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Tipos de interés

Las economías occidentales sufren procesos inflacionarios desbocados que, donde más donde menos, se acercan al 10% en la tasa interanual. Una mala dinámica. El resultado de un aumento de continuado de precios que devalúa salarios, ahorros y activos. En definitiva, nos hace progresivamente más pobres. Una de las preocupaciones siempre fundamentales de los gobernantes. Limita la estabilidad económica y la confianza de los inversores, así como la capacidad de los consumidores. Sobre todo, empobrece a los más débiles. Si la tasa anual no sobrepasa el 2% no sólo no es preocupante, sino que se considera saludable y activadora, pero a partir de ahí todo son problemas. Aumentar los tipos de interés para frenar la dinámica alcista de los precios es una solución tradicional, aunque con notorios riesgos. Lo ha hecho la Reserva Federal estadounidense dos veces estos últimos meses y de forma bastante contundente hasta llegar a tipos del 2,5%. Hay quien dice que el Banco Central Europeo, que lo hizo la semana pasada un 0,75%, va tarde y de forma demasiado modesta. No hay una varita mágica. Si estiras la sábana para tapar la cabeza, probablemente acabes por destapar los pies. Porque ese es el problema.

Las economías occidentales después de casi dos años de recesión económica provocada por la pandemia llevaban varios meses de una reactivación muy interesante, con crecimiento de la inversión, la producción y el consumo, y evidente disminución del paro. Los cuellos de botella logísticos de componentes y materias primas creaban algunas dificultades, pero los efectos de la invasión rusa de Ucrania están resultando letales. Faltan algunas materias, pero sobre todo se produce encarecimiento de productos básicos. Así, el mundo occidental no tiene un problema de calentamiento de su economía por exceso de consumo, sino sobre todo por la contracción de la oferta ya que la dinámica de funcionamiento global de la economía se ha encontrado con obstáculos más o menos inesperados. Aunque necesaria, la intervención de los bancos centrales conlleva el riesgo de generar recesión económica, que las economías dejen de crecer. Por el momento, el aumento de los costes financieros impacta directamente a las empresas y las familias de forma negativa. Todo depende del grado de apalancamiento que se tenga. Las hipotecas con interés variable -que son las tres cuartas partes de los 6,5 millones que hay contratadas en España- notarán inmediatamente la subida del precio del dinero. En contrapartida, los ahorros se verán más remunerados. Las oscuras perspectivas, probablemente frenarán la disminución del paro y, puede que, incluso repunte.

Existe otro aspecto que es el efecto que todo esto tiene en las economías públicas. Los estados salen muy endeudados de la pandemia. Han tenido que responder a su impacto multiplicando acciones y, por tanto, mayor gasto público. Los déficits continuados han reforzado una deuda pública que mayoritariamente tiene un volumen similar o superior al PIB anual. Situación de natural compleja, que ahora empeora pues con la subida de los tipos de interés aumentan sus costes de financiación. En Europa donde a pesar de los esfuerzos unificadores de la Unión Europea conviven economías y endeudamientos estatales tan diversos, habrá que multiplicar las intervenciones del Banco Central para evitar lo que se llama la “fragmentación de mercados”, expresión que hace referencia a la posibilidad de que las primas de riesgo o diferenciales que deban pagarse por la financiación se dispersen mucho según las situaciones de cada uno. El principal punto débil es Italia. La combinatoria entre su extrema inestabilidad política y un endeudamiento del 150% del PIB puede resultar letal para el país, pero puede arrastrar a toda la UE, ya que es su tercera economía en importancia. Una crisis, la italiana, que evidencia la fragilidad de la Unión Europea y del propio concepto “Europa”, más allá de lo puramente económico. Se evitó en Francia una temible victoria de la extrema derecha y su euroescepticismo y posicionamiento pro-ruso que llevaba aparejado. En Italia la hegemonía de los grupos populistas parece ya incuestionable y la probable victoria electoral de Giorgia Meloni y sus Fratelli de Italia, puede resultar un durísimo golpe a las políticas y a la estabilidad de la Unión Europea. Un debilitamiento, el europeo, que hace años por el que afanan especialmente Rusia, pero también Estados Unidos.

