El fracaso de la política

La política es más necesaria que nunca. No sólo debe ser una actividad apacible, aburridamente institucionalizada para épocas de estabilidad y bonanza. En momentos de mudanza y en tiempos críticos debería visualizar especialmente que este es el camino, y no hay otro, para encaminar la sociedad. Vivimos momentos convulsos y muy confusos. A nivel global, pero también y especialmente, a nivel local. Conflictos enconados y fuera de control que manifiestan una cierta negación de la política. Un fracaso de la política por partida doble, afectada tanto por la pérdida de su centralidad y su intenso viaje hacia la ingravidez, así como el deterioro de sus expresiones institucionales, de sus organizaciones partidarias y de sus líderes. Estamos en una sociedad donde la ciudadanía ha visto desdibujar esta condición fundamentalmente “política”, por la de consumidores compulsivos, desengañados y indiferentes. La dimensión de la crisis actual tiene, lógicamente, connotaciones sanitarias, económicas y sociales de carácter estructural, pero también de ligereza política en el sentido de establecer bandos confrontados y un partidismo mal entendido. Se han roto o están en proceso de hacerlo todos los equilibrios imprescindibles para una estabilidad mínima y necesaria. Se han extraviado por el camino valores fundamentales que habrían asegurado la convivencia y la cohesión. Hay futuro, lógicamente, y no deberíamos caer en tentaciones derrotistas ni apocalípticas. Pero son tiempos de falsos apóstoles, de referencias escasas y de liderazgos débiles. En épocas de confusión, el principal peligro, nuestra principal debilidad, como ya señalaba Antonio Gramsci en sus escritos de juventud, es la indiferencia.

Habría que recuperar algunos valores y hábitos que eran inherentes a la cultura democrática, y que su vaciado de las últimas décadas les ha hecho caer en un relativo desuso. Sociedades libres y con ciertos niveles de bienestar y de cohesión social o nos las proporcionamos a través de la revitalización del sistema democrático o, sencillamente, nos abocamos al caos y en el “no hay salida”. Reasumir la libertad individual y colectiva como valor supremo no estaría mal, porque existe la posibilidad de que la demos por hecha, cuando en realidad es una conquista que hay que defender cada día contra sus detractores, que los hay y muchos. Como también, deberíamos asumir el conflicto de intereses y los puntos de vista diferentes como algo consustancial en individuos que vivimos de manera agrupada. Habría que aceptar la pluralidad, la diversidad no tanto como un problema y más como un valor, como una riqueza. El debate puede resultar apasionado, pero el respeto y la tolerancia deberían ser líneas rojas infranqueables. La discusión, el intento de convencer, encontrar puntos en común en la discordia es mucho más fácil cuando se explicitan claramente los planteamientos ideológicos. Bueno sería recuperar el concepto de “ideología” como algo positivo, no como una enfermedad peligrosa o como una antigualla de la que deshacerse. La ideología remite a un sistema de valores, a una forma más o menos ordenada de entender y explicarse el mundo, una estructura mental no en la que cerrarse, sino desde la que pensar. Como sería todo mucho más fácil si la discusión política se pudiera realizar sobre proyectos políticos también específicos y concretos, no sobre elementos de propaganda o pulsiones tribales que sólo inducen a la confusión y al desengaño.

Forges | Humor grafico, Chistes de forges, El humor

Habría que renovar y revitalizar las instituciones políticas. Que nos permitan abandonar esa sensación de estar ante instrumento viejos, en teatros o catedrales donde se representan obras antiguas de poco interés o en franca decadencia. Las instituciones son símbolos en la democracia, pero también sus pilares efectivos. La renovación de formas y contenidos parece indispensable, como dotarlas de mayor eficacia y de capacidad de identificación. Toda sociedad, toda cultura tiene necesidad de renovar, de vez en cuando, sus rituales. Cuando los ceremoniales nos parecen ridículos tendemos a abandonar la creencia. Parece insólito que en un mundo donde la hemos cambiado casi todo de arriba abajo, algunas cosas parezcan inmutables. Las sesiones parlamentarias, tal como están concebidas y se desarrollan, parecen diseñadas por los enemigos de la democracia, y no digamos los actos oficiales de la jefatura del Estado, más propios de monarquías absolutas o de repúblicas bananeras. La seriedad, el respeto, la importancia poco o nada tienen que ver con formas impostadas y engoladas. Más de fondo que de forma, es el hecho de que la división de poderes del Estado no sea una mera caricatura, especialmente en cuanto al poder judicial. La famosa “independencia” de este poder debería ser algo más que un apelativo sin contenido que se acuñó y proviene del fondo de los tiempos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s