Mes: mayo 2022

La autodestrucción de la monarquía

La monarquía, como sistema de estado, es un concepto que no tiene defensa hace al menos un siglo. Puede resultar aceptable de forma fáctica como ocurre en varios y avanzados países europeos (Noruega, Suecia, Bélgica…) porque ya sólo ostenta un carácter meramente simbólico y se valora que el coste de transformarse hacia un sistema republicano es mayor que el mantenimiento de una forma tan periclitada. Hay temores, no sé si fundados, que el período de mudanza podría generar un vacío poco recomendable en política y un cierto grado de incertidumbre. Es aquello de no cambiar lo que funciona, aunque el propio concepto en el momento actual resulta más bien rancio. De hecho, excepto en Inglaterra, siempre tan diferentes, no se ve por ninguna parte una gran profesión de fe monárquica. El imperio de la razón ilustrada y la modernidad poco tienen que ver con una institución de cariz medieval que cuando ejercía el poder efectivo era de carácter absolutista y más bien dada a la arbitrariedad. La teoría política liberal, por lo de sumar cambio y continuidad, formuló hace más de dos siglos el concepto de monarquía parlamentaria, evitando el carácter autocrático de esta forma de gobierno, para sacarle finalmente incluso la prerrogativa de poder ejecutivo que había ostentado en el sistema de división de poderes del estado de derecho, para convertir a los monarcas en meras figuras simbólicas y representativas sin ningún tipo de capacidad, lo que se definió como “el rey reina, pero no gobierna”. Se da por supuesto que, el último paso, es que la misma figura desaparezca, una vez convertida más en rémora que en facilitadora.

En España, la reinstauración de la monarquía fue el resultado del pacto de la Transición. Era la apuesta del franquismo moribundo y la oposición democrática que estaba faltada de la fuerza para imponer la ruptura tuvo que tragarse esta forma de estado y lo que se llamó la “reforma”. En tanto que monarquía parlamentaria y sin poder, se aceptó por aquellos que no creían en ella, como un mal menor. Era más importante dotar al país de estructuras democráticas sólidas y desmontar el aparato dictatorial del franquismo que discutir que hubiera un monarca, más si éste hacía profesión de fe de los ideales democráticos. Simplificando, en España sólo existen monárquicos convencidos a la derecha, mientras que la izquierda era y es mayoritariamente de cultura republicana. Para sostener el pacto de la transición la izquierda bastante en general y el PSOE en particular, se tuvieron que comer ese sapo. El problema se ha planteado cuando algunos elementos de esa monarquía se han comportado de manera poco ejemplar tanto en lo público como en lo privado. Más allá de las dudosas actividades económicas de los yernos, el rey emérito tanto ahora que lo es, como antes de serlo, ha ejercido de lobbista, ha cobrado comisiones injustificables, ha defraudado a hacienda y hace exhibiciones públicas de arrogancia y falta de tacto muy poco aceptables.

Hay quien dice que su aparente papel de «salvador de la democracia» cuando el golpe de estado del 23-F de 1981, le hizo creer a Juan Carlos I que era una figura blindada e inexpugnable. No entendió que los tiempos habían cambiado y que existen comportamientos y demostraciones de arrogancia y de clasismo que la sociedad no puede aceptar. Ya no estamos en la España en blanco y negro. La sociedad española ha visto cómo su petición de disculpas cuando la cacería de elefantes en Bostwana lo era todo menos sincera. Lo que ha venido después resulta suficiente para llevarse por delante a la misma monarquía. Que haya sido exonerado por los jueces de actividades económicas corruptas y fraudulentas que resultan evidentes para todos, no le hace moralmente inocente. La “huida” a los emiratos resultó patética, pero una forma de dar una oportunidad de continuidad a su sucesor. La vuelta de estos días a Galicia, la evidencia de que la monarquía en España no caerá por la acción del republicanismo, sino por la propia impericia y una mala noción del orgullo. Desde el punto de vista de la imagen pública no podía hacerse peor. “Explicaciones, ¿de qué?” quedará como el colofón de un monarca que se ha devorado a sí mismo. Más por realismo que por convicción el PSOE ha aguantado la monarquía en España y ha evitado que fuera sólo la forma de gobierno preferida por la derecha más castiza. Como se ha puesto de manifiesto estos días, los socialistas ya no pueden jugar un papel que les acabaría por desnaturalizar y devorar. Más que de regatas, el emérito parece haber venido a España a poner algunos clavos en el ataúd de la monarquía. Y en breve volverá con el martillo y más clavos. Alguien debería ir pensando en cómo se gestiona el fin del régimen.

