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Quizá sería hora de gobernar

Las elecciones del domingo en Cataluña no han resuelto nada, al menos de manera concluyente, pero han evidenciado poderosos movimientos de fondo. El efecto Illa le ha funcionado al PSC, pero de momento es una victoria moral más que un cambio de paradigma fáctico. Medido en los tradicionales conceptos “processistes”, la suma independentista puede hacer valer la mayoría, tal vez incluso conformar un Gobierno, pero difícilmente gobernará. Esto es algo muy diferente. La legislatura se terminó hace un año (presidente Torra dixit) por que los dos socios de coalición no se soportaban, se peleaban y confrontaban varias veces cada día. El desgobierno ha sido notorio y especialmente lamentable teniendo en cuenta los tiempos de pandemia. Ahora, los mismos, dicen que harán gobierno y que además será fuerte y estable. Se ve que para que esto sea posible incorporarán a la CUP que, como es sabido, es un tradicional partido estabilizador de sistemas. Las pretensiones políticas de unos y otros, especialmente en el terreno económico tienen tanta similitud como los huevos con las castañas. No hay que tener una gran imaginación para ver que, para Waterloo, lo que menos interesa es un gobierno efectivo y estable cuyo beneficiario sería ERC y a ellos se los condene al olvido. Laura Borràs irá doblando la apuesta para hacer las cosas imposibles y forzar unas nuevas elecciones que, entienden, podrían ganar una vez liquidado el PDCAT. Este es el cálculo y este es el relato. Otra cosa es que no se pueden permitir quedar como los que imposibilitan un gobierno independentista, porque lo pagarían en las urnas. La piel de este tipo de elector se ha demostrado muy fina. Tienen a ERC subyugada y en sus manos, en campaña se incorporaron a su estrategia y marco mental (mantenimiento estricto del bloque y cordón sanitario a los socialistas). ERC parece no haber entendido que siempre irá un paso atrás en la radicalidad, que tiene la batalla perdida. 

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Hay otra posibilidad, que es el de hacer un gobierno de izquierdas. Aunque esto pueda ser muy importante de cara a las políticas a implantar, lo es más que significaría romper la infernal y castradora lógica de los bloques y de la confrontación. El PSC y los Comunes han hecho su parte de este trabajo de desescalar el conflicto. Han propuesto en campaña, justamente y a pesar de los improperios que se les ha dedicado, superar el callejón sin salida de la melancolía y dotar al país de un gobierno transversal, fuerte, que busque puntos de encuentro, de consenso y acuerdo, para responder a lo que la sociedad catalana requiere ahora mismo. Pareciera que esto era posible hace unos meses o tan sólo unas semanas. En los últimos días de campaña a Esquerra le temblaron las piernas y los temores a la derrota le hicieron virar la estrategia y comprar el marco mental de la unilateralidad y de la polarización al que los llamaba el independentismo más recalentado del “lo volveremos a hacer “. Les ha servido para vencer en el combate interno del independentismo, lo que pasa es que el precio ha sido comprar el producto del adversario y perder centralidad y capacidad política. A veces el independentismo parece presentarse como una categoría por encima de la realidad y de los conflictos de clase, como si el elemento identitario obedeciera a una pulsión mística y bondadosa que superara proyectos ideológicos y de sociedad contrapuestos. ERC, no es sólo que pueda elegir o bien a derecha o izquierda y de entrada elige derecha, sino que significa apostar por mantener el conflicto, la polaridad y la fractura del país. Pero también para mantener la inestabilidad y el desgobierno que es inherente a los planteamientos de JxCat o bien de la CUP. El tripartito de izquierdas no significaría sólo ocupar el gobierno, que es sólo a lo que puede aspirar la estrategia independentista monolítica. Gobernar es otra cosa. Y esto, ahora y aquí, pasa por un acuerdo con Illa y con Albiach. Se puede hacer decir lo que se quiera a los resultados electorales, lo cierto, sin embargo, es que el voto independentista ha pasado de 2 millones de votos a 1,3 y representar sólo un 26% del censo electoral. Se precisaría valentía y aceptar la realidad plural y diversa de Cataluña. Poner el país por delante de los miedos ancestrales a ser tachado de “traidor”. El patriotismo, concepto complejo y de dudosa existencia, tiene mas que ver con la grandeza de espíritu y la generosidad que con la justificación de misérrimos intereses particulares.

Volver a la realidad

La sociedad catalana, o al menos una buena parte de ella, ha estado instalada durante años en una realidad imaginaria, en un mundo paralelo en el que, decían, compartíamos una identidad fuerte y unitaria y en el que buena parte del mundo estaba pendiente de nuestra lucha para constituir una república emancipada del dominio colonial de uno de los viejos estados europeos y así convertirnos en un estado nórdico a pesar de estar ubicados al borde de la mediterránea. Poco importaba que el país estuviera hecho de sentidos de pertenencia más diversos y variados, que se vulnerara toda noción del Estado de derecho o bien que lo último que le podía convenir a la Unión Europea fuera que se abrieran conflictos de soberanía dentro de sus estados constituyentes. El balance de tantos años de estar descentrados con relación a lo que era realmente importante es bastante evidente: declinación económica, retraso, pérdida de competitividad, la marca país deteriorada y ruptura de la convivencia y cohesión social imprescindible. Si el fracaso político de tal aventura es bastante evidente no habiéndose logrado ninguno de los románticos objetivos que se nos decía teníamos a mano, la desorientación que sufre aquella parte de la sociedad que comulgó con estas ruedas de molino, a base de propaganda muy insistente y reiterada, es ahora total y absoluta. Hoy en día y a las puertas de unas elecciones, resulta sorprendente como ninguna de todas y cada una de las opciones independentistas reconoce haberse equivocado, plantea nada nuevo, no corrige el disparo, sino que pretende reiterar en el error y que sus antiguos electores los sigan en una aventura hacia la nada. En esto marca claramente el paso JxCat. Su candidata habla desde un mundo de fantasía donde se volverá a declarar la independencia, como si no fuera con ella los años de desgobierno que llevan a sus espaldas, la confrontación cainita con sus socios y la incapacidad manifiesta para dirigir y gestionar el país real. Hace unos días que el periodista Jordi Amat definió el imaginario de Laura Borràs como “mundo lisérgico”. Al menos, lo parece. 

