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Aval

Definitivamente, a la gente nos gusta ser engañados. En política, damos por buenas propuestas que sabemos que no se cumplirán y nos adherimos al primer charlatán que sabe conectar con nuestros malestares prometiéndonos la redención, aunque intuyamos que es poco más que un decorado de cartón-piedra. No sé muy bien porqué, pero la figura del estafador nos atrae, nos acaba por resultar simpática y le compramos el relato embaucador, aunque todo apunte a que es pura bisutería. Da igual, queremos creernos la historia que se nos cuenta, aunque sea poco más que papel mojado envuelto en purpurina. No hablo ahora de política, al menos no de la misma en el sentido literal del término. Me viene a la cabeza esta reflexión raíz del asalto al FC Barcelona que han perpetrado Joan Laporta y su camarilla, sea dicho de paso, por medio de unas elecciones y, hay que diría, de forma completamente democrática. Desde el primer día que anunció que quería repetir presidencia, ha contado con muchos medios para hacerse notar y proyectarse, con el apoyo incondicional y acrítico de buena parte del periodismo deportivo, de las inflamadas huestes independentistas, practicando una exitosa estrategia comunicativa digna de cualquiera de los movimientos populistas que campan por Europa. Ha obviado, y nadie le ha hecho reproche, de su historial en el club con despilfarros ostentosos de nuevo rico, uso de jets privados, los negocios particulares con la hija del dictador de Uzbekistán utilizando jugadores del equipo, movimientos de dinero con fichajes difíciles de explicar o, también, el derrumbe del Reus Deportivo después de su paso por él. Ha sabido conectar con la tendencia a la melancolía del aficionado azulgrana abstraído aún con «el mejor Barça de la historia» que se asocia a la época de Laporta y de Guardiola. Se podría recordar, pero creo que nadie lo quiere, que aquellos éxitos tuvieron que ver con una generación irrepetible de jugadores con gran talento y que la opción Guardiola fue la tercera después de que dijeran que NO apuestas prevalentes como la de José Mourinho.

Due Diligence: el Barça hace públicos los excesos de la 'era Laporta' -  EcoDiario.es

Con Laporta y su séquito, el socio barcelonista, más bien conservador y de una cierta edad que podría inducir a pensar erróneamente que sería más dado a la prudencia, se asegura mucha sobreactuación, declaraciones testosterónicas, un subido tono patriótico y una gestión económica que, probablemente, acabará entre mal y muy mal. El adulto del grupo en estos temas, Jaume Giró, se ha largado antes de empezar y quién lo sustituye es un nuevo rico que ha decidido «comprarse» el cargo haciendo una aportación al aval que necesitaba Laporta. Muy tranquilizador. Y es que el tema de cómo se ha llevado la cuestión del preceptivo aval de la nueva Junta directiva debería haber encendido las alarmas incluso a los más conformistas y no digamos de un periodismo deportivo que sigue sin decir nada, en un acto de complicidad que justamente no les correspondería. Según la ley del deporte, las directivas deben aportar en los clubes deportivos avales por valor del 15% del presupuesto. En este caso 125 millones de euros. Sorprende que la noche de la victoria no lo tuvieran ni siquiera apalabrado. Creyeron que, en caso de ganar, alguien lo pondría y, sobre todo, convertirían en un problema del club algo que le correspondía a Laporta y su corte. El Banco de Sabadell, prevenido, sólo puso 30 millones y aún con los consiguientes contravales pertinentes con el patrimonio de los miembros de la Junta. Es aquí donde aparecen avalistas de última hora que actúan como si compraran participaciones de una sociedad que se llama «Barça», exigiendo no contrapartidas de los avalados, sino del club el cuál además pagará los intereses pertinentes de esta aportación tan «desinteresada». Jaume Roures, ya sabemos cómo se lo cobrará. Dentro de no mucho se le entregarán los derechos televisivos y supongo que, como ha hecho en Francia, sencillamente no los pagará. Todo ello en un club en horas bajas: 1.100 millones de deuda, 850 millones de ellos a corto plazo; un fondo de maniobra negativo de 700 millones y el campo de juego para rehabilitar o hacerlo nuevo, además de tener que renovar una plantilla de valor muy deteriorado. A 30 de junio, las cifras serán de quiebra y alguien podría instar el concurso de acreedores. Entonces es cuando aparecerá algún fondo de inversión salvador, que probablemente ya está conectado y trabajando en el tema, y ​​ el “més que un club” terminará en manos de una sociedad anónima. Nadie se acordará ya del «socio», como decía siempre el expresidente Núñez. Al ser un tema pasional, la afición futbolística lo aguantará todo y, puede ser, que se encuentre la manera de culpar a los de fuera. Quizás nos lo merecemos. Hemos hecho todo lo posible para que nos tomen el pelo y se nos rían en la misma cara. Con estas apuestas que hacemos, ¿qué puede salir mal?

