Mes: junio 2022

Macronear

Éste es un neologismo, un concepto nuevo que se ha formulado en Ucrania y que se ha extendido rápidamente por la Europa del Este e, incluso, ya se utiliza en Francia. Tiene el sentido de prometer sin intención alguna de cumplir. De mariposear con aparentes buenas intenciones y solidaridades, pero sin que después se concrete en nada. De afirmar algo y hacer, sin despeinarse, todo lo contrario. De pretender estar en misa y, al mismo tiempo, repicando, como diría el refrán castizo. Emmanuel Macron es la representación de muchos de los actuales liderazgos políticos. Gente que adapta las ideas a cada momento, sin demasiadas convicciones, que pretenden ser ni de derechas ni de izquierdas, que apuestan por la transversalidad en el arco político, priorizan el encanto personal por encima de un proyecto o programa, que proclaman que las clases sociales son cosa del pasado y que tienen una adaptabilidad fuera de toda medida. Profesionales de la política para cuando ésta se ha convertido en líquida y que más que afrontar los problemas surfean sobre la realidad apelando siempre a su atractivo. El presidente francés emergió en el 2016 con el movimiento personalista En Marche! Formado, como todo francés con pretensiones de ser alguien, en la Escuela Nacional de Administración (ENA). Todo un “enarca”, antes de ser presidente, había sido ministro de economía con el socialista François Hollande y, previamente, trabajador cualificado de la Banca Rothschild.

El triunfo presidencial de Macron en 2017 fue el resultado de la desarticulación y falta de crédito de los partidos tradicionales, tanto a la derecha como a la izquierda, y acabó beneficiándose del miedo al fenómeno Marie Le Pen, a la que tuvo que derrotar en la segunda vuelta. Llegó a la reelección de este 2022 ciertamente debilitado y con el carisma bajo mínimos. Sus constantes cambios de rumbo y su arrogancia personal le jugaban en contra. También su incapacidad para responder a problemas y movimientos sociales nuevos como el de los “chalecos amarillos” que canalizaron una parte de los muchos descontentos acumulados en la sociedad francesa y que cada vez más recoge una extrema derecha normalizada como el Frente Nacional o bien un movimiento populista que a la izquierda dirige Jean-Luc Mélenchon. Volvió a ganar en la segunda vuelta y de forma similar pero mucho más ajustada frente, otra vez, a Marie Le Pen. El beneficio, una vez más, de representar al mal menor, aunque ningún entusiasmo. En las elecciones legislativas celebradas hace unos días, se ha mostrado su debilidad perdiendo a la mayoría parlamentaria, debiendo gobernar con acuerdos, algo a lo que parece poco dado y acostumbrado. Tiene cinco complejos años por delante. El recurso al “patriotismo constitucional” probablemente le será insuficiente para lidiar con los numerosos problemas económicos y sociales que tiene un país en franca declinación además de escindido a nivel interno. Las promesas, como las expectativas, se pueden demorar un poco en el tiempo, pero hay que cumplirlas o el desencanto y el rechazo se convierten en contestación abierta.

En política exterior Macron quiso presentarse como quien podía intermediar entre Ucrania y Rusia alegando su buena sintonía con Putin y el histórico vínculo de Francia con Rusia. El dirigente ruso le castigó con una fotografía en la que la longitud de la mesa era tan extrema que impedía cualquier comunicación. Lo ridiculizó. Después ha mostrado una solidaridad impostada con Ucrania que, en este país, han acabado por reírse en base a los incumplimientos y el abuso de buenas palabras. Últimamente, de la mano del canciller alemán y de la presidenta de la Comisión Europea ha viajado a Kiev para dar las malas noticias al presidente ucraniano, y es que esta guerra, siendo realistas, Rusia no puede perderla y que habrá que ir pensando en cuáles son las concesiones territoriales suficientes para aplacar al imperialismo ruso, al menos a corto plazo. Un planteamiento ciertamente práctico, pero que expresado públicamente refuerza la imagen de político frío y oportunista del dirigente francés. Pero Macron no es un líder especialmente singular. Es ciertamente una versión muy francesa de una forma de entender la política “cortoplacista”, sin ideas, falta de convicciones y sin ningún proyecto real de cambiar las cosas. Creo poderme ahorrar el poner más ejemplos.