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Es bastante evidente que la ciudadanía de Cataluña se juega mucho en estas elecciones del domingo. Se nos plantea la posibilidad de abandonar el “realismo mágico” y de recuperar la realidad positiva. Se puede optar entre una construcción fantasiosa o bien por el país realmente existente. Entre mantener aspiraciones siempre frustradas o afrontar las necesidades perentorias de nuestra sociedad. Esta es la verdadera confrontación política a estas alturas. Podemos recuperar el principio de realidad para afrontar y buscar soluciones a los problemas que tiene la gente y dar respuesta a los numerosísimos retos planteados en los ámbitos económicos, sociales, medioambientales y de la salud; o bien continuar girando en una noria con la que no es posible extraer ya agua mientras nos hundimos en el terreno del desengaño y nos recreamos en la melancolía. Deberíamos salir de esta situación varada, irreal e hipnótica en la que se nos ha situado y recuperar aquella noción de la política como la práctica del arte de lo posible, que hace suyo lo que resulta necesario y que no tiene la pretensión de salvarnos del alma. Ahora mismo quien representa el “retorno” a la sensatez es la candidatura del PSC, y quizás también la de los Comunes, aunque a veces parecen estos sufrir epifanías. Proyectos para la Cataluña concreta, cierta, fáctica, y que resultan inaplazables. Salvador Illa, además de un proyecto sólido y creíble para salir de la situación de bloqueo, aporta una actitud y una predisposición a superar la cultura de los bloques que resulta muy necesaria: no contribuir a la polarización, evitar el griterío, buscar elementos comunes y de posible consenso y, sobre todo, la voluntad de pasar página sin ningún tipo de revanchismo. Hay demasiados grupos políticos para los que el terreno de juego deseado es la confrontación y la pretenden continuar. Irresponsabilidad en grado superlativo. En esto coinciden tanto los independentistas como Ciudadanos, el PP o Vox; todos aquellos a los que el choque, el combate y la colisión abierta los alimenta y da sentido a su existencia. De hecho, se necesitan. Convendría que el domingo no nos confundieran falsas emocionalidades y cogiéramos billete para un tren que nos devuelva a la prosaica realidad. 

Economía de casino

Llevamos ya varias décadas viviendo peligrosamente. Desde los años noventa en los que se impuso la desregulación del sector financiero, este dejó de ser un instrumento al servicio der la economía para convertirse él mismo en un sector económico. Y no una actividad cualquiera, sino en la más importante y trascendente. Ligado a esto, el dinero dejó de ser un depositario de valor para convertirse en una mercancía con la que poder especular, mientras cualquier operación de crédito no hacía sino crearlo en abundancia. Quedó atrás la vieja noción de una economía productiva que era la base de la riqueza económica, constituida por actividades industriales o de servicios que creaban valor, con un sector financiero necesario para asegurar los flujos de dinero y los sistemas de pago pero que no añadía valor, a una realidad en la que no se trata de disponer de activos o crearlos, sino de utilizarlos como depositarios de apuestas. La riqueza financiera -que en realidad no es tal riqueza- rebasa en mucho el capital realmente existente. Si el PIB mundial, antes de la pandemia, era de 86 billones de dólares, el capital financiero era ya de 200 billones de dólares. Como se puede suponer y la crisis de 2008 lo hizo bien patente, los movimientos de este volumen de dinero generan burbujas especulativas sea cual sea la dirección que tome en cada momento. Los grandes gestores de fondos son ahora más determinantes para la economía mundial de lo que lo son los estados o incluso las grandes corporaciones empresariales. Cuando van de compras, se hacen con el dominio de sectores enteros de las economías de los países y fijan las condiciones. Las veinte mayores gestoras mueven 34 billones de dólares -para que nos entendamos, el doble del PIB de la Unión Europea- y Blackrock, que es el operador principal, juega con el equivalente a cuatro veces el PIB español.