Qatar

Es un pequeño estado del Golfo Pérsico que nada sobre petróleo y especialmente de gas natural. Esto les ha proporcionado un lugar relevante en el mundo, pese a una superficie que no llega a ser ni siquiera la de la provincia de Lleida. Como además de gustarnos mucho el dinero lo que nos gustan de verdad son los ricos, ya hace años que se le tiene un respeto y consideración a esta monarquía absoluta anclada en lo medieval que resulta poco justificable y escasamente decente. Este territorio era un protectorado británico que logró la independencia como estado en 1971. A partir de entonces, ha sido un feudo administrado como una propiedad privada por la familia Al Thani. Incluso los golpes de estado se les hacen dentro de sí misma. Al pasar de practicar la pesca y el cultivo de ostras a explotar los yacimientos energéticos, la riqueza creció tan rápidamente como la espuma. Tiene una renta per cápita extraordinaria, que triplica a la de España y es de las primeras del mundo. Decir que su población es muy rica es sólo una apariencia estadística. Sobre una población total de 2,8 millones de personas, los realmente considerados ciudadanos qataríes son sólo 250.000. El noventa por ciento de los que viven allí son extranjeros, la mayoría inmigrantes que hacen, de forma estricta, de personal de servicio a los adinerados. Los orientales que trabajan en la construcción de sus admirados rascacielos en condiciones de esclavitud viven a las afueras de las ciudades en viviendas y zonas escondidas de la mirada de la gente y que poco tienen de “zona residencial”. Los que tienen más suerte, están ocupados en el servicio doméstico, el comercio o en su inmensa oferta hotelera.

Su papel en la geopolítica internacional es, como mínimo, ambivalente. Aparentemente aliado del mundo occidental del que utiliza la capacidad de escaparate, confrontado en Golfo Pérsico con Arabia Saudí a pesar de compartir la profesión suní del islam, siempre ha tenido tratos dudosos con movimientos fundamentalistas y algunos vínculos con la financiación de grupos terroristas. Como la Belle de jour de Luis Buñuel, un papel de noche y otro de día. Pero ésta, es la parte oculta que casa poco con la exhibición de lujo y poderío de Doha, y que se les perdona con mucha facilidad. Resulta paradójico que, en una dictadura política y económica tan absoluta, con un evidente relegamiento de las mujeres, se las den de ser los más “liberales” de la zona. Dominan hace años las relaciones públicas. Crearon una televisión que hace de aparente puente entre el mundo árabe y occidente como Al Jazeera, pero que en realidad sirve para blanquear la parte más siniestra de las monarquías del petróleo. Su capital es el máximo exponente de la pretensión y el mal gusto. Una metrópoli que quiere ser capital de negocios y al mismo tiempo un atractivo turístico para consumidores de lentejuelas y de lujo dudoso. Una ciudad toda ella un “no-lugar” en el adecuado concepto que acuñó el antropólogo francés Marc Augé para definir los espacios sin identidad de ningún tipo.

Qatar, increíblemente, será la sede del mundial de fútbol de este año. Obtuvo la nominación utilizando la chequera y comprando voluntades. Como partidos de fútbol a pleno verano sobre la arena parecen impensables, pues no ocurre nada, se traslada la competición en invierno. El mundo del fútbol siempre tan adaptable. En la campaña previa colaboraron convencidos algunos mitos del Barça como Guardiola o Xavi, que no han tenido reparos a la hora de justificar el régimen. Josep Guardiola mientras criticaba en el 2017 las «limitaciones» de la democracia española se deshacía en elogios del sistema político dictatorial del estado del Golfo. En la apresurada construcción de los estadios de tan magno evento han muerto muchísimos trabajadores porque las condiciones en las que están obligados a operar no son de las que se muestran. El diario inglés The Guardian ha publicado que los fallecidos en las obras serían cerca de siete mil trabajadores. Daños colaterales de la grandeza. También tiene el país una vitrina en Europa que es el PSG, club que para concentrar grandes figuras hace siempre una exhibición de dinero impúdico y unas formas poco decorosas. Estos días, el emir de Qatar ha sido recibido en España con los máximos honores que se puede rendir a un jefe de estado. A pesar del apresuramiento debido al tema energético, el mensaje que se lanza no resulta muy adecuado. Es como si el carácter democrático de los gobiernos fuese, en política internacional, un tema secundario. No debería serlo.

