Mes: abril 2021

AstraZeneca como ejemplo

No voy a entrar en la concurrida opinática sobre los valores y defectos de las diversas vacunas, sus posibles efectos secundarios y, aún menos, a cuestionar ninguna decisión sobre las opciones tomadas por las autoridades sanitarias de cómo implementan el proceso de vacunación. No sé nada de ello, ni lo pretendo. En el tema de la pandemia sigo de manera estricta lo que van estableciendo las autoridades. Creo que son momentos para una cierta disciplina social. No me interesan los que van de “listos” y aún menos los negacionistas, tampoco los que ven en todo ello conspiraciones y, a menudo, me cansan tantos virólogos de cabecera a los que recurren reiteradamente los programas informativos. Siento decirlo, al respecto de la pandemia sobra mucha información. Un ejemplo de libro de lo que se conoce ahora como infoxicación. Demasiado ruido que no hace sino generar intranquilidad y que, quien más quien menos, se crea con el derecho de tener ideas propias sobre el tema. La ignorancia suele ser muy atrevida.

Me interesa, eso sí, el papel de las industrias farmacéuticas en este tema. Sin duda cruciales para generar varias vacunas en relativamente poco tiempo, pero muy condicionadas por el inmenso negocio que genera un producto en una demanda tan repentina y de una dimensión tan ingente. Lógicamente, hay una inversión que tienen que recuperar y digamos que se pueden comprender unas expectativas razonables de beneficio. El problema es que la concepción de lo que es “razonable” no se entiende de la misma manera si estás en el lado del receptor o bien del pagador. Parece que la Unión Europea no ha hecho un papel demasiado airoso en todo esto. Debía centralizar las compras a las farmacéuticas intentando evitar una subasta sobre quién pagaba más que nos habría salido muy cara, pero su ineficiencia ha llevado a que cada país -en España incluso cada comunidad autónoma- hiciera la guerra por su cuenta y pretendiera evidenciar un grado de determinación de la que, teóricamente, estaban faltos los demás. El desorden ha sido notable y quien ha salido ganando son los operadores. En esta guerra, la counicación sobre la fiabilidad de las vacunas han formado parte de la confrontación y se han mezclado informaciones médicas con intereses comerciales y geopolíticos. Y así, con poca base científica, la gente comenta que modalidad de vacuna quiere o no quiere. Un disparate.

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AstraZeneca sirve de ejemplo, no sobre la mayor o menor bondad como tratamiento, sino sobre la perversión de un sistema de patentes que dificulta la fabricación de medicamentos en momentos de premura, así como un encarecimiento injustificado de los precios. También la dificultad para establecer quién tiene o debería tener la propiedad de lo creado. Porque, en general, muchos de los productos farmacéuticos descansan sobre una investigación que ha sido sufragada con fondos públicos. En el caso de esta vacuna también conocida por Oxford, y como explica el diario británico The Guardian, los 120 millones de euros invertidos, 45 millones los ha aportado el Gobierno británico, 30 millones la Comisión Europea y gran parte del resto procedían de entidades también financiadas con fondos públicos (universidades, centros de investigación, fundaciones …). El resultado es que la empresa farmacéutica sólo ha aportado el 3% de los costes de investigación que han hecho posible el resultado final. Ahora se dice propietaria. No es éste un caso excepcional. Una evidencia de que la financiación pública es crucial en los fármacos contra el coronavirus, pero pone en duda los derechos comerciales de las empresas privadas comercializadoras y da toda la razón a aquellas personalidades mundiales que han pedido, atendiendo al momento que vivimos, la liberación al menos temporal de estas patentes. Que se haga negocio a costa de la necesidad y de la inversión pública, parece poco justificado.

En un magnífico libro –El Estado emprendedor-, la economista italiana Mariana Mazzucato explicó hace unos años como buena parte no sólo de la investigación farmacéutica, sino de la tecnología disruptiva generada en el entorno de Silicon Valley era producto, fundamentalmente, de la investigación básica que se hacía con programas públicos, para ser después hábilmente rentabilizada por emprendedores privados en forma de sofisticados y bonitos ingenios. Esto vale para el algoritmo de búsqueda de Google de tanto renombre, el Page Rank, como por buena parte de la tecnología que contiene el smartphone de Apple. Unos beneficiarios los cuáles después sobresalen en el arte de evadir impuestos y no responder a sus obligaciones fiscales. En estas situaciones, el Estado además de emprendedor parece comportarse de manera ingenua y condena a la sociedad a ejercer el papel de la triste figura.

