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Madrid marca el paso

La política española hace un tiempo que ya no se define en Cataluña sino en Madrid. No al Madrid capital sede de las instituciones y la administración del Estado, sino en la Comunidad de Madrid. La victoria abrumadora de Isabel Díaz Ayuso significa el triunfo, ahora sí, de un movimiento de nueva derecha populista fuertemente identitaria que se ha hecho con el control del Partido Popular, el cual ha sido arrastrado hacia posiciones extremas. Una corriente imparable que fue creciendo y consolidándose como una auténtica bola de nieve que ha acabado por sobrepasar a unas izquierdas perplejas que se han conformado con hacer el papel de la triste figura. Un relato de contenidos fáciles pero potentes que ha proporcionado a los sectores sociales madrileños irritados por los efectos de la pandemia y por un ascensor social que les es poco favorable, una salida hacia una especie de tribalismo “cañí” que ha conectado con la incorrección política con que se las gastaba Ayuso, así como con la provocación de posado cuasi fascista que exhibía Vox y la candidata Monasterio. Puestos a adscribirse a un nacionalismo, lo han hecho a uno conformado por “cañas y toros”, gente que se ha sentido cómodo con la polarización extrema, el desafío y la gestión gamberra de la pandemia por parte de una presidenta convertida en el icono político para “ignorantes y bárbaros”. Un experimento trumpista en toda regla, donde las mentiras se han propagado con total descaro, incluso haciendo bandera de ello, con una candidata con posado de ingenuidad, que tanto la han hecho propia los sectores acomodados del barrio de Salamanca, claramente favorecidos por sus políticas fiscales y de privatización de servicios públicos, como gran parte de los sectores populares de las barriadas del sur de la capital, a los que les ha mantenido las terrazas de bar abiertas y les han hecho promesas de falsa emancipación.

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Para que todo esto se diera, era necesario que el progresismo, las diversas izquierdas madrileñas colaboraran en hacerlo posible. Y lo han hecho. Aceptaron el desafío polarizador con que los tentaba la estrategia derechista y así le han servido una victoria inapelable. Aunque resulte increíble, la dialéctica entre “libertad y comunismo” que parecía una tontería, ha funcionado. La candidata popular logró que Pablo Iglesias hiciera el papel que les resultaba más propicio. Saltaba a la arena como redentor, con lo cual más que salvar Podemos lo que hacía era de gran activador del discurso populista adverso, movilizar el voto a la contra de alguien que, con o sin razón, la nueva derecha madrileña ha convertido en el chivo expiatorio de todos los males. Confiaban en su sobreactuación impostada y no los decepcionó. El debate ya no iba de políticas o de situaciones económicas y sociales provocadas por la gestión de la Comunidad, sino de principios abstractos mantenidos con griterío e incluso con violencia. No se hacía sino reforzar el relato y el marco mental establecido por esta derecha desacomplejada y airada en versión madrileña. Todo fue un calco de la campaña de Clinton contra Trump de las elecciones americanas de 2016. Actitud de supremacismo intelectual y moral del progresismo de los demócratas frente a unos seguidores de Trump a los que Clinton calificó de “deplorables”. No había entendido las preocupaciones, las humillaciones ni la ira de una América profunda que, sobre todo, pedía respeto y que culpaba de todos los males al establishment y la cultura de la corrección política. Tanto para los ricos como para la gente de barriada madrileños, el poder constituido a combatir se llama Pedro Sánchez y su pacto de izquierdas. No han sabido refutar, especialmente entre su antiguo electorado, esta imagen creada de nuevas élites. Por si fuera poco, el papel del PSOE en estas elecciones ha sido penoso: cogido a contrapié, con un candidato de salida y poco convincente, cambiando de estrategia en plena campaña varias veces, con anuncia gubernamentales sobre temas fiscales que eran auténticos disparos al pie… La derrota ha sido contundente e indiscutible. Más que lamentaciones y pomposas declaraciones antifascistas, lo que habría que hacer ahora es autocrítica de los muchos errores cometidos. La derecha no ha ganado por “maldad intrínseca”, sino por la incapacidad de la izquierda para entender las preocupaciones de los sectores sociales que le deberían apoyar, por su exceso de abstracción y desconexión de la realidad, así como la falta de un proyecto y unos discursos alentadores. Le ha sobrado actitud de “superioridad moral” y le han faltado humildad y políticas prácticas.

Sumas que restan

No hace ni siquiera seis meses que se anunció la absorción de Bankia por parte de CaixaBank, creando así el primer grupo bancario español, y ya tenemos unos primeros resultados que se podían fácilmente esperar: más de ocho mil despidos y el cierre de 1.500 oficinas. Dicho de otro modo, se recorta casi un 20% de la plantilla y se cierran más del 25% de sus oficinas. Era de previsible, aunque cuando se anunció la fusión a bombo y platillo se explicaron las enormes bondades de la operación y se negó a que esta fuese una de las principales consecuencias. Se dijo que la salud del sistema financiero español lo necesitaba y que las recomendaciones emanadas del Banco Central Europeo eran ir hacia instituciones bancarias más grandes y mejor capitalizadas. De hecho, fue el primer movimiento importante de una tendencia, poco liberal y adecuada de cara a los consumidores, consistente en reducir las ofertas bancarias españolas a tres y crear así un auténtico oligopolio. Se afirma que en este sector la dimensión resulta un tema capital. Las concentraciones tienen como finalidad la reducción de costes, el disponer de una mayor musculatura operativa para expandirse comercialmente, así como también mejorar las ratios de eficiencia y de solvencia. Las grandes cifras, sin embargo, ocultan que se ha producido una aceleración del modelo de banca que muda de manera rápida hacia el modelo online en el que la atención al cliente se ha convertido en una motivación claramente secundaria. Se cierran oficinas no sólo para evitar duplicidades producto de la fusión, sino porque “la oficina”, que había sido el corazón comercial de este negocio y un marco donde atender y satisfacer los ciudadanos, se considera obsoleto en el mundo digital y una opción demasiado costosa. La lógica es la de unos accionistas que no esperan que se dé un buen servicio, sino que adelgacen los costes y aumenten los repartos de dividendos y mejore la cotización bursátil de la compañía.