Tiempos de confusión

El individualismo, cierto grado, resulta consustancial tanto a la sociedad liberal-democrática como al funcionamiento de la economía de mercado. Pero lo que era un individualismo moderado en la primera modernidad y en tiempos de predominio del sistema de correcciones del Estado de bienestar, fue desplazado a partir de la recuperación de la hegemonía neoliberal por un individualismo total, sin ningún sentimiento de colectividad y carente de cualquier obligación hacia ideales compartidos. Un individualismo que ha generado la primacía del narcisismo como centro de gravedad de la existencia. La personalidad y la satisfacción proviene de magnificar y convertir en perpetuo el acto de consumo. Para Gilles Lipovetsky, estamos ante un “capitalismo de la seducción” en el que las posibilidades en la tentación del consumo, entendido éste como falsa satisfacción, son ininterrumpidas y omnipresentes. Este capitalismo de la fascinación basado tanto en lo material como en lo inmaterial ha supuesto crear un mundo nuevo. Se han derribado las antiguas formas de pertenencia colectiva, se han destruido las ideologías emancipadoras y el sentido moral del sacrificio. Todo deseo debe ser llenado de inmediato. Un éxito, un producto, una distracción, sustituye a otra. Todo es rápido, transitorio, fugitivo y contingente. Como señalaba Freud, «la novedad constituye siempre la condición del goce». En este mundo de la abundancia y el predominio de los productos low cost, prevalece la variedad, la posibilidad de elección y la capacidad de individualización. Profusión de modelos cambiantes y facultad de personalizar el producto. Lo masivo debe permitir la práctica de la singularidad.

Al igual que se produce una gran abundancia de bienes materiales, resulta también significativa la profusión de productos culturales, entendidos éstos como ofertas recreativas. Estamos en una cultura «mediaticomercantil» cuyo objetivo es procurar una distracción continuada. La profusión de pantallas en nuestras vidas y la conexión digital lo hacen posible. Vivimos siempre fuera de nosotros mismos en una prolífica distracción que inhibe no sólo la capacidad de razonamiento, sino también la práctica de la reflexión serena o de la sentimentalidad pausada. Predomina la superficialidad. Juego, ocio y comercio se combinan y recombinan sin aparente separación. De hecho, han perdido importancia los objetos para ganar posición a la economía de la experiencia. La publicidad ya no realiza «demostraciones», proporciona emocionalidad, seducción, espectáculo y fantasía. El profundo individualismo que ha penetrado en todos los ámbitos genera cambios en la relación de moldeo entre estructuras sociales y actitudes individuales.

Las democracias liberales viven, hace años, una profunda dinámica de despolitización de sus ciudadanos. La política ya no es portadora de esperanza histórica y los partidos políticos ya no son depositarios de formas de identidad. Tampoco de una ideología en sentido estricto. El neoliberalismo, su triunfo inexorable en las dos últimas décadas del siglo pasado, llevó al escepticismo en relación con el papel de la política y del Estado para la gobernación del mundo. El desplazamiento de la centralidad fue claro hacia la economía. El eslogan de campaña de Bill Clinton –“es ​​la economía, estúpido”- no era una anécdota sino una afirmación de lo que eran los nuevos tiempos en la década de los noventa. Una economía como variable independiente, desregulada y fuera de control como condición para el aumento de la riqueza del conjunto, pero que sería monopolizada y concentrada en unos pocos. La fuerza de la globalización, el carácter supranacional y monopolístico de las grandes corporaciones generaba frustración en el ámbito público y corroía la atracción y la consideración hacia lo político. Un dios menor al que iba perdiendo sentido apelar. La política se convirtió en un foco de interés sólo circunstancial. O un ámbito en el que proyectar frustraciones.

En sus exitosos Diarios, el escritor valenciano Rafael Chirbes constata la paradoja de que en España la cultura de la Transición supuso una profunda despolitización de la sociedad española: «Tuvo que llegar la democracia para que nos sintiéramos expulsados ​​de la política». El peligro de la despolitización creciente es prever hacia dónde nos lleva. La historia nos indica que la “desconexión del mundo” por parte de la población humillada, ofendida y resentida nos aboca, como escribió Hannah Arendt, a alguna forma de barbarie. En tiempos políticamente oscuros, el nacionalismo identitario y la xenofobia recobran protagonismo ya que la ciudadanía despojada de esta condición abandona la confianza en las instituciones políticas de forma imparable y el individualismo bien incubado por el pensamiento neoliberal alcanza niveles que ponen en cuestión la propia noción sociedad. La cultura del individualismo comporta, de forma casi inexorable, la despolitización.