Twitter como campo de batalla

Cada vez más se pone en duda que Twitter sea un espacio saludable donde mantener diálogo e interacción. Estos días han anunciado su renuncia a esta red social la alcaldesa de Barcelona Ada Colau o bien la periodista Cristina Fallarás. Se han cansado de recibir insultos, descalificaciones y amenazas. Abandonan una selva donde más que diálogo hay una multitud de gregarios dispuestos a machacar al adversario o de gran cantidad de cuentas falsas destinados a crear una sesgada noción de la realidad, más que a reflejar la pluralidad de visiones. Pero, aunque todo esto se haya acentuado, probablemente su error fue pensar que Twitter era una plaza pública, un lugar de reflexión o de razonamiento. Siempre ha sido un arma, un mecanismo de activación y de movilización, y no de diálogo además de ser, como todas las redes sociales, un gran negocio hecho a partir de la apropiación de nuestros datos.

Twitter sirve para sustituir el pensamiento elaborado por la reacción airada y explosiva, en una especie de basurero de nuestras opiniones. Lugar de linchamientos, reforzamiento del propio criterio y la demagogia desmedida. Una pura ficción de debate y de falso acceso a buena información. Todas las redes sociales, además de una naturaleza que fomenta la intervención agresiva y la irresponsabilidad en los comentarios, tienen también un aspecto muy acentuado de configuración de efecto-túnel, es decir, de instalarnos en una burbuja según la cual acabamos sólo relacionándonos con gente con la que tenemos un acentuado sentido de comunidad y justamente para no ser expulsados ​​del “grupo” apostamos por expresar opiniones e intervenciones que se encuentran plenamente identificadas dentro del marco conceptual con el conglomerado de relaciones que tenemos establecidas. En las redes la actitud dominante tiende a dos comportamientos que se manifiestan en paralelo: comentarios negativos y a menudo ofensivos contra todo aquello y aquellos que no forman parte de la tribu y, por otro lado, apoyo sin fisuras a la propia congregación. Se produce un incisivo sentido de la identidad grupal, y difícilmente se cambia de opinión y de grupo. No se confrontan ideas, razones, sino sentidos de pertenencia.

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El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por su función degradadora ya que se van cerrando los espacios en que contraponer opiniones, con lo que ello implica de transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque haya grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo. En Twitter practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de manera simultánea y, en el mejor de los casos, sucesiva. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No hay matices ni posibilidad de mudar de parecer. Para cambiar de opinión se requiere previamente cambiar de grupo. El mundo de los hiperconnectats es, en el fondo, un mundo de gregarios. Twitter y las redes sociales no refuerzan la democracia, ya que no hay diálogo ni siquiera el contraste de opiniones contrapuestas o simplemente dispares. La democracia sería la gestión de las diferencias, los intereses y las opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que pretende ser unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar. El linchamiento digital es la máxima expresión del activismo en las redes. La batalla para establecer una hegemonía cultural.

La perversión intrínseca de Twitter es que todas las opiniones valen lo mismo, justamente porque son eso, opiniones. Se tenga o no criterio sobre un determinado tema, se produce un igualamiento, por abajo. Se cruzan y entrecruzan mensajes como armas arrojadizas, pero sin ninguna posibilidad real de comunicación entre sí. Cuando surgieron, se consideraron las redes sociales como el nuevo paradigma de la democracia, la participación y la cultura libre. En realidad, es un submundo de monólogos histéricos cuya finalidad es crear la falsa sensación de que estamos incluidos y participamos. En el fondo, a quien nos dirigimos principalmente es a nosotros mismos. La furia y el resentimiento suelen acompañar las actitudes dominantes en la red. Una multitud que se expresa en conjunto, pero que vive en soledad. El agitador digital teclea animosamente, pero en general lo hace como sustitutivo del actuar. Se impone un “ni olvido ni perdón” que persigue toda la vida a los estigmatizados y que deja temporalmente satisfechos a unos acosadores que requieren rápidamente de un nuevo enemigo a combatir.

