Hacemos lo de siempre

Aunque la Unión Europea haya planteado la recuperación de la economía como un proceso vinculado a su transformación estructural y para ello ha articulado los enormes fondos Next Generation, en realidad la mayor parte de los países y entre ellos España están fiando la reactivación en sus sectores tradicionales. Restablecer el turismo en los mismos términos que quedó colapsado en el 2019 no requiere grandes esfuerzos ni mucha imaginación. Se trata de hacer más ligeras las exigencias sanitarias, activar la promoción exterior y dejar hacer a un sector hambriento que ha estado casi dos años en ayunas. Se vuelve a hacer caja, se ve movimiento y se recupera un empleo aún más precarizado, si cabe, de lo que ya estaba. Un puro espejismo de recuperación. Los problemas estructurales del sector siguen siendo los mismos, así como su externalización de costes, los efectos colaterales sobre las ciudades o el medio ambiente situados donde estaban. Pan para hoy y hambre para mañana como diría el castizo. Más allá de las buenas intenciones y recursos abundantes destinados a transformar las economías hacia la sostenibilidad medioambiental, el aumento de la productividad con la digitalización y la tecnología, poner la proa en el concepto de innovación y considerar más bien el desarrollo y el bienestar a largo plazo que el crecimiento cuantitativo en los datos inmediatos, se va imponiendo el realismo de “hacer lo de siempre, lo que sabemos”. Lo urgente no permite ver lo que es realmente importante. Veremos hasta qué punto se deja de aprovechar la oportunidad que significan los fondos excepcionales de la Unión Europea, el posible beneficio de este keynesianismo práctico despojado de toda connotación ideológica. Son demasiadas décadas apegadas al PIB como indicador económico, lo que nos ha convertido en adictos al mero crecimiento y al corto plazo e incapaces de una visión de mayor alcance.

La pandemia puso en evidencia las miserias y la dependencia del turismo. La ciudad pandémica era la ciudad sin turismo. Nueva York, París, Barcelona, ​​Amsterdam…, convertidas en urbes fantasmales no tanto por la reclusión forzada de sus ciudadanos, sino por una falta de visitantes que les ha acabado dando sentido en los últimos años. Como ha escrito el periodista Ramon Aymerich, cuando las aguas se retiran, se ponen en evidencia los estragos del monocultivo turístico. Porque éste es uno de los principales problemas que se derivan de esta actividad, el desplazamiento de buena parte de todas las demás actividades hasta establecer una simbiosis que es dependencia absoluta. De un día para otro, las estructuras turísticas convertidas en equipamientos obsoletos proporcionaron una imagen de lo que sería un mundo posturístico, como las fábricas abandonadas y las ruinas de Detroit nos muestran la distopía postindustrial de algunas ciudades americanas. Hoy Barcelona vuelve a estar sobreocupada y colapsada por el alud de un turismo ansioso de experiencias después de dos años de cierto recogimiento. Afirman que este verano se batirán récords de visitantes. La ciudad no tiene otro motor económico. Los turistas ocupan y se hacen con el espacio urbano, dificultan la movilidad, encarecen los servicios y se pretende que sus ciudadanos lo acepten de forma disciplinada. La ciudad convertida en un parque temático donde la población de siempre o bien se apunta al negocio o le toca el papel de “extra” en esta película. Queda la solución de marcharse hacia barrios periféricos o bien a otras ciudades. Muchos lo hacen.

El impulso del negocio turístico va al encuentro de una actitud arraigada. Deseo de desplazamiento y viaje continuado. El sentido del nuevo nomadismo que nos lleva a tener una pulsión de acción continua y de cambio constante es una tendencia que se inicia en la segunda parte del siglo XX, pero que llega al paroxismo en las poco más de dos décadas del siglo actual. Más que una necesidad inherente a un mundo global, interdependiente e hipercomunicado, se ha establecido como cultura, estado de ánimo, hábito fijado en el comportamiento. Viajamos y nos movemos por trabajo, evidentemente, pero sobre todo porque somos incapaces de establecernos constantemente en ninguna parte. Nuestro entorno habitual se nos cae encima. La maleta de viaje se ha convertido en una extensión de nuestro propio cuerpo, al igual que el smartphone nos hace las funciones de extensión física, de prótesis.

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