Personas sin techo

Una asociación que trabaja para ayudar y atender a la gente que vive en la calle, acaba de realizar un censo completo en Barcelona. Nos hablan de 1.231 personas. Muchas, demasiadas. Más de mil historias y vidas que no tienen las condiciones para poder llamarla de esta manera. Afirman, que se ha doblado la cifra de los que existían antes de la crisis del 2008. La ciudad turistificada y emblema de la modernidad convive sin demasiados problemas con este drama, con esa falta total de respeto, consideración y dignidad que implica que alguien no disponga de un techo básico en el que desarrollar una existencia decente. No hay proyecto vital, perspectivas de futuro para la gente condenada a vivir al raso. El problema es que nos hemos acostumbrado demasiado a convivir con esa realidad. Cuando nos los cruzamos, miramos hacia otro lado para no tener mala conciencia y para que no se vea herida nuestra extrema sensibilidad. Su condición de total exclusión nos interpela y nos resulta más práctico ignorarlos. Sufren el extremo calor del verano, las noches frías del invierno, la falta de higiene, la escasa alimentación, la enfermedad y, lo que es mucho peor, nuestra indiferencia y la condena a una soledad absoluta mientras han de sobreponerse a sus fantasmas. A estas alturas, ya no cuentan ni con los cajeros automáticos de las oficinas bancarias, ya que las instituciones financieras se han ido volviendo invisibles en nuestras calles. No hay demostración de mayor fracaso de nuestra sociedad, de la capacidad de generar formas de exclusión múltiples hasta el extremo de aceptar la normalidad de personas abandonadas a su suerte en el portal de casa o junto a los contenedores de basura. Ciertamente hay entidades que se esfuerzan en paliar la situación de esta gente y, probablemente, sería demasiado simple e injusto acusar a los ayuntamientos y al resto de administraciones de dejadez o de inacción. Los servicios sociales, me consta que, donde más donde menos, realizan esfuerzos y habilitan albergues, comedores y zonas de acogida donde cubrir un mínimo sus necesidades. Pero resulta obvio que no es suficiente. Una evidencia más de las limitaciones de nuestra civilización y de la trituradora de posibilidades de vida plena en las que se ha convertido nuestro sistema económico y social.

No es un tema especialmente barcelonés. En todas nuestras ciudades existe una cuota de esta exclusión máxima. En España se calculan en más de 40.000 las personas que se encuentran en esta condición. En Europa, más allá de migrantes y refugiados, son varios millones. En el rico barrio de Manhattan te los puedes encontrar en cada esquina. Ciertamente el tema es complejo y las causas de tanta gente en esta situación son muy variadas y no todas ellas derivadas directamente de la exclusión económica. Problemas de alcoholismo y otras adicciones conviven con cuadros de enfermedades mentales muy diversas. También es cierto que, en su estado, muchos de ellos se niegan a recibir auxilio o acudir a comedores o dormitorios sociales. Pero a pesar de ser un tema con raíces muy estructurales y que es necesario preservar los derechos personales de todos ellos, moralmente no se puede aceptar. El abandono y la miseria extrema es algo que no debería ser posible en esa parte del mundo donde nos sobra de todo. No hablo de ser más compasivos, lo que de hecho no estaría mal, ni de impregnarnos de una especie de “buenismo” ligado a la caridad cristiana, ni tampoco de evitar el carácter antiestético, la pérdida de glamour, que a una ciudad de diseño le da gente durmiendo envuelta con cartones que nos recuerdan que más allá de nuestro bienestar, la autosatisfacción y nuestro narcisismo, existen otras vidas menos fáciles en nuestro entorno. Una sola persona abandonada a su suerte, por la razón que sea, debería increparnos y deberíamos encontrarlo intolerable e inaceptable. Nos deberíamos rebelar. No vale aquí el discurso de la libertad personal o el romanticismo malentendido de los “clochards” de París. Una sociedad que confunde la libertad con el individualismo y la competitividad exagerada resulta una colectividad dañina, ineficiente y enferma. Jugamos a que unos pocos ganadores se lo lleven todo: el reconocimiento, la gloria y el dinero. A partir de aquí sólo hay una gradación en escala de perdedores -aunque muchos no son conscientes de ello- ocupando los distintos niveles que van incorporando dosis mayores de exclusiones, frustraciones y formas de humillación. Hay al final un último eslabón que, de tan precario, ni siquiera nos damos cuenta de que lo pisamos cuando caminamos por la acera. Fracaso.

Reescritura del guión

Una de las grandezas de la política son los giros inesperados. Dinámicas que parecen imparables durante meses, de repente se frenan e incluso dan la vuelta. Todo depende de saber utilizar los tiempos y no sólo construir relatos adecuados, sino de ser capaces de tomar medidas que la ciudadanía entienda que son los que tocan y que no necesitan ser explicados de forma compleja con notas a pie de página. El debate de política general del Congreso de Diputados en Madrid nos ha dado esta semana una prueba bastante evidente de ello. La derecha lleva muchos meses instalada en crear la sensación de que la legislatura está acabada, que el gobierno de izquierdas está noqueado y en fase terminal. Con la colaboración con su casi infinito aparato mediático, han intentado generar el estado de ánimo de que todo ello es un desbarajuste y han activado el tono dantesco respecto de la crisis y su responsabilidad, así como la guerra cultural contra los planteamientos progresistas. Se ha obviado una razonable buena gestión de la pandemia, tanto en términos sanitarios como económicos, la consecución de fondos europeos extraordinarios para reactivar la economía y al mismo tiempo fomentar reformas estructurales. También se obvia que los efectos devastadores de la inflación son el resultado de un conflicto geopolítico que impacta en todo el mundo occidental y que lo fundamental no es señalar los efectos con el dedo, sino tomar medidas contundentes para reequilibrar unos costes y una factura que la inacción provoca que lo paguen sólo trabajadores y clases medias, mientras unos pocos aprovechen la situación y acumulen beneficios escandalosos.

