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Criptomonedas

No hay foro de jóvenes en el que no aparezca el tema del Bitcoin u otras monedas virtuales como camino para enriquecerse de manera rápida y fácil. Quien más quien menos ha puesto algún dinero y los más osados ​​han convencido a padres o abuelos, que no entienden de que carajo hablan, que compren con sus ahorros ya que se ve que esto de la tecnología blockchain resulta la versión moderna y segura de lo que a nivel evangélico era la multiplicación de los panes y los peces. Más que grandes cantidades, se suelen hacer pequeñas o medianas aportaciones para no quedarse fuera de tan buen negocio. Una vez más, se obvia la noción de riesgo, y aquí es altísimo. Para hacer la compra, se recurre a empresas intermediarias que cobran una cantidad desmesurada por hacerlo. Estas sí que hacen un muy buen negocio. Cuentan con la credulidad de chicos, que se han agenciado cuatro informaciones insuficientes sobre el tema y, en general, buenas dosis de ignorancia, empujados a «hacer negocios» que no son más que posiciones especulativas sin posibilidad de sostenibilidad a medio o largo plazo. El problema, es que se ha generado una auténtica adicción fundamentada en una fe inducida y en una pulsión ludópata que sólo puede terminar entre mal y muy mal. Sorprende ver como la forma de expansión de estas «inversiones» se hace en forma de mancha de aceite utilizando el sistema de comercialización triangular que ya se ha usado en muchos productos -siempre milagrosos- físicos. Captación de clientes convertidos en agentes comerciales para pagar su aportación y hacer crecer el negocio. Siempre motivados por primitivos sistemas doctrinarios, encuentros de activación y gurús de referencia. Se les convence de que ellos han entrado a participar en un grupo selecto, en una comunidad, que poseen un conocimiento que está vetado al conjunto de los mortales. Espíritu y comportamiento de secta. A partir de aquí objetivos comerciales ambiciosos a alcanzar, en que lo mercantil y lo doctrinario terminan por confundirse. Adicción, sometimiento, obnubilación de la razón y dependencia económica. No es necesario que se preocupen con las pérdidas y deudas de hoy. Para los gurús que pululan en este mundo, esto sólo es el preludio del enriquecimiento y el triunfo del mañana. En la escenografía que se organiza para captar y mantener los incautos no hay lugar para el fracaso.

Los videojuegos y las criptomonedas: ¿cuales son las ventajas y desventajas  de utilizar este medio de pago? - Cultura Geek

Y es que, digámoslo claro, todo lo que se mueve en torno a las criptomonedas es una gran estafa. La definición de «cripto» ya debería provocar sospechas. Contrariamente a lo que se dice, no son «monedas» alternativas porqué no son depositarias de valor alguno y no hay ninguna institución ni nadie que las avale, que pueda responder por ellas. Ningún Fondo de Garantía de Depósito. Son un engaño piramidal, un esquema Ponzi, en el que el valor del activo aumenta sólo en la medida en que se capte nueva gente que adquiera y, cuando esto no se produce, carrera para intentar vender y rápido desmoronamiento y quiebra. Que algunos gurús de Silicon Valley como Elon Musk hayan hecho alguna compra de bitcoins los ha estimulado al alza, pero automáticamente los ha devaluado cuando ha salido. Como sistema de pago alternativo sólo se puede utilizar en ámbitos muy marginales. En cualquier caso, al igual que sucede con las dinámicas bursátiles, cuando los pequeños inversores sienten que tienen que vender los expertos ya hacen tiempo que lo han hecho. Para estos últimos sólo quedan las pérdidas. Sobre el carácter no confiable de las criptomonedas han escrito prestigiosos economistas como Paul Krugman o Joseph Stiglitz, este último aparte de premio Nobel de Economía fue durante años economista jefe del Banco Mundial. Este último se ha pronunciado sobre el carácter no confiable de monedas que no contienen ningún valor más allá de ser convertidos en un activo especulativo detrás del cual no hay nadie, si acaso intermediarios que juegan con las ganas de enriquecimiento fácil y rápido de la gente. Se vende el anonimato de los creadores del Bitcoin de manera positiva, como si fuera el resultado de la teórica cultura colaborativa que se habría impuesto con la red y que resultaría inherente a la tecnología digital. No habrá teléfono al que llamar para pedir responsabilidades cuando se produzca la debacle ni referencia a la que demandar judicialmente para ajustar cuentas. Todo habrá sucedido en un espacio opaco, inmaterial e imaginario. El único tangible será lo que habremos perdido en dinero real y la indignación y vergüenza que nos provocará haber sido tan inocentes, demasiado codiciosos, poco prudentes y excesivamente crédulos.