Gambito de dama

El tablero político español en pocos días ha saltado por los aires. A pesar de que los discursos iban cogiendo un tono cada vez más agresivo y polarizado, la coalición gubernamental y la mayoría parlamentaria sobre la que se sustenta parecían no tener revuelo más allá de la estrategia de tensión constante de la cuerda por parte de Pablo Iglesias, el grado de inestabilidad inherente a la dinámica política catalana y las salidas de tono verbal de una derecha compitiendo para ser cada vez más extrema. Justamente, han sido las estrategias en competencia de la derecha las que han terminado por dinamitar el estatus quo y convertir así la batalla de Madrid en el gran campo de combate de la política española en los próximos meses y, quien sabe, si años. Ciudadanos ha sido el eslabón débil y desencadenante del conflicto. Fracasada la estrategia de Albert Ribera de sustituir al PP como referencia de derechas, de hacer un quimérico sorpasso, el decaimiento de los resultados y los intentos de volver hacia el centro el partido por parte de Inés Arrimadas, han implosionado su organización y los populares han salido a la compra del diputado para acelerar la derrota. Aparte del espectáculo lamentable de la exhibición de la parte más sórdida de la política, la posible desaparición de Ciudadanos no hará sino acentuar la polarización en la dinámica política española. El Partido Popular sólo podrá contar con Vox, partido con el que irá tomando semblanzas especialmente en el tono, mientras el PSOE no dispondrá de ningún socio alternativo al que tiene ahora. Bloques sólidamente configurados y confrontación que no dejará espacio a matices ni a la sofisticación verbal. La política española se catalaniza, pero no en el sentido regeneracionista en que se utilizaba este concepto en la época de la Restauración del siglo XIX, sino de caótico, de opereta, fantasioso y fracturador que hemos vivido en la política catalana, como mínimo, en la última década.

Crítica de Gambito de dama, con Anya Taylor-Joy más desafiante que nunca -  HobbyConsolas Entretenimiento

De hecho, Madrid se ha erigido como el gran baluarte de la nueva derecha española para desgastar y confrontarse con el gobierno de Pedro Sánchez y con cualquier planteamiento progresista que se les ponga por delante. Un gobierno madrileño de derecha pura y dura que ha seguido una estrategia de conflicto constante y sin miramientos, utilizando la pandemia para convertir las mentiras, las medias verdades y las invenciones en la base de un relato apocalíptico sobre la situación española. El inefable Miguel Ángel Rodríguez, jefe de comunicación del Aznar más duro, encontró en el perfil de Isabel Díaz Ayuso la persona adecuada para llevar a cabo una deriva populista de manual, emulando al que seguro son sus referentes como el norteamericano Steve Bannon o bien el británico Dominic Cummings. Su repentina y sorprendente convocatoria de elecciones fue un gesto muy teatral, pensado y, extrañamente, inesperado por sus contrincantes. El movimiento de fichas, a derecha e izquierda, es ahora enorme y, como en toda partida de ajedrez, resulta un desplazamiento con múltiples e inesperadas salidas. Subordina a Pablo Casado, que decía querer ir hacia el centro, a su estrategia populista, bronca e iliberal, pretendiendo sustituirlo como líder referente hacia el futuro. Provoca un movimiento atrevido pero inevitable de Pablo Iglesias de cara a evitar que su formación sea irrelevante, lo que satisface al PSOE ya que se deshace de una figura demasiado dada a la sobreactuación. Pero, sobre todo, minimiza la política catalana y la estrategia independentista de marcar la agenda política española. El personaje Díaz Ayuso, que ya se ha ganado las siglas IDA como propias, es un personaje singular y sólo comprensible como líder político en los kafkianos tiempos que corren. Su experiencia política no va más allá de haber llevado las redes sociales de Esperanza Aguirre, y entre ellas la cuenta de twitter de «Pecas», el perro de la anterior presidenta. No tiene ningún problema con blandir públicamente una inmensa ignorancia que lo abarca casi todo. Aparentemente frágil y de mirada inquietante, es una especie de combinación entre el derechismo iluminado de Sarah Palin del Tea Party y del tacticismo imprevisible y dado a la performance de Carles Puigdemont. Son tiempos en que el simplismo combinado con el descaro ayuda bastante a triunfar en una política que ya es poco más que un parque de atracciones de las emociones.

A los youtubers les gusta Andorra

Últimamente ha habido un cierto debate raíz de la «fuga» a Andorra del Rubius y algunos otros nuevos ricos hechos a la sombra de los negocios de internet, los cuales han tirado del argumentario individualista y egoísta más rancio de cara a justificar de manera insolente el no pagar impuestos, con el contrapunto muy digno de Ibai Llanos. Que los ídolos adolescentes hagan bandera de escaquearse de contribuir dice muy poco de ellos, pero resulta muy preocupante por la cultura que abonan.

De hecho, el debate sobre la cuestión fiscal y tributaria se produzca de manera siempre parcial, sesgada, mal planteada y confusa. Sin duda una manera interesada de hacerlo, para evitar que la ciudadanía pueda hacerse una composición de su trascendencia. También llama la atención la poca importancia que se da al tema en el debate político. No ocupa como debería la centralidad, e incluso las izquierdas de vocación transformadora, rehúyen hablar explícitamente del tema más allá de los lugares comunes habituales de perseguir el fraude fiscal como mecanismo de aumento de la recaudación. No entran, ya sea por miedo o por desconocimiento, a plantear el debate tributario en parámetros algo más allá del sí «subir o bajar» impuestos de manera genérica, que es la primera gran fórmula para generar desconcierto sobre el tema. No se entra en las diferencias de naturaleza entre los diversos tipos de impuestos y sus efectos correctores de la desigualdad o precisamente estimuladores de ella. Se considera la cuestión tributaria como una materia «técnica» que incumbe a «expertos» fiscalistas, como si detrás de cualquier normativa no hubiera un ineludible sesgo ideológico y político.