Las medidas económicas anunciadas por Pedro Sánchez esta semana podrá decirse que debían tomarse antes o bien que aún deberían ser más drásticas, pero seguro que son pertinentes. Ayudas de verdad a quienes sufren el encarecimiento de precios y la devaluación de sus salarios y medidas fiscales excepcionales de cara a que la banca y las empresas eléctricas coticen por los “beneficios caídos del cielo” en esta crisis y que son el resultado de actuar de forma oligopolística injustificable para enriquecerse a expensas del empobrecimiento de la mayoría. Medidas similares se han tomado en muchos países europeos, gobiernen socialdemócratas o liberales. La recuperación de la iniciativa política por parte del gobierno era absolutamente necesaria e ineludible, como lo era que su presidente con ese giro y rearme cohesionara a un gobierno que, ciertamente, a menudo ha hecho demasiado ruido y ha transmitido una imagen de desbarajuste. Se ha roto el marco discursivo de la derecha, que se ha tenido que refugiar en que éstas son medidas “populistas” y a recuperar el recurso a ETA y al terrorismo de forma nostálgica, como si la izquierda tuviera ningún vínculo y no haya sufrido en gran medida su actividad en momentos afortunadamente ya superados.

Se ha evidenciado con el giro y el cambio de tono que, de cara a las elecciones generales de finales de 2023, hay partido y que a la derecha este último tramo se le puede hacer muy largo. Con el rearme ideológico y político de Sánchez y la izquierda, el PP ha callado y no ha tenido respuesta, quedando alineada con los intereses obscenos de las grandes corporaciones y con las “becas para ricos” instrumentadas por Díaz Ayuso. Feijoo ha quedado absorbido por la estrategia de la polarización extrema que adoptó, hace ya tiempo, su partido y su imagen de pretendida moderación queda absolutamente diluida. Lógicamente, todo queda a merced de la efectividad de las medidas anunciadas y a la capacidad de dar continuidad al cambio de guión, que la ciudadanía lo capte no como una mera escenificación puntual para salir de la asfixia política en la que se encontraba el gobierno central, sino como una acción necesaria, como el reequilibrio imprescindible en el reparto de la factura que genera la crisis y sus devastadores efectos en la sociedad. En momentos de preocupación e incertidumbre es cuando la ciudadanía requerimos más de gobiernos que actúen y que nos transmitan que existe un plan, que ejerzan liderazgo. Mientras, en Catalunya, se actúa como si no fuera con nosotros.

Energía

Se suele decir que «economía, es energía». Es una exageración, pero es una forma de expresar el carácter primordial que tiene la disponibilidad de energía en los procesos productivos y en el desarrollo económico. Para tener suministro energético suficiente y a precios razonables, es necesario tener acceso a fuentes de energía, a ser posible en el propio territorio y así no quedar a merced de las fluctuaciones del mercado internacional. Con el fenómeno del calentamiento global, ahora ya no es suficiente con satisfacer las necesidades con cualquier tipo de energía, sino que resulta conveniente hacerlo con energías poco contaminantes y hacer un esfuerzo por ir abandonando los combustibles fósiles en pro de las renovables. Este es un proceso que todavía tiene mucho camino por recorrer. Para Europa la dependencia energética es una de sus grandes debilidades. Tenía y todavía dispone de carbón, pero claramente su combustión resulta extremadamente contaminadora. La hidroeléctrica y las renovables juegan un cierto papel, pero no son suficientes. Por eso la opción nuclear fue tan importante, especialmente en Francia, juntamente con las importaciones de gas y de petróleo. Una dependencia externa que hace a Europa muy débil cómo se pone de manifiesto cuando la geopolítica convulsiona con motivo de la invasión de Ucrania. El acceso al gas provoca serias dificultades y un encarecimiento en el conjunto del sistema energético que genera problemas en la industria y un aumento notable de la factura eléctrica para las familias. El resultado, inflación y serios temores de entrar en recesión.

Todo esto son problemas de base real, cuyo origen tienen que ver con el tablero mundial y, por eso, relativamente inesperados. Quizás se podría acusar a los países de la Unión Europea de haber sido poco previsores. Practicar unas relaciones de hostilidad respecto a alguien del que dependes, no parece lo más inteligente y, quizás, debería haberse avanzado más y disponer de un mix energético de mayor autosuficiencia. Está claro que el carácter transitorio de una energía tan vulnerable como la nuclear deberá alargarse en el tiempo. Para cumplir con los objetivos de transición energética hacia la sostenibilidad medioambiental, la Comisión Europea acaba de establecer, que el gas y la nuclear también son “energías verdes”. Una forma como otra de engañarse. Pero en relación con el precio de la factura energética no todo el problema viene de Rusia y de encarecimiento en origen. Existe un serio problema de especulación en todo el proceso, protagonizado por las grandes empresas energéticas que operan en cada país, en régimen de oligopolio, y que aprovechan la ocasión para multiplicar sus beneficios. Los datos hablan. El propio sistema europeo, marginalista, de establecimiento de los precios de la electricidad resulta paradójico: la fuente más cara fija el precio de todas. Con el gas disparado, es éste el que determina el precio de todas las demás, sin que tenga que ver con los costes de producción reales. En Francia ya han decidido nacionalizar por completo su eléctrica más importante, EDF. La situación es crítica y el país no puede permitirse más especulación con un tema que más que una mercancía, debería considerarse un bien público dada su poca elasticidad en la demanda.