Embridar las grandes tecnológicas

Asistimos al que parecen los primeros intentos serios de las administraciones públicas para conseguir que las grandes corporaciones tecnológicas se sometan a reglas. Veremos como acaba. La batalla será larga y dura y no es muy seguro que se gane en favor de la sociedad. La Unión Europea parece haber entendido que el capitalismo de las grandes plataformas más que disruptivo resulta ser un sistema depredador en la captación de rentas y un terrible acelerador de las desigualdades económicas y sociales. Conseguir que paguen impuestos, que no constituyan oligopolios o monopolios, que respeten los derechos de propiedad y que no dinamiten cualquier noción de privacidad resultará una tarea larga e ingente. Más allá de la capacidad de lobby de las grandes compañías como Google o Apple, a menudo la defensa que han hecho los Estados Unidos de estas prerrogativas autoconcedides, dificulta mucho una regulación que resulta imprescindible e inaplazable. Ahora, incluso los Estados Unidos de Joe Biden empiezan a tener problemas con la vocación de estar por encima de todo de Amazon.

Y es que el mundo de internet se ha ubicado como un espacio más allá de la territorialidad, y se aspira a que todas las leyes y normas que rigen la vida «analógica» no operen en este teatro de los sueños que se pretende que sea ​​la Red. La economía de plataformas genera unas dimensiones corporativas que hace casi imposible su control político y social, pero lo que lo imposibilita del todo es una actividad sobre la que se ha creado un manto místico que no puede ni se quiere que sea sometido a las leyes humanas, como si estuviera más allá del bien y del mal. Un territorio exento del predominio del Estado de derecho y de las legislaciones convencionales. Un mundo donde pretenden que lo único a proteger sean los derechos de propiedad de los algoritmos de sus operadores. Si las sociedades se enfrentan a situaciones de paro masivo, precariedad extrema y niveles de desigualdad inaceptables, se debe a que los gobiernos democráticos han renunciado hasta ahora a legislar sobre el impacto de la economía digital y los grandes efectos colaterales, económicos y extraeconómicos, que genera. Los niveles de concentración de riqueza y de poder en unas pocas manos no es algo connatural a la tecnología, sino a una trascendente falta de regulación de cualquier tipo. El poder tecnológico no tiene leyes, y se basa en la apropiación de riqueza generada por los ciudadanos -los datos-, el carácter monopolístico de su acción, la falta de límites al asalto de la privacidad que practican, la falta de legislaciones laborales adecuadas ya la elusión y fraude fiscal generalizado que practican.

Fallece Forges, tecnología y progreso entre viñetas

El globalismo absoluto y la dinámica de «ganador único» están devastando sectores productivos enteros. Allí donde penetra la economía de plataforma arruina multitud de empresas, acaba con gran parte del empleo y destruye ecosistemas socioeconómicos que costaron mucho crear. Aunque se sostiene que es un fenómeno de «destrucción creativa», en realidad funciona como una lluvia ácida que empobrece en muchos sentidos. La pretendida eficiencia absoluta de lo digital, en realidad resulta ineficiente para crear riqueza y bienestar compartido. Queda ahora lejos el mundo del capitalismo competitivo y con reglas de juego. Estamos en un capitalismo cognitivo sostenido sobre la intermediación en el que los mercados conceden recompensas descomunales a un pequeño número de «estrellas». Dieciocho de las treinta marcas principales según su capitalización bursátil son empresas orientadas a plataformas, mientras el desarrollo se basa en la captación y apropiación de datos. Un mundo hiperconectado que genera unas expectativas que no se podrán cumplir para la mayoría de los ciudadanos. Los riesgos sociales de la frustración resultan inmensos a medida que las poblaciones sientan que no tienen ninguna posibilidad de llegar a cierto nivel de prosperidad. Hoy, un trabajo de clase media ya no garantiza un estilo de vida de clase media, mientras las facultades de regulación de los Estados están siendo desafiadas en un grado sin precedentes.