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Justamente, las posiciones en España de Blackrock ilustran muy bien las maneras de actuar de estas compañías. Están convirtiendo, silenciosamente, algunos sectores como el bancario o el energético en un oligopolio. Participa en 21 empresas del Ibex-35 y es el mayor accionista individual de los bancos Santander, BBVA, Caixabank y Sabadell. En estas circunstancias, el concepto “competencia” queda francamente diluido. Precisamente, la estrategia de estos grupos consiste en esto, constituir de facto situaciones oligopolísticas en las que las empresas participadas acaban por concertar precios y condiciones bajo la consideración que competir no resulta eficiente. Hay unos perjudicados: los consumidores. Su inversión, además, es puramente funcional y en ningún caso a largo plazo. Priman lo que llaman la “creación de valor” para el accionista, es decir apuestan porque los gestores de las participadas prioricen el reforzar el valor bursátil de la compañía, recorriendo a menudo por ejemplo a la recompra de acciones. El objetivo está claramente marcado. Cuando se atraviesa el umbral de ciertas plusvalías, se abandona todo vendiendo y marchando para repetir la operación en otro lugar. En realidad, como explica muy bien el economista italiana Mariana Mazzucato, lo que hacen no es crear valor en las compañías, sino desarrollar un desvergonzado sistema de extraerlo. Estamos ante un capitalismo absolutamente financiarizado, sin ningún sentido de responsabilidad respecto a los efectos de las decisiones económicas que se toman. Quizás el ejemplo más extremo son los fondos de cobertura –hedge fund en la terminología inglesa al uso-, los cuales se hicieron tristemente famosos en el desencadenamiento de la crisis de 2008. Son para inversores a gran escala, desinhibidos y ambiciosos, que no se quieren contentar con tasas de beneficio moderadas. No aprendimos nada. Vuelven a mover entre 6 y 8 billones de dólares. Fondo buitres y agresivos que especulan con el empobrecimiento evidente de los demás. Operan en el que en la jerga se conocen como “posiciones a corto”. Es decir, cogen en préstamo títulos de manera condicionada, vendiéndolos a precios elevados y recomprando a la baja. Apuestan a la caída del valor, haciendo una especie de profecía que inducirán a que se cumpla. Grandes apuestas, juego, riesgo y efectos demoledores. La economía queda lejos de eso, pero aún más la decencia, la ética o la moralidad.

Trump y Cataluña

Lo mejor que se puede decir de Donald Trump, es que finalmente ha dejado de ser presidente de los Estados Unidos. Se acabó la pesadilla, el inmenso peligro, de que alguien tan faltado de escrúpulos éticos y morales y tan desequilibrado emocionalmente estuviera delante de la gran potencia americana. Pero se va Trump, pero no el trumpisme, al menos a medio plazo. Ha dejado su país y la política internacional como un auténtico campo minado que costará de desactivar y superar. Sus incombustibles seguidores son millones en Estados Unidos, pero aún más en el resto del mundo. Su manera de entender y practicar la política ha impregnado la dinámica de muchos países y su populismo de derecha extrema, demagógico, sin complejos, autoritario, irracional y escasamente respetuoso con los valores democráticos ha sido incorporado por numerosos movimientos políticos de todo el mundo. Conducir los muchos malestares de la sociedad hacia relatos emocionales que plantean una polarización extrema es visto como una oportunidad de triunfo político por una multitud de aprovechados y demagogos de aquí y de allá. Reducción de los temas y problemas complejos en explicaciones simplistas para inducir a la acción a segmentos de la sociedad seducidos y abducidos por liderazgos que más que emancipación lo que les garantizan es conflicto y la fractura profunda de la sociedad. Crítica falsaria, abuso de la mentira y cinismo en grandes dosis es lo que ha utilizado Trump y utilizan unos populismos que acaban por reducir los valores sociales a un individualismo egoísta y una comunión puramente tribal. Una maquinaria activada y engrasada continuadamente por el recurso al espectáculo, los giros impensables, la práctica de numerosos performances, el desafío al Estado de derecho y la separación de poderes, la chulería y la incorrección política y lingüística. Líderes provenientes de élites económicas y sociales ejerciendo de marginales y alternativos, convertidos a tiempo parcial en provocadores, irreverentes y agitadores. Pretenden confundirse en un “pueblo” del que no han formado parte nunca. Ninguna noción de seriedad, responsabilidad y, aún menos, ninguna contención en nombre del sentido del ridículo.

Torra usa el vocabulario de Trump para insultar al Estado

En Cataluña, a pesar de no haber un trumpismo militante más allá de algunos casos particulares, conocemos bastante bien estas dinámicas de ruptura que ha practicado el presidente estadounidense. Las formas políticas iliberales han ocupado la última década el ámbito dominante de la política catalana. Voluntarismo, ficciones, enemigos imaginarios, emocionalidad, horizontes de grandeza, negación de la realidad, teatralidad, polarización extrema, conformación de enemigos, creencia frente de razón, desatención a la gestión… La política convertida en un serial de Netflix. De hecho, nada se parece más a un populismo que otro populismo. La lógica es siempre la misma. La fiesta final de Trump, el día de Reyes, promoviendo el asalto al Capitolio, ha alertado a mucha gente sobre la tendencia a superar límites y líneas rojas cuando los movimientos se desarrollan a partir de una mezcla de emociones y de ideas peligrosas. Mal momento para convocar elecciones. Se podrían hacer bastantes paralelismos con hechos ocurridos en Cataluña hace tres años. La sociedad catalana se ha visto con los recientes hechos americanos en un espejo ampliado. La constatación de que el insurreccionalismo, aunque sea de salón, lo carga el diablo y puede acabar derivando en grotesco y acercarse a situaciones trágicas. En cualquier intento de comparativa, resulta evidente el cambio de escala. Es obvio que no se puede hacer el mismo mal dirigiendo la primera potencia mundial que gestionando una comunidad autónoma. La dimensión es muy diferente, pero la pulsión subyacente es muy parecida. No se salía bien parado en la fotografía. Desconvocar elecciones cuando se tiene miedo de no ganarlas forma parte de esta cultura y esta manera de hacer en el que la democracia no son valores sino meramente un recurso a conveniencia. No parece importar el daño que se causaría alargando esta fase agónica de la política catalana. De hecho y en nombre de la pandemia los comicios se podrían ir desplazando en el tiempo y casi hasta el infinito. Ha dado miedo lo que significa incorporar al tablero de la política catalana a Salvador Illa y un PSC más activado, así como la sensación de que los números de magia, a base de reiterarlos, acaban porque una parte del público intuya los trucos. El único escenario que se les ocurre ahora es intentar ganar tiempo. Un tiempo que el país ya no tiene.