Andalucía

Es la región más grande y poblada de España. También la que políticamente resulta más determinante por una cuestión de peso parlamentario. Feudo tradicional de la izquierda, especialmente del PSOE, la falta de alternancia política durante más de cuarenta años llevó a la práctica de un caciquismo de izquierdas que ahora se paga, y mucho. Todo apunta a que se seguirá sufragando la factura y que la derecha tradicional del PP más la extrema de Vox conseguirán el próximo domingo una mayoría holgada. Los populares apostarían por una victoria en solitario que no les obligara a cargar con el estigma del pacto con la derecha más cavernaria, especialmente cuando representa a ésta una candidata incorrecta y sobreactuada que parece una caricatura de sí misma. Las encuestas indican, sin embargo, que el electorado popular no hace ascos a esta suma y que más bien la abona. Se va normalizando lo moralmente injustificable. La polaridad política exagerada que se ha estimulado tanto en Andalucía ha generado este tipo de actitudes que más que democráticas parecen propias de la cultura de las bandosidades. Sorprende que una sociedad modernizada y que parecía haber superado las sumisiones sociales de antaño se vuelva entregar de forma alegre al predominio de las formas y el fondo de la hegemonía de los señoritos.

Aunque tradicionalmente Andalucía había sido la zona más atrasada de España, la que aportaba mano de obra a las regiones más industriosas o la exportaba hacia Europa, hace ya unas décadas que las cosas han cambiado bastante. Por volumen, es la tercera región económica española, aunque su PIB per cápita sea aún un 20% inferior al punto medio. Pero hace tiempo que crece por encima de la media española. Tras la mecanización del campo de los sesenta y setenta y su marcha de población, logró por medio de su clima y un buen conjunto de atractivos turísticos, levantar un sector que le ha proporcionado riqueza y empleo, aunque también buenas dosis de destrucción de su litoral. También se ha convertido en uno de los destinos preferidos para instalarse por parte de los jubilados alemanes o británicos que se benefician de su calidad de vida a precios relativamente bajos. Una especie de Florida en el sur de Europa. Aunque el turismo y la creación de grandes zonas residenciales han hecho de gran palanca de progreso económico, lo cierto es que no se ha apostado sólo por el monocultivo de estas actividades. Polos industriales han crecido en torno a la bahía de Cádiz o en el entorno de la Sevilla eterna, con factorías tecnológicas muy reputadas, mientras que Málaga se convertía en la muestra de la pujanza de la región como ciudad de referencia de la modernidad y entregándole la capitalidad cultural. El peso demográfico y su alineamiento político facilitaron décadas de abundantes inversiones en infraestructuras y comunicaciones, y no sólo éstas; que han llevado a la región no sólo a mejorar su renta, sino también su autoestima.

Las políticas de izquierdas, con todas las contradicciones, contraindicaciones y fenómenos de clientelismo que se quiera, han cambiado profundamente esta tierra y su gente. «No la va a conocer ni la madre que la parió», había previsto el histriónico Alfonso Guerra. Pero, al menos en las formas y las actitudes, algo debió hacerse mal cuando una parte del votante progresista ahora lo hace incluso por la extrema derecha. Cabe pensar que esto va con los tiempos que corren, que ocurre casi en todas partes, que es la confusión imperante entre la ciudadanía en momentos tan extraños. A las izquierdas no les queda más opción que intentar volver a conectar con su base social y hacerlo a partir de proyectos inteligibles y centrados en lo que es realmente importante más que en cuestiones identitarias que, más bien, movilizan por reacción a los opositores. El principal enemigo por el progresismo este domingo es la altísima abstención que se prevé entre sus posibles electores. Los datos son claros, las clases medias y acomodadas están movilizadas y motivadas, mientras que los sectores populares y más necesitados están desactivados y apuntan a la indiferencia. No parece que en pocos días puedan cambiar mucho las tornas. En política los estados de ánimos tardan algo en mudar. La abstención tiene sus razones, aunque la «razón política» no las entienda. Con los resultados en la mano, la derecha hablará de la evidencia de un cambio de ciclo en España, mientras a la izquierda le resultará difícil restringirlo a una dinámica puramente regional. El discurso y la cultura de una derecha extremadamente agresiva y grosera irá avanzando de forma casi inexorable.