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De hecho, esta reducción de costes -unos 770 millones anuales, calculan- es doctrina general en todo el sector y no hace sino aumentar desde 2008, que fue cuando se llegó al máximo histórico de empleo en este ámbito de actividad. Se han recortado desde entonces las plantillas en 94.000 personas -un 35% de su totalidad-, y se calcula que en las operaciones que hay ahora en marcha como la de CaixaBank, acabarán por reducir el empleo en 17.000 personas más. De manera concreta, el BBVA ya ha anunciado un ERE que afectará a 3.800 empleados. La perversión del sistema lo simboliza el hecho de que, cuando estas reducciones se anuncian, el rebote de la entidad a la bolsa es claramente al alza. La escenificación más clara del espíritu del capitalismo de que la ganancia de unos descansa sobre la pérdida de muchos otros. Para evitar los posibles efectos reputacionales negativos, los anuncios de reducción de plantilla siempre vinculados a que se incentivarán las bajas voluntarias, que se compensarán las jubilaciones anticipadas o bien que se ayudará a los despedidos a encontrar una recolocación. Buenas palabras que pretenden ocultar que los “descontratados” abultarán antes de tiempo las cohortes que dependen de unas ya muy debilitadas arcas del sistema de pensiones y que, de hecho, esta estrategia de contracción la pagaremos entre todos. Este es un sector que, tradicionalmente, conoce bien el arte de socializar las pérdidas que genera y privatizar los beneficios que logra. Un sistema bancario que cada vez es más etéreo y centrado en el negocio de la gestión de planes de ahorro y fondos de pensiones, más que en atender a las pequeñas empresas o bien a las personas. Que esta evolución con componentes tan perversos y derivadas claramente negativas la fomente el regulador en lugar de frenarla o dificultarla es un tanto sorprendente. Y esto resulta especialmente destacable en CaixaBank, entidad la que, aún hoy en día, el 14% de su capital es público. Hay malas famas que se ganan a pulso. No está lejos el día en que el sistema bancario actual se dinamitará del todo con la oferta de servicios financieros por parte de las grandes plataformas digitales. Una mudanza lógica por parte de las generaciones más jóvenes. Entonces, nadie llorará por la desaparición de marcas que no se han ganado ninguna estima ni reputación.

AstraZeneca como ejemplo

No voy a entrar en la concurrida opinática sobre los valores y defectos de las diversas vacunas, sus posibles efectos secundarios y, aún menos, a cuestionar ninguna decisión sobre las opciones tomadas por las autoridades sanitarias de cómo implementan el proceso de vacunación. No sé nada de ello, ni lo pretendo. En el tema de la pandemia sigo de manera estricta lo que van estableciendo las autoridades. Creo que son momentos para una cierta disciplina social. No me interesan los que van de “listos” y aún menos los negacionistas, tampoco los que ven en todo ello conspiraciones y, a menudo, me cansan tantos virólogos de cabecera a los que recurren reiteradamente los programas informativos. Siento decirlo, al respecto de la pandemia sobra mucha información. Un ejemplo de libro de lo que se conoce ahora como infoxicación. Demasiado ruido que no hace sino generar intranquilidad y que, quien más quien menos, se crea con el derecho de tener ideas propias sobre el tema. La ignorancia suele ser muy atrevida.

Me interesa, eso sí, el papel de las industrias farmacéuticas en este tema. Sin duda cruciales para generar varias vacunas en relativamente poco tiempo, pero muy condicionadas por el inmenso negocio que genera un producto en una demanda tan repentina y de una dimensión tan ingente. Lógicamente, hay una inversión que tienen que recuperar y digamos que se pueden comprender unas expectativas razonables de beneficio. El problema es que la concepción de lo que es “razonable” no se entiende de la misma manera si estás en el lado del receptor o bien del pagador. Parece que la Unión Europea no ha hecho un papel demasiado airoso en todo esto. Debía centralizar las compras a las farmacéuticas intentando evitar una subasta sobre quién pagaba más que nos habría salido muy cara, pero su ineficiencia ha llevado a que cada país -en España incluso cada comunidad autónoma- hiciera la guerra por su cuenta y pretendiera evidenciar un grado de determinación de la que, teóricamente, estaban faltos los demás. El desorden ha sido notable y quien ha salido ganando son los operadores. En esta guerra, la counicación sobre la fiabilidad de las vacunas han formado parte de la confrontación y se han mezclado informaciones médicas con intereses comerciales y geopolíticos. Y así, con poca base científica, la gente comenta que modalidad de vacuna quiere o no quiere. Un disparate.