Más allá de los aspectos de la economía de plataformas que deben ser establecidos por las leyes tributarias y laborales y que deben reflejar también en las leyes de defensa de la competencia, se requiere a algo parecido a una Ley General de Internet, que establezca derechos, garantías y prohibiciones que conviertan esta selva en un espacio civilizado y el servicio de la sociedad. Necesitamos leyes de protección de datos sólidos para este nuevo mundo feliz de los datos. El reto que la Unión Europea tiene sobre la mesa, también los Estados Unidos, resulta grandioso y muy trascendente.

Prisioneros del relato

Cien días después de las elecciones y de manera agónica, finalmente se conformará un gobierno independentista en Cataluña. Con toda la escenificación previa de desencuentros y con el abismo siempre como horizonte posible, la cuenta de pérdidas y ganancias que han hecho los dos partidos en juego los ha llevado a un acuerdo al que no parecen dar mucho recorrido ninguno de los firmantes. Hemos asistido a una batalla política y sobre todo mediática para intentar endosar los costes del fracaso al otro, pero el empate en los posibles efectos nocivos, así como un acentuando sentido de ocupación del poder ha dado lugar a un acuerdo en el que no cree nadie. Sólo se gana tiempo y comienza la cuenta atrás. Hay en competencia no sólo estrategias confrontadas, sino fobias y descalificaciones bien engrasadas y alimentadas durante los últimos tiempos. Entre el anuncio del acuerdo y el pleno de investidura ya se están dando episodios de hostilidad. El texto firmado tiene la ambigüedad suficiente para ser interpretado a conveniencia de cada uno y poder ser utilizado a gusto como arma arrojadiza. Resultaba bastante evidente que acabaría por hacer un pacto temporal, que se impondría una tregua, que no un armisticio. ERC ha sido prisionera del temor bien arraigado a ser tachados de traidores en un relato independentista que domina claramente el mundo de Puigdemont. También el no hacer ascos a la oportunidad de ocupar la presidencia de la Generalitat, esperando un efecto balsámico y casi prodigioso de esta institución. La experiencia del anterior presidente debería haber hecho evidente que los milagros en política son más bien escasos. Para ello, han tenido que soportar menosprecios y humillaciones repetidas del socio contrincante, interesados en hacerlos llegar a puerto minorizados en su autoridad. La renuncia a formar parte del Gobierno de Elsa Artadi no puede entenderse sino en esta clave.

No se puede negar que JuntsxCat ha jugado bien sus cartas. Algo especialmente relevante si atendemos a que, dentro, conviven al menos tres almas y no con mucha armonía ni con objetivos coincidentes. La pulsión pujolista de poder, sin embargo, se mantiene intacta y han sabido utilizar los temores y complejos del rival. Como en el filme de Nicholas Ray, Rebelde sin causa, han asumido el estoico papel de James Dean/Jim Stark aguantado la carrera hacia el abismo hasta que el competidor ha frenado abandonando el discurso de gobierno alternativo o en solitario que no tenía ninguna credibilidad, ni siquiera posibilidad de hacerse posible. No está nada mal que habiendo conseguido sólo el 20% de los votos y la tercera plaza en las elecciones, los de JuntsxCat se dispongan a gestionar el 70% del presupuesto de la Generaliat y disfruten del escaparate de la presidencia del Parlamento. También resulta paradójico que con un cámara en la que más del 70% de los diputados se dicen de izquierda, las decisiones claves las tome a partir de ahora la derecha. El precio pagado por ERC para una presidencia del Govern notablemente devaluada aún aumenta si tenemos en cuenta que ha quedado este partido totalmente prisionero de una estrategia que no es la suya, o al menos no es la que afirmaban tener. Las ocasiones para que el «procesismo» les pase factura serán muchas. La situación conflictiva y la estabilidad insegura de la mayoría de gobierno española tampoco les ayudará mucho.