Se necesitan elecciones, porque se necesita gobierno

Cataluña hace tiempo que está sin Gobierno, demasiado. No es sólo que la interinidad post-Torra ya dura desde el mes de septiembre, que es un lapso muy grande y aún más en la situación excepcional que vivimos, sino que, de hecho, los temas que realmente afectan al bienestar de los ciudadanos, así como su futuro hace años que no se encuentran entre las prioridades de nuestros gobernantes. Cataluña se encuentra fracturada y dividida políticamente, socialmente sin expectativas y habiendo perdido dinamismo y mucho peso en el terreno económico. La declinación es larga y nadie del mainstream dominante parece dispuesto a hacer nada para invertir la tendencia. Hay un relato falsario que se sigue manteniendo, mientras el país se desangra entre tanta dejadez práctica. Hace años que no hay, en términos reales, un proyecto de país más allá de planteamientos idílicos y probablemente irreales. No hay políticas de desarrollo económico, no se invierte en reindustrialización y los esfuerzos en innovación son muy escasos. Hemos perdido competitividad económica, lo fiamos todo a un sector turístico regresivo y Barcelona ha dejado de ser la ciudad referente del Mediterráneo. El mundo ya no nos mira. Carentes de inversión y con intentos privatizadores los servicios públicos están lejos de ser modélicos y de estar a la altura de un Estado de bienestar avanzado, mientras la desigualdad social progresa y las personas en zona de exclusión son cada vez más numerosas. La pandemia ha terminado por evidenciar nuestras vergüenzas. El problema no es tanto que no se haya gestionado de manera muy digna la emergencia sanitaria -en todas partes se han cometido errores-, sino que se haya optado primero por politizar de manera burda culpando de las impericias propias al Estado, para pasar después a un periodo, que llega hasta hoy, donde la prioridad es echarse pestes entre los socios de gobierno los cuales a las puertas de unas elecciones se muestran incapaces de tomar las medidas que la gravedad situación pide. Mucha sobreactuación, innumerables y larguísimas ruedas de prensa sin sentido, no transmitiendo mensajes claros a la ciudadanía. Posicionamientos y manifestaciones siempre en clave de dejar en evidencia a unos contrincantes que, cosas paradójicas, son sus socios de gobierno y sus compañeros de quimera.

El desgobierno de Cataluña – Crónica Popular

Se impone un cambio de ciclo, de cultura y de actitud. Probablemente, también, de gente. Se necesitan elecciones y, gane quien gane, el gobierno que salga de la correlación parlamentaria tome las riendas, cierre el largo periodo de dejadez y termine con este vacío de poder que resulta del todo insostenible. Probablemente, no sólo sería bueno sino necesario poder construir una mayoría la preocupación de la cual sean las políticas económicas y sociales, el bienestar de la mayoría, y se emprenda un camino de dinamización y se explicite una auténtica hoja de ruta hacia el futuro. Romper la dinámica de los bloques, pese a lo que se diga en campaña electoral, es aparentemente el mejor camino para intentar recuperar una convivencia y cohesión hace tiempo perdida. Restablecer aquel viejo eslogan de “Cataluña, un solo pueblo” que ahora nos suena muy lejano, casi una entelequia. Las elecciones, pues, son la puerta de entrada de una nueva época política y social en Cataluña, no hay otra. Retrasarlas significa alargar la agonía. Deberían simbolizar no tanto un cambio de siglas, como de actitudes y predisposiciones. La pandemia no debería ni puede ser la excusa. Se podrían celebrar con todas las garantías sanitarias, como con ellas seguimos yendo cada día a trabajar o de compras. Justamente porque estamos en una situación excepcional que requiere un gobierno fuerte que no tenemos, resultaría ineludible no posponer algo que es necesario e inaplazable. Hasta hace muy poco, la mayor parte del arco parlamentario lo compartía. El golpe en la mesa que ha dado el PSC con la candidatura de Salvador Illa, la superación de la estrategia del perfil bajo que había practicado, hace que ahora algunos partidos hayan querido aplazar los comicios, ganar tiempo y ver si, mientras tanto, desgastan el candidato socialista. Una vez más el cálculo electoralista por delante de lo necesario. Tengo la sensación de que una buena parte de la ciudadanía, independentista o no, empieza a estar un poco harta de todo esto. Podría darse el caso de que, el tiempo ganado, se les pudiera hacer muy largo a algunos que creen que les juega a su favor.