Hacemos lo de siempre

Aunque la Unión Europea haya planteado la recuperación de la economía como un proceso vinculado a su transformación estructural y para ello ha articulado los enormes fondos Next Generation, en realidad la mayor parte de los países y entre ellos España están fiando la reactivación en sus sectores tradicionales. Restablecer el turismo en los mismos términos que quedó colapsado en el 2019 no requiere grandes esfuerzos ni mucha imaginación. Se trata de hacer más ligeras las exigencias sanitarias, activar la promoción exterior y dejar hacer a un sector hambriento que ha estado casi dos años en ayunas. Se vuelve a hacer caja, se ve movimiento y se recupera un empleo aún más precarizado, si cabe, de lo que ya estaba. Un puro espejismo de recuperación. Los problemas estructurales del sector siguen siendo los mismos, así como su externalización de costes, los efectos colaterales sobre las ciudades o el medio ambiente situados donde estaban. Pan para hoy y hambre para mañana como diría el castizo. Más allá de las buenas intenciones y recursos abundantes destinados a transformar las economías hacia la sostenibilidad medioambiental, el aumento de la productividad con la digitalización y la tecnología, poner la proa en el concepto de innovación y considerar más bien el desarrollo y el bienestar a largo plazo que el crecimiento cuantitativo en los datos inmediatos, se va imponiendo el realismo de “hacer lo de siempre, lo que sabemos”. Lo urgente no permite ver lo que es realmente importante. Veremos hasta qué punto se deja de aprovechar la oportunidad que significan los fondos excepcionales de la Unión Europea, el posible beneficio de este keynesianismo práctico despojado de toda connotación ideológica. Son demasiadas décadas apegadas al PIB como indicador económico, lo que nos ha convertido en adictos al mero crecimiento y al corto plazo e incapaces de una visión de mayor alcance.

La pandemia puso en evidencia las miserias y la dependencia del turismo. La ciudad pandémica era la ciudad sin turismo. Nueva York, París, Barcelona, ​​Amsterdam…, convertidas en urbes fantasmales no tanto por la reclusión forzada de sus ciudadanos, sino por una falta de visitantes que les ha acabado dando sentido en los últimos años. Como ha escrito el periodista Ramon Aymerich, cuando las aguas se retiran, se ponen en evidencia los estragos del monocultivo turístico. Porque éste es uno de los principales problemas que se derivan de esta actividad, el desplazamiento de buena parte de todas las demás actividades hasta establecer una simbiosis que es dependencia absoluta. De un día para otro, las estructuras turísticas convertidas en equipamientos obsoletos proporcionaron una imagen de lo que sería un mundo posturístico, como las fábricas abandonadas y las ruinas de Detroit nos muestran la distopía postindustrial de algunas ciudades americanas. Hoy Barcelona vuelve a estar sobreocupada y colapsada por el alud de un turismo ansioso de experiencias después de dos años de cierto recogimiento. Afirman que este verano se batirán récords de visitantes. La ciudad no tiene otro motor económico. Los turistas ocupan y se hacen con el espacio urbano, dificultan la movilidad, encarecen los servicios y se pretende que sus ciudadanos lo acepten de forma disciplinada. La ciudad convertida en un parque temático donde la población de siempre o bien se apunta al negocio o le toca el papel de “extra” en esta película. Queda la solución de marcharse hacia barrios periféricos o bien a otras ciudades. Muchos lo hacen.