La política, según Malagón | Ideas | EL PAÍS

A pesar de la excepcionalidad de los tiempos que vivimos, la política catalana parece cómodamente instalada en continuar practicando un espectáculo formal muy vistoso y entretenido, pero absolutamente irrelevante respecto al bienestar y las perspectivas de futuro de sus ciudadanos. Se les sigue sin dar las malas noticias con relación a unas expectativas y promesas creadas por el Procés, durante años, que distan mucho de poder ser alcanzadas en un plazo histórico razonable. Pero se mantiene el discurso y continúa la representación. El independentismo, como la orquesta del Titanic, continúa tocando una música que no se corresponde a una realidad circundante que requiere de otras partituras y, probablemente, de nuevos intérpretes. La disonancia cognitiva se ha instalado en la sociedad y la política catalana: desarmonía en el sistema de ideas, creencias y emociones que genera una disparidad entre lo que se piensa y se plasma con la forma en que se actúa. Tarde o temprano alguien tendrá que decir la verdad, tratar a la sociedad catalana como adulta, reconocer que «iban de farol» y que lo que se había prometido no es mucho más que una quimera, algo que, en todo caso, no puede ir más allá de un sentimiento que resulta difícilmente materializable. Sería un primer paso para recuperar el sentido de la realidad y, de paso, afrontar todo lo que no hemos encarado en la última década. No hacerlo, conllevará instalarnos, casi definitivamente, en la esquizofrenia.

Biden

No se puede negar que el nuevo presidente de Estados Unidos está sorprendiendo, y mucho, durante los primeros meses de su mandato. Especialmente en política interna. Un líder sin aureola ni carisma, más bien insulso, bastante convencional, muy religioso, de perfil centrista y moderado dentro del Partido Demócrata. Notoriamente tartamudo y con ciertas dificultades para responder con rapidez y facilidad, que a pesar de querer disimularlo se mueve con maneras torpes y que además de serlo, parece muy viejo. Poco glamouroso, no tenía ni el atractivo ni una historia tan bonita y tan cargada de símbolos como la que explicaba Obama y está faltado de los vínculos elitistas con Sillicon Valley, Wall Street y las grandes corporaciones que blandía y llevaron a la derrota a Hillary Clinton. No pisó ninguna universidad de la Ivy League, estudiando en una de más bien provinciana, y cursó derecho de manera bastante mediocre, tal y como le gustaba ridiculizarlo Donald Trump en campaña. Sin enarbolar ideología y por puro pragmatismo está imprimiendo un giro progresista a la política interior estadounidense que es totalmente inédito e incluso inesperado. Keynesianismo sin Keynes. Un inmenso plan de reactivación económica con estímulos y planes sociales, con políticas de intervencionismo público desconocidas en Estados Unidos desde los lejanos años del New Deal de Roosevelt. Sin complejos, anuncia una subida de impuestos a las rentas altas y en las corporaciones para financiar lo que resultaría, por primera vez, una auténtica construcción del Estado de bienestar en el país que hasta ahora había sido campeón del neoliberalismo. Políticas encaminadas a poner un cierto freno al globalismo, potenciando la producción interna, lo que lo conecta con los votantes de Trump y su America First, pero a diferencia de éste, quiere poner a Estados Unidos a la vanguardia del combate contra el cambio climático.

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Convencido de la fractura social que ha provocado la falta de empleo y la precariedad laboral como componentes de una inaceptable desigualdad social que no ha hecho sino crear excluidos e irritados a las últimas décadas, prioriza el uso de los fondos ingentes aplicados a la economía en la función de crear ocupación. Se trataría de frenar la deslocalización productiva priorizando la inclusión de la mano de obra no formada. Ha apostado por subir el salario mínimo a los 15 dólares/ hora y defender el papel del sindicalismo como mecanismo equilibrador de la tendencia natural del sistema hacia la iniquidad y el desajuste. «Wall Street no construyó este país, la clase media construyó este país, y los sindicatos construyeron a la