Mes: diciembre 2021

Trapero

Pierre Victurnien Vergniaud, revolucionario francés antes de ser guillotinado durante el período del Terror hizo esta reflexión: “La Revolución, como Saturno, devora a sus hijos”. De modo menos sangriento, El Procés también va fagocitando a sus protagonistas. La destitución del mayor Trapero, jefe de los Mossos d’Esquadra, llevaba meses en espera. Se ha hecho en Navidad para quitarle relevancia informativa. Es una forma de proceder muy típica de la mayoría de los gobernantes. En cuatro años, este policía ciertamente peculiar ha pasado de ser un mito del independentismo a considerarlo como un enemigo a retirar. Un juguete roto en la polaridad extrema instalada en Catalunya, entre la que ha navegado durante un tiempo, pero las oleadas han sido excesivas y le han acabado ahogando. Ha sido un policía que, aunque se dejó querer por la política, esta dimensión no era exactamente la suya y su profesionalidad le impidió dejarse manipular de forma flagrante como se intentó reiteradamente. De hecho, se le ofreció ir de diputado a las listas de Carles Puigdemont, momento en el que tocó retirada estrictamente hacia su trabajo. Vivió su momento álgido cuando los atentados de las Ramblas de Barcelona, ​​circunstancia en la que los Mossos demostraron una gran eficacia y nivel desarticulando y deshaciendo por la vía rápida el complot que lo había hecho posible. Sus ironías y sarcasmos en las ruedas de prensa le hicieron trending tópic y el independentismo vendía camisetas con su esfinge. Tocaba la guitarra y se encargaba de la paella en las soirées de Pilar Rahola en Cadaqués. Un modelo de charnego integrado y de funcionamiento del ascensor social. Se dejaba ver en el palco del Camp Nou y aparentemente la fama no le desagradaba. Un poco raro para la discreción que se espera de un policía.

De camisetas con su cara al traidor "José Luis": La caída del mito Trapero

En los “hechos de octubre” de 2017, su papel fue ambivalente. Optó por la prudencia que fueron incapaces de utilizar los políticos. Eligió una estrategia de estridente dejadez por parte de los Mossos para evitar enfrentarlos a votantes y organizadores de la velada, lo que le comportó un juicio en la Audiencia Nacional que le hubiera podido llevar a la cárcel, pero fue absuelto. Apostó por defenderse adecuadamente, renunciando a la condición de mito. El tribunal entendió que había intentado evitar males mayores, así como el descrédito de un cuerpo de los Mossos ya demasiado politizado. Al mismo tiempo, lo tenía todo listo por si debía hacer detenciones entre el gobierno que declaró la república no nata, si los jueces le pedían que lo hiciera. Así de profesional parece entender la función policial. Antes, en el juicio de los políticos de El Procés, su testimonio no gustó en absoluto a los encausados. Parece que Oriol Junqueras prácticamente le culpabiliza de su encarcelamiento. Una vez absuelto, fue restituido al cargo al frente de la policía catalana, pero era evidente que ya no satisfacía a los gobernantes. Los que le habían encaramado de forma exagerada haciéndole un héroe ahora le repudiaban. Sólo había que encontrar el momento y alguien dispuesto al encargo de quitárselo de encima y, además, difundir un aviso para navegantes. Así lo ha hecho el consejero Joan Ignasi Elena. En un último gesto de dignidad, Trapero no ha aceptado negociar y pastelear su nuevo destino. Parece decir: que me den lo que quieran y así no voy a tener deudas ni hipotecas con nadie. Su mirada triste de los últimos tiempos expresa el distanciamiento escéptico con la política y con los políticos.