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AstraZeneca sirve de ejemplo, no sobre la mayor o menor bondad como tratamiento, sino sobre la perversión de un sistema de patentes que dificulta la fabricación de medicamentos en momentos de premura, así como un encarecimiento injustificado de los precios. También la dificultad para establecer quién tiene o debería tener la propiedad de lo creado. Porque, en general, muchos de los productos farmacéuticos descansan sobre una investigación que ha sido sufragada con fondos públicos. En el caso de esta vacuna también conocida por Oxford, y como explica el diario británico The Guardian, los 120 millones de euros invertidos, 45 millones los ha aportado el Gobierno británico, 30 millones la Comisión Europea y gran parte del resto procedían de entidades también financiadas con fondos públicos (universidades, centros de investigación, fundaciones …). El resultado es que la empresa farmacéutica sólo ha aportado el 3% de los costes de investigación que han hecho posible el resultado final. Ahora se dice propietaria. No es éste un caso excepcional. Una evidencia de que la financiación pública es crucial en los fármacos contra el coronavirus, pero pone en duda los derechos comerciales de las empresas privadas comercializadoras y da toda la razón a aquellas personalidades mundiales que han pedido, atendiendo al momento que vivimos, la liberación al menos temporal de estas patentes. Que se haga negocio a costa de la necesidad y de la inversión pública, parece poco justificado.

En un magnífico libro –El Estado emprendedor-, la economista italiana Mariana Mazzucato explicó hace unos años como buena parte no sólo de la investigación farmacéutica, sino de la tecnología disruptiva generada en el entorno de Silicon Valley era producto, fundamentalmente, de la investigación básica que se hacía con programas públicos, para ser después hábilmente rentabilizada por emprendedores privados en forma de sofisticados y bonitos ingenios. Esto vale para el algoritmo de búsqueda de Google de tanto renombre, el Page Rank, como por buena parte de la tecnología que contiene el smartphone de Apple. Unos beneficiarios los cuáles después sobresalen en el arte de evadir impuestos y no responder a sus obligaciones fiscales. En estas situaciones, el Estado además de emprendedor parece comportarse de manera ingenua y condena a la sociedad a ejercer el papel de la triste figura.

Twitter como campo de batalla

Cada vez más se pone en duda que Twitter sea un espacio saludable donde mantener diálogo e interacción. Estos días han anunciado su renuncia a esta red social la alcaldesa de Barcelona Ada Colau o bien la periodista Cristina Fallarás. Se han cansado de recibir insultos, descalificaciones y amenazas. Abandonan una selva donde más que diálogo hay una multitud de gregarios dispuestos a machacar al adversario o de gran cantidad de cuentas falsas destinados a crear una sesgada noción de la realidad, más que a reflejar la pluralidad de visiones. Pero, aunque todo esto se haya acentuado, probablemente su error fue pensar que Twitter era una plaza pública, un lugar de reflexión o de razonamiento. Siempre ha sido un arma, un mecanismo de activación y de movilización, y no de diálogo además de ser, como todas las redes sociales, un gran negocio hecho a partir de la apropiación de nuestros datos.

Twitter sirve para sustituir el pensamiento elaborado por la reacción airada y explosiva, en una especie de basurero de nuestras opiniones. Lugar de linchamientos, reforzamiento del propio criterio y la demagogia desmedida. Una pura ficción de debate y de falso acceso a buena información. Todas las redes sociales, además de una naturaleza que fomenta la intervención agresiva y la irresponsabilidad en los comentarios, tienen también un aspecto muy acentuado de configuración de efecto-túnel, es decir, de instalarnos en una burbuja según la cual acabamos sólo relacionándonos con gente con la que tenemos un acentuado sentido de comunidad y justamente para no ser expulsados ​​del “grupo” apostamos por expresar opiniones e intervenciones que se encuentran plenamente identificadas dentro del marco conceptual con el conglomerado de relaciones que tenemos establecidas. En las redes la actitud dominante tiende a dos comportamientos que se manifiestan en paralelo: comentarios negativos y a menudo ofensivos contra todo aquello y aquellos que no forman parte de la tribu y, por otro lado, apoyo sin fisuras a la propia congregación. Se produce un incisivo sentido de la identidad grupal, y difícilmente se cambia de opinión y de grupo. No se confrontan ideas, razones, sino sentidos de pertenencia.

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El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por su función degradadora ya que se van cerrando los espacios en que contraponer opiniones, con lo que ello implica de transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque haya grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo. En Twitter practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de manera simultánea y, en el mejor de los casos, sucesiva. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No hay matices ni posibilidad de mudar de parecer. Para cambiar de opinión se requiere previamente cambiar de grupo. El mundo de los hiperconnectats es, en el fondo, un mundo de gregarios. Twitter y las redes sociales no refuerzan la democracia, ya que no hay diálogo ni siquiera el contraste de opiniones contrapuestas o simplemente dispares. La democracia sería la gestión de las diferencias, los intereses y las opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que pretende ser unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar. El linchamiento digital es la máxima expresión del activismo en las redes. La batalla para establecer una hegemonía cultural.

La perversión intrínseca de Twitter es que todas las opiniones valen lo mismo, justamente porque son eso, opiniones. Se tenga o no criterio sobre un determinado tema, se produce un igualamiento, por abajo. Se cruzan y entrecruzan mensajes como armas arrojadizas, pero sin ninguna posibilidad real de comunicación entre sí. Cuando surgieron, se consideraron las redes sociales como el nuevo paradigma de la democracia, la participación y la cultura libre. En realidad, es un submundo de monólogos histéricos cuya finalidad es crear la falsa sensación de que estamos incluidos y participamos. En el fondo, a quien nos dirigimos principalmente es a nosotros mismos. La furia y el resentimiento suelen acompañar las actitudes dominantes en la red. Una multitud que se expresa en conjunto, pero que vive en soledad. El agitador digital teclea animosamente, pero en general lo hace como sustitutivo del actuar. Se impone un “ni olvido ni perdón” que persigue toda la vida a los estigmatizados y que deja temporalmente satisfechos a unos acosadores que requieren rápidamente de un nuevo enemigo a combatir.