Vergüenza

Después de un año tan singular y que merecería, sin duda, ser enviado a la papelera de la historia, parece que el que acabamos de empezar nos depara emociones fuertes. El día de Reyes hemos visto lo que nunca hubiéramos pensado de ver: un serio intento de golpe de estado en Estados Unidos. Aunque la toma del Capitolio parece hecha por figurantes una mala película de zombis pone en evidencia el mal profundo que han infringido a la sociedad americana Donald Trump y el trumpismo. Se ha puesto en jaque un sistema democrático antiguo y aparentemente sólido y se ha mostrado como la mayor potencia económica y militar, el país de Silicon Valley, ha sido gobernado y dirigido por el mayor energúmeno que ningún guionista podía imaginar. El ultraje que han sentido una parte importante de los estadounidenses al ver cómo las hordas se comportaban de manera antidemocrática y casi animal, profanando los símbolos del país, es comparable a la intensa vergüenza que hemos sentido en todo el mundo. Porque a todos nos incumbe, vestigios observamos y en ninguna parte estamos vacunados contra ello. Cuando quien lideraba el mundo se ve poseído por un movimiento claramente totalitario, abyecto, es como para ponerse a temblar. Lo previó Thomas Mann en los años cincuenta: “el fascismo volverá, y entonces lo hará en nombre de la libertad”. Las bases de lo que está pasando en Estados Unidos están presentes en buena parte del mundo occidental. Amplios sectores sociales que se han sentido excluidos de la marcha de la sociedad tanto en el terreno económico como cultural; gente irritada, humillada y resentida que han escuchado los cantos de sirena de un nacionalpopulismo hecho de mentiras, manipulaciones y demagogias. El carácter simplificador y adictivo de internet y las redes sociales ha permitido articular los miedos y los odios de los actuales parias de la tierra, movilizados y en pie de guerra en pro de un líder -carismático a su manera-, pero sobre todo contra todo lo que simboliza el status quo político y social de los Estados Unidos, contra la corrección lingüística y cultural del progresismo y, en definitiva, contra todo lo que representa el Partido Demócrata: los outsiderscontra los insiders.

Europa reacciona al asalto al Capitolio: ″Las palabras incendiarias se  traducen en violencia″ | El Mundo | DW | 07.01.2021

Con el trumpismo y con esta algarada final que tanto se parece a las revueltas de las repúblicas bananeras, Estados Unidos ha perdido mucho del prestigio que aún mantenían y buena parte de la referencia y liderazgo que aún ejercían en el mundo. Hoy en día, dominan rankings y estadísticas, pero ya no tienen autoridad moral ni encarnan el futuro. No estamos ante una anécdota, sino ante hechos con mucha carga simbólica y significativa. Una ola reaccionaria, violenta y fascista que se lleva por delante un Partido Republicano que ha hecho muy poco para detener la dinámica loca impuesta por Donald Trump. Los totalitarismos europeos del periodo de entreguerras lo primero que hicieron fue someter a unos partidos de derechas muy pusilánimes en la defensa de la libertad y la democracia. Los sistemas democráticos se sustentan sobre instituciones que deben ser compartidas y aceptadas, pero, sobre todo, en un conjunto de normas no escritas que tienen que ver con la tolerancia, la convivencia, el diálogo, el respeto a las leyes y la aceptación de la pluralidad. El sistema no es compatible con el tribalismo. Democracia es Constitución y participación electoral, pero es sobre todo una actitud, un comportamiento, una cultura. Después del espectáculo vivido en Estados Unidos los últimos cuatro años con la culminación casi surrealista del día de Reyes y con un Presidente que se niega a aceptar la realidad, los hechos y el final de su mandato, el mundo podría aprender a donde lleva seguir dinámicas locas y autodestructivas. Las consecuencias de instalarse en mundos imaginarios construidos con la manipulación de los temores por parte de líderes mesiánicos que no tienen otro interés que dar salida a sus delirios y perpetuarse en un poder que no lo entienden para contribuir al bien común sino para hacer un homenaje a su narcisismo y una visión del mundo egocéntrica. Pero, sobre todo, sería bueno que entendiéramos que no podemos avanzar por caminos de un dudoso progreso olvidando y condenando a la exclusión a tanta gente a los que no les dejamos mucha más salida que seguir a profetas equivocados y proyectar su fe en dioses falsos.

Fragilidad

Cada vez más las empresas modernas son marcas, con estructuras muy ligeras, consistiendo básicamente en unas sedes centrales donde se concentran la dirección, el I+D y el marketing. De hecho, el término “trabajador” ya no se utiliza hace años en las empresas. No es tanto una cuestión de consideración o de respeto, como dejar las cosas claras: las firmas ya no sienten responsables de sus empleados. Han pasado ya los tiempos en que las compañías, aunque fuera a través de fórmulas paternales, se consideraban una gran familia con obligaciones hacia los que formaban parte de ellas. La antigüedad de una corporación se valoraba como un importante valor de reputación y en las épocas críticas se mantenía la ocupación hasta donde se podía a costa de los beneficios de la sociedad. Los despidos eran una desgracia y ya no digamos el cierre. Los dividendos no es que fueran secundarios, pero tenían la plasticidad de adaptarse a las situaciones de expansión y de recesión económicas. Las condiciones de trabajo eran duras y los salarios bajos, pero en contrapartida había algunas seguridades que en el capitalismo posmoderno se han perdido. El lenguaje se ha adaptado. Las escuelas de negocios introdujeron primero el concepto de recursos humanos, como término genérico e impersonal, para pasar después al concepto más elevado: capital humano, en el que los individuos que forman parte ya tienen la condición de colaboradores. Pero como se trataba más que de una cuestión nominativa, sino de actitud hacia los trabajadores, los conceptos de outsourcing y de offshoring se convirtieron en el nuevo paradigma de la gestión empresarial, que ahora se llamaría management. Despedir personas ya no era una acción ominosa de último recurso, sino que se blandía con orgullo por los nuevos gurús del capitalismo formados en las escuelas de negocios, muy propensos a readaptarse a “las necesidades de capital humano” hechos en nombre de la mejora de la competitividad. Pura literatura. Lástima que los numerosos trabajadores despedidos con EROS a costes bajos y dejados en la estacada por la nueva legislación laboral que se había hecho para combatir “las rigideces” del mercado de trabajo y poder ganar mayor “flexibilidad”, no lo comprendieran de esta manera. 

