Mes: julio 2020

Europa, todavía

La Unión Europea ha dado al final una prueba de su existencia y de su voluntad de continuidad futura. Después de meses de ponerse de perfil en el tema de la pandemia y dejar que los países más afectados tuvieran que afrontar de forma aislada su impacto, el último desenlace ha hecho una apuesta para sindicar los esfuerzos de recuperación de sus economías, así como apostar por la acción solidaria. Los silencios y actitudes displicentes de estos meses han hecho mucho daño a la misma noción de “comunidad”. Que finalmente hubiera un acuerdo para inyectar fondos relevantes a unas economías muy tocadas no era sólo imprescindible para la reactivación sino también para dar sentido a una comunidad que tiene, además de los británicos, cada vez más desafectos. El euroescepticismo ha aumentado de manera significativa entre la ciudadanía de todos los países. El llamado Fondo de Recuperación y Resiliencia que se acaba de aprobar, aunque probablemente modesto en su alcance, significa apostar por poderosos estímulos públicos de cara a la recuperación de unas economías muy debilitadas y con tendencia depresiva. Es asumir, a pesar de las resistencias conservadoras, que no es con políticas restrictivas y de austeridad como se superan las situaciones contractivas, sino con programas de expansión fiscal. Un montante global de 750.000 millones de euros, la mitad de los que tienen forma de subvención y la otra de préstamo, que impactarán de manera prioritaria en Italia y España con 209.000 in 140.000 millones de euros repartidos respectivamente.

Hacia una nueva Europa para las Personas - EAPN España

En el caso español, un éxito diplomático y político innegable para un gobierno que ve reforzada notablemente su posición política y que, ahora sí, tiene expectativas razonables de que la legislatura tenga continuidad. Una bofetada para las derechas parlamentarias que habían fiado su estrategia de derribo de la actual mayoría izquierdosa en el “cuanto peor, mejor” de un fracaso en la negociación europea. Para lograr este acuerdo que ahora el conjunto de la UE blande como la expresión de una Europa cohesionada, los países mediterráneos han tenido que soportar de manera estoica todo tipo de reproches, humillaciones y mecanismos de control por parte de un conjunto de países relativamente pequeños que se han erigido, a saber en nombre de qué, en los defensores y garantes del rigor y la ortodoxia económica más liberal y que no dejan de pasar por la cara a los del Sur un supuesto carácter manirroto en los recursos públicos. Los elocuentemente autodenominados países “frugales” han marcado la agenda y han limitado el alcance y naturaleza de los acuerdos en nombre del valor de la austeridad que dicen representar y apelando a su carácter modélico como economías poco endeudadas y que tienen un déficit estructural cercano a 0. Países pequeños y saneados como los nórdicos o Austria y los Países Bajos. Ha sido sobre todo el líder conservador holandés Mark Rutte quien ha protagonizado los peores episodios representando el cariz europeo menos solidario y con un notorio supremacismo y superioridad moral anclada en el carácter estricto de su cultura protestante. Debe haber sido difícil aceptar lecciones de un país que ha dinamizado su economía ya hace décadas a base de constituirse en un paraíso fiscal en el corazón de la Unión Europea, que exhibe la prostitución en la calle como uno de sus atractivos turísticos y que, antaño sociedad multicultural e integradora, manifiesta ahora una parte de su ciudadanía notables dosis de actitudes excluyentes y xenófobas.

En todo caso, bien está lo que bien acaba. Las actitudes limitadoras del europeísmo se pueden entender en algunos casos en clave de política interna de los países. La imagen de una Europa “derrochadora” resulta muy potente en algunas sociedades y sus líderes se aprestan a exhibir actitudes de rigorismo que resultan muy antipáticas en otros. Es el precio necesario a pagar por una construcción europea frágil y parcial, hecha de culturas muy diversas cuando no menudo confrontadas. Su unidad siempre será débil, precaria e incompleta, tanto como necesaria e imprescindible.

 

Trabajo insuficiente

El trabajo se ha convertido en un bien escaso en el primer mundo y aún más escaso si la falta de calificación sólo permite buscarlo en ámbitos poco especializados y sin vinculación con el conocimiento, a no ser que nos resignamos a trabajar en el sector informal de la economía y con muy bajos salarios. (más…)