Mes: abril 2022

Comisionistas

La corrupción no es extraña en el mundo político y, quien más quien menos, todos los partidos han sufrido sus episodios. Sin embargo, hay que reconocer que el Partido Popular se ha especializado y mucho en la cuestión, tanto por el número de casos como por su redundancia especialmente en tiempos que parece que deberían haber aprendido a ser algo más cuidadosos. Acaban de sufrir la última condena del caso Gürtel y, de forma paralela, Pablo Casado ha tenido que abandonar el liderazgo por haberse atrevido a denunciar los negocios al amparo del poder de la familia de Díaz Ayuso. En un contexto tan poco edificante quizás no resulta tan extraño que se haya producido el escándalo de las comisiones draconianas cobradas por intermediarios en el ayuntamiento de la capital utilizando -vea qué novedad- el vínculo con un familiar del alcalde Díaz Almeida. El caso no es de trasiego de influencias o de actividades que fuerzan un poco las líneas de la ética pública. Es sencillamente una estafa. En plena pandemia unos desaprensivos lleguen hasta altas instancias de la corporación municipal y prometen material sanitario a precios desorbitados y, encima, defectuoso. No fue un accidente. En el entorno de ciertas culturas políticas, los buitres dispuestos a hacer negocios fáciles tirando de contactos resulta más que habitual. Es el microclima idóneo. Los pícaros en cuestión son de manual. El típico fantasma que se presenta como “hombre de negocios” y un aristócrata sevillano de lo más decadente y habitual de las revistas y programas del corazón. La culminación era que también se trampeaban entre ellos. Ya puestos, porque no hacerlo. Vista la evidencia, la reacción política tan patética como siempre: negarlo y hacerse el ofendido. Demencial.

Pero el trasiego de influencias y la corrupción también se dan más allá de la política. De hecho, el mundo del deporte en general y el del fútbol en particular es un terreno bastante abonado para saqueos organizados en forma de comisiones, las cuales poco tienen que ver con trabajos realmente realizados de intermediación que merezcan una remuneración. Son pura y simplemente un mordisco que cada vez es más grande. Los aficionados, siempre obnubilados por el sentimiento pasional, perdonamos todo menos perder los partidos. Cada vez más, la gestión de fichajes y traspasos es un mercado persa lleno de representantes, intermediarios, familiares, agentes, ejecutivos de clubes…, que saquean, como bien se ha visto en el Barça, las finanzas de los clubs de forma francamente deportiva. Como el club es de los socios, en realidad no es de nadie y, durante el tiempo de mandato, las directivas se dedican a la actividad extractiva, a colocar a amigos y familiares y a derrochar frívolamente el dinero, justamente porque no es suyo. En esta cultura tan ejemplar que predomina en Can Barça, con decisiones incomprensibles y contradictorias, con periodistas a sueldo del club mientras se dinamita tanto la marca como el prestigio adquirido, no es de extrañar que un “listo” como Gerard Piqué se crea con el derecho de pastelear en la organización de competiciones para sacar unos magníficos réditos económicos en forma de comisiones que se autoadjudica. Faltado de todo sentido de las proporciones y de la ética, no ve el conflicto de intereses evidente que esto significa y la mala posición en la que queda precisamente el club donde él -¡oh, sorpresa!-, es el jugador mejor pagado. Las conversaciones que se han oído con el presidente de la Federación Española de Fútbol les inhabilitan a ambos, no sólo para continuar donde están sino para merecer consideración y credibilidad alguna. Llevar una competición española, con todo lo que significa, a celebrarse en un país lejano como Arabia Saudí, una autocracia medieval en la que las mujeres lo tienen todo vetado, no debería ser aceptable, ni siquiera una posibilidad. El coleguismo y tono de las conversaciones, a pesar de las pretensiones clasistas de nuestro jugador, dan vergüenza ajena. Una mala película de gánsteres del sábado por la tarde. La respuesta, como en el caso del PP, ha sido la de disparar a diestro y siniestro y hacerse el ofendido. Y reivindicar el derecho a realizar negocios.

Tanto en uno como en otro caso, más allá del carácter ilegal o delictivo que puedan tener ambos temas, existe la dimensión moral. Los protagonistas no la tienen en cuenta y la desprecian. Pero la sociedad no debería hacerlo. Hay conductas que no son aceptables porque aleccionan negativamente, dañan la confianza colectiva. Tanto los partidos políticos como los clubs de fútbol hacen bandera de los “valores”. Aunque sea por una vez, estaría bien que se hiciera evidente.

