Mes: enero 2022

Las vergüenzas del Parlament

Vivir y cobrar sin trabajar es una fantasía que todos hemos tenido en alguna ocasión. Hemos imaginado a qué actividades recreativas y lúdicas dedicaríamos nuestro tiempo con la tranquilidad de cobrar una buena nómina y sin que, en contrapartida, tuviéramos que hacer unos horarios, asumir unas responsabilidades, dar cuentas… Disponer de un salario y vivir la vida sin esfuerzo y sin la condena bíblica del trabajo, a quien más quien menos, se nos pondría bien. Pero, para la mayoría de los mortales, es un pensamiento momentáneo, una pura quimera que nunca se cumplirá y que, probablemente, es mucho mejor que no se materialice. Esta semana, sin embargo, hemos descubierto que hay gente cerca de nosotros que sí, que la vida le ha regalado esta oportunidad. Veintitantas personas (no los llamaré trabajadores por respeto a los que lo son) a sueldo del Parlamento de Cataluña y parece que de manera extensiva a otras instituciones como la Sindicatura de Cuentas han obtenido el privilegio de, sólo con quince años de antigüedad, poder cobrar el salario completo a partir de los sesenta sin acercarse al trabajo. Ojo, no es una jubilación anticipada. Como buena cultura funcionarial, siguen siendo propietarios de la plaza y van generando trienios que agrandan su salario. El concepto utilizado por esta magnífica obra de dejadez, holgazanería y desperdicio de los recursos públicos recibe el poético nombre de “permiso de edad”. El tema no es nuevo y parece que esta prebenda se remonta al 2008. El procedimiento claro: se quiere renovar a altos empleados de la institución y los responsables políticos, que no se las quieren tener con los funcionarios, deciden ofrecerles un retiro dorado que es cobrar y no acercarse al trabajo. Para que la cosa no provoque resquemor en los ojos, se extiende a todos los funcionarios de la institución, quienes se apuntan deseosos a tal oportunidad. El pequeño considerando a tener en cuenta es que esto tan injusto, injustificado, inmoral y costoso lo pagamos entre todos. Nadie habría financiado de su bolsillo tan ilógica situación de privilegio.

La Mesa del Parlament acuerda eliminar el plazo en que los funcionarios  pueden cobrar sin trabajar

El tema no es anecdótico y pone de relieve no sólo la manera frívola en como se utilizan con demasiada frecuencia los caudales públicos, sino también los beneficios que implica trabajar a la sombra del poder. Porque si el mismo concepto resulta inaceptable, también descubrimos unos niveles de salarios en algunas actividades que nada tienen que ver ni con la proporcionalidad ni con el mercado. Hemos visto nóminas que van de 4.000 a 10.500 euros mensuales limpios de polvo y paja. Cifras impúdicas. Cuando el tema ha aparecido, han quedado fotografiados los presidentes del Parlamento que ha habido desde 2008 y que han dado por buena la situación. Ernest Benach de forma torpe lo ha justificado en nombre de que «eran otros tiempos». Por supuesto. Tiempo de crisis económica, de despidos y precarización que él, sin embargo, bien acolchado en el coche oficial que se hizo “tunear” para viajar más cómodo, no se dio cuenta de lo que ocurría fuera. De hecho, ningún “tiempo” da coartada a algo así y más les valdría a los muchos que lo sabían, que pasaran vergüenza, pidieran disculpas y lo arreglaran. Porque aparte de presidentes de la institución, había mesas del Parlamento con representantes de todos los grupos parlamentarios que parece que o bien no se miraban el presupuesto anual que aprobaban, o bien se instalan ahora en el cinismo de argüir un desconocimiento que no podían tener. Hay también todos los diputados de la Cámara, de las bancadas del Gobierno o de la oposición, además de la multitud de filtros de control presupuestario que debían haberse dado cuenta, denunciado e impedido lo que alguien ha definido como una «práctica de pillaje institucionalizada».

Constatamos a menudo el distanciamiento de la política por una parte creciente de la ciudadanía e incluso las actitudes “antipolíticas” que refuerzan los discursos populistas e iliberales de las derechas extremas. Aunque las fallas del sistema democrático no justificarán nunca su negación, hechos como el de los salarios del Parlamento, así como la dejadez y frivolidad que lo ha permitido, son el caldo de cultivo del discurso de los que se han constituido como antisistema. Así, es fácil construir la existencia de una casta hecha de connivencias entre funcionarios y políticos cuya finalidad última sería la extracción de buenos salarios y todo tipo de canonjías. Si no se depura de forma clara y ejemplar este tema y todas sus derivadas, en esto el país habrá perdido cosas mucho más importantes que dinero.