Con tantos años de propagandismo liberal, de individualismo extremo, gran parte de la ciudadanía ha interiorizado el concepto de la fiscalidad ligado a el de la «confiscación» que tanto vilipendian los ultraliberales. No se entiende la contribución tributaria como una acción necesaria y que revierte en el bienestar común y al sostenimiento de mismo concepto de sociedad, sino como una apropiación que el Estado malgasta. La misma contabilidad empresarial, no sitúa la tributación en el ámbito de los costes, sino como algo que recorta a posteriori el epígrafe de los beneficios. Nada es neutro. Los gobernantes y los que pretenden serlo, tratan a menudo la falta de rigor en la aplicación de las normativas fiscales, el porqué unos pagan religiosamente y otros no, como un descontrol inevitable debido a la complejidad del tema. Sorprende como el que para las rentas del trabajo resulta inexorable, para las rentas de capital se plantee como una cuestión de mentalización y de responsabilidad. Nadie explica, ni se explica por qué en algunos ámbitos de tributación de los tipos nominales y los tipos medios de liquidación real divergen tanto. La normativa fiscal es claramente ideológica en favor de una sociedad poco equitativa, pero además las legislaciones son tramposas y tienen múltiples vías de elusión y de fraude fiscal. Son multitud los legisladores fiscales que se contratan luego como expertos fiscalistas que las corporaciones pagan generosamente para que los ayuden en su planificación fiscal agresiva. Es el rentable mundo de las puertas giratorias.

fraude fiscal – @FerranMartín

En la misma línea de las maniobras de confusión con relación a la cuestión fiscal, está el de los paraísos fiscales. Se plantea su existencia como un imponderable inevitable debido a que algunos pequeños estados poco solidarios se dedican a esta actividad y sobre los que no se puede actuar. No se explica, que los paraísos fiscales justamente nacieron y se han desarrollado como el reverso necesario del propio sistema económico, de cómo los refugios fiscales son instrumentos absolutamente interrelacionados con la gran banca y los grandes centros financieros como la City de Londres, o como Wall Street. El mundo offshore no es el ultramundo de la delincuencia internacional, son instrumentos establecidos, especializados e interrelacionados con toda la economía y las finanzas internacionales. Los paraísos, como el fraude fiscal, no son una excrecencia, un accidente o una anomalía, forman una parte sustancial de los movimientos económicos internacionales, así como el principal mecanismo de la gran acumulación de capital en unas cada vez más pocas manos. Los Estados subsisten concentrado su presión tributaria hacia unos trabajadores cada vez menos numerosos y con peores niveles salariales. A nadie parece interesarle la falta de equidad fiscal, o al menos de plantear la cuestión en sus justos términos. Habría que devolver, o contextualizar, el debate tributario en el ámbito de la política y sobre todo situarlo en su consideración ideológica central sobre el tipo de sociedad que queremos y a la que aspiramos. Sería bueno recordar que, aunque pueda parecer reduccionista, democracia es pagar impuestos; es el precio de la civilización.

El fracaso de la política

La política es más necesaria que nunca. No sólo debe ser una actividad apacible, aburridamente institucionalizada para épocas de estabilidad y bonanza. En momentos de mudanza y en tiempos críticos debería visualizar especialmente que este es el camino, y no hay otro, para encaminar la sociedad. Vivimos momentos convulsos y muy confusos. A nivel global, pero también y especialmente, a nivel local. Conflictos enconados y fuera de control que manifiestan una cierta negación de la política. Un fracaso de la política por partida doble, afectada tanto por la pérdida de su centralidad y su intenso viaje hacia la ingravidez, así como el deterioro de sus expresiones institucionales, de sus organizaciones partidarias y de sus líderes. Estamos en una sociedad donde la ciudadanía ha visto desdibujar esta condición fundamentalmente «política», por la de consumidores compulsivos, desengañados y indiferentes. La dimensión de la crisis actual tiene, lógicamente, connotaciones sanitarias, económicas y sociales de carácter estructural, pero también de ligereza política en el sentido de establecer bandos confrontados y un partidismo mal entendido. Se han roto o están en proceso de hacerlo todos los equilibrios imprescindibles para una estabilidad mínima y necesaria. Se han extraviado por el camino valores fundamentales que habrían asegurado la convivencia y la cohesión. Hay futuro, lógicamente, y no deberíamos caer en tentaciones derrotistas ni apocalípticas. Pero son tiempos de falsos apóstoles, de referencias escasas y de liderazgos débiles. En épocas de confusión, el principal peligro, nuestra principal debilidad, como ya señalaba Antonio Gramsci en sus escritos de juventud, es la indiferencia.

Habría que recuperar algunos valores y hábitos que eran inherentes a la cultura democrática, y que su vaciado de las últimas décadas les ha hecho caer en un relativo desuso. Sociedades libres y con ciertos niveles de bienestar y de cohesión social o nos las proporcionamos a través de la revitalización del sistema democrático o, sencillamente, nos abocamos al caos y en el «no hay salida». Reasumir la libertad individual y colectiva como valor supremo no estaría mal, porque existe la posibilidad de que la demos por hecha, cuando en realidad es una conquista que hay que defender cada día contra sus detractores, que los hay y muchos. Como también, deberíamos asumir el conflicto de intereses y los puntos de vista diferentes como algo consustancial en individuos que vivimos de manera agrupada. Habría que aceptar la pluralidad, la diversidad no tanto como un problema y más como un valor, como una riqueza. El debate puede resultar apasionado, pero el respeto y la tolerancia deberían ser líneas rojas infranqueables. La discusión, el intento de convencer, encontrar puntos en común en la discordia es mucho más fácil cuando se explicitan claramente los planteamientos ideológicos. Bueno sería recuperar el concepto de «ideología» como algo positivo, no como una enfermedad peligrosa o como una antigualla de la que deshacerse. La ideología remite a un sistema de valores, a una forma más o menos ordenada de entender y explicarse el mundo, una estructura mental no en la que cerrarse, sino desde la que pensar. Como sería todo mucho más fácil si la discusión política se pudiera realizar sobre proyectos políticos también específicos y concretos, no sobre elementos de propaganda o pulsiones tribales que sólo inducen a la confusión y al desengaño.