Cifras. En España, a pesar de la “singularidad ibérica” aceptada por Europa de establecer ciertos topes de precio, bonificar el precio de la gasolina y bajar los impuestos sobre los carburantes, las empresas energéticas del Ibex realizan su agosto. El mercado lo ocupan básicamente seis compañías: Endesa, Iberdrola, Repsol, Naturgy, Enagás y Red Eléctrica. En el último ejercicio, en 2021, cuadruplicaron sus beneficios hasta llegar de forma conjunta a los 10.117 millones de euros. Lógicamente y en un contexto crítico para las economías y las familias que veían cómo la factura energética se les había triplicado desde 2018, todas las compañías aumentaron el pago de dividendos a los accionistas. La dinámica de este 2022 es la misma, aumento de precios y multiplicación de beneficios. Iberdrola, con 3.885 millones de resultado neto, superó con creces sus propias previsiones. Es quien va por delante. La preside un adalid del Partido Popular como José Ignacio Sánchez Galán. Un personaje éste que calificó literalmente hace unos meses como “tontos” a los españoles que se acogían a la tarifa eléctrica regulada y quien, para hacerse con el control de la compañía, hace pocos años, utilizó los servicios del inefable comisario Villarejo. No todos los males nos vienen del Este.

Colombia

La victoria de Gustavo Petro en las elecciones de Colombia tiene mucha significación. La tiene para un país que dispondrá, por primera vez en su historia, de un gobierno de izquierdas, pero la tiene para América Latina, pues el giro político colombiano refuerza la dinámica de retorno de gobiernos progresistas a buena parte del continente. El cambio resulta trascendente y de su éxito o fracaso se derivarán muchas cosas. Colombia ha vivido una sucesión de gobiernos entre derechistas y muy derechistas desde hace muchos años y una conflictividad interna que la llevó a una auténtica escisión social y política y al predominio de una violencia brutal, ya fuera procedente de las guerrillas de izquierdas, del narcotráfico o de los paramilitares, conceptos, además, que a menudo se mezclaban de forma indescifrable. El M-19, las FARC, representaron apuestas insurreccionales según el estilo del revolucionarismo poscolonial que se impuso en las décadas de los sesenta y setenta siguiendo la estela de Ernesto Che Guevara. Una salida quizás comprensible en un país de desigualdades sociales tan extremas y con una clase dominante de formas tan abruptas, pero que a pesar de los toques románticos que se le quisieran ver, no sólo estaba condenada al fracaso, sino que provocó reacción y violencia desenfrenada además de derivas de mala justificación cómo las narcoguerrillas o la eclosión de personajes vinculados al narcotráfico como Pablo Escobar. Tras los duros “años de plomo” el país ha vivido procesos de desmilitarización de los grupos armados y de cierta reinserción de sus miembros en la política democrática. Se ha avanzado en los últimos tiempos y de forma especial en el tema de la seguridad. El movimiento que hay detrás de la victoria de Petro pretende ahora estimular un progreso económico que, mediante la corrección estatal, no beneficie sólo a las minorías extractivas de siempre, sino que reequilibrio a la sociedad sacando de la pobreza los segmentos más bajos y excluidos a la vez que fomente el surgimiento de clases medias que puedan ser portadoras de cierta estabilidad política. El reto es inmenso y los planteamientos necesariamente moderados.

En la primera década de este siglo América Latina vivió una interesante dinámica de regímenes políticos progresistas que llevaron a Lula a Brasil, Evo Morales y Álvaro García Linera a Bolivia, Correa a Ecuador o los Kirchner a Argentina. Planteamientos reformistas, fórmulas socialdemócratas para países poco avanzados, que se presentaban como movimientos nacional-populares y que eran vistos desde la sofisticada Europa como populistas. De hecho, lo eran. Liderazgos carismáticos y formas políticas que nos parecían impostadas y exageradas, lenguajes radicales. Lo cierto es que eran reformistas y la realidad es que sacaron, en una década, a más de cien millones de personas de la pobreza profunda y les proporcionaron, además, dignidad. Desde nuestro bienestar, nos cuesta entender que la realidad económica y social de América Latina es bastante más dura y contrastada que la nuestra. Dicho en términos clásicos, la lucha de clases tiene un nivel extremo y dramático que a nosotros nos resulta desconocido desde hace más de un siglo. Pobreza estructural, exagerada; con clases dominantes abominables que todavía practican formas de dominio y humillación de tipo colonial.

Diez años después de su llegada, los regímenes progresistas fueron cayendo, ya fuera por errores propios, por el empuje derechista o, en muchos casos, por la utilización de la judicatura como brazo armado de la reacción. Pero unos años después, algo renovados y con formas más homologables al gusto europeo estos movimientos han vuelto y se van imponiendo en el continente. Gobiernan en Argentina, pese a las muchas dudas que puede generar esta vía peronista que es el kirchnerismo. Vuelven a desplegar su proyecto en Bolivia, tienen el gobierno en México, han conquistado con Boric un feudo tradicionalmente tan derechista como Chile y, todo apunta a que en los próximos meses Lula recuperará la presidencia de Brasil echando a alguien tan indeseable como Bolsonaro. Heredan los problemas de siempre y la necesidad de proporcionar horizontes y ascensor social en territorios tan brutalmente afectados por la desigualdad y un capitalismo extremo que les ha llevado en la división internacional de la producción de los últimos cuarenta años a desindustrializarse y a ser meros proporcionadores de materias primas en bruto. Pura extracción con pocos beneficiarios. Poner en valor el carácter estratégico de algunos materiales -como el caso del litio boliviano-, y desarrollar una industria transformadora es el gran reto, junto con un papel de los estados que convierta lo común, justamente, en una riqueza colectiva. Entre otras muchas cosas, tienen en contra el escenario geopolítico abierto a raíz de la invasión de Ucrania.