El impulso del negocio turístico va al encuentro de una actitud arraigada. Deseo de desplazamiento y viaje continuado. El sentido del nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante es una tendencia que se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero que llega al paroxismo en las poco más de dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos cae encima. La maleta de viaje se ha convertido en una extensión de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

AR-15

Éste es el nombre comercial de un fusil de asalto muy de moda entre los cuerpos de seguridad y entre los aficionados a las armas. No es una pieza cualquiera, ni va asociada a un último recurso en la autodefensa para quienes creen que disponer de este equipo resulta disuasorio. Es un fusil semiautomático con una gran potencia de fuego y con características de ataque más que de defensa. Poco pesado, ajustable, con distintos tamaños de cañón y con numerosos accesorios, monta cargadores de hasta 30 cartuchos y tiene una capacidad de fuego de 750 disparos por minuto y 550 metros de alcance. Es un instrumento de fabricación norteamericana que tiene más de sesenta años de historia y que se ha ido modernizando y poniendo al día. Un arma que utilizan numerosos ejércitos, entre ellos el español, a la que se pueden incorporar punteros láser o lanzagranadas. Lo curioso y dramático en una herramienta de tal calibre es que en Estados Unidos y en los países extremadamente liberales con el comercio de armas, es que puede adquirirla cualquier particular como juguete e incluso acumularlas como quien tiene una despensa bien provista. Sólo hace falta ser mayor de edad y pagar un precio que se asemeja al de un teléfono móvil que no hace falta que sea de los más caros y de última generación. Una pieza codiciada por todo tipo de coleccionistas, aficionados a las armas o desequilibrados con fantasías o pretensiones de utilizarlas. En las numerosas ferias que reúnen a los amantes de estos utensilios, incluso pueden practicar con ella las criaturas si van acompañadas de sus padres. La última matanza en una escuela de Texas, donde han muerto acribilladas 21 personas de las que 19 eran niños, un adolescente se regaló un arma de estas para celebrar su mayoría de edad y en un arrebato de locura decidió hacerla servir, incluso avisando a las redes sociales que pensaba hacerlo. Demencial.

En Estados Unidos la liberalidad en la disposición y manejo de las armas de fuego genera demasiado a menudo que se desate violencia de la más irracional. Cualquier personalidad desquiciada tiene a su alcance descargar sus manías e insatisfacciones con el recurso al magnicidio. El armamento es de fácil acceso, se vende en el supermercado. Hay quien lo justifica en que en un país que se configuró a partir de la colonización interna llevada a cabo por los pioneros, la autodefensa estaba y estaría suficientemente acreditada. Es el mito fundacional del Far-West. Pero en realidad todo es más prosaico. Pese a episodios redundantes de violencia extrema que abonarían a cualquier otro país el control e incluso la prohibición de armas de fuego en manos de particulares, el lobby de los fabricantes de armamento es tan fuerte y dispone de una fuerza propagandística tal que hace inútil cualquier intento de racionalización. La Asociación Nacional del Rifle, acoge a más de cuatro millones de estadounidenses. Su capacidad de presión especialmente hacia el Partido Republicano es muy grande, como resulta evidente su filiación trumpista. La misma semana de la masacre de Texas, celebraron una feria anual a pocos kilómetros de los hechos. Toda una declaración de principios además de una falta de tacto notable. Su razonamiento está claro: el peligro no son las armas, sino las personas que hacen un mal uso de ellas. En la misma línea, el gobernador de Texas reaccionaba al luctuoso episodio no pidiendo la prohibición de armas en manos privadas, sino de armar más y mejor a los maestros, quienes además de ser adiestrados en áreas de conocimiento y en pedagogía y didáctica, deberían ser adecuadamente formados en autodefensa y uso de armas en los centros escolares. Convivir y construir sociedad en un país en el que hay 120 armas por cada 100 habitantes debe resultar muy difícil. Una ciudadanía armada no es sólo un peligro, resulta la evidencia de una cultura del individualismo extremo y de la incapacidad para construir un sentido colectivo y solidario. Si más allá de nosotros mismos sólo vemos a enemigos difícilmente crearemos relaciones sociales sólidas. Si las armas están en todas partes y de tan fácil acceso, resulta imposible evitar que sean el recurso en determinados estados de propensión a la violencia ya la destrucción enfermiza.