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Habría que renovar y revitalizar las instituciones políticas. Que nos permitan abandonar esa sensación de estar ante instrumento viejos, en teatros o catedrales donde se representan obras antiguas de poco interés o en franca decadencia. Las instituciones son símbolos en la democracia, pero también sus pilares efectivos. La renovación de formas y contenidos parece indispensable, como dotarlas de mayor eficacia y de capacidad de identificación. Toda sociedad, toda cultura tiene necesidad de renovar, de vez en cuando, sus rituales. Cuando los ceremoniales nos parecen ridículos tendemos a abandonar la creencia. Parece insólito que en un mundo donde la hemos cambiado casi todo de arriba abajo, algunas cosas parezcan inmutables. Las sesiones parlamentarias, tal como están concebidas y se desarrollan, parecen diseñadas por los enemigos de la democracia, y no digamos los actos oficiales de la jefatura del Estado, más propios de monarquías absolutas o de repúblicas bananeras. La seriedad, el respeto, la importancia poco o nada tienen que ver con formas impostadas y engoladas. Más de fondo que de forma, es el hecho de que la división de poderes del Estado no sea una mera caricatura, especialmente en cuanto al poder judicial. La famosa «independencia» de este poder debería ser algo más que un apelativo sin contenido que se acuñó y proviene del fondo de los tiempos.

La libertad de expresión como excusa

Parece que en Cataluña nos ha dado para normalizar la violencia. Gente organizada, convenientemente promovida y con buena cobertura mediática crea escenas dantescas y de pánico en las calles, con profusión de quema de mobiliario urbano, destrozos de comercios y espacios públicos y ataques inusitados y feroces hacia una policía que por no contar no tiene ni el apoyo de sus jefes políticos. Llama la atención el grado de vandalismo, pero aún más la justificación y legitimación que hacen, en Cataluña, los líderes independentistas, así como la «brunete mediática» local, dispuesta a bendecir todo conflicto y caos en nombre de poner en jaque el sistema político español y cargarse de razones de cara al gran objetivo de la separación. Las imágenes de estos días recuerdan muchos episodios reiterados los últimos años, con jóvenes y no tan jóvenes impelidos a la violencia para demostrar que «las calles serán siempre nuestras». El contexto lo facilita. Presidentes que gritan «¡apretad!» y políticos que afirman cínicamente que quemar contenedores, atacar la policía o hacer barricadas no es violencia, sino «autodefensa». Resulta irresponsable estar en el gobierno y al mismo tiempo afirmar que no hay ley ni autoridad que valga. Los mismos que dirigen (es un decir) los Mossos d’Esquadra. Todo ello, la muestra de la degradación del país y de la ruptura con cualquier atisbo de sentido de la realidad, la moderación o la decencia. La violencia no es nunca justificable y, en todo caso, se puede entender que sea inevitable y se produzca cuando se sufren situaciones muy extremas. No es ni mucho menos el caso. Quién protagoniza los disturbios con impunidad política y social no son la gente con penurias y problemas económicos y de pobreza serios. No son los excluidos, que los hay y muchos en Cataluña, sino clases medias que, una vez abandonado ningún sentido de las proporciones y de los límites, se divierten, viven una aventura nocturna haciéndose multitud de fotografías para presumir ante los amigos. Esto es una fiesta. Por el camino dejamos la credibilidad de país, trituramos aún más la sociedad y nos instalamos en un desgobierno que lo que hace es jugar muy a favor de lo que justamente dicen combatir. Manifestarse es un derecho; no usar la violencia, una exigencia y una obligación democrática. Culpar a la policía del desbarajuste organizado, una insensatez.

Una reforma innecesaria para frenar el vandalismo | Vida & Artes | EL PAÍS

La libertad de expresión es algo muy serio. Un aspecto clave de los sistemas y la cultura democrática. No cabe banalizarla y menos crear falsos mitos que no soportan ni una mirada superficial. La libertad de expresión es absolutamente contraria al discurso del odio y de la apología de la violencia y del terrorismo. Esta línea roja que no se debería atravesar y está establecida en todas las sociedades democráticas. Cuando más exigente y escrupuloso se es en la defensa de la libertad de opinión, más estricto se acostumbra a ser en no admitir las llamadas a practicar crueldad o la vindicación de la confrontación. Una cosa es condición para la otra. En los países serios, este límite está presente en el código penal justamente para evitar que se pueda incitar y practicar una violencia que lo que hace es inducir a callar, a no poder expresarse libremente, a muchos ciudadanos. Resultan bastante elocuentes las entrevistas en caliente a elementos que estos días protagonizan los disturbios en la calle. Los más prolíficos y expansivos afirman estar porque «han encarcelado a alguien por cantar canciones» o que «España es una dictadura». Una prueba de que, entre otras muchas cosas, no funciona muy bien en este país el sistema educativo. Ya no digamos la defensa de la libertad que hacen aquellos que intentan incendiar la redacción de un diario, atacan periodistas o saquean las tiendas de marcas del Paseo de Gracia. Al final, gente utilizada por aquellos creadores de contexto que ahora quieren caos porque creen que les resulta rentable políticamente. Aquí por unas razones y por una gente y en Madrid por otros argumentos y diferentes finalidades. Nos haremos daño, mucho daño. Preocupa especialmente el relativismo moral de una parte de la sociedad que acepta esto de manera benevolente y justificatoria, que lo legitima, pero resulta aún más indignante cuando se azuza desde consejerías de la Generalitat o desde vicepresidencias del Gobierno de España. Esto debería inhabilitar para gobernar.