Ya no basta con hacer las cosas bien

El nivel de conciencia sobre los temas medioambientales ha aumentado mucho. El calentamiento global del que ya se notan sus efectos de manera bastante evidente es generalmente conocido y fuente de preocupación de una buena parte de la sociedad. La necesidad de mudar hacia energías renovables parece también bastante asumida y forma parte ya de nuestra elección a la hora de comprar vehículos o bien decidir cómo climatizamos nuestra vivienda. La publicidad suele ya contemplar los valores asociados a la sostenibilidad a la hora de condicionar nuestras opciones de compra, mientras los jóvenes estudian los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los centros educativos. Incluso algunas de las mayores fortunas del mundo, como es el caso de Bill Gates, invierten gran cantidad de recursos en innovadoras y sofisticadas tecnologías que contribuyan a reparar, al menos una parte, del mal infringido al planeta. Se habla ahora de inyectar carbonato de calcio a la atmósfera para que evite la progresión del calentamiento y, afirman, atenuar la cantidad de luz solar que nos llega.

Ha costado mucho llegar hasta asumir que estábamos en una deriva destructiva que había de detener, han sido necesarias muchas evidencias, para que el tema de los límites medioambientales del planeta se asume como un dato objetivo y no como un mito, como una invención de ecologistas y otros agoreros de todo tipo. Ahora los ricos y poderosos también parecen estar preocupados. El problema de fondo es que nuestra sociedad y nuestra economía se han sustentado durante la época industrial sobre el mito que la tecnología nos permitiría de manera progresiva dominar la naturaleza y ponerla a nuestro servicio. El desarrollismo, el crecimiento económico continuo ha sido la filosofía que ha movilizado izquierdas y derechas desde la revolución industrial. La superioridad que se creía incuestionable de la condición humana no nos hacía plantear la posibilidad de interactuar y convivir armónicamente con la naturaleza, sino que se trataba de subyugarla y dominarla como si sus posibilidades y su capacidad de regeneración fueran infinitas. Las externalidades de nuestras actividades económicas, medioambientales y de otro tipo, no se han empezado a contabilizar hasta hace relativamente poco tiempo. Nuestro sistema económico y productivo, en nombre de llegar a la suficiencia productiva, se ha basado en tecnologías sobre las que no controlábamos la totalidad, a veces ni siquiera una pequeña parte de sus efectos. Para el funcionamiento del sistema, para no caer en la sobreproducción, se ha estimulado el consumo a niveles irracionales, convirtiendo del despilfarro en la cultura y en los hábitos dominantes. Hemos construido una sociedad en que se vive sobre una cantidad ingente de desechos, incapaces ya de fagocitar los mismos, por nuestro inducido consumo desmedido y el deseo por poseer la versión más o menos nueva de las cosas. No es sólo un problema de actitud y de cultura personal, el despilfarro y la generación de residuos es la base sobre la que se sostiene el sistema económico y social.

Qué es la contaminación?

La duda radica en si la conciencia actual y la predisposición a “hacer las cosas bien” de la actualidad, es suficiente. La respuesta es que probablemente no lo es. Pretender la sostenibilidad medioambiental, pero también económica y social, resulta absolutamente descabellado si queremos mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuado, que asociamos el progreso y el desarrollo deseables con el aumento permanente del PIB. Somos adictos al crecimiento y esto resulta del todo incompatible con respetar los límites medioambientales o bien en hacer posible un grado de bienestar razonable para el conjunto de la población. En la lógica actual, el único antídoto para el desempleo permanente es más crecimiento y más endeudamiento. Un círculo aparentemente virtuoso que se convierte en un circuito infernal. Para pasar de la economía del despilfarro a una economía circular, hay que imaginar una prosperidad sin crecimiento, una sociedad “de abundancia frugal”. Una economía intensamente productiva requiere que hagamos del consumo nuestro estilo de vida. No hay salida. Como ha planteado de manera concluyente el teórico del decrecimiento Serge Latouche, pensar que conseguiremos establecer una compatibilidad entre el sistema industrial productivista y los equilibrios naturales apoyándonos sólo en las innovaciones tecnológicas o recurriendo a sencillos correctivos en las inversiones, sin esfuerzo, sin dolor y, además, enriqueciéndose, es un mito. Pronto no habrá ya elección y tendremos que reducir nuestra huella de carbono y organizar el racionamiento en la extracción de los recursos no renovables. Hay que mudar de una economía actual donde si no se crece se bloquea, a una economía diseñada para mantenerse estable sin crecimiento. No es incorporando tecnología y buenas intenciones a un modelo obsoleto como se van a enderezar las cosas. Se trataría de situarnos en un nuevo paradigma, en pensar diferente.