Pero, como cuando antes íbamos a comprar el pan, en el cese de Josep Lluís Trapero ha habido un regalo adicional, que, aunque se ha querido que pasara desapercibido, no es menor. Se ha defenestrado también a Antoni Rodríguez, responsable de la unidad de anticorrupción desde la Comisaría General de Investigación. Parece que se le han ajustado cuentas, precisamente por ejercer su responsabilidad de forma independiente al poder ya las directrices políticas. Sus investigaciones han levantado varios casos que tienen en su centro gente del gobierno actual, como sería la cuestión del trocamiento fraudulento de pagos de Laura Borràs en el Institut Ramón Llull, o bien los mecanismos para la financiación de las zonas oscuras de El Procés donde parece estar implicado el exconsejero Miquel Buch. Más allá de la destrucción de símbolos y de relegamiento de policías muy profesionales, se le está haciendo un flaco favor a un cuerpo policial demasiado discutido, debatido, castigado y relegado por los mismos que lo dirigen. Una policía democrática requiere de profesionales bien formados y con medios, pero también de mandos y dirigentes políticos que entiendan su carácter de servicio público, así como de su necesaria neutralidad. No es ni debería ser un cuerpo para utilizar de forma sesgada y partidista por los gobernantes de turno.

Una vida en exposición

Mantener la privacidad socialmente siempre se había considerado un valor y un factor que añadía respeto y credibilidad. Lo íntimo se preservaba y formaba parte de la restringida esfera particular y familiar. Tradicionalmente, la buena reputación descansaba sobre la discreción y cierta reserva en todo lo personal. Airear públicamente lo que se presumía como algo íntimo, siempre se había apreciado como una muestra de descuido y una señal para la desconfianza. Internet, y muy especialmente las redes sociales, ha inducido a la conversión de lo privado en público, a practicar un exhibicionismo impúdico al que en gran parte nos prestamos de forma generosa y natural. Parecería que hoy en día un exceso de discreción nos convierte en alguien que tiene algo que esconder. Se han invertido los papeles. Más allá de una cultura de la exposición ya naturalizada, donde la transparencia personal adquiere buenas dosis de teatralidad, la pérdida de la cautela personal tiene mucho que ver con una economía de plataforma que ha hecho del espionaje, del despojo de nuestra intimidad, de nuestros datos perfilados, la base del modelo de negocio. En palabras de Yuval Noah Harari, somos ya “animales pirateables” y nuestros cerebros pueden ser “hackeados”.

Mark Zuckerberg dijo no hace mucho tiempo y de forma muy elocuente: “la privacidad ya no es una norma social relevante”. Y no es extraña esa consideración. Hay más personas en Facebook de las que había hace doscientos años en todo el planeta, y esta red social representa el paradigma de la exhibición voluntaria. Estamos ante unas generaciones que han asumido que nada es privado y, lo que resulta chocante, es que apenas se ofrece resistencia a que esto sea así. Se hace alegre y voluntariamente. Es la condición que establecen las plataformas de internet para que esto pueda ser un negocio. ¡El espectáculo debe continuar! Nuestro yo digital va dejando rastro y no sólo eso, queda archivado para siempre. Alimentamos bases de datos mientras enviamos mails, compramos, escuchamos música vemos películas, chateamos o planificamos nuestro nuevo viaje. A partir de ahí, somos un libro abierto para que Google, o quien sea, personalice no sólo la publicidad que recibimos, sino también la información que se considera relevante y esperable para nuestro “yo digital”. Hemos creado una tecnología que nos modifica, nos expone y nos ha transmutado en mercancía y datos. Convertir la información personal en dinero comporta de forma inevitable conflictos con la privacidad, así como con la posibilidad de “olvido”. No es posible realizar un borrado absoluto de nuestras trazas en internet, dado que siempre los servidores acaban disponiendo de una copia oculta de lo que se publica en la red, más allá de cualquier eliminación voluntarista.