Quizá sería hora de gobernar

Las elecciones del domingo en Cataluña no han resuelto nada, al menos de manera concluyente, pero han evidenciado poderosos movimientos de fondo. El efecto Illa le ha funcionado al PSC, pero de momento es una victoria moral más que un cambio de paradigma fáctico. Medido en los tradicionales conceptos «processistes», la suma independentista puede hacer valer la mayoría, tal vez incluso conformar un Gobierno, pero difícilmente gobernará. Esto es algo muy diferente. La legislatura se terminó hace un año (presidente Torra dixit) por que los dos socios de coalición no se soportaban, se peleaban y confrontaban varias veces cada día. El desgobierno ha sido notorio y especialmente lamentable teniendo en cuenta los tiempos de pandemia. Ahora, los mismos, dicen que harán gobierno y que además será fuerte y estable. Se ve que para que esto sea posible incorporarán a la CUP que, como es sabido, es un tradicional partido estabilizador de sistemas. Las pretensiones políticas de unos y otros, especialmente en el terreno económico tienen tanta similitud como los huevos con las castañas. No hay que tener una gran imaginación para ver que, para Waterloo, lo que menos interesa es un gobierno efectivo y estable cuyo beneficiario sería ERC y a ellos se los condene al olvido. Laura Borràs irá doblando la apuesta para hacer las cosas imposibles y forzar unas nuevas elecciones que, entienden, podrían ganar una vez liquidado el PDCAT. Este es el cálculo y este es el relato. Otra cosa es que no se pueden permitir quedar como los que imposibilitan un gobierno independentista, porque lo pagarían en las urnas. La piel de este tipo de elector se ha demostrado muy fina. Tienen a ERC subyugada y en sus manos, en campaña se incorporaron a su estrategia y marco mental (mantenimiento estricto del bloque y cordón sanitario a los socialistas). ERC parece no haber entendido que siempre irá un paso atrás en la radicalidad, que tiene la batalla perdida. 

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Hay otra posibilidad, que es el de hacer un gobierno de izquierdas. Aunque esto pueda ser muy importante de cara a las políticas a implantar, lo es más que significaría romper la infernal y castradora lógica de los bloques y de la confrontación. El PSC y los Comunes han hecho su parte de este trabajo de desescalar el conflicto. Han propuesto en campaña, justamente y a pesar de los improperios que se les ha dedicado, superar el callejón sin salida de la melancolía y dotar al país de un gobierno transversal, fuerte, que busque puntos de encuentro, de consenso y acuerdo, para responder a lo que la sociedad catalana requiere ahora mismo. Pareciera que esto era posible hace unos meses o tan sólo unas semanas. En los últimos días de campaña a Esquerra le temblaron las piernas y los temores a la derrota le hicieron virar la estrategia y comprar el marco mental de la unilateralidad y de la polarización al que los llamaba el independentismo más recalentado del «lo volveremos a hacer «. Les ha servido para vencer en el combate interno del independentismo, lo que pasa es que el precio ha sido comprar el producto del adversario y perder centralidad y capacidad política. A veces el independentismo parece presentarse como una categoría por encima de la realidad y de los conflictos de clase, como si el elemento identitario obedeciera a una pulsión mística y bondadosa que superara proyectos ideológicos y de sociedad contrapuestos. ERC, no es sólo que pueda elegir o bien a derecha o izquierda y de entrada elige derecha, sino que significa apostar por mantener el conflicto, la polaridad y la fractura del país. Pero también para mantener la inestabilidad y el desgobierno que es inherente a los planteamientos de JxCat o bien de la CUP. El tripartito de izquierdas no significaría sólo ocupar el gobierno, que es sólo a lo que puede aspirar la estrategia independentista monolítica. Gobernar es otra cosa. Y esto, ahora y aquí, pasa por un acuerdo con Illa y con Albiach. Se puede hacer decir lo que se quiera a los resultados electorales, lo cierto, sin embargo, es que el voto independentista ha pasado de 2 millones de votos a 1,3 y representar sólo un 26% del censo electoral. Se precisaría valentía y aceptar la realidad plural y diversa de Cataluña. Poner el país por delante de los miedos ancestrales a ser tachado de «traidor». El patriotismo, concepto complejo y de dudosa existencia, tiene mas que ver con la grandeza de espíritu y la generosidad que con la justificación de misérrimos intereses particulares.