Definición de fragilidad - Qué es, Significado y Concepto

En cualquier caso, la conversión de muchos antiguos empleados en trabajadores autónomos que prestan servicios a las empresas sin carga laboral interna ha sido una vía que continúa aún hoy en día su proceso de expansión. Ha habido en los últimos años una auténtica explosión de creación de microempresas que no son más que formas ineludibles de autoempleo y que tienen un componente evidente de autoexplotación para poder salir adelante. Depender de las demandas de grandes empresas es tener la seguridad de solo poder facturar con unos márgenes muy reducidos. Un extremo bastante particular y abundante de las nuevas formas organizativas del trabajo en el capitalismo posmoderno son las cooperativas de trabajo que tanto ha proliferado en los restos de producción textil en el mundo occidental o también en el sector de manufactura de la carne. Trabajos que necesitan mano de obra intensiva y que se contrata y descontrata de manera sencilla y sin costes a estas cooperativas de trabajo. Inditex lo practica mucho en la producción que mantiene en Galicia o en el Norte de Portugal. Un capitalismo que no hace sino incorporar los valores del modelo capitalista asiático de exportación: sobreexplotación sin responsabilidades. 

La ideología que acompaña todo ello, fomenta el concepto de “empleabilidad” como elemento de tensión continuo a lo largo de toda la vida, ya que la voluntad de tener trabajo se debe alimentar con formación y disposición a todo tipo de humillaciones, muy ligada a la necesidad del consumo compulsivo como único método de realización personal y al papel estimulante que ejerce la deuda en nuestras vidas. Tras unas décadas en que se completó un sueldo cada vez con menos capacidad adquisitiva con un amplio acceso al crédito bancario y a la disponibilidad de tarjetas de crédito que ni siquiera habíamos solicitado, vivimos en una trampa de riqueza y de capacidad de compra ficticia, prisioneros de nuestra deuda y de nuestros deseos de consumo siempre insatisfechos. Para filósofo Byung-Chul Han, hemos mudado de “la sociedad disciplinaria” hacia “la sociedad del rendimiento”. Hemos pasado de ser sujetos de obediencia a ser sujetos de rendimiento, es decir, “emprendedores de nosotros mismos”. Si la sociedad disciplinaria generaba locos y criminales, la del rendimiento genera fracasados ​​y, de ahí, que la depresión sea la enfermedad moderna, la expresión patológica del fracaso.

Se requiere un nuevo contrato social

Las perspectivas de la Covid no son, hoy en día, nada optimistas. Lo que debía ser una posible tercera ola los próximos meses ya se ha iniciado y la variante del virus que ha emergido en Gran Bretaña enciende todas las alarmas además de proporcionar a ese país, de facto, un Brexit duro. Siempre se ha dicho que hay que vigilar con lo que se desea ya que te puede ser concedido. En todo caso no hay tregua navideña de la pandemia. Más aislamiento y soledad para las personas y más depresión para una economía que, aparte de los contados sectores que lo perciben como una oportunidad, está inmersa en un bache profundo de difícil y larga salida. Estamos todavía en una fase de contención en la que mantener el tejido productivo resulta crucial. Serán necesarios más programas de ajuste temporal del empleo, aplazamiento de impuestos, ayuda directa a autónomos y pequeñas empresas y proporcionar liquidez con líneas de avales y créditos. Y, lógicamente, ayuda directa a las personas que han perdido o se les disiparán sus ingresos y corren el riesgo de aumentar la ya muy poblada zona de exclusión social. 

Habrá que articular después la fase de recuperación la que, en el mejor de los casos, se alargará más de tres años. Se tratará de recuperar la actividad económica y el empleo de cara a restablecer también el consumo. Habría que poner en práctica políticas económicas tendentes a transformar estructuralmente la economía, tema que en España resulta del todo imprescindible e inaplazable. Los importantes fondos provenientes del Next Generation instrumentados por la Unión Europea deberían servir para cambiar profundamente una economía de bajos niveles de productividad y demasiada dependencia del turismo, hacia una economía más competitiva, tecnológica y sostenible. Mudar de una economía marrón a una economía verde es ya inexorable, como lo es un proceso reindustrialitzador inteligente, asumir la transición energética hacia las renovables, digitalizar las pymes, aumentar la dotación en investigación y desarrollo en los presupuestos públicos o bien invertir mucho más en salud pública. Se debe estimular la innovación, garantizar la producción más estratégica en el propio país y evolucionar hacia una economía de tipo circular que no genere residuos y con una huella de carbono mínima. 