Un fallo de seguridad deja expuestos datos personales del Rey o Pedro  Sánchez - AS.com

El mundo de las redes sociales se ha convertido en un escaparate en el que nuestra exposición debe seguir unas reglas no escritas, pero muy estrictas. En los mensajes de texto, no se trata de escribir en una pizarra según el sentido convencional de la escritura. La secuencia del texto, los iconos utilizados y sobre todo la puntuación, lo son todo. Cada grupo de edad y cultura tiene sus códigos, no cumplirlos indica claramente pertenecer a la categoría del impostor y ser un auténtico neófito digital. Es especialmente importante demostrar una total disponibilidad. «La obligatoriedad» de la respuesta obedece casi a condiciones contractuales entre los que forman parte del grupo. La cuestión es acaparar la atención de los miembros, quienes deben al grupo una predisposición incondicional. Un mensaje de texto debe contestarse en un lapso máximo de cinco minutos. Lo contrario implica demostrar poca conexión o, peor, escaso interés. Por eso, el aparato de conexión tiene prioridad absoluta sobre la conversación, sobreponiendo siempre el mirar la pantalla y el clic histérico a cualquier relación en vivo y en directo. La descripción de las cosas que formulamos como una emergencia conseguirá que la gente te preste mucha más atención. El concepto de privado se desvanece. Nuestro diálogo en persona puede estar reflejado por uno de nuestros interlocutores hacia las redes, en tiempo real.

Facebook, tiene un mínimo de 98 campos de información que ha usurpado de nuestra intimidad: ubicación, edad, generación, género, idioma, nivel educativo, campo de estudios, colegio, afinidad étnica, sueldo, tipo de vivienda y régimen de tenencia, valor de la casa, composición del hogar, relaciones, cambios de trabajo, compromisos, matrimonios, paternidades, relaciones sentimentales, marca y antigüedad de vehículos, sistema operativo, servicio de correo electrónico, navegador, tipo de tarjeta de crédito, fluctuaciones de estado de ánimo, perfil de elector… Somos un libro abierto, demasiado abierto. La salud social y democrática requeriría mantener distinción y fronteras, una separación higiénica y prudente, entre lo privado y lo público.

Clases intermedias

Sobre las clases medias, el capitalismo se ha sostenido durante décadas y el consenso con ellas es lo que hizo posible el desarrollo del Estado de bienestar y del modelo social europeo. No es tanto que hayan sido muy numerosas, pero han tenido un gran papel en el sentido aspiracional. Mientras funcionaba ciertas posibilidades de ascensor social, todo el mundo pretendía formar parte. Siempre ha sido un concepto algo vago. Depende mucho si se adscribe a ella una determinada población a partir de un nivel de ingresos, o más bien se utiliza para definir una cultura en la que confluyen bienestar material, moderación política, un tipo de actividad laboral ligada a actividades profesionales, comerciales y empresariales y un nivel de propiedad de, al menos, la vivienda habitual. Tampoco es exactamente lo mismo si lo establecemos a partir de datos objetivos, o bien nos remitimos a la adscripción voluntaria. En este sentido, la mayoría de la población occidental, en los años anteriores al desencadenamiento de la crisis económica de 2008, se definía así de forma absolutamente predominante. Prácticamente desnaturalizada la cultura política de izquierdas que había construido sus mitos y referentes con el marxismo, parecía que la adscripción a la «clase trabajadora» hubiera desaparecido. En los discursos políticos, todo el mundo apelaba al voto de unas clases medias consideradas la base material y mental de la sociedad. Se ha valorado en el mundo occidental a este grupo como el paradigma y sostenimiento de la estabilidad económica y política. Fundamental en el aspecto económico, por su acentuada propensión y posibilidad al consumo que les permitía disponer de un cierto nivel de renta. Clave en la política, por su tendencia a optar y bascular en el arco político moderado entre el centroderecha y el centroizquierda, siendo en la práctica quien proporcionaba las mayorías en la alternancia típica europea entre socialdemocracia y conservadurismo.