Volver a la realidad

La sociedad catalana, o al menos una buena parte de ella, ha estado instalada durante años en una realidad imaginaria, en un mundo paralelo en el que, decían, compartíamos una identidad fuerte y unitaria y en el que buena parte del mundo estaba pendiente de nuestra lucha para constituir una república emancipada del dominio colonial de uno de los viejos estados europeos y así convertirnos en un estado nórdico a pesar de estar ubicados al borde de la mediterránea. Poco importaba que el país estuviera hecho de sentidos de pertenencia más diversos y variados, que se vulnerara toda noción del Estado de derecho o bien que lo último que le podía convenir a la Unión Europea fuera que se abrieran conflictos de soberanía dentro de sus estados constituyentes. El balance de tantos años de estar descentrados con relación a lo que era realmente importante es bastante evidente: declinación económica, retraso, pérdida de competitividad, la marca país deteriorada y ruptura de la convivencia y cohesión social imprescindible. Si el fracaso político de tal aventura es bastante evidente no habiéndose logrado ninguno de los románticos objetivos que se nos decía teníamos a mano, la desorientación que sufre aquella parte de la sociedad que comulgó con estas ruedas de molino, a base de propaganda muy insistente y reiterada, es ahora total y absoluta. Hoy en día y a las puertas de unas elecciones, resulta sorprendente como ninguna de todas y cada una de las opciones independentistas reconoce haberse equivocado, plantea nada nuevo, no corrige el disparo, sino que pretende reiterar en el error y que sus antiguos electores los sigan en una aventura hacia la nada. En esto marca claramente el paso JxCat. Su candidata habla desde un mundo de fantasía donde se volverá a declarar la independencia, como si no fuera con ella los años de desgobierno que llevan a sus espaldas, la confrontación cainita con sus socios y la incapacidad manifiesta para dirigir y gestionar el país real. Hace unos días que el periodista Jordi Amat definió el imaginario de Laura Borràs como «mundo lisérgico». Al menos, lo parece. 

Resultat d'imatges per a "realidad paralela"

Es bastante evidente que la ciudadanía de Cataluña se juega mucho en estas elecciones del domingo. Se nos plantea la posibilidad de abandonar el «realismo mágico» y de recuperar la realidad positiva. Se puede optar entre una construcción fantasiosa o bien por el país realmente existente. Entre mantener aspiraciones siempre frustradas o afrontar las necesidades perentorias de nuestra sociedad. Esta es la verdadera confrontación política a estas alturas. Podemos recuperar el principio de realidad para afrontar y buscar soluciones a los problemas que tiene la gente y dar respuesta a los numerosísimos retos planteados en los ámbitos económicos, sociales, medioambientales y de la salud; o bien continuar girando en una noria con la que no es posible extraer ya agua mientras nos hundimos en el terreno del desengaño y nos recreamos en la melancolía. Deberíamos salir de esta situación varada, irreal e hipnótica en la que se nos ha situado y recuperar aquella noción de la política como la práctica del arte de lo posible, que hace suyo lo que resulta necesario y que no tiene la pretensión de salvarnos del alma. Ahora mismo quien representa el «retorno» a la sensatez es la candidatura del PSC, y quizás también la de los Comunes, aunque a veces parecen estos sufrir epifanías. Proyectos para la Cataluña concreta, cierta, fáctica, y que resultan inaplazables. Salvador Illa, además de un proyecto sólido y creíble para salir de la situación de bloqueo, aporta una actitud y una predisposición a superar la cultura de los bloques que resulta muy necesaria: no contribuir a la polarización, evitar el griterío, buscar elementos comunes y de posible consenso y, sobre todo, la voluntad de pasar página sin ningún tipo de revanchismo. Hay demasiados grupos políticos para los que el terreno de juego deseado es la confrontación y la pretenden continuar. Irresponsabilidad en grado superlativo. En esto coinciden tanto los independentistas como Ciudadanos, el PP o Vox; todos aquellos a los que el choque, el combate y la colisión abierta los alimenta y da sentido a su existencia. De hecho, se necesitan. Convendría que el domingo no nos confundieran falsas emocionalidades y cogiéramos billete para un tren que nos devuelva a la prosaica realidad. 

Economía de casino

Llevamos ya varias décadas viviendo peligrosamente. Desde los años noventa en los que se impuso la desregulación del sector financiero, este dejó de ser un instrumento al servicio der la economía para convertirse él mismo en un sector económico. Y no una actividad cualquiera, sino en la más importante y trascendente. Ligado a esto, el dinero dejó de ser un depositario de valor para convertirse en una mercancía con la que poder especular, mientras cualquier operación de crédito no hacía sino crearlo en abundancia. Quedó atrás la vieja noción de una economía productiva que era la base de la riqueza económica, constituida por actividades industriales o de servicios que creaban valor, con un sector financiero necesario para asegurar los flujos de dinero y los sistemas de pago pero que no añadía valor, a una realidad en la que no se trata de disponer de activos o crearlos, sino de utilizarlos como depositarios de apuestas. La riqueza financiera -que en realidad no es tal riqueza- rebasa en mucho el capital realmente existente. Si el PIB mundial, antes de la pandemia, era de 86 billones de dólares, el capital financiero era ya de 200 billones de dólares. Como se puede suponer y la crisis de 2008 lo hizo bien patente, los movimientos de este volumen de dinero generan burbujas especulativas sea cual sea la dirección que tome en cada momento. Los grandes gestores de fondos son ahora más determinantes para la economía mundial de lo que lo son los estados o incluso las grandes corporaciones empresariales. Cuando van de compras, se hacen con el dominio de sectores enteros de las economías de los países y fijan las condiciones. Las veinte mayores gestoras mueven 34 billones de dólares -para que nos entendamos, el doble del PIB de la Unión Europea- y Blackrock, que es el operador principal, juega con el equivalente a cuatro veces el PIB español.