Macronear

Éste es un neologismo, un concepto nuevo que se ha formulado en Ucrania y que se ha extendido rápidamente por la Europa del Este e, incluso, ya se utiliza en Francia. Tiene el sentido de prometer sin intención alguna de cumplir. De mariposear con aparentes buenas intenciones y solidaridades, pero sin que después se concrete en nada. De afirmar algo y hacer, sin despeinarse, todo lo contrario. De pretender estar en misa y, al mismo tiempo, repicando, como diría el refrán castizo. Emmanuel Macron es la representación de muchos de los actuales liderazgos políticos. Gente que adapta las ideas a cada momento, sin demasiadas convicciones, que pretenden ser ni de derechas ni de izquierdas, que apuestan por la transversalidad en el arco político, priorizan el encanto personal por encima de un proyecto o programa, que proclaman que las clases sociales son cosa del pasado y que tienen una adaptabilidad fuera de toda medida. Profesionales de la política para cuando ésta se ha convertido en líquida y que más que afrontar los problemas surfean sobre la realidad apelando siempre a su atractivo. El presidente francés emergió en el 2016 con el movimiento personalista En Marche! Formado, como todo francés con pretensiones de ser alguien, en la Escuela Nacional de Administración (ENA). Todo un “enarca”, antes de ser presidente, había sido ministro de economía con el socialista François Hollande y, previamente, trabajador cualificado de la Banca Rothschild.

El triunfo presidencial de Macron en 2017 fue el resultado de la desarticulación y falta de crédito de los partidos tradicionales, tanto a la derecha como a la izquierda, y acabó beneficiándose del miedo al fenómeno Marie Le Pen, a la que tuvo que derrotar en la segunda vuelta. Llegó a la reelección de este 2022 ciertamente debilitado y con el carisma bajo mínimos. Sus constantes cambios de rumbo y su arrogancia personal le jugaban en contra. También su incapacidad para responder a problemas y movimientos sociales nuevos como el de los “chalecos amarillos” que canalizaron una parte de los muchos descontentos acumulados en la sociedad francesa y que cada vez más recoge una extrema derecha normalizada como el Frente Nacional o bien un movimiento populista que a la izquierda dirige Jean-Luc Mélenchon. Volvió a ganar en la segunda vuelta y de forma similar pero mucho más ajustada frente, otra vez, a Marie Le Pen. El beneficio, una vez más, de representar al mal menor, aunque ningún entusiasmo. En las elecciones legislativas celebradas hace unos días, se ha mostrado su debilidad perdiendo a la mayoría parlamentaria, debiendo gobernar con acuerdos, algo a lo que parece poco dado y acostumbrado. Tiene cinco complejos años por delante. El recurso al “patriotismo constitucional” probablemente le será insuficiente para lidiar con los numerosos problemas económicos y sociales que tiene un país en franca declinación además de escindido a nivel interno. Las promesas, como las expectativas, se pueden demorar un poco en el tiempo, pero hay que cumplirlas o el desencanto y el rechazo se convierten en contestación abierta.

En política exterior Macron quiso presentarse como quien podía intermediar entre Ucrania y Rusia alegando su buena sintonía con Putin y el histórico vínculo de Francia con Rusia. El dirigente ruso le castigó con una fotografía en la que la longitud de la mesa era tan extrema que impedía cualquier comunicación. Lo ridiculizó. Después ha mostrado una solidaridad impostada con Ucrania que, en este país, han acabado por reírse en base a los incumplimientos y el abuso de buenas palabras. Últimamente, de la mano del canciller alemán y de la presidenta de la Comisión Europea ha viajado a Kiev para dar las malas noticias al presidente ucraniano, y es que esta guerra, siendo realistas, Rusia no puede perderla y que habrá que ir pensando en cuáles son las concesiones territoriales suficientes para aplacar al imperialismo ruso, al menos a corto plazo. Un planteamiento ciertamente práctico, pero que expresado públicamente refuerza la imagen de político frío y oportunista del dirigente francés. Pero Macron no es un líder especialmente singular. Es ciertamente una versión muy francesa de una forma de entender la política “cortoplacista”, sin ideas, falta de convicciones y sin ningún proyecto real de cambiar las cosas. Creo poderme ahorrar el poner más ejemplos.

Andalucía

Es la región más grande y poblada de España. También la que políticamente resulta más determinante por una cuestión de peso parlamentario. Feudo tradicional de la izquierda, especialmente del PSOE, la falta de alternancia política durante más de cuarenta años llevó a la práctica de un caciquismo de izquierdas que ahora se paga, y mucho. Todo apunta a que se seguirá sufragando la factura y que la derecha tradicional del PP más la extrema de Vox conseguirán el próximo domingo una mayoría holgada. Los populares apostarían por una victoria en solitario que no les obligara a cargar con el estigma del pacto con la derecha más cavernaria, especialmente cuando representa a ésta una candidata incorrecta y sobreactuada que parece una caricatura de sí misma. Las encuestas indican, sin embargo, que el electorado popular no hace ascos a esta suma y que más bien la abona. Se va normalizando lo moralmente injustificable. La polaridad política exagerada que se ha estimulado tanto en Andalucía ha generado este tipo de actitudes que más que democráticas parecen propias de la cultura de las bandosidades. Sorprende que una sociedad modernizada y que parecía haber superado las sumisiones sociales de antaño se vuelva entregar de forma alegre al predominio de las formas y el fondo de la hegemonía de los señoritos.