Panamá. Un nuevo contrato social – Kaos en la red

La financiación de todo esto, aparte de los fondos europeos, se hará en parte endeudándose y también saneando un ineficiente y desfasado sistema tributario. Con prudencia, la deuda no es hoy un mal recurso teniendo en cuenta que el precio del dinero está en tasas negativas. Ahora bien, como se tiene que devolver, ciertamente que lo que se hace se diferir la carga hacia las generaciones futuras. En parte, parece bastante lógico teniendo en cuenta que, justamente, lo que se trata es de hacer inversiones que posibiliten un futuro digno. Ahora bien, lo que hay que revisar en profundidad es un sistema tributario lleno de agujeros que lo convierten en insuficiente y poco equitativo. Multitud de mecanismos de fraude fiscal que se calcula se aproximan a los 60.000milions de euros anuales y formas de elusión fiscal que llevan, por ejemplo, que las empresas del Ibex liquiden una media del 6% en Impuesto de Sociedades cuando el valor nominal es del 30%. Todo ello explica bastante la debilidad de los ingresos tributarios del Estado como, también, la incapacidad para hacer cotizar de alguna manera las incontrolables plataformas digitales o las grandes corporaciones que operan en muchos países a la vez, especulan con sus precios de transferencia para que los beneficios terminen recalando en paraísos fiscales. Apple centraliza su negocio europeo en Irlanda, donde tiene pactado un tipo impositivo del 0,005%. Más allá de la deficiente gestión del sistema fiscal, hay un problema con su naturaleza. Los sistemas tributarios actuales descansan sobre las rentas del trabajo mucho más que sobre las rentas de capital. Resulta injusto y tiene bastante ver con la creciente y acumulativa desigualdad social. Pero, además, resulta ineficaz cuando los salarios tienen un peso cada vez menor en el PIB de los países. Son los efectos inherentes a unos salarios medios en declinación y en una sociedad con cada vez más gente sin trabajo o brutalmente precarizada. Se imponen unas nuevas reglas.

Clandestinos

Hace unos días se prendió fuego en una nave industrial en Badalona que se utilizaba como asentamiento por gente que no tiene otro techo. Cuatro muertos y numerosos heridos como resultado. Pocos, porque podían haber sido mucho peor. El trágico accidente, que olvidaremos pronto, puso en evidencia que hay un mundo paralelo en nuestras ciudades y es la de gente condenada a la miseria y a los que encima les negamos la visibilidad. En la nave incendiada al parecer convivían unas doscientas personas sin ninguna condición que la pudiera identificar como viviendas ni siquiera pobres o poco dignas: sin agua ni luz, con separaciones improvisadas de cartones y telas, con gente durmiendo sobre colchones en el suelo y con unas condiciones higiénicas y de salubridad que nos podemos imaginar. Y no es un caso singular, hay muchísimas más especialmente en el entorno metropolitano como lleno está de pisos patera y de viviendas infames sobreocupadas. Multitud de espacios invadidos para la supervivencia de todos aquellos a los que hemos condenado a la exclusión social y residencial. En el caso de la nave badalonesa confluyen muchas de las condiciones con las que han de resistir esta gente a los que condenamos a ser los parias de la tierra: inmigración irregular, ningún tipo de trabajo estable ni prestación social, trabajos indecentes de subsistencia, recurso a pequeña delincuencia, desconsideración, invisibilidad… La ocupación era pública y notoria y hacía ocho años que el ayuntamiento lo sabía. Afirman que se encontraban atados de pies y manos porqué el tema se había llevado al juzgado y imperaba el silencio judicial. Alguien quizás pensará que esto ocurre en la ciudad de García Albiol, hombre poco propenso a empatizar con la inmigración y la pobreza; pero lo cierto que los dos alcaldes de izquierdas que ha habido antes tampoco hicieron más. Que una cosa es blandir argumentos genéricos sobre la solidaridad o la multiculturalidad y otra es resolver problemas concretos y ayudar a personas reales.

400.000 madrileños viven en infraviviendas

Vivimos en un mundo absolutamente disfuncional. La desigualdad es un fenómeno que avanza inexorable y va deviniendo acumulativo y asfixiante. La solidaridad y los mecanismos de redistribución han ido debilitándose. En la parte baja, precarios e inseguros, tenemos una cuarta parte de la población que las cifras oficiales sitúan en “zona de exclusión” o “por debajo del umbral de la pobreza”. Resulta fácil de decir, pero en Cataluña son casi dos millones de personas que tienen que resistir carentes de expectativas y dosis razonables de seguridad. Pero más allá de esta mucha gente, hay un área de exclusión pura y dura, hecha de personas sin papeles y casi sin cara que transitan como zombis en nuestro entorno y no los miramos si no es para expresarlos distancia, rechazo o miedo. La mayoría provienen de países africanos y han llegado aquí después de itinerarios y desventuras inenarrables. Buscaban una oportunidad y los condenamos a la pobreza extrema y el desprecio. Conforman un ejército laboral de reserva de unos cientos de miles de personas a los que no facilitamos ni el acceso a una triste vivienda. Todos los niveles de administración, desde los ayuntamientos al gobierno del Estado, afirman no poder hacer nada. Unos apelan a falta de medios y los demás evitar generar un “efecto llamada”. Resulta evidente que gestionar importantes flujos migratorios es de una gran complejidad y muy especialmente en un territorio de frontera como es España entre dos mundos en términos de desarrollo. No nos separa el Mediterráneo, sino un abismo. Pero más allá de los grandes números y las dinámicas migratorias globales, lo que tenemos en nuestro entorno son personas que merecen ser consideradas y tratadas como tales. Gente que la única diferencia con todos nosotros es que han tenido una biografía mucho más dura y muchas menos posibilidades. La única “culpa” que arrastran es no haber tenido la suerte que hemos tenido otros para los que tener vivienda y alimentación, entorno seguro, salud y educación garantizada nos ha venido dado. La condena a que los sometemos, o que toleramos con nuestro silencio, resulta del todo inaceptable si es que todavía hacemos nuestros aquellos valores humanísticos, sociales e ilustrados de los que a menudo presumimos y hacemos bandera.