Ya no basta con hacer las cosas bien

El nivel de conciencia sobre los temas medioambientales ha aumentado mucho. El calentamiento global del que ya se notan sus efectos de manera bastante evidente es generalmente conocido y fuente de preocupación de una buena parte de la sociedad. La necesidad de mudar hacia energías renovables parece también bastante asumida y forma parte ya de nuestra elección a la hora de comprar vehículos o bien decidir cómo climatizamos nuestra vivienda. La publicidad suele ya contemplar los valores asociados a la sostenibilidad a la hora de condicionar nuestras opciones de compra, mientras los jóvenes estudian los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los centros educativos. Incluso algunas de las mayores fortunas del mundo, como es el caso de Bill Gates, invierten gran cantidad de recursos en innovadoras y sofisticadas tecnologías que contribuyan a reparar, al menos una parte, del mal infringido al planeta. Se habla ahora de inyectar carbonato de calcio a la atmósfera para que evite la progresión del calentamiento y, afirman, atenuar la cantidad de luz solar que nos llega.

Ha costado mucho llegar hasta asumir que estábamos en una deriva destructiva que había de detener, han sido necesarias muchas evidencias, para que el tema de los límites medioambientales del planeta se asume como un dato objetivo y no como un mito, como una invención de ecologistas y otros agoreros de todo tipo. Ahora los ricos y poderosos también parecen estar preocupados. El problema de fondo es que nuestra sociedad y nuestra economía se han sustentado durante la época industrial sobre el mito que la tecnología nos permitiría de manera progresiva dominar la naturaleza y ponerla a nuestro servicio. El desarrollismo, el crecimiento económico continuo ha sido la filosofía que ha movilizado izquierdas y derechas desde la revolución industrial. La superioridad que se creía incuestionable de la condición humana no nos hacía plantear la posibilidad de interactuar y convivir armónicamente con la naturaleza, sino que se trataba de subyugarla y dominarla como si sus posibilidades y su capacidad de regeneración fueran infinitas. Las externalidades de nuestras actividades económicas, medioambientales y de otro tipo, no se han empezado a contabilizar hasta hace relativamente poco tiempo. Nuestro sistema económico y productivo, en nombre de llegar a la suficiencia productiva, se ha basado en tecnologías sobre las que no controlábamos la totalidad, a veces ni siquiera una pequeña parte de sus efectos. Para el funcionamiento del sistema, para no caer en la sobreproducción, se ha estimulado el consumo a niveles irracionales, convirtiendo del despilfarro en la cultura y en los hábitos dominantes. Hemos construido una sociedad en que se vive sobre una cantidad ingente de desechos, incapaces ya de fagocitar los mismos, por nuestro inducido consumo desmedido y el deseo por poseer la versión más o menos nueva de las cosas. No es sólo un problema de actitud y de cultura personal, el despilfarro y la generación de residuos es la base sobre la que se sostiene el sistema económico y social.

Qué es la contaminación?

La duda radica en si la conciencia actual y la predisposición a “hacer las cosas bien” de la actualidad, es suficiente. La respuesta es que probablemente no lo es. Pretender la sostenibilidad medioambiental, pero también económica y social, resulta absolutamente descabellado si queremos mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuado, que asociamos el progreso y el desarrollo deseables con el aumento permanente del PIB. Somos adictos al crecimiento y esto resulta del todo incompatible con respetar los límites medioambientales o bien en hacer posible un grado de bienestar razonable para el conjunto de la población. En la lógica actual, el único antídoto para el desempleo permanente es más crecimiento y más endeudamiento. Un círculo aparentemente virtuoso que se convierte en un circuito infernal. Para pasar de la economía del despilfarro a una economía circular, hay que imaginar una prosperidad sin crecimiento, una sociedad “de abundancia frugal”. Una economía intensamente productiva requiere que hagamos del consumo nuestro estilo de vida. No hay salida. Como ha planteado de manera concluyente el teórico del decrecimiento Serge Latouche, pensar que conseguiremos establecer una compatibilidad entre el sistema industrial productivista y los equilibrios naturales apoyándonos sólo en las innovaciones tecnológicas o recurriendo a sencillos correctivos en las inversiones, sin esfuerzo, sin dolor y, además, enriqueciéndose, es un mito. Pronto no habrá ya elección y tendremos que reducir nuestra huella de carbono y organizar el racionamiento en la extracción de los recursos no renovables. Hay que mudar de una economía actual donde si no se crece se bloquea, a una economía diseñada para mantenerse estable sin crecimiento. No es incorporando tecnología y buenas intenciones a un modelo obsoleto como se van a enderezar las cosas. Se trataría de situarnos en un nuevo paradigma, en pensar diferente.

El espectáculo continuará

Cataluña no tiene Gobierno, pero posee y tendrá dosis enormes de escenificación. Hace años que estamos sin quien nos gobierne, cosa bastante evidente en los tiempos de pandemia que hemos vivido, y no parece que la excepcionalidad del país apresure a nadie. Los aprendices de brujo dicen que lo importante es controlar los “tempos” políticos, no precipitarse. No importa el tiempo, las urgencias, ni las medidas políticas que no pueden esperar. Los trenes van pasando para desesperación de una sociedad que, cuando va a votar, prefiere hacer una afirmación de identidad más que una apuesta por alguien que le pueda resolver las cosas, o al menos intentarlo. La política ya hace tiempo que no está en manos de políticos, sino de guionistas que usan actores para contarnos historias que nos emocionen.