Resultat d'imatges per a "economia de casino"

Justamente, las posiciones en España de Blackrock ilustran muy bien las maneras de actuar de estas compañías. Están convirtiendo, silenciosamente, algunos sectores como el bancario o el energético en un oligopolio. Participa en 21 empresas del Ibex-35 y es el mayor accionista individual de los bancos Santander, BBVA, Caixabank y Sabadell. En estas circunstancias, el concepto «competencia» queda francamente diluido. Precisamente, la estrategia de estos grupos consiste en esto, constituir de facto situaciones oligopolísticas en las que las empresas participadas acaban por concertar precios y condiciones bajo la consideración que competir no resulta eficiente. Hay unos perjudicados: los consumidores. Su inversión, además, es puramente funcional y en ningún caso a largo plazo. Priman lo que llaman la «creación de valor» para el accionista, es decir apuestan porque los gestores de las participadas prioricen el reforzar el valor bursátil de la compañía, recorriendo a menudo por ejemplo a la recompra de acciones. El objetivo está claramente marcado. Cuando se atraviesa el umbral de ciertas plusvalías, se abandona todo vendiendo y marchando para repetir la operación en otro lugar. En realidad, como explica muy bien el economista italiana Mariana Mazzucato, lo que hacen no es crear valor en las compañías, sino desarrollar un desvergonzado sistema de extraerlo. Estamos ante un capitalismo absolutamente financiarizado, sin ningún sentido de responsabilidad respecto a los efectos de las decisiones económicas que se toman. Quizás el ejemplo más extremo son los fondos de cobertura –hedge fund en la terminología inglesa al uso-, los cuales se hicieron tristemente famosos en el desencadenamiento de la crisis de 2008. Son para inversores a gran escala, desinhibidos y ambiciosos, que no se quieren contentar con tasas de beneficio moderadas. No aprendimos nada. Vuelven a mover entre 6 y 8 billones de dólares. Fondo buitres y agresivos que especulan con el empobrecimiento evidente de los demás. Operan en el que en la jerga se conocen como «posiciones a corto». Es decir, cogen en préstamo títulos de manera condicionada, vendiéndolos a precios elevados y recomprando a la baja. Apuestan a la caída del valor, haciendo una especie de profecía que inducirán a que se cumpla. Grandes apuestas, juego, riesgo y efectos demoledores. La economía queda lejos de eso, pero aún más la decencia, la ética o la moralidad.

Trump y Cataluña

Lo mejor que se puede decir de Donald Trump, es que finalmente ha dejado de ser presidente de los Estados Unidos. Se acabó la pesadilla, el inmenso peligro, de que alguien tan faltado de escrúpulos éticos y morales y tan desequilibrado emocionalmente estuviera delante de la gran potencia americana. Pero se va Trump, pero no el trumpisme, al menos a medio plazo. Ha dejado su país y la política internacional como un auténtico campo minado que costará de desactivar y superar. Sus incombustibles seguidores son millones en Estados Unidos, pero aún más en el resto del mundo. Su manera de entender y practicar la política ha impregnado la dinámica de muchos países y su populismo de derecha extrema, demagógico, sin complejos, autoritario, irracional y escasamente respetuoso con los valores democráticos ha sido incorporado por numerosos movimientos políticos de todo el mundo. Conducir los muchos malestares de la sociedad hacia relatos emocionales que plantean una polarización extrema es visto como una oportunidad de triunfo político por una multitud de aprovechados y demagogos de aquí y de allá. Reducción de los temas y problemas complejos en explicaciones simplistas para inducir a la acción a segmentos de la sociedad seducidos y abducidos por liderazgos que más que emancipación lo que les garantizan es conflicto y la fractura profunda de la sociedad. Crítica falsaria, abuso de la mentira y cinismo en grandes dosis es lo que ha utilizado Trump y utilizan unos populismos que acaban por reducir los valores sociales a un individualismo egoísta y una comunión puramente tribal. Una maquinaria activada y engrasada continuadamente por el recurso al espectáculo, los giros impensables, la práctica de numerosos performances, el desafío al Estado de derecho y la separación de poderes, la chulería y la incorrección política y lingüística. Líderes provenientes de élites económicas y sociales ejerciendo de marginales y alternativos, convertidos a tiempo parcial en provocadores, irreverentes y agitadores. Pretenden confundirse en un «pueblo» del que no han formado parte nunca. Ninguna noción de seriedad, responsabilidad y, aún menos, ninguna contención en nombre del sentido del ridículo.

Torra usa el vocabulario de Trump para insultar al Estado

En Cataluña, a pesar de no haber un trumpismo militante más allá de algunos casos particulares, conocemos bastante bien estas dinámicas de ruptura que ha practicado el presidente estadounidense. Las formas políticas iliberales han ocupado la última década el ámbito dominante de la política catalana. Voluntarismo, ficciones, enemigos imaginarios, emocionalidad, horizontes de grandeza, negación de la realidad, teatralidad, polarización extrema, conformación de enemigos, creencia frente de razón, desatención a la gestión… La política convertida en un serial de Netflix. De hecho, nada se parece más a un populismo que otro populismo. La lógica es siempre la misma. La fiesta final de Trump, el día de Reyes, promoviendo el asalto al Capitolio, ha alertado a mucha gente sobre la tendencia a superar límites y líneas rojas cuando los movimientos se desarrollan a partir de una mezcla de emociones y de ideas peligrosas. Mal momento para convocar elecciones. Se podrían hacer bastantes paralelismos con hechos ocurridos en Cataluña hace tres años. La sociedad catalana se ha visto con los recientes hechos americanos en un espejo ampliado. La constatación de que el insurreccionalismo, aunque sea de salón, lo carga el diablo y puede acabar derivando en grotesco y acercarse a situaciones trágicas. En cualquier intento de comparativa, resulta evidente el cambio de escala. Es obvio que no se puede hacer el mismo mal dirigiendo la primera potencia mundial que gestionando una comunidad autónoma. La dimensión es muy diferente, pero la pulsión subyacente es muy parecida. No se salía bien parado en la fotografía. Desconvocar elecciones cuando se tiene miedo de no ganarlas forma parte de esta cultura y esta manera de hacer en el que la democracia no son valores sino meramente un recurso a conveniencia. No parece importar el daño que se causaría alargando esta fase agónica de la política catalana. De hecho y en nombre de la pandemia los comicios se podrían ir desplazando en el tiempo y casi hasta el infinito. Ha dado miedo lo que significa incorporar al tablero de la política catalana a Salvador Illa y un PSC más activado, así como la sensación de que los números de magia, a base de reiterarlos, acaban porque una parte del público intuya los trucos. El único escenario que se les ocurre ahora es intentar ganar tiempo. Un tiempo que el país ya no tiene.