Aunque tradicionalmente Andalucía había sido la zona más atrasada de España, la que aportaba mano de obra a las regiones más industriosas o la exportaba hacia Europa, hace ya unas décadas que las cosas han cambiado bastante. Por volumen, es la tercera región económica española, aunque su PIB per cápita sea aún un 20% inferior al punto medio. Pero hace tiempo que crece por encima de la media española. Tras la mecanización del campo de los sesenta y setenta y su marcha de población, logró por medio de su clima y un buen conjunto de atractivos turísticos, levantar un sector que le ha proporcionado riqueza y empleo, aunque también buenas dosis de destrucción de su litoral. También se ha convertido en uno de los destinos preferidos para instalarse por parte de los jubilados alemanes o británicos que se benefician de su calidad de vida a precios relativamente bajos. Una especie de Florida en el sur de Europa. Aunque el turismo y la creación de grandes zonas residenciales han hecho de gran palanca de progreso económico, lo cierto es que no se ha apostado sólo por el monocultivo de estas actividades. Polos industriales han crecido en torno a la bahía de Cádiz o en el entorno de la Sevilla eterna, con factorías tecnológicas muy reputadas, mientras que Málaga se convertía en la muestra de la pujanza de la región como ciudad de referencia de la modernidad y entregándole la capitalidad cultural. El peso demográfico y su alineamiento político facilitaron décadas de abundantes inversiones en infraestructuras y comunicaciones, y no sólo éstas; que han llevado a la región no sólo a mejorar su renta, sino también su autoestima.

Las políticas de izquierdas, con todas las contradicciones, contraindicaciones y fenómenos de clientelismo que se quiera, han cambiado profundamente esta tierra y su gente. «No la va a conocer ni la madre que la parió», había previsto el histriónico Alfonso Guerra. Pero, al menos en las formas y las actitudes, algo debió hacerse mal cuando una parte del votante progresista ahora lo hace incluso por la extrema derecha. Cabe pensar que esto va con los tiempos que corren, que ocurre casi en todas partes, que es la confusión imperante entre la ciudadanía en momentos tan extraños. A las izquierdas no les queda más opción que intentar volver a conectar con su base social y hacerlo a partir de proyectos inteligibles y centrados en lo que es realmente importante más que en cuestiones identitarias que, más bien, movilizan por reacción a los opositores. El principal enemigo por el progresismo este domingo es la altísima abstención que se prevé entre sus posibles electores. Los datos son claros, las clases medias y acomodadas están movilizadas y motivadas, mientras que los sectores populares y más necesitados están desactivados y apuntan a la indiferencia. No parece que en pocos días puedan cambiar mucho las tornas. En política los estados de ánimos tardan algo en mudar. La abstención tiene sus razones, aunque la «razón política» no las entienda. Con los resultados en la mano, la derecha hablará de la evidencia de un cambio de ciclo en España, mientras a la izquierda le resultará difícil restringirlo a una dinámica puramente regional. El discurso y la cultura de una derecha extremadamente agresiva y grosera irá avanzando de forma casi inexorable.

Hacemos lo de siempre

Aunque la Unión Europea haya planteado la recuperación de la economía como un proceso vinculado a su transformación estructural y para ello ha articulado los enormes fondos Next Generation, en realidad la mayor parte de los países y entre ellos España están fiando la reactivación en sus sectores tradicionales. Restablecer el turismo en los mismos términos que quedó colapsado en el 2019 no requiere grandes esfuerzos ni mucha imaginación. Se trata de hacer más ligeras las exigencias sanitarias, activar la promoción exterior y dejar hacer a un sector hambriento que ha estado casi dos años en ayunas. Se vuelve a hacer caja, se ve movimiento y se recupera un empleo aún más precarizado, si cabe, de lo que ya estaba. Un puro espejismo de recuperación. Los problemas estructurales del sector siguen siendo los mismos, así como su externalización de costes, los efectos colaterales sobre las ciudades o el medio ambiente situados donde estaban. Pan para hoy y hambre para mañana como diría el castizo. Más allá de las buenas intenciones y recursos abundantes destinados a transformar las economías hacia la sostenibilidad medioambiental, el aumento de la productividad con la digitalización y la tecnología, poner la proa en el concepto de innovación y considerar más bien el desarrollo y el bienestar a largo plazo que el crecimiento cuantitativo en los datos inmediatos, se va imponiendo el realismo de “hacer lo de siempre, lo que sabemos”. Lo urgente no permite ver lo que es realmente importante. Veremos hasta qué punto se deja de aprovechar la oportunidad que significan los fondos excepcionales de la Unión Europea, el posible beneficio de este keynesianismo práctico despojado de toda connotación ideológica. Son demasiadas décadas apegadas al PIB como indicador económico, lo que nos ha convertido en adictos al mero crecimiento y al corto plazo e incapaces de una visión de mayor alcance.

