara el orden social burgués, así como el mantenimiento de una demanda agregada suficiente. Algunas formas incipientes de Estado social, como el de la Alemania de Bismarck, o bien una cierta noción cristiana de la compasión y de la caridad, tenían este indicio de una moralidad que no toleraba el exceso. Pero incluso eso se perdió. El capitalismo desinhibido, posmoderno y tecnológico, de las últimas décadas, sin embargo, ha hecho una apuesta de máximos donde más que personas en situaciones diversas lo que hay son ganadores y perdedores.

El retorno de la Inquisición

En pocos días han saltado a la palestra informativa dos temas que, aunque tienen pocas cosas en común, han servido para evidenciar la mezcla insana que se pretende hacer entre lo personal y lo político, así como el espíritu inquisitorial no tanto de la ciudadanía como de una cultura demasiado imperante en los medios de comunicación muy ávida y estimulada cuando se trata de hacer leña del árbol caído. Me refiero a las imágenes de un alcalde ebrio y a las filtraciones sobre posible acoso sexual por parte de un exdiputado. Tanto en uno como en el otro caso se han magnificado, repetido y reiterado informaciones e imágenes hasta acabar criminalizando a dos personas de manera harto injustificada. Al hacer circular estos documentos y hacer acusaciones grandilocuentes y gratuitas no se tiene en cuenta el daño que se inflige a personas, en muchos casos de manera irremediable, ni al hecho que en una sociedad libre lo personal debería mantenerse estrictamente en esta esfera. No se trata de defender ni decir que es bueno excederse en el consumo de alcohol, pero si lo practica incidentalmente en su tiempo de ocio, esto no convierte a alguien en mejor o mal político. Ciertamente que es deseable que los políticos tiendan a ser ejemplares en su comportamiento, pero no podemos pretender que estén liberados de cometer los errores o caer en debilidades propias de la imperfección humana. Debemos aspirar a tener políticos y dirigentes capaces y honestos, modélicos en su entrega al servicio público, pero no líderes cargados de una impostada perfección que siempre suele ser moralismo irreal. Resulta significativo en este caso, que el gran “pecado” fueron la existencia de imágenes, las cuales permitieron magnificar el hecho y al mismo tiempo hacer una reposición reiterada para la humillación y escarnio de la persona y para el dudoso disfrute morboso de la sociedad. Aún resultando comprensible por la presión sufrida, el denigrado hizo mal dimitiendo de manera precipitada ya que representaba aceptar una “culpa” que políticamente, pero también personalmente, era inexistente. Y más se equivocó su partido si es que le forzó a hacerlo, lo que desconozco.

La Inquisición española, el sexo y la tortura

En el caso del exdiputado estamos ante un episodio de cainismo y venganza política tan típico de en algunas organizaciones. Un filtrado de información hacia un determinado medio que ya nos indica el grado de enfrentamiento que se está dando en el espacio político del independentismo. Una propagación que deja indefenso y pone a los pies de los caballos un “inculpado” sin posibilidad de defensa. No se dice el qué, sino que sólo se insinúa. Así el lector puede imaginar lo que quiera. Hay que suponer que no estamos hablando de ninguna acusación de las que tienen la consideración de delito y cabida en el código penal, pues de ser así ya se habría sustanciado por quien debería hacerlo. El tema es más sibilino y de reminiscencias totalitarias. “Expedientes abiertos” y “conductas impropias” según normativas internas de una organización que cree debe ir más allá de lo que rige a la sociedad y así depurar a los imperfectos. Todo ello remite a códigos de conducta sectarios y a la convicción de que se puede intervenir en la vida de las personas de manera discrecional, con la pretensión además de llevar a cabo procesos de admisión de culpa y de reeducación. Qué miedo. Desconozco si el acusado tuvo o no actitudes poco consideradas o no adecuadas en las relaciones personales que son inherentes al trabajo en cualquier organización y en la vida social. Pero no me interesa ni debería ser cuestión de debate público. Hay cosas que forman parte de las relaciones interpersonales, con los errores e incomprensiones que se quiera, y es justamente en este ámbito donde se han de dirimir y resolver. Utilizar fricciones para degradar a las individuos, para construirles causas generales para destrozarlos personalmente y acabar con su credibilidad, es precisamente lo que practicaba de manera muy refinada del estalinismo ruso o el maoísmo chino de la “revolución cultural”. Sólo la vida pública resulta saludable cuando lo personal y privado se mantiene en la esfera íntima.