A propósito de Pegasus

Para la mitología griega éste era el caballo alado de Zeus. Ahora, da nombre a un software para espiar y el leitmotiv de una gran operación propagandística. El escándalo político no suele existir en sí mismo, sino que se construye cuando se le necesita. Estos días, en la política catalana y española, oímos numerosas declaraciones de tono alto y rasgadura de vestiduras que vituperan el presunto espionaje realizado a partir de un reconocido programa israelí creado a tal efecto. No se sabe su alcance ni el qué ni el cómo ni el quién, pero funciona una campaña bien organizada e informativamente bien engrasada, prefigurando responsables, corroyendo las instituciones y el gobierno de turno exigiendo no sólo que rueden cabezas, sino la verbalización pura y simple que ha existido un proyecto organizado y ejecutado de seguimiento del independentismo. Lógicamente que haya habido espionaje no debería banalizarse. Pero cabe decir que es lo que hacen los servicios de inteligencia de todos los estados modernos, así como grupos privados en una defensa poco limpia de sus intereses. La aceptación de que esto ocurra debería depender de si se realiza con autorización judicial o sin ella. Ésta es la clave, a pesar de ser un tema que siempre se mueve en los márgenes. El independentismo, de forma sesgada, aprovecha para erigir una “causa general” contra España. En su decaimiento actual, especialmente el sector más hiperventilado que cree en el “cuanto peor, mejor”, necesitaba una vía para volver levantar la dialéctica del enfrentamiento identificando lo “español” con una democracia de baja calidad, falta de respeto a los derechos fundamentales e incluso con el franquismo. Un intento por revertir la desmovilización de los fieles, los efectos geopolíticos adversos que significa la invasión de Ucrania, las manifiestas vinculaciones con la Rusia de Putin, el descrédito internacional. Y reagrupar un movimiento no sólo disperso, sino dividido y confrontado de forma profunda. Además, se avecina un ciclo electoral.

En los tiempos que corren, todo necesita una marca simplificadora e identificadora. Lo que se ha dado en llamar pomposamente el “catalangate” es poco más que un invento producto de un encargo del mismo independentismo hecho a un laboratorio canadiense, Citizen Lab, que tiene poco independiente y al que se le asigna una solvencia que no merece. Es lo que hace, informes por encargo. Que quien lo haya elaborado sea justamente un catalán que jugó un papel destacado en el Tsunami Democrático y los altercados de hace unos años, se pretende un hecho casual. Hace tiempo que el montaje estaba elaborado, pero se da a conocer justo cuando el Parlamento Europeo comunicó la creación de una comisión para investigar el abundante uso realizado en todo el mundo de este programa de espionaje telefónico de origen israelí, para que así se confundiera lo catalán con la preocupación general. Que el mismo día de darlo a conocer se tuviera a punto el lanzamiento de una página web de nombre “catalangate” ya preparada y rellena, por lo visto también es una casualidad. Estamos ante una campaña orquestada con el fin de que la presión informativa y el predominio del tema en la agenda política española ponga en crisis a la mayoría gubernamental. El intento de creación de una comisión parlamentaria al respecto obedece justamente a esta pretensión de desgaste y bloquear cualquier avance en la desescalada catalana. No interesan las explicaciones y menos la verdad. La finalidad de una comisión de investigación en el Congreso es sólo que exista y convertirla en el centro de la política española. Los grandes beneficiarios de todo, el Partido Popular y Vox.

Que el independentismo «unilateralista» haga esta apuesta resulta poco sorprendente. Llama más la atención y sale de toda lógica la sobreactuación de Esquerra Republicana. ¿Dónde los lleva? Parece absurdo que ERC juegue deportivamente al forzar el fin de legislatura. Si lo hace, quiere decir que su estrategia de realismo se va a hacer puñetas y queda en tierra de nadie frente a planteamientos catalanes más radicales o esencialistas. Hacer arrastrar a la actual mayoría parlamentaria durante el año y medio que queda de legislatura implica preparar el terreno para una victoria nítida de una derecha que viene de la mano con la derecha más extrema. Esto, a al menos una parte de Junts, la CUP y las llamadas entidades de la sociedad civil, ya les va bien. Significa abandonar cualquier pretensión de tender puentes y llegar a transacciones satisfactorias para todos. Representa recuperar la dialéctica salvaje y empobrecedora amigo-enemigo, entre el bien y el mal. Hay quien hace el cálculo de que esto reagrupa y cohesiona a los suyos, pero deberían pensar que esto comporta un drama para el país. Tenemos ya demasiadas evidencias de que quienes se llenan la boca afirmando que atizando el conflicto defienden la patria, les interesa poco el futuro de Catalunya y, menos aún, el de sus ciudadanos. La derecha más reaccionaria tiene prisa por llegar al poder. Y son muchos los que ayudan.