La pandemia puso en evidencia las miserias y la dependencia del turismo. La ciudad pandémica era la ciudad sin turismo. Nueva York, París, Barcelona, ​​Amsterdam…, convertidas en urbes fantasmales no tanto por la reclusión forzada de sus ciudadanos, sino por una falta de visitantes que les ha acabado dando sentido en los últimos años. Como ha escrito el periodista Ramon Aymerich, cuando las aguas se retiran, se ponen en evidencia los estragos del monocultivo turístico. Porque éste es uno de los principales problemas que se derivan de esta actividad, el desplazamiento de buena parte de todas las demás actividades hasta establecer una simbiosis que es dependencia absoluta. De un día para otro, las estructuras turísticas convertidas en equipamientos obsoletos proporcionaron una imagen de lo que sería un mundo posturístico, como las fábricas abandonadas y las ruinas de Detroit nos muestran la distopía postindustrial de algunas ciudades americanas. Hoy Barcelona vuelve a estar sobreocupada y colapsada por el alud de un turismo ansioso de experiencias después de dos años de cierto recogimiento. Afirman que este verano se batirán récords de visitantes. La ciudad no tiene otro motor económico. Los turistas ocupan y se hacen con el espacio urbano, dificultan la movilidad, encarecen los servicios y se pretende que sus ciudadanos lo acepten de forma disciplinada. La ciudad convertida en un parque temático donde la población de siempre o bien se apunta al negocio o le toca el papel de “extra” en esta película. Queda la solución de marcharse hacia barrios periféricos o bien a otras ciudades. Muchos lo hacen.

El impulso del negocio turístico va al encuentro de una actitud arraigada. Deseo de desplazamiento y viaje continuado. El sentido del nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante es una tendencia que se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero que llega al paroxismo en las poco más de dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos cae encima. La maleta de viaje se ha convertido en una extensión de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

AR-15

Éste es el nombre comercial de un fusil de asalto muy de moda entre los cuerpos de seguridad y entre los aficionados a las armas. No es una pieza cualquiera, ni va asociada a un último recurso en la autodefensa para quienes creen que disponer de este equipo resulta disuasorio. Es un fusil semiautomático con una gran potencia de fuego y con características de ataque más que de defensa. Poco pesado, ajustable, con distintos tamaños de cañón y con numerosos accesorios, monta cargadores de hasta 30 cartuchos y tiene una capacidad de fuego de 750 disparos por minuto y 550 metros de alcance. Es un instrumento de fabricación norteamericana que tiene más de sesenta años de historia y que se ha ido modernizando y poniendo al día. Un arma que utilizan numerosos ejércitos, entre ellos el español, a la que se pueden incorporar punteros láser o lanzagranadas. Lo curioso y dramático en una herramienta de tal calibre es que en Estados Unidos y en los países extremadamente liberales con el comercio de armas, es que puede adquirirla cualquier particular como juguete e incluso acumularlas como quien tiene una despensa bien provista. Sólo hace falta ser mayor de edad y pagar un precio que se asemeja al de un teléfono móvil que no hace falta que sea de los más caros y de última generación. Una pieza codiciada por todo tipo de coleccionistas, aficionados a las armas o desequilibrados con fantasías o pretensiones de utilizarlas. En las numerosas ferias que reúnen a los amantes de estos utensilios, incluso pueden practicar con ella las criaturas si van acompañadas de sus padres. La última matanza en una escuela de Texas, donde han muerto acribilladas 21 personas de las que 19 eran niños, un adolescente se regaló un arma de estas para celebrar su mayoría de edad y en un arrebato de locura decidió hacerla servir, incluso avisando a las redes sociales que pensaba hacerlo. Demencial.

En Estados Unidos la liberalidad en la disposición y manejo de las armas de fuego genera demasiado a menudo que se desate violencia de la más irracional. Cualquier personalidad desquiciada tiene a su alcance descargar sus manías e insatisfacciones con el recurso al magnicidio. El armamento es de fácil acceso, se vende en el supermercado. Hay quien lo justifica en que en un país que se configuró a partir de la colonización interna llevada a cabo por los pioneros, la autodefensa estaba y estaría suficientemente acreditada. Es el mito fundacional del Far-West. Pero en realidad todo es más prosaico. Pese a episodios redundantes de violencia extrema que abonarían a cualquier otro país el control e incluso la prohibición de armas de fuego en manos de particulares, el lobby de los fabricantes de armamento es tan fuerte y dispone de una fuerza propagandística tal que hace inútil cualquier intento de racionalización. La Asociación Nacional del Rifle, acoge a más de cuatro millones de estadounidenses. Su capacidad de presión especialmente hacia el Partido Republicano es muy grande, como resulta evidente su filiación trumpista. La misma semana de la masacre de Texas, celebraron una feria anual a pocos kilómetros de los hechos. Toda una declaración de principios además de una falta de tacto notable. Su razonamiento está claro: el peligro no son las armas, sino las personas que hacen un mal uso de ellas. En la misma línea, el gobernador de Texas reaccionaba al luctuoso episodio no pidiendo la prohibición de armas en manos privadas, sino de armar más y mejor a los maestros, quienes además de ser adiestrados en áreas de conocimiento y en pedagogía y didáctica, deberían ser adecuadamente formados en autodefensa y uso de armas en los centros escolares. Convivir y construir sociedad en un país en el que hay 120 armas por cada 100 habitantes debe resultar muy difícil. Una ciudadanía armada no es sólo un peligro, resulta la evidencia de una cultura del individualismo extremo y de la incapacidad para construir un sentido colectivo y solidario. Si más allá de nosotros mismos sólo vemos a enemigos difícilmente crearemos relaciones sociales sólidas. Si las armas están en todas partes y de tan fácil acceso, resulta imposible evitar que sean el recurso en determinados estados de propensión a la violencia ya la destrucción enfermiza.