Desescalada

El relajamiento demasiado rápido y precipitado después de la primera ola de la Covid parece estar detrás de la fuerza con que está golpeando el segundo embate en España. La Comunidad de Madrid sería el ejemplo más claro de negligencia sanitaria y política intentando convertir la gestión de la pandemia en un pulso político de la derecha frente al gobierno de Pedro Sánchez. Una manera casi criminal de entender y practicar la política. Probablemente, el error del gobierno central fue la de poner punto final lo más rápidamente posible en el estado de alarma por el desgaste político que le suponía y ceder el control y entregar la toma de decisiones sobre el tema a las comunidades autónomas. A partir de aquí la confusión ha sido notable. Ciertamente que algunas autonomías han hecho una rigurosa y cuidadosa gestión -País Valenciano, Asturias, Canarias …- pero en otras se ha instalado como primacía boicotear todo lo que planteara el Estado y alimentar un relato de conflicto sin asumir una verdadera responsabilidad. De un control exhaustivo de cambios de fases se pasó a la negación de evidencias y de cifras de contagio, procurando afirmar siempre que los otros estaban peor. En el entreacto de las dos oleadas, como debería haber sido preceptivo, no se han reforzado las estructuras sanitarias y el personal médico ni se han contratado los rastreadores que se sabía que eran imprescindibles. Las tasas de contagio se han disparado porque no se ha querido establecer restricciones para evitar lo que creían suponía un fuerte desgaste político. Mejor habitar en la ignorancia. Buena parte de Europa ha hecho las cosas mejor y los resultados lo avalan. En Alemania se han aislado zonas a partir de los 50 casos por cada 100.000 habitantes, mientras en España sólo se hace a partir de 500. Incluso en la habitualmente caótica Italia se ha hilado más fino: confinamientos, rastreadores y reforzamiento del presupuesto de salud. No existen los milagros.

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La prestigiosa revista científica The Lancet lo ha explicado de manera clara. En España ha fallado el sistema efectivo de búsqueda, testeo, rastreo, aislamiento y soporte antes de levantar, como todos anhelábamos, el confinamiento. Y también, se afirma, ha fallado la dotación del sistema sanitario, las medidas de control fronterizo y la falta de criterios claros sobre los umbrales en los que había que tomar decisiones. Y ha fracasado, sobre todo, un sistema de gobernanza que si ya la normalidad tiene notorias disfunciones en momentos excepcionales puede resultar letal: dispersión y confrontación institucional o el malévolo instinto no menospreciar ninguna situación por dramática que sea para avivar la confrontación política. La tardanza en intervenir la Comunidad de Madrid por parte del gobierno del Estado puede explicarse en nombre de la prudencia, pero ha resultado una temeridad. Era evidente para todos que el gobierno de Díaz Ayuso no estaba interesado en consensuar nada ni en dejarse ayudar sino en generar un caos que les permitiera levantar el relato del victimismo. En Cataluña conocemos bien este tipo de estrategias y, de hecho, donde más se ha parecido la gestión de la Covid los últimos meses al desastre madrileño, es Cataluña. Las cifras de afectados y la profundidad del repunte lo cuentan, así como la especial debilidad de un sistema sanitario público notablemente maltratado desde hace años. Las cifras son elocuentes. Mientras Alemania destina un 9,5% del PIB en gasto sanitario, España sólo el 6%. Dentro de la Unión Europea, España tiene 14 países por delante. Pero en Cataluña sólo dedicamos el 4%. Cuestión de prioridades.

En el punto álgido del impacto de la pandemia en la pasada primavera, cuando el fantasma de la muerte arbitraria parecía campar a sus anchas por nuestras calles de manera amenazante, nos llenamos la boca, y muy especialmente los políticos, que habría un antes y un después, que no se nos volvería a coger desprevenidos y que cambiarían las prioridades dando mayor importancia a la salud, el bienestar y en todo lo que era realmente esencial. Palabras que, como resulta ahora evidente, se las llevó el viento.