La abstención como determinante

Los resultados electorales y la cultura política predominante en una sociedad no siempre resultan coincidentes. Suele haber una parte variable del electorado que a menudo no se siente llamado a las urnas ya sea por falta de propuestas atractivas que lo representen, por cansancio o por puro desánimo. La abstención suele ser muy política tanto en sus causas como en sus consecuencias. En cualquier contienda política, los incentivos para participar suelen estar desigualmente repartidos. Hay sectores más activos, más motivados y tensionados, mientras que otros caen en un cierto espíritu de dejadez, el entorno y el contexto los llevan a una cierta abulia. Tiene todo que ver con los estímulos de las ofertas que compiten, con la convicción que emanan y, también, en las posibilidades de victoria. Poca gente va al colegio electoral si “los suyos” no les transmiten que vale la pena y que es posible. Los partidos políticos saben que es tan importante su discurso motivador hacia los adeptos como el no dar argumentos para que se movilice el votante contrincante. Las emociones que se generan tanto en positivo como en negativo tienen una gran importancia. En la Cataluña pujolista la abstención diferencial tuvo una gran importancia.

En defensa de la abstención electoral – Palabras Al Margen

Durante décadas, una parte del electorado catalán se quedaba en casa cuando había elecciones autonómicas y facilitaba así el triunfo de un nacionalismo conservador que no reflejaba el conjunto de una sociedad que era más de izquierdas y más cosmopolita, como una mayor participación en otro tipo de elecciones ponía claramente en evidencia. Se daba la victoria al PSOE, pero no al PSC. El porqué no votaba en las elecciones catalanas era un misterio. El nacionalismo miraba de no irritarlos y así no darles motivos para participar, mientras que la izquierda y principalmente el PSC que era dominante en otras elecciones, no era capaz de activar un electorado mayoritariamente propio que se comportaba de manera absentista. Posiblemente no se transmitía la importancia de participar, no se ofrecía un relato claramente diferenciado y alternativo. La izquierda catalana terminó, probablemente, por ser prisionera del marco mental del nacionalismo y de Jordi Pujol. Su proyecto político no era contrapuesto y claramente nuevo al discurso nacionalista convertido en hegemónico, sino que era “un poco más de lo mismo” aunque rebajado un poco de tono. No se denunciaban en ningún caso los intereses de clase que se amparaban detrás del discurso de catalanismo político.

La fase independentista que toma el nacionalismo catalán a partir de 2012, con un discurso vibrante, fuertemente voluntarista y que apelaba a la épica ha funcionado sin duda como un potente estímulo a la participación política plena por parte de aquellos que han compartido este ideario. Como ha quedado patente, a pesar de ser muy numeroso y popular, el independentismo no es mayoritario en la sociedad catalana, aunque su discurso y la presencia en los medios sea dominante. Los que no son independentistas son muy diversos, tienen pocas cosas en común y, sobre todo, no están ni pueden ser orquestados como tales ya que, aunque mayoritariamente de cultura de izquierdas y de aspiraciones federalistas para la articulación de Cataluña dentro España, hay también sectores derechistas y poco dados a entender el concepto de una España plural. El cambio de marcha independentista en el entorno del 1 de Octubre, con un discurso muy agresivo y acciones unilaterales, terminó por irritar a una parte del habitual abstencionista de las elecciones catalanas, concentrando su voto en Inés Arrimadas la que simbolizaba un discurso de confrontación claro contra el independentismo, un relato y marco mental diferentes. Esto le valió, una victoria electoral tan imprevista como inútil en las elecciones de 2017. Como se ha demostrado después, era un voto de malestar y alerta y poco ideológico hacia a una candidata y un partido que no se sabía muy bien que eran y que, en todo caso, su batalla la pretendían librar en Madrid y no en Barcelona.

Apuntan los sondeos que este elector abstencionista activado puntualmente en 2017 volverá a inhibirse. El PSC recuperará algunos votantes que se le habían ido puntualmente por verlo demasiado en tierra de nadie, pero no parece de momento estimular a un 12-15% de los electores que si se movilizan en otras elecciones y que resultan cruciales. La encomiable actitud del PSC intentando no reforzar antagonismos ni bloques y buscando crear vínculos y conexiones, hace que una parte de la gente que podría formar parte de su cultura política no disponga de un relato alternativo ni una motivación clara para ir a votar, que no sienta sus valores suficientemente defendidos. No se transmite ni la energía ni la convicción de que otra Cataluña es posible, porque en realidad es mayoritaria. Construir puentes está muy bien, es una muestra de generosidad, pero quizás habría que hacerlo una vez se hayan afianzado algunas bases de sustentación imprescindibles, cuando se haya activado y articulado aquella parte de la sociedad catalana olvidada ya menudo menospreciada. También irritada. Si no es así, son poco más que buenas intenciones que el contrincante ridiculiza y que terminan para diluirse en medio del griterío de la política.