La autodestrucción de la monarquía

La monarquía, como sistema de estado, es un concepto que no tiene defensa hace al menos un siglo. Puede resultar aceptable de forma fáctica como ocurre en varios y avanzados países europeos (Noruega, Suecia, Bélgica…) porque ya sólo ostenta un carácter meramente simbólico y se valora que el coste de transformarse hacia un sistema republicano es mayor que el mantenimiento de una forma tan periclitada. Hay temores, no sé si fundados, que el período de mudanza podría generar un vacío poco recomendable en política y un cierto grado de incertidumbre. Es aquello de no cambiar lo que funciona, aunque el propio concepto en el momento actual resulta más bien rancio. De hecho, excepto en Inglaterra, siempre tan diferentes, no se ve por ninguna parte una gran profesión de fe monárquica. El imperio de la razón ilustrada y la modernidad poco tienen que ver con una institución de cariz medieval que cuando ejercía el poder efectivo era de carácter absolutista y más bien dada a la arbitrariedad. La teoría política liberal, por lo de sumar cambio y continuidad, formuló hace más de dos siglos el concepto de monarquía parlamentaria, evitando el carácter autocrático de esta forma de gobierno, para sacarle finalmente incluso la prerrogativa de poder ejecutivo que había ostentado en el sistema de división de poderes del estado de derecho, para convertir a los monarcas en meras figuras simbólicas y representativas sin ningún tipo de capacidad, lo que se definió como “el rey reina, pero no gobierna”. Se da por supuesto que, el último paso, es que la misma figura desaparezca, una vez convertida más en rémora que en facilitadora.

En España, la reinstauración de la monarquía fue el resultado del pacto de la Transición. Era la apuesta del franquismo moribundo y la oposición democrática que estaba faltada de la fuerza para imponer la ruptura tuvo que tragarse esta forma de estado y lo que se llamó la “reforma”. En tanto que monarquía parlamentaria y sin poder, se aceptó por aquellos que no creían en ella, como un mal menor. Era más importante dotar al país de estructuras democráticas sólidas y desmontar el aparato dictatorial del franquismo que discutir que hubiera un monarca, más si éste hacía profesión de fe de los ideales democráticos. Simplificando, en España sólo existen monárquicos convencidos a la derecha, mientras que la izquierda era y es mayoritariamente de cultura republicana. Para sostener el pacto de la transición la izquierda bastante en general y el PSOE en particular, se tuvieron que comer ese sapo. El problema se ha planteado cuando algunos elementos de esa monarquía se han comportado de manera poco ejemplar tanto en lo público como en lo privado. Más allá de las dudosas actividades económicas de los yernos, el rey emérito tanto ahora que lo es, como antes de serlo, ha ejercido de lobbista, ha cobrado comisiones injustificables, ha defraudado a hacienda y hace exhibiciones públicas de arrogancia y falta de tacto muy poco aceptables.

Hay quien dice que su aparente papel de «salvador de la democracia» cuando el golpe de estado del 23-F de 1981, le hizo creer a Juan Carlos I que era una figura blindada e inexpugnable. No entendió que los tiempos habían cambiado y que existen comportamientos y demostraciones de arrogancia y de clasismo que la sociedad no puede aceptar. Ya no estamos en la España en blanco y negro. La sociedad española ha visto cómo su petición de disculpas cuando la cacería de elefantes en Bostwana lo era todo menos sincera. Lo que ha venido después resulta suficiente para llevarse por delante a la misma monarquía. Que haya sido exonerado por los jueces de actividades económicas corruptas y fraudulentas que resultan evidentes para todos, no le hace moralmente inocente. La “huida” a los emiratos resultó patética, pero una forma de dar una oportunidad de continuidad a su sucesor. La vuelta de estos días a Galicia, la evidencia de que la monarquía en España no caerá por la acción del republicanismo, sino por la propia impericia y una mala noción del orgullo. Desde el punto de vista de la imagen pública no podía hacerse peor. “Explicaciones, ¿de qué?” quedará como el colofón de un monarca que se ha devorado a sí mismo. Más por realismo que por convicción el PSOE ha aguantado la monarquía en España y ha evitado que fuera sólo la forma de gobierno preferida por la derecha más castiza. Como se ha puesto de manifiesto estos días, los socialistas ya no pueden jugar un papel que les acabaría por desnaturalizar y devorar. Más que de regatas, el emérito parece haber venido a España a poner algunos clavos en el ataúd de la monarquía. Y en breve volverá con el martillo y más clavos. Alguien debería ir pensando en cómo se gestiona el fin del régimen.