9. Consolidación de las Clases Medias. « Pensamiento Social Gabo - Noveno

Con la dinámica de crear desigualdad económica extrema a partir de la globalización, la clase media se fue convirtiendo en un grupo difuso y muy propenso al mal humor. Esto se aceleró con la crisis económica de 2008. La apuesta mundializadora del capitalismo desde hace ya décadas dio lugar a una «revolución de los ricos» que, al perder el miedo a la existencia de un contramodelo que resultara atractivo para en amplias capas de la sociedad, decidieron romper todo consenso social y apostar por el individualismo más puro y duro y evolucionar hacia la sociedad del 1%-99%. Aunque a medio plazo pueda ser una ficción mantener los niveles de demanda con la liquidación de la capacidad adquisitiva de amplias capas de la población occidental, algunos han creído que la disminución de los costes de producción y los bajos precios todavía tienen una cierta carrera por delante, como creen tenerla la nueva y creciente demanda de los sectores emergentes en los países en vías de desarrollo.

La tendencia al laminado progresivo de las clases medias en todos y cada uno de sus niveles parece un proceso imparable, y la premonición que ya hizo el politólogo británico John Gray sobre el hecho de que este grupo social intermedio “es un lujo de que el capitalismo ya no quiere permitirse”, parece que se va cumpliendo. La caída de ingresos salariales y la pérdida de seguridades en relación con el mantenimiento del trabajo son una evidencia en los segmentos medios y altos del mercado laboral, presionados también por el efecto moderador de salarios que provoca la deslocalización. La precariedad -que es laboral, económica y social- es el sentimiento que marca la pauta. Por último, y, probablemente, sea un aspecto especialmente importante, las clases medias en retroceso sufren una presión tributaria importante. Gran parte del ingreso público se sostiene, todavía, sobre lo que queda de ellas, puesto que una parte significativa de los segmentos bajos cotiza mucho menos por efecto del desempleo y de la reducción salarial, y en la medida en que las corporaciones que operan a nivel internacional sean por medio de la elusión o del fraude fiscal, ya hace tiempo que decidieron contribuir sólo de forma simbólica o no contribuir en absoluto. Miedo, incertidumbre y inquietud, en una población que muda hacia el refugio identitario y hacia expresiones políticas descabelladas. Es lo que ocurre siempre que hay procesos de empobrecimiento de los sectores intermedios. Europa ya lo conoce porque lo experimentó en los años treinta. Trump, Brexit, Orban, Salvini, Vox, Zemmour… son expresiones recientes de ello. Refugio en sus extremos, polaridad, fractura social, frustración y violencia verbal. Hemos olvidado que la cultura y la práctica democrática requieren de contención de la desigualdad y de las expectativas de un cierto grado de ascensor social.

La sociedad del turismo

Aunque las limitaciones de la pandemia nos contuvieron durante un tiempo, hemos vuelto a entregarnos al movimiento compulsivo. Vivimos en la “edad del turismo”. Si algo define nuestro mundo es la profusión del viaje, el aleteo continuo. Es una actitud. Desplazarse, conocer entornos diferentes, ya no es algo asociado únicamente a las clases dominantes, a las élites, sino que se ha convertido en característica común y transversal de nuestro tiempo. Se ha erigido como derecho inalienable de cualquier segmento social. Hay nichos y precios para todos, para que la democratización de la práctica turística y viajera no signifique la superación de las diferencias de clase, que tampoco es eso.

El nuestro es un mundo caracterizado por el desplazamiento y la aceleración. No siempre fue así. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad los días se sucedían tranquilos, prácticamente idénticos a los anteriores, y los ciclos de la naturaleza y de las estaciones se repetían sin fin. Hasta la revolución industrial y la introducción del ferrocarril, la mayoría de las personas no conocían durante su vida más allá de un entorno inmediato que se proyectaba en pocas leguas. Fuera del territorio propio, reinaba lo desconocido y los temores e inseguridades no respaldaban el espíritu de aventura y la atracción por lo diferente. En el mundo industrial, la ciudad como epicentro del mundo, se activó la novedad y el espíritu del desplazamiento. El mundo se nos aproximaba, se iba allanando, y también se ampliaba su conocimiento. El nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero llega al paroxismo en las dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos cae encima. La maleta de viaje se ha convertido en una extensión de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