Pere Aragonés ha sido derrotado por segunda vez. Es la historia de una humillación anunciada. En parte una vendettaentre enemigos íntimos, pero sobre todo la puesta en evidencia de que el dominio de la situación está en manos de Waterloo y de su sección del interior. Parece que todo el mundo lo ha entendido, menos ERC, convencido este partido que, si está dispuesto a tomarse todo el aceite de ricino que haga falta, al final se hará con el poder. La Presidencia todo lo vale. Lo que no parecen captar es que, cuando les entreguen nominalmente la vara de mando, ésta resultará vacía de contenido, sin credibilidad y con un presidente esposado. Una vez más, un vicario. ERC tendrá nominalmente la presidencia, pero no obtendrá ni el poder ni les dejarán gobernar. Este es el marco fijado por JuntsxCat. Laura Borràs ejercerá, como ya lo hace, de evidente dueña del negociado barcelonés, mientras la estrategia y el predominio institucional y político se traslada a un quimérico Consejo para la República que, tema menor, se ve que no ha elegido nadie. En medio, los republicanos habrán tenido que entregar su estrategia política en Madrid y Bruselas que se pondrá al servicio del conflicto abierto y continuado con el Estado que quiere Carles Puigdemont.

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Supongo que quien ha diseñado la estrategia de ERC se debe considerar una lumbrera, pero en realidad parece ejercer de enemigo. Cuando la última semana de la campaña electoral quisieron cerrar ostentosamente la puerta a un pacto de izquierdas con el PSC y los Comunes, desde el local de campaña de Junts brindaron con cava. Acababan de hacer a los republicanos prisioneros de su estrategia, les habían hecho entrar en su marco político y mental. Se cerraban a cualquier otra posibilidad o alternativa que es, al fin y al cabo, lo que les habría hecho fuertes en la negociación. El desprecio expresado hacia Salvador Illa, bien ostentoso y desagradable para que nadie en el mundo independentista los pudiera acusar de posibles “traidores”, resultó un evidente tiro en el pie, una autolimitación que hoy pagan cara, aunque quién más lo sufraga es la sociedad catalana que habría tenido una oportunidad de salir de una división de bloques que la ahoga. Apuesta conservadora y aparentemente poco arriesgada: continuar con la estrategia irrendentista. Para disimular que, entre izquierda o derecha, había hecho esta última opción, creyeron que había que abrazarse lo más fuerte posible a la CUP hecho que, a su entender, forzaría a Junts a entregarse fácilmente a un pacto. Visto desde fuera, no parece una gran idea que para convencer a un partido liberal-conservador te presentes con un acuerdo programático con un partido que se define a sí mismo como “anti-sistema” (una cosa rara ésta, si se analiza la sociología y localización de su voto). El argumento para alargar la agonía política les había sido servido en bandeja a aquellos que tienen todo el tiempo del mundo y pocas ganas de que Cataluña tenga un gobierno efectivo y convencional.

Probablemente al final, apurando los tiempos, habrá algún tipo de pacto que puede resultar bastante vergonzante para ERC. JuntsxCat puede tener la tentación de forzar nuevas elecciones, pero incluso el muy activable electorado independentista parece mostrar signos de cansancio como lo expresan los ochocientos mil votos menos obtenidos en la última cita. La demoscopia les desaconsejará esta vía. Posiblemente tendremos Gobierno, pero otra cosa será que pueda gobernar en un clima con tantas malquerencias y cuentas pendientes. De hecho, la política actual ya no va de eso sino de ocupar el espacio para poder actuar. Será como ir al teatro con varios escenarios abiertos al mismo tiempo y en la misma sala. Para algunos, la perspectiva debe resultar emocionante, para otros, puro aburrimiento provocado por una obra ya muy vista.

Aval

Definitivamente, a la gente nos gusta ser engañados. En política, damos por buenas propuestas que sabemos que no se cumplirán y nos adherimos al primer charlatán que sabe conectar con nuestros malestares prometiéndonos la redención, aunque intuyamos que es poco más que un decorado de cartón-piedra. No sé muy bien porqué, pero la figura del estafador nos atrae, nos acaba por resultar simpática y le compramos el relato embaucador, aunque todo apunte a que es pura bisutería. Da igual, queremos creernos la historia que se nos cuenta, aunque sea poco más que papel mojado envuelto en purpurina. No hablo ahora de política, al menos no de la misma en el sentido literal del término. Me viene a la cabeza esta reflexión raíz del asalto al FC Barcelona que han perpetrado Joan Laporta y su camarilla, sea dicho de paso, por medio de unas elecciones y, hay que diría, de forma completamente democrática. Desde el primer día que anunció que quería repetir presidencia, ha contado con muchos medios para hacerse notar y proyectarse, con el apoyo incondicional y acrítico de buena parte del periodismo deportivo, de las inflamadas huestes independentistas, practicando una exitosa estrategia comunicativa digna de cualquiera de los movimientos populistas que campan por Europa. Ha obviado, y nadie le ha hecho reproche, de su historial en el club con despilfarros ostentosos de nuevo rico, uso de jets privados, los negocios particulares con la hija del dictador de Uzbekistán utilizando jugadores del equipo, movimientos de dinero con fichajes difíciles de explicar o, también, el derrumbe del Reus Deportivo después de su paso por él. Ha sabido conectar con la tendencia a la melancolía del aficionado azulgrana abstraído aún con “el mejor Barça de la historia” que se asocia a la época de Laporta y de Guardiola. Se podría recordar, pero creo que nadie lo quiere, que aquellos éxitos tuvieron que ver con una generación irrepetible de jugadores con gran talento y que la opción Guardiola fue la tercera después de que dijeran que NO apuestas prevalentes como la de José Mourinho.