Sociedades pequeñas, eventos grandes

Tanto en la dimensión personal como en la colectiva lo que se lleva es actuar en función y de cara al escaparate. No importa lo que realmente se es, sino lo que se aparenta. Resulta obvio que, en ocasiones, grandes operaciones que movilizan recursos y energías de toda una ciudad o un país pueden resultar fructíferas y relevantes. Se trata de alinear voluntades a partir de una gran cita que tiene un componente simbólico y pone en marcha una sociedad perfectamente impulsada por sus gobernantes. Las olimpiadas de Barcelona-92 son un magnífico ejemplo. La ciudad necesitaba un estímulo. El olimpismo sólo era un leitmotiv para que una inmensa energía inversora y transformadora se pusiera en marcha. Había un proyecto, una dirección política muy clara y la cita deportiva era excusa y culminación para una gran obra compartida. Las cosas funcionaron. El problema y el gran error es creer que organizar grandes pruebas internacionales, por sí mismas, te darán el dinamismo y la estrategia de los que estás faltado. Una ciudad o un país requieren proyectos de desarrollo sólidos y gobernantes que les proporcionen escenarios de futuro creíbles y factibles a partir de políticas públicas y de relatos propicios. Apostar sólo por lo que es aparente es garantía de fracaso. No se puede ir de fiesta en fiesta. Sólo hay que recordar que el intento de repetir en Barcelona el éxito olímpico con el Foro Universal de las Culturas del 2004, se saldó con un notorio fracaso que rozó lo grotesco. Las grandes citas están bien cuando deben representar la culminación de un proyecto económico, social y urbanístico sólido. Pero es necesario que exista un pastel para poder colocar la guinda.

El sainete sobre la candidatura a las Olimpiadas de Invierno de 2030 en el Pirineo parece inacabable. Como el país no tiene proyecto ni narrativa, sólo performances, no se sabe si se quiere o no. El independentismo gobernante recurre a un referéndum y se hace un lío a la hora de definir quién debería participar. Es como dejar que decida el azar o bien cómo crear una comisión de trabajo cuando no sabes que decidir. Si el Comité Olímpico Internacional que es quien tiene la última palabra en la adjudicación fuera una organización seria -que no lo es-, ya nos habría mandado al carajo. Es por eso y pese al esperpento de la coorganización con Aragón, que corremos el riesgo de que nos las otorguen. Hoy en día, acontecimientos como estos ya nadie los quiere. Solo ganan dinero cuatro aprovechados del entorno olímpico, pero los organizadores a perder. Apelar a que servirán de excusa para construir infraestructuras necesarias, resulta poco creíble. La conexión con el Pirineo es ciertamente mala y si no que se lo pidan a los usuarios de la línea de tren Barcelona-Puigcerdà. De las obras de adecuación y modernización se habla desde que los Rolling Stones debutaron en su primer concierto. En cuanto al eje del Llobregat, está concebido para que turistas y barceloneses lleguen a las segundas residencias, no para que la gente del territorio tenga un acceso justo a los servicios y a las oportunidades. Se olvida en esta candidatura que, probablemente, en el 2030 la nieve el Pirineo ya será historia y vete a saber si también el invierno. El cambio climático existe y avanza inexorable para quien quiera verlo. Fiarlo toda en los cañones de nieve artificial quizás resulta de un optimismo excesivo.

Barcelona acaba de anunciar que será la sede de la Copa América de Vela del 2024. Las autoridades de uno y otro lado de la Plaza San Jaime lo han anunciado de forma ufana y triunfalista. Un evento que, se ve por los competidores que lo pedían, ya interesa a poca gente. O mejor, a la mayoría de las ciudades ya no les gusta que les tomen el pelo. Valencia, que lo ha organizado en dos ocasiones, está harta de perder dinero y dar lugar a entornos de corrupción que esta actividad favorece. Una exhibición de ricos y para ricos que lo primero que hace una vez anunciada su sede, es pedir bonificaciones fiscales para facilitarlo. De hecho, es costumbre de adinerados pagar pocos o nada de impuestos. Por eso lo son. Quizás lo que más ha sorprendido es que celebrara con tanto entusiasmo esta concentración de “pijerío” internacional la alcaldesa Ada Colau, que parece que en pocos años ha pasado de priorizar evitar desahucios a promover que los yates lujosos puedan amarrar en el puerto de Barcelona. Un acontecimiento casposo y anacrónico que más que blandirlo orgullosos debería avergonzarnos. Denota la declinación de país y la falta de políticos con proyectos sólidos tanto para Cataluña como para Barcelona. Todo se fía a la recuperación del turismo. Estrategia que cuando es predominante y casi única, siempre resulta fallida. Mientras, en la Comunidad Valenciana, hartos de décadas de fuegos artificiales, se han centrado no en obtener regatas sino la fábrica de baterías de litio de Volkswagen en Sagunto. Cuestión de prioridades.