Twitter

Quien más quien menos está en Twitter. Es probablemente la red social más influyente, aunque no sea la más numerosa. No tiene más de 15 años de historia, pero las dinámicas que se crean en esta trama de microblogging condicionan sin duda la política, pero otras muchas tomas de decisiones en nuestro mundo. Aparentemente un espacio de opinión libre y contraste de puntos de vista, que funciona en realidad como un universo de presión y de manipulación. Parece una plaza pública, pero el anonimato de los opinadores hace que el todo acabe siendo rudo y poco sensato, donde las dinámicas de difamación y persecución pueden resultar a menudo estremecedoras. El comportamiento grupal en forma de manada que tiende a acentuar y priorizar las posiciones extremas es muy grande, como lo es que una parte de los actuantes son perfiles falsos automatizados –bots-, preparados para contraatacar de manera sistemática a determinadas personas o argumentos. Unos pocs individuoss y máquinas organizadas pueden crear fácilmente sensaciones de pensamiento dominante y convertir temas irrelevantes en trendig tópic, el cual será emulado rápidamente por cualquier tema aún más vulgar. Hay quien se cree socialmente influyente porque hace cuatro tuits llamativos y algunos políticos en estos momentos son poco más que profesionales de lanzar mensajes ocurrentes. Una red social con más de 300 millones de seguidores en el mundo, pero un negocio que aún hoy en día no se ha logrado rentabilizar. Tiene un gran potencial por la aportación voluntaria de datos que los usuarios hacemos y las posibilidades publicitarias todavía pueden dar mucho de sí. Con tres mil trabajadores ocupados en monitorizar, controlar y poner al día el algoritmo, a pesar de su popularidad es una compañía que está económicamente en zona de pérdidas. Sin embargo, esta semana el magnate Elon Musk la ha comprado, como quien se hace un pequeño regalo, por la increíble cantidad de 43.000 millones de dólares. Aunque parezca una excentricidad, probablemente hará los cambios necesarios para convertirlo en un negocio más. Oiremos hablar de ello.

Elon Musk es una de las figuras más relevantes de las nuevas grandes fortunas amasadas a partir de iniciativas tecnológicas. No le adorna la discreción de muchas de ellas, sino que le gusta exhibirse públicamente de forma arrogante y opinando de forma atrevida cuando no puramente temeraria. No pertenece al núcleo duro de Silicon Valley. Actúa como un verso libre y con el desacomplejamiento que le da disponer de una fortuna valorada en cerca de 200.000 millones de dólares. Empezó a hacerse notar y enriquecerse con la plataforma de pago electrónico Pay Pal y se ha hecho popular con los coches Tesla. Sus principales intereses son ahora los viajes al espacio, con SpaceX, o de inteligencia artificial por medio de NeuraLink. Poco amante de pagar impuestos, ha ido desplazando sus sedes en Estados Unidos para conseguir contribuir apenas nada al erario público. Liberal extremo, se le sitúa dentro de lo que se llama el anarcocapitalismo. Su vocación es sustituir el papel de lo público y reducir el peso de las administraciones al mínimo. Justamente, su apuesta por Twitter la hace, afirma, en la defensa de la libertad absoluta en los mensajes, sin limitación alguna en una plataforma ya de natural muy reticente a moderar y eliminar mensajes y cuentas problemáticas. En contrapartida, afirma que eliminará los perfiles falsos que actúan de manera robotizada y se compromete a hacer más transparente y a mejorar un algoritmo de visualización de textos que no se sabe muy bien con que lógica actúa y sobre el que existen numerosas sospechas de funcionar de forma muy sesgada.

Nos guste más o menos Twitter juega el papel de sustitutivo de la plaza pública. Muy en la cultura de nuestro tiempo, reduce el debate a formulaciones básicas cuya finalidad no es aportar luz, conocimiento, sino crear impacto. Un espacio en el que todo el mundo puede expresar su opinión, aunque no tenga ninguna formación ni criterio. El nivel de la conversación tiende a igualarse por la parte baja y donde el insulto, la zafiedad, la falsedad y el desprecio campan de forma triunfante. Ciertamente bien utilizada es una herramienta de intercomunicación, pero más que el diálogo predomina los monólogos simultáneos. También aquí, de algún modo, el medio es el mensaje. Justo hace unos días leí un tuit que, de forma muy elocuente, afirmaba: «Twitter es como un bar, donde tú no eres el cliente, sino la cerveza».