El espectáculo continuará

Cataluña no tiene Gobierno, pero posee y tendrá dosis enormes de escenificación. Hace años que estamos sin quien nos gobierne, cosa bastante evidente en los tiempos de pandemia que hemos vivido, y no parece que la excepcionalidad del país apresure a nadie. Los aprendices de brujo dicen que lo importante es controlar los “tempos” políticos, no precipitarse. No importa el tiempo, las urgencias, ni las medidas políticas que no pueden esperar. Los trenes van pasando para desesperación de una sociedad que, cuando va a votar, prefiere hacer una afirmación de identidad más que una apuesta por alguien que le pueda resolver las cosas, o al menos intentarlo. La política ya hace tiempo que no está en manos de políticos, sino de guionistas que usan actores para contarnos historias que nos emocionen.

Pere Aragonés ha sido derrotado por segunda vez. Es la historia de una humillación anunciada. En parte una vendettaentre enemigos íntimos, pero sobre todo la puesta en evidencia de que el dominio de la situación está en manos de Waterloo y de su sección del interior. Parece que todo el mundo lo ha entendido, menos ERC, convencido este partido que, si está dispuesto a tomarse todo el aceite de ricino que haga falta, al final se hará con el poder. La Presidencia todo lo vale. Lo que no parecen captar es que, cuando les entreguen nominalmente la vara de mando, ésta resultará vacía de contenido, sin credibilidad y con un presidente esposado. Una vez más, un vicario. ERC tendrá nominalmente la presidencia, pero no obtendrá ni el poder ni les dejarán gobernar. Este es el marco fijado por JuntsxCat. Laura Borràs ejercerá, como ya lo hace, de evidente dueña del negociado barcelonés, mientras la estrategia y el predominio institucional y político se traslada a un quimérico Consejo para la República que, tema menor, se ve que no ha elegido nadie. En medio, los republicanos habrán tenido que entregar su estrategia política en Madrid y Bruselas que se pondrá al servicio del conflicto abierto y continuado con el Estado que quiere Carles Puigdemont.

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Supongo que quien ha diseñado la estrategia de ERC se debe considerar una lumbrera, pero en realidad parece ejercer de enemigo. Cuando la última semana de la campaña electoral quisieron cerrar ostentosamente la puerta a un pacto de izquierdas con el PSC y los Comunes, desde el local de campaña de Junts brindaron con cava. Acababan de hacer a los republicanos prisioneros de su estrategia, les habían hecho entrar en su marco político y mental. Se cerraban a cualquier otra posibilidad o alternativa que es, al fin y al cabo, lo que les habría hecho fuertes en la negociación. El desprecio expresado hacia Salvador Illa, bien ostentoso y desagradable para que nadie en el mundo independentista los pudiera acusar de posibles “traidores”, resultó un evidente tiro en el pie, una autolimitación que hoy pagan cara, aunque quién más lo sufraga es la sociedad catalana que habría tenido una oportunidad de salir de una división de bloques que la ahoga. Apuesta conservadora y aparentemente poco arriesgada: continuar con la estrategia irrendentista. Para disimular que, entre izquierda o derecha, había hecho esta última opción, creyeron que había que abrazarse lo más fuerte posible a la CUP hecho que, a su entender, forzaría a Junts a entregarse fácilmente a un pacto. Visto desde fuera, no parece una gran idea que para convencer a un partido liberal-conservador te presentes con un acuerdo programático con un partido que se define a sí mismo como “anti-sistema” (una cosa rara ésta, si se analiza la sociología y localización de su voto). El argumento para alargar la agonía política les había sido servido en bandeja a aquellos que tienen todo el tiempo del mundo y pocas ganas de que Cataluña tenga un gobierno efectivo y convencional.

Probablemente al final, apurando los tiempos, habrá algún tipo de pacto que puede resultar bastante vergonzante para ERC. JuntsxCat puede tener la tentación de forzar nuevas elecciones, pero incluso el muy activable electorado independentista parece mostrar signos de cansancio como lo expresan los ochocientos mil votos menos obtenidos en la última cita. La demoscopia les desaconsejará esta vía. Posiblemente tendremos Gobierno, pero otra cosa será que pueda gobernar en un clima con tantas malquerencias y cuentas pendientes. De hecho, la política actual ya no va de eso sino de ocupar el espacio para poder actuar. Será como ir al teatro con varios escenarios abiertos al mismo tiempo y en la misma sala. Para algunos, la perspectiva debe resultar emocionante, para otros, puro aburrimiento provocado por una obra ya muy vista.