Due Diligence: el Barça hace públicos los excesos de la 'era Laporta' -  EcoDiario.es

Con Laporta y su séquito, el socio barcelonista, más bien conservador y de una cierta edad que podría inducir a pensar erróneamente que sería más dado a la prudencia, se asegura mucha sobreactuación, declaraciones testosterónicas, un subido tono patriótico y una gestión económica que, probablemente, acabará entre mal y muy mal. El adulto del grupo en estos temas, Jaume Giró, se ha largado antes de empezar y quién lo sustituye es un nuevo rico que ha decidido “comprarse” el cargo haciendo una aportación al aval que necesitaba Laporta. Muy tranquilizador. Y es que el tema de cómo se ha llevado la cuestión del preceptivo aval de la nueva Junta directiva debería haber encendido las alarmas incluso a los más conformistas y no digamos de un periodismo deportivo que sigue sin decir nada, en un acto de complicidad que justamente no les correspondería. Según la ley del deporte, las directivas deben aportar en los clubes deportivos avales por valor del 15% del presupuesto. En este caso 125 millones de euros. Sorprende que la noche de la victoria no lo tuvieran ni siquiera apalabrado. Creyeron que, en caso de ganar, alguien lo pondría y, sobre todo, convertirían en un problema del club algo que le correspondía a Laporta y su corte. El Banco de Sabadell, prevenido, sólo puso 30 millones y aún con los consiguientes contravales pertinentes con el patrimonio de los miembros de la Junta. Es aquí donde aparecen avalistas de última hora que actúan como si compraran participaciones de una sociedad que se llama “Barça”, exigiendo no contrapartidas de los avalados, sino del club el cuál además pagará los intereses pertinentes de esta aportación tan “desinteresada”. Jaume Roures, ya sabemos cómo se lo cobrará. Dentro de no mucho se le entregarán los derechos televisivos y supongo que, como ha hecho en Francia, sencillamente no los pagará. Todo ello en un club en horas bajas: 1.100 millones de deuda, 850 millones de ellos a corto plazo; un fondo de maniobra negativo de 700 millones y el campo de juego para rehabilitar o hacerlo nuevo, además de tener que renovar una plantilla de valor muy deteriorado. A 30 de junio, las cifras serán de quiebra y alguien podría instar el concurso de acreedores. Entonces es cuando aparecerá algún fondo de inversión salvador, que probablemente ya está conectado y trabajando en el tema, y ​​ el “més que un club” terminará en manos de una sociedad anónima. Nadie se acordará ya del “socio”, como decía siempre el expresidente Núñez. Al ser un tema pasional, la afición futbolística lo aguantará todo y, puede ser, que se encuentre la manera de culpar a los de fuera. Quizás nos lo merecemos. Hemos hecho todo lo posible para que nos tomen el pelo y se nos rían en la misma cara. Con estas apuestas que hacemos, ¿qué puede salir mal?

Gambito de dama

El tablero político español en pocos días ha saltado por los aires. A pesar de que los discursos iban cogiendo un tono cada vez más agresivo y polarizado, la coalición gubernamental y la mayoría parlamentaria sobre la que se sustenta parecían no tener revuelo más allá de la estrategia de tensión constante de la cuerda por parte de Pablo Iglesias, el grado de inestabilidad inherente a la dinámica política catalana y las salidas de tono verbal de una derecha compitiendo para ser cada vez más extrema. Justamente, han sido las estrategias en competencia de la derecha las que han terminado por dinamitar el estatus quo y convertir así la batalla de Madrid en el gran campo de combate de la política española en los próximos meses y, quien sabe, si años. Ciudadanos ha sido el eslabón débil y desencadenante del conflicto. Fracasada la estrategia de Albert Ribera de sustituir al PP como referencia de derechas, de hacer un quimérico sorpasso, el decaimiento de los resultados y los intentos de volver hacia el centro el partido por parte de Inés Arrimadas, han implosionado su organización y los populares han salido a la compra del diputado para acelerar la derrota. Aparte del espectáculo lamentable de la exhibición de la parte más sórdida de la política, la posible desaparición de Ciudadanos no hará sino acentuar la polarización en la dinámica política española. El Partido Popular sólo podrá contar con Vox, partido con el que irá tomando semblanzas especialmente en el tono, mientras el PSOE no dispondrá de ningún socio alternativo al que tiene ahora. Bloques sólidamente configurados y confrontación que no dejará espacio a matices ni a la sofisticación verbal. La política española se catalaniza, pero no en el sentido regeneracionista en que se utilizaba este concepto en la época de la Restauración del siglo XIX, sino de caótico, de opereta, fantasioso y fracturador que hemos vivido en la política catalana, como mínimo, en la última década.

