Gregorio Morán. El cura y los mandarines

Gregorio Morán es un periodista de los de antes. Leído, culto, bien conectado e informado y con una prosa muy literaria. Un periodista de cuando el oficio se adquiría dedicándole mucho tiempo, formándose sólidamente desde el punto de vista intelectual y de cuándo se exigía y era requisito el saber escribir. Periodista de los de antes para bien, pero también con algún aspecto peyorativo no sé si del todo positivo. Morán es un hombre de ideología fuerte y cualquier análisis de la realidad lo hace a partir de unas convicciones que en algunos aspectos nos pueden inducir a pensar que son decimonónicas, de cuando medio mundo de la cultura y el periodismo eran comunistas o al menos compañeros de viaje. Ya hace años que Gregorio Morán destila un fuerte resentimiento en sus escritos, aunque sea teñido de una casi religiosa exigencia moral. En la transición política las cosas no fueron como aquellos que aspiraban a una rotura clara con el franquismo  hubieran gustado y, en cierto modo esperaban. Vivieron los pactos que, más adecuados o no tanto, como una traición, aunque son los que hicieron posible el establecimiento de un sistema democrático homologable sin que los beneficiarios y practicantes de la dictadura y la represión tuvieran que rendir cuentas o pagar por las maldades de cuarenta años. Sin duda esto deja poso. Morán es de los que intenta en sus libros y sus entregas semanales de artículos poner a todos en su sitio, recordar los pasados más o menos enmascarados y desvelar los intereses y las miserias que a menudo mueven la condición humana, ya sean políticas o intelectuales. Las semanales “sabatinas intempestivas” de La Vanguardia resultan una lectura imprescindible, aunque a menudo se le vaya la mano con la dureza y de la mala uva, pero los análisis y las referencias cultas no suelen tienen desperdicio.

Con abundante ruido antes de aparecer, ha publicado recientemente el libro El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Cultura y política en España, 1962-1996 (Akal, 2014). El libro fue polémico antes de llegar al público, pues Morán se enfrentó a la editorial que debía publicarlo, al negarse a retirar un capítulo final en el que pone a caldo al académico Víctor de la Concha, el cual, casualidades de la vida, publica en su misma editorial. Lógicamente, no lo aceptó y cambió de editorial. El rifirrafe no le habrá ido tan mal, pues está siendo un éxito de ventas un libro que, a pesar del indudable interés, es de lectura pesada, muy centrado en el animalario intelectual desde el franquismo hasta la democracia y el triunfo político del PSOE, convertido en un ladrillo de más de 800 páginas. Sospecho que debe de ser más comprado que leído. ¡Tampoco lo vamos a criticar!

El libro es extraordinariamente interesante, pues realiza un recorrido bastante completo de la inteligencia oficial y oficializada de los 35 años que van desde los sesenta, cuando el franquismo cultural más duro ya se ha empezado a superar, pasando por los reposicionamientos los que obliga la transición política, así como las nuevas hegemonías políticas. No es una historia de la cultura española, ya que para ser eso faltarían muchas cosas, sino y más bien un repaso a los “mandarines” culturales de estos años, los cuales son presentados como gente extraordinariamente voluble y centrándose especialmente en quien considera el mayor espécimen de intelectual full que está en todas las movidas y procesiones, sin disponer de una mínima obra presentable y digna de este nombre, como es Jesús Aguirre (“el cura”). Alguien que pasó de confesor de colegios mayores y de conspiraciones varias digamos que en el campo de la izquierda, a ser el Duque de Alba consorte. Una deriva social e intelectual difícil de explicar más allá de la ambición y las ganas de figurar. El libro vale la pena, pero que nadie espere un trabajo riguroso y hecho desde la neutralidad. Es un “ajuste de cuentas” que quien conozca a Morán no le sorprenderá en nada. Está cargado de fobias contra casi todos, y unas pocas filias, en realidad muy pocas. Gregorio Morán en estado puro. Inteligente, descalificador, hipercrítico, con mucha cultura y conocimiento detrás, aunque no le haría falta hacer de ella tanta ostentación. Libro algo reiterativo, al menos para mi gusto, ya que se habría podido explicar lo mismo sin unos cientos de páginas que son sobrantes. La malquerencia, sin embargo, necesita de espacio para poder ser recreativa. La prosa es también un poco pesada, recargada y algo barroca. De todos modos, ha valido plenamente la pena su lectura.

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