La sociedad del miedo

Toda sociedad y todo individuo sienten y se les manifiestan múltiples formas de miedo. Pero quizás nunca como ahora el miedo inquieta y condiciona a los grupos sociales intermedios y determina su comportamiento social y sus actitudes políticas. De entrada, por una cuestión de lógica. Sufren miedo aquellos que tienen algo que perder. Las clases medias crecen y se consolidan en el mundo occidental especialmente durante las tres décadas gloriosas del Estado de bienestar. Si el conflicto de clases había sido muy áspero en los primeros cuarenta años del siglo XX, después de una guerra que había dejado más de cincuenta millones de muertos y dado lugar a sinrazones como el Holocausto, se imponía un cierto arreglo entre capital y trabajo. El miedo inherente a la incertidumbre del mañana quedaba mitigado por las seguridades que el Estado se encargaba de proporcionar. De paso, se desarmaba la clase obrera clásica y su sentido de pertenencia como grupo, reforzando el ascensor social y un nuevo sentido de pertenencia a un grupo heterogéneo en progreso. La sociedad ya no venía definida por la polaridad entre grupos sociales antagónicos sino por los sectores intermedios de empleados, profesionales y autónomos que, en una feliz definición de los sociólogos Ulrike Berger y Claus Offe, constituían una “no-clase”. Las generaciones occidentales de después de 1945 no conocerían el totalitarismo ni la guerra. Se acostumbrarían a la seguridad, el bienestar, los derechos, el consumo y la progresión social. El horizonte resultaba expansivo y el porvenir un escenario donde actuar y triunfar.

Una clase media que se irá definiendo cada vez más en un sentido aspiracional que por los niveles de renta o funciones en el proceso productivo que puedan considerarse homogéneas. Una diversidad de empleos, ingresos y culturas cada uno de ellos cuenta con sus objetivos y que debe gestionar un buen catálogo de frustraciones y miedos. Estamos hablando de técnicos con varios niveles de calificación, de funcionarios de diversos estratos de mando y de responsabilidad, a los trabajadores de cierto nivel de las finanzas y de las empresas tecnológicas. También empleados de la sanidad y la enseñanza, profesionales liberales y trabajadores autónomos activos en el sentido que tenía este término antes de la uberización, la gig economy y las cooperativas de trabajadores subcontratadas por las grandes empresas. Un conglomerado social que hizo oír cada vez más su voz como electores que se consideraban estabilizadores por su tendencia a la moderación que se cree inherente a tener algo de patrimonio y a los que se iba orientando la publicidad de bienes de consumo de larga duración. La clase mayoritaria de la sociedad, que determina tendencias y que se siente el sujeto de referencia de los gobernantes, puesto que conforma el grueso de la “opinión pública”.

Pero a partir de la nueva lógica que impuso la globalización económica, acentuada por las crisis del 2008, ésta es una clase que ha sufrido un profundo proceso de transformación y pérdida de efectivos, al tiempo que ve desaparecer las seguridades aparentemente eternas construidas en los años de expansión de las políticas keynesianas. Nuevos miedos, nuevos temores nuevas vulnerabilidades. Visión del abismo del desclasamiento.

Clase media" #Viñeta #Humor | Humor, Movie posters, Ups

Resulta paradójico que un grupo social que sigue siendo privilegiado respecto a buena parte de una sociedad donde avanza el terreno de la precariedad y la exclusión, se siente a la vez tan frágil y vulnerable, lo que le lleva a la toma de posturas extremas, redentoras e histéricas en política. Se acabó el formar parte de la centralidad política, de bascular entre ofertas moderadas para facilitar la alternancia. Radicalidad, griterío y refugio identitario. Los distintos populismos las acogen en sus brazos y les proporcionan un falso horizonte de emancipación. Las clases medias devienen aparentemente revolucionarias a través de propuestas que son extremadamente reaccionarias. Lo que hace el demagogo justamente es utilizar e intensificar el miedo a la gente y proporcionar un chivo expiatorio al que culpabilizar y que sirva para exorcizar a los demonios particulares. Para el populista, el miedo es elevado a categoría que permite discernir lo verídico de lo falaz. Se trata de definir dos campos antagónicos alineando el grupo social temeroso y vulnerable frente a otro grupo social asociado al dominio, la corrupción o el engaño, culpable de su frustración. Como explica el sociólogo alemán Heiz Bude, “el miedo vuelve a los hombres dependientes de seductores, mentores y jugadores. Quien es movido por el miedo evita lo desagradable, reniega de lo real y se pierde lo posible”.