Crítica de Gambito de dama, con Anya Taylor-Joy más desafiante que nunca -  HobbyConsolas Entretenimiento

De hecho, Madrid se ha erigido como el gran baluarte de la nueva derecha española para desgastar y confrontarse con el gobierno de Pedro Sánchez y con cualquier planteamiento progresista que se les ponga por delante. Un gobierno madrileño de derecha pura y dura que ha seguido una estrategia de conflicto constante y sin miramientos, utilizando la pandemia para convertir las mentiras, las medias verdades y las invenciones en la base de un relato apocalíptico sobre la situación española. El inefable Miguel Ángel Rodríguez, jefe de comunicación del Aznar más duro, encontró en el perfil de Isabel Díaz Ayuso la persona adecuada para llevar a cabo una deriva populista de manual, emulando al que seguro son sus referentes como el norteamericano Steve Bannon o bien el británico Dominic Cummings. Su repentina y sorprendente convocatoria de elecciones fue un gesto muy teatral, pensado y, extrañamente, inesperado por sus contrincantes. El movimiento de fichas, a derecha e izquierda, es ahora enorme y, como en toda partida de ajedrez, resulta un desplazamiento con múltiples e inesperadas salidas. Subordina a Pablo Casado, que decía querer ir hacia el centro, a su estrategia populista, bronca e iliberal, pretendiendo sustituirlo como líder referente hacia el futuro. Provoca un movimiento atrevido pero inevitable de Pablo Iglesias de cara a evitar que su formación sea irrelevante, lo que satisface al PSOE ya que se deshace de una figura demasiado dada a la sobreactuación. Pero, sobre todo, minimiza la política catalana y la estrategia independentista de marcar la agenda política española. El personaje Díaz Ayuso, que ya se ha ganado las siglas IDA como propias, es un personaje singular y sólo comprensible como líder político en los kafkianos tiempos que corren. Su experiencia política no va más allá de haber llevado las redes sociales de Esperanza Aguirre, y entre ellas la cuenta de twitter de “Pecas”, el perro de la anterior presidenta. No tiene ningún problema con blandir públicamente una inmensa ignorancia que lo abarca casi todo. Aparentemente frágil y de mirada inquietante, es una especie de combinación entre el derechismo iluminado de Sarah Palin del Tea Party y del tacticismo imprevisible y dado a la performance de Carles Puigdemont. Son tiempos en que el simplismo combinado con el descaro ayuda bastante a triunfar en una política que ya es poco más que un parque de atracciones de las emociones.

A los youtubers les gusta Andorra

Últimamente ha habido un cierto debate raíz de la “fuga” a Andorra del Rubius y algunos otros nuevos ricos hechos a la sombra de los negocios de internet, los cuales han tirado del argumentario individualista y egoísta más rancio de cara a justificar de manera insolente el no pagar impuestos, con el contrapunto muy digno de Ibai Llanos. Que los ídolos adolescentes hagan bandera de escaquearse de contribuir dice muy poco de ellos, pero resulta muy preocupante por la cultura que abonan.

De hecho, el debate sobre la cuestión fiscal y tributaria se produzca de manera siempre parcial, sesgada, mal planteada y confusa. Sin duda una manera interesada de hacerlo, para evitar que la ciudadanía pueda hacerse una composición de su trascendencia. También llama la atención la poca importancia que se da al tema en el debate político. No ocupa como debería la centralidad, e incluso las izquierdas de vocación transformadora, rehúyen hablar explícitamente del tema más allá de los lugares comunes habituales de perseguir el fraude fiscal como mecanismo de aumento de la recaudación. No entran, ya sea por miedo o por desconocimiento, a plantear el debate tributario en parámetros algo más allá del sí “subir o bajar” impuestos de manera genérica, que es la primera gran fórmula para generar desconcierto sobre el tema. No se entra en las diferencias de naturaleza entre los diversos tipos de impuestos y sus efectos correctores de la desigualdad o precisamente estimuladores de ella. Se considera la cuestión tributaria como una materia “técnica” que incumbe a “expertos” fiscalistas, como si detrás de cualquier normativa no hubiera un ineludible sesgo ideológico y político.

Con tantos años de propagandismo liberal, de individualismo extremo, gran parte de la ciudadanía ha interiorizado el concepto de la fiscalidad ligado a el de la “confiscación” que tanto vilipendian los ultraliberales. No se entiende la contribución tributaria como una acción necesaria y que revierte en el bienestar común y al sostenimiento de mismo concepto de sociedad, sino como una apropiación que el Estado malgasta. La misma contabilidad empresarial, no sitúa la tributación en el ámbito de los costes, sino como algo que recorta a posteriori el epígrafe de los beneficios. Nada es neutro. Los gobernantes y los que pretenden serlo, tratan a menudo la falta de rigor en la aplicación de las normativas fiscales, el porqué unos pagan religiosamente y otros no, como un descontrol inevitable debido a la complejidad del tema. Sorprende como el que para las rentas del trabajo resulta inexorable, para las rentas de capital se plantee como una cuestión de mentalización y de responsabilidad. Nadie explica, ni se explica por qué en algunos ámbitos de tributación de los tipos nominales y los tipos medios de liquidación real divergen tanto. La normativa fiscal es claramente ideológica en favor de una sociedad poco equitativa, pero además las legislaciones son tramposas y tienen múltiples vías de elusión y de fraude fiscal. Son multitud los legisladores fiscales que se contratan luego como expertos fiscalistas que las corporaciones pagan generosamente para que los ayuden en su planificación fiscal agresiva. Es el rentable mundo de las puertas giratorias.