Se necesitan elecciones, porque se necesita gobierno

Cataluña hace tiempo que está sin Gobierno, demasiado. No es sólo que la interinidad post-Torra ya dura desde el mes de septiembre, que es un lapso muy grande y aún más en la situación excepcional que vivimos, sino que, de hecho, los temas que realmente afectan al bienestar de los ciudadanos, así como su futuro hace años que no se encuentran entre las prioridades de nuestros gobernantes. Cataluña se encuentra fracturada y dividida políticamente, socialmente sin expectativas y habiendo perdido dinamismo y mucho peso en el terreno económico. La declinación es larga y nadie del mainstream dominante parece dispuesto a hacer nada para invertir la tendencia. Hay un relato falsario que se sigue manteniendo, mientras el país se desangra entre tanta dejadez práctica. Hace años que no hay, en términos reales, un proyecto de país más allá de planteamientos idílicos y probablemente irreales. No hay políticas de desarrollo económico, no se invierte en reindustrialización y los esfuerzos en innovación son muy escasos. Hemos perdido competitividad económica, lo fiamos todo a un sector turístico regresivo y Barcelona ha dejado de ser la ciudad referente del Mediterráneo. El mundo ya no nos mira. Carentes de inversión y con intentos privatizadores los servicios públicos están lejos de ser modélicos y de estar a la altura de un Estado de bienestar avanzado, mientras la desigualdad social progresa y las personas en zona de exclusión son cada vez más numerosas. La pandemia ha terminado por evidenciar nuestras vergüenzas. El problema no es tanto que no se haya gestionado de manera muy digna la emergencia sanitaria -en todas partes se han cometido errores-, sino que se haya optado primero por politizar de manera burda culpando de las impericias propias al Estado, para pasar después a un periodo, que llega hasta hoy, donde la prioridad es echarse pestes entre los socios de gobierno los cuales a las puertas de unas elecciones se muestran incapaces de tomar las medidas que la gravedad situación pide. Mucha sobreactuación, innumerables y larguísimas ruedas de prensa sin sentido, no transmitiendo mensajes claros a la ciudadanía. Posicionamientos y manifestaciones siempre en clave de dejar en evidencia a unos contrincantes que, cosas paradójicas, son sus socios de gobierno y sus compañeros de quimera.

El desgobierno de Cataluña – Crónica Popular

Se impone un cambio de ciclo, de cultura y de actitud. Probablemente, también, de gente. Se necesitan elecciones y, gane quien gane, el gobierno que salga de la correlación parlamentaria tome las riendas, cierre el largo periodo de dejadez y termine con este vacío de poder que resulta del todo insostenible. Probablemente, no sólo sería bueno sino necesario poder construir una mayoría la preocupación de la cual sean las políticas económicas y sociales, el bienestar de la mayoría, y se emprenda un camino de dinamización y se explicite una auténtica hoja de ruta hacia el futuro. Romper la dinámica de los bloques, pese a lo que se diga en campaña electoral, es aparentemente el mejor camino para intentar recuperar una convivencia y cohesión hace tiempo perdida. Restablecer aquel viejo eslogan de «Cataluña, un solo pueblo» que ahora nos suena muy lejano, casi una entelequia. Las elecciones, pues, son la puerta de entrada de una nueva época política y social en Cataluña, no hay otra. Retrasarlas significa alargar la agonía. Deberían simbolizar no tanto un cambio de siglas, como de actitudes y predisposiciones. La pandemia no debería ni puede ser la excusa. Se podrían celebrar con todas las garantías sanitarias, como con ellas seguimos yendo cada día a trabajar o de compras. Justamente porque estamos en una situación excepcional que requiere un gobierno fuerte que no tenemos, resultaría ineludible no posponer algo que es necesario e inaplazable. Hasta hace muy poco, la mayor parte del arco parlamentario lo compartía. El golpe en la mesa que ha dado el PSC con la candidatura de Salvador Illa, la superación de la estrategia del perfil bajo que había practicado, hace que ahora algunos partidos hayan querido aplazar los comicios, ganar tiempo y ver si, mientras tanto, desgastan el candidato socialista. Una vez más el cálculo electoralista por delante de lo necesario. Tengo la sensación de que una buena parte de la ciudadanía, independentista o no, empieza a estar un poco harta de todo esto. Podría darse el caso de que, el tiempo ganado, se les pudiera hacer muy largo a algunos que creen que les juega a su favor.