Pendientes de todo y de nada

Si algo ha cambiado de forma notoria en el paisaje urbano en los últimos tiempos, es la actitud de las personas, así como su posición corporal. Casi nadie observa, habla, mira, se abstrae o escucha. Se trata de mostrar el círculo cerrado que cada uno de nosotros forma con su smartphone. La corporeidad ha adquirido un elemento externo que se ha incorporado a nuestra persona. Se exhibe tecnología y una hiperconexión tecnológica, cuya finalidad es evidenciar nuestras carencias y miserias cotidianas, así como practicar el culto al yo. Christopher Lasch escribió hace años sobre la cultura del narcisismo que es inherente a la sociedad de consumo de masas y del ideal individualista del liberalismo burgués llevado al extremo. Lo digital, todavía no se conocía. Un proceso este último que transporta a los individuos del interés por los demás hacia el interés por la ficción particular, de la preocupación por las injusticias colectivas hacia los problemas personales, un viaje hacia dentro mismo que pretende ser emancipador y que se concreta en el culto a salud física y mental, y donde se sustituye la figura de referencia del líder político por la del terapeuta. El ideal de felicidad ya no sería la paz exterior, sino la pretensión de llegar a una interior. Un individuo que tiende a recrearse en las emociones, indiferente, egocéntrico y desenfocado, que practica el “minimalismo moral” y el espíritu de supervivencia.

Una determinada economía, determinadas pautas de consumo y el modelo de sociedad neoliberal, junto con los instrumentos tecnológicos del mundo digital, genera un tipo de individuos y unas determinadas pautas morales. Aunque, lógicamente, no se puede generalizar, puesto que la diversidad de culturas individuales es enorme, la tendencia a generar comportamientos infantilizantes es grande. La dificultad para adquirir una visión global en un mundo tan complejo y cambiante comporta en muchos casos un repliegue hacia actitudes y formas de actuar de niños consentidos. Una de las reacciones más evidentes a este retroceso en la edad adulta, el huir de la complejidad hacia el simplismo, es el aumento sin comparación de los comportamientos insolidarios y egoístas. Un egocentrismo no sólo ni principalmente ideológico en la línea del liberalismo clásico, no entendido como un valor, sino como comportamiento emocional del tipo «lo quiero, y lo quiero ahora», como si la sociedad de consumo compulsivo nos permitiera participar en una fiesta hedonista continua en la que las limitaciones, el no, no existieran ni fueran posibles. Esta voracidad instituida tiene múltiples manifestaciones. El individualismo enfermizo que nos lleva a despreocuparnos ante la pobreza extrema que nos topamos en las calles y los sintecho que debemos superar para acercarnos a un cajero automático han pasado a formar parte del paisaje urbano, o dejar de atender cualquier víctima de accidente. Nada nos hará renunciar a los auriculares, o abandonar el clic impulsivo de la pantalla del móvil. Egoísmo y autismo voluntario se combinan para ir surfeando por la realidad y en el tránsito por la vida.

 Paralelamente, se ha fomentado la acentuación del hiperconsumo, en un narcisismo estético y de adicción a compras con derivaciones casi patológicas. Claramente existe una mutación del “nosotros” al “yo”, que está descapitalizado enormemente la vida social y la posibilidad de proyectos colectivos, así como la construcción de sociedades más humanitarias e inclusivas. Como ha escrito Philipp Blom, la economía de mercado ha terminado por generar “sociedades de mercado”, el individualismo forma parte del ADN de gran parte de los ciudadanos considerados ya sólo como consumidores. El creciente voto populista no deja de ser una apuesta en esa misma línea. El culto en el cuerpo, el gimnasio convertido en el nuevo templo es una de sus expresiones más evidentes, aunque seguramente no de las más nocivas; como el de ser unos jóvenes perpetuos tanto en el cuerpo, la estética, las actitudes y los comportamientos. Solemos pasar de forma repentina de la eterna juventud a la vejez extrema. Mientras tanto, utilizamos y abusamos de los nuevos tótems tecnológicos. Su función es de significación, de representación, y de intentar compensar nuestro aislamiento con una ficción de intercomunicación en que la falta de verdaderas amistades se compensa con encontrar miles en Facebook o en Instagram y dónde nuestra interacción va poco más allá de los reiterados “me gusta” que es el mantra reiterativo de la vida digitalizada.