fraude fiscal – @FerranMartín

En la misma línea de las maniobras de confusión con relación a la cuestión fiscal, está el de los paraísos fiscales. Se plantea su existencia como un imponderable inevitable debido a que algunos pequeños estados poco solidarios se dedican a esta actividad y sobre los que no se puede actuar. No se explica, que los paraísos fiscales justamente nacieron y se han desarrollado como el reverso necesario del propio sistema económico, de cómo los refugios fiscales son instrumentos absolutamente interrelacionados con la gran banca y los grandes centros financieros como la City de Londres, o como Wall Street. El mundo offshore no es el ultramundo de la delincuencia internacional, son instrumentos establecidos, especializados e interrelacionados con toda la economía y las finanzas internacionales. Los paraísos, como el fraude fiscal, no son una excrecencia, un accidente o una anomalía, forman una parte sustancial de los movimientos económicos internacionales, así como el principal mecanismo de la gran acumulación de capital en unas cada vez más pocas manos. Los Estados subsisten concentrado su presión tributaria hacia unos trabajadores cada vez menos numerosos y con peores niveles salariales. A nadie parece interesarle la falta de equidad fiscal, o al menos de plantear la cuestión en sus justos términos. Habría que devolver, o contextualizar, el debate tributario en el ámbito de la política y sobre todo situarlo en su consideración ideológica central sobre el tipo de sociedad que queremos y a la que aspiramos. Sería bueno recordar que, aunque pueda parecer reduccionista, democracia es pagar impuestos; es el precio de la civilización.

El fracaso de la política

La política es más necesaria que nunca. No sólo debe ser una actividad apacible, aburridamente institucionalizada para épocas de estabilidad y bonanza. En momentos de mudanza y en tiempos críticos debería visualizar especialmente que este es el camino, y no hay otro, para encaminar la sociedad. Vivimos momentos convulsos y muy confusos. A nivel global, pero también y especialmente, a nivel local. Conflictos enconados y fuera de control que manifiestan una cierta negación de la política. Un fracaso de la política por partida doble, afectada tanto por la pérdida de su centralidad y su intenso viaje hacia la ingravidez, así como el deterioro de sus expresiones institucionales, de sus organizaciones partidarias y de sus líderes. Estamos en una sociedad donde la ciudadanía ha visto desdibujar esta condición fundamentalmente “política”, por la de consumidores compulsivos, desengañados y indiferentes. La dimensión de la crisis actual tiene, lógicamente, connotaciones sanitarias, económicas y sociales de carácter estructural, pero también de ligereza política en el sentido de establecer bandos confrontados y un partidismo mal entendido. Se han roto o están en proceso de hacerlo todos los equilibrios imprescindibles para una estabilidad mínima y necesaria. Se han extraviado por el camino valores fundamentales que habrían asegurado la convivencia y la cohesión. Hay futuro, lógicamente, y no deberíamos caer en tentaciones derrotistas ni apocalípticas. Pero son tiempos de falsos apóstoles, de referencias escasas y de liderazgos débiles. En épocas de confusión, el principal peligro, nuestra principal debilidad, como ya señalaba Antonio Gramsci en sus escritos de juventud, es la indiferencia.

Habría que recuperar algunos valores y hábitos que eran inherentes a la cultura democrática, y que su vaciado de las últimas décadas les ha hecho caer en un relativo desuso. Sociedades libres y con ciertos niveles de bienestar y de cohesión social o nos las proporcionamos a través de la revitalización del sistema democrático o, sencillamente, nos abocamos al caos y en el “no hay salida”. Reasumir la libertad individual y colectiva como valor supremo no estaría mal, porque existe la posibilidad de que la demos por hecha, cuando en realidad es una conquista que hay que defender cada día contra sus detractores, que los hay y muchos. Como también, deberíamos asumir el conflicto de intereses y los puntos de vista diferentes como algo consustancial en individuos que vivimos de manera agrupada. Habría que aceptar la pluralidad, la diversidad no tanto como un problema y más como un valor, como una riqueza. El debate puede resultar apasionado, pero el respeto y la tolerancia deberían ser líneas rojas infranqueables. La discusión, el intento de convencer, encontrar puntos en común en la discordia es mucho más fácil cuando se explicitan claramente los planteamientos ideológicos. Bueno sería recuperar el concepto de “ideología” como algo positivo, no como una enfermedad peligrosa o como una antigualla de la que deshacerse. La ideología remite a un sistema de valores, a una forma más o menos ordenada de entender y explicarse el mundo, una estructura mental no en la que cerrarse, sino desde la que pensar. Como sería todo mucho más fácil si la discusión política se pudiera realizar sobre proyectos políticos también específicos y concretos, no sobre elementos de propaganda o pulsiones tribales que sólo inducen a la confusión y al desengaño.

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Habría que renovar y revitalizar las instituciones políticas. Que nos permitan abandonar esa sensación de estar ante instrumento viejos, en teatros o catedrales donde se representan obras antiguas de poco interés o en franca decadencia. Las instituciones son símbolos en la democracia, pero también sus pilares efectivos. La renovación de formas y contenidos parece indispensable, como dotarlas de mayor eficacia y de capacidad de identificación. Toda sociedad, toda cultura tiene necesidad de renovar, de vez en cuando, sus rituales. Cuando los ceremoniales nos parecen ridículos tendemos a abandonar la creencia. Parece insólito que en un mundo donde la hemos cambiado casi todo de arriba abajo, algunas cosas parezcan inmutables. Las sesiones parlamentarias, tal como están concebidas y se desarrollan, parecen diseñadas por los enemigos de la democracia, y no digamos los actos oficiales de la jefatura del Estado, más propios de monarquías absolutas o de repúblicas bananeras. La seriedad, el respeto, la importancia poco o nada tienen que ver con formas impostadas y engoladas. Más de fondo que de forma, es el hecho de que la división de poderes del Estado no sea una mera caricatura, especialmente en cuanto al poder judicial. La famosa “independencia” de este poder debería ser algo más que un apelativo sin contenido que se acuñó y proviene del fondo de los tiempos.