Estadísticas de la Organización Mundial del Turismo sobre turismo mundial |  Aprende de Turismo - Formación Online en Turismo

Los motivos que nos inducen al desplazamiento son múltiples y de muy diverso calado, además de superpuestos, e incluso entrando en contradicción. Ocio, vacaciones, descanso, aburrimiento, atracción por el “viaje”, “notengonadaquehacer”, disfrute cultural, tomar fotografías, conocer gente… El viaje adopta, también, múltiples formas: de pareja, familiar, cultivo de la soledad, con amigos, en grupo organizado… Todo esto y mucho más forma parte ya del concepto de turismo, una actividad que nos define como sociedad y que conforma una de las industrias más importantes en múltiples países, con una significación que va más allá del 10% del PIB mundial y que ocupa de forma directa más de 300 millones de trabajadores.

Y es que en el concepto de “turismo” han terminado confluyendo dimensiones de nuestra vida que hasta hace poco tenían perfiles propios y diferenciados. Aunque el purismo elitista sigue diferenciando claramente entre viajar y hacer el turista, en realidad el propio término de turismo proviene de tour, que implica desplazamiento, viaje para solaz, recreo y conocimiento.

Cuando los costes limitaban las posibilidades de ir a otra parte para la mayoría de la población, el viaje era algo imaginado, soñado, estrictamente preparado y que se realizaba, como mucho, una vez al año aprovechando el período de vacaciones. El “viaje” siempre ha tenido connotaciones de singularidad, de excepción, algo que trasciende nuestra cultura habitual y el conocimiento que poseemos. Evoca el descubrimiento, la relación y la revelación de lo diferente, ya sea en su vertiente cultural, patrimonial, urbana o paisajística. Este carácter especial, espaciado en el tiempo y en el que la preparación tenía tanta o más importancia que su desarrollo, mudó de forma significativa a los albores del siglo pasado ya las primeras décadas de éste, en la medida en que la reducción de los costes especialmente con la explosión de los vuelos baratos y el uso de internet dejó de ser algo pasajero, circunstancial y único para convertirse en una especie de pasatiempo habitual, particularmente entre los más jóvenes. Ir y venir de cualquier ciudad europea, cualquier día y cualquier hora aprovechando las ofertas de última hora de las compañías aéreas y de los subastadores de viajes de saldo que existen en la red. Una competencia no tanto para conocer sino básicamente por moverse y así poder argüir la consecución de récords de mínimos en el precio obtenido. Colapso de aeropuertos, invasión de las ciudades que recibieron como castigo la denominación de “turísticas” y presión sin fin de los operadores en pro de unas bajadas de precio que llevaron a la espiral de deterioro que significa siempre el low cost. El viaje despojado de objetivo y de cualquier glamour. Viajar, básicamente, “porque puedo hacerlo”.

Lengua

En Cataluña, a nivel ciudadano, no existen problemas con la lengua. El catalán y el castellano coexisten con absoluta normalidad y buenas dosis de armonía. Sin embargo, de vez en cuando, los intentos polarizadores de una cierta manera de entender la política quiere utilizar la lengua como campo de batalla, intentando generar confrontación y conflicto. Con la Transición política de finales de los setenta, en Cataluña predominó el sentido de la responsabilidad con el tema del idioma y se optó de forma muy mayoritaria por asegurar que toda la ciudadanía dispusiera de competencias plenas de dominio tanto del catalán como del castellano. Una sociedad diversa y compleja en la composición cultural y lingüística –también en la pulsión identitaria–, optaba por ser una y dotarse de mecanismos de cohesión e integración. “Catalunya, un solo pueblo” fue un eslogan que significaba esta voluntad de no segregar y establecer sentidos de pertenencia plurales y compartidos.