Estabilidad política, a pesar de todo

En la política española contrasta la extrema polaridad que han impuesto las derechas de Partido Popular y Vox. Compiten en radicalidad y hacen de cada comparecencia y sesión parlamentaria una escenificación de combate terminal, siendo portadoras de un relato casi dantesco de la situación política. En realidad, se mantiene de manera bastante tranquila una mayoría parlamentaria de signo progresista que, aunque a trompicones por las sucesivas oleadas pandémicas, va tirando adelante la legislatura y logra aprobar algunas leyes que, a priori, parecía difícil que pudiera hacerlo. El gobierno español ha cerrado con dos victorias políticas bastante importantes en 2021. Por un lado, ha conseguido una mayoría holgada por la aprobación de los presupuestos generales de 2022. Unos presupuestos cargados de partidas sociales y engrasados ​​por la llegada de los fondos europeos postpandemia. Lógicamente, ha tenido que hacer concesiones concretas a la multitud de pequeños grupos que lo apoyan, pero el relato que quedará no será ni de grandes concesiones ni de grandes dificultades. Lo que quería el PP, que quedara la imagen de un gobierno filocomunista prisionero de nacionalismos e independentismos periféricos, no lo ha conseguido. Todo ha sido bastante plácido e, incluso, en el caso de ERC la exigencia parece ser más simbólica que otra cosa. Pactar una cuota de producción en catalán y otras lenguas cooficiales, a pesar de ser relevante para promover estos idiomas a nivel de uso social, no deja de ser alegórico puesto que no es posible la condición de obligatoriedad, sino de proporcionar estímulos a través de incentivos fiscales. Avanzar la jubilación de los Mossos a los sesenta años, equiparándolos con la Guardia Civil o la Policía Nacional tiene mucho interés para los afectados, pero poca relevancia en términos de país.

Aunque con menos diputados, el PNV siempre es más efectivo y prosaico en sus exigencias. Consigue la gestión íntegra del Ingreso Mínimo Vital -poca broma por su volumen económico y su significado-, así como importantes inversiones en relación con la llegada a Bilbao y Vitoria del Tren de Alta Velocidad (TAV), lo que es hará de forma soterrada. Aunque también más simbólico, logran, además, la cesión completa de la gestión de las cárceles, un tema sensible en aquella región. A los negociadores catalanes, como decía Ortega hace ya muchos años, les suele perder la estética. Se pasa de pretender una declaración unilateral de independencia a pactar una cuota lingüística en Netflix. Quizás una metáfora del retorno repentino y brutal hacia la realpolitik. El PNV sólo tiene seis diputados, no ha amenazado con rupturas, pero tiene infinitamente mucho más peso político. Probablemente pone en valor su moderación y su confiabilidad de partido de modelo antiguo, más preocupado por la estabilidad y los resultados obtenidos, que por el relato y lo que se dirá en las redes sociales. Maneras bastante diferentes de entender y de hacer política.

La reforma laboral com a arma – Josep Burgaya

El otro tema de gran reforzamiento por el gobierno español es el acuerdo alcanzado con los agentes sociales para la reforma laboral. Aunque no será la derogación de las regresivas leyes del PP de 2012 como se había prometido, resulta una victoria política incuestionable conseguir reformar de manera progresista la legislación laboral y disponer el acuerdo de las organizaciones patronales, lo que deja desnudas argumentalmente a las derechas y muy especialmente en el Partido Popular. Un acuerdo que para validarlo a nivel parlamentario todavía tendrá mucho tira y afloja, no pudiendo menospreciar que deba acabar haciendo con el apoyo de Ciudadanos. Lo que se ha firmado, ha forzado grandes tensiones en la patronal y entre éstas y el Partido Popular, que sería su referencia más natural. Cualquier cambio que quieran introducir en el texto nacionalistas e independentistas periféricos podría dar la coartada para que rompiese, algo que difícilmente se jugará el gobierno. Un pacto social para modificar la legislación laboral que, además, tiene problemas de mayor calado que la dialéctica y la pugna política actual. Genera mucho ruido y expectativas, pero traerá pocos cambios más allá de una relevante predominancia de los convenios sectoriales sobre los de empresa. Pese a la simplificación en los modelos de contrato, no terminará con la lacra de la temporalidad y de la precariedad que le es inherente. Ciertamente reequilibra un poco las relaciones entre capital y trabajo que estaban muy sesgadas, pero no afronta los retos que tiene el trabajo y su futuro en este período dominado por la digitalización y el capitalismo cognitivo y tecnológico. Justamente, es una reforma laboral que tiene mucho de “analógica”. Pese al incuestionable triunfo político que representa, éste es momentáneo. Quizás sería bueno que la izquierda gobernante fuera algo menos triunfalista al respecto. Más que nada, porque con la ley que pretende aprobar no resuelve ninguno de los grandes problemas de fondo en relación con el futuro del trabajo y los procesos de ensanchamiento de la desigualdad económica y social. Porque éste debería ser su objetivo. ¿O no?