Inflación

La inflación de marzo de este año se dispara, en España, un 9,8 por ciento. La escalada de los precios de la electricidad y de los combustibles por la guerra de Ucrania y los problemas de abastecimiento por el paro de los transportes por carretera han desbocado el IPC general respecto al mismo mes del año anterior. Esta extraordinaria tasa de inflación provocada por la invasión rusa en los mercados internacionales, se inició ya la pasada primavera debido a los cuellos de botella del comercio mundial, la dificultad para reactivar la producción y atender a la explosión de la demanda que provocaban las restricciones intermitentes de la pandemia. Y se estresó a finales de 2021 cuando la amenaza bélica empezaba a ser interiorizada por el mercado. Esta inflación recoge la escalada de precios del gas, de la electricidad, de los combustibles y de materias primas importantes para la industria como el aluminio y el acero, así como también de cereales. Productos en los que Rusia y Ucrania resultan actores claves a nivel mundial. En las últimas semanas se han añadido en España los problemas de abastecimiento provocado por la huelga de los transportes por carretera, justificada precisamente por el incremento de costes debido a los precios de los carburantes. Esto ha tenido un gran impacto, especialmente en la disponibilidad de alimentos básicos como la leche, el aceite o la harina. Se ha producido así una escalada difícil de contener. La especulación y el acaparamiento juegan en estas circunstancias un efecto multiplicador y las inquietudes sociales se desmandan. Los problemas económicos y sociales respaldan tensiones políticas, especialmente cuando los malestares se concentran y representan más allá de los partidos políticos convencionales y las organizaciones sindicales conocidas.

La inflación nos hace más pobre a todos. Pero como es habitual en estas dinámicas, a unos más que a otros. Ciertamente genera incertidumbre para la actividad productiva. Se contrae la demanda por pura merma de la capacidad adquisitiva y por falta de la confianza necesaria para mantener la actividad inversora. Pero la inflación se recrea especialmente entre las rentas bajas. El sistema salarial no es neutro, los salarios no se actualizan ni en el nivel ni en el ritmo de la escalada de los precios. Los estudios económicos dejan muy claro que son las familias con ingresos más modestos las que dedican más dinero respecto a su gasto total en pagar la factura de los bienes y servicios básicos, que son los más afectados. En cifras, Moody’s calcula que el 20% de familias con menor renta en Europa destina cerca de un 25% de sus ingresos a pagar alimentación y combustibles, mientras que las familias con rentas más elevadas sólo le destinan una media del 15%. Los aumentos de precios se concentran en productos básicos que tienen una demanda rígida, con dificultades para renunciar a ellos o sustituirlos. Los efectos son perversos. Se concentra en los segmentos más pobres, para hacerlos más pobres todavía, situando a muchos de ellos en la zona de la exclusión económica. La inflación resulta un instrumento para aumentar la desigualdad en sociedades que ya lo eran en demasía.

Gestionar estas situaciones, tomar las medidas y realizar las políticas económicas adecuadas resulta muy complejo. Quien diga lo contrario, o es un cínico o miente. La sábana es la que es, o bien se nos destapa la cabeza o bien los pies. Se necesitan medidas contracíclicas que contengan precios y son necesarias disposiciones de tipo social que refrenen el empobrecimiento. Se debe evitar que la depauperación inherente a los procesos inflacionarios recaiga sólo entre los asalariados. Se requiere de un pacto de rentas en el que los beneficiarios de estas dinámicas, que existen, renuncien a los privilegios y los costes de todo ello se equilibren. Lo que seguro no resuelve nada es bajar impuestos como reclama la derecha española de cara a desgastar al gobierno y crear una “ventana de oportunidad” para asaltar el poder. Los ingresos fiscales en estas circunstancias resultan más imprescindibles que nunca. No podemos reclamar más acción y gasto a la Administración y, al mismo tiempo, exigirle que rebaje unos impuestos que, además, si son adecuadamente progresivos, hacen de necesario mecanismo de redistribución. Tiempos extraños, preocupantes y convulsos en los que el liderazgo y el dominio de los tiempos resulta crucial, separa la buena de la mala política. Se necesitan respuestas inmediatas, tangibles, pero sobre todo actitudes comprensivas y solidarias más que tardías, alejadas y displicentes.