El franquismo había perseguido, menospreciado y subordinado a la lengua y la cultura catalana. Había no sólo de superar esa triste fase, sino establecer políticas compensatorias del debilitamiento que el catalán había sufrido. Se requería una normalización y un apoyo por parte de las instituciones educativas y gubernamentales en el nuevo país que se iba estructurando. Y esto se hizo con plena conciencia y apoyo de casi todos. Los castellanohablantes de una forma muy explícita y significativa. Justamente, hay que destacar que los más reacios a la mecánica de inmersión lingüística fundamentado en un sistema educativo único que garantizara el dominio de ambos idiomas, era el nacionalismo pujolista, el cual era partidario de una doble línea educativa en función de la lengua materna. Un planteamiento que, de haber salido adelante, habría segregado la sociedad no sólo por orígenes culturales, sino también de procedencia social, por clases. Afortunadamente, se impuso la Cataluña políticamente progresista en esta cuestión tan basal, que entonces era mayoritaria y que representaban sobre todo el PSUC y el PSC.

Jacobinismo y lengua. El 155 no sirve para arreglar este desastre: la inmersión  lingüística – Crónica Popular

El sistema de inmersión se ha mantenido en lo fundamental durante cuarenta años. Que globalmente haya sido un instrumento de éxito en la recuperación del conocimiento del catalán no quita disfunciones, anquilosamientos y los cambios de la realidad producidos durante un período tan largo. Habría que poder hablar de ello y no debería resultar un tema tabú. Si estamos de acuerdo en que el objetivo es el dominio de las dos lenguas cooficiales y que la inmersión es sólo el método que debe hacerlo posible, ajustar las herramientas a las mutaciones que se han producido no debería ser sólo posible, sino obligado. La última sentencia del Supremo exigiendo un suelo mínimo de formación en castellano, no cuestiona el hecho fundamental de que es necesaria la sobreponderación de una lengua con mayor riesgo y menor potencial detrás como es el catalán. Que intervengan los tribunales en este tema es poco recomendable, pero quizás también sea evidencia de la incapacidad de la política para construir acuerdos sólidos, honestos y sin sospechas de intenciones ocultas en pro de una aspiración monolingüe. Exabruptos de algún dirigente político sobre que «el castellano ya se aprende en la calle» sobran. La sintaxis se adquiere en las aulas. En el tema idiomático, necesitamos más aportaciones de lingüistas y sociolingüistas, más que de políticos especialmente cuando su especialidad es la de encender fuegos y provocar confrontaciones.

Los datos nos dicen que las competencias adquiridas en el dominio del catalán y el castellano son bastante satisfactorias. Casi todo el mundo dispone de un conocimiento aceptable de ambos idiomas, que es lo que se puede pedir y exigir al sistema educativo. Es una evidencia y resulta preocupante, sin embargo, el retroceso del uso social del catalán. La “culpa” de esto no es del castellano y la respuesta adecuada no es pretender marginar éste del sistema educativo. La ignorancia nunca resulta una solución para nada. Hay dinámicas globales que tienden a concentrar a la población en torno a unas pocas grandes lenguas. Tiene que ver con la conformación de grandes culturas de masas de carácter universal. Se pueden y se deben tomar medidas atemperadoras, de protección, como establecer cuotas lingüísticas en las grandes plataformas de entretenimiento sabedores, sin embargo, que ésta es una batalla perdida, o casi. Lo que sí se podría hacer, mientras tanto, es no vincular al catalán a opciones políticamente partidistas. Beneficiaría mucho su consideración y prestigio y evitaríamos que, para algunos colectivos, pueda acabar resultando antipático. No porque lo sea la lengua, sino porque se comportan como tales muchos de los que se llaman defensores. Las lenguas requieren practicantes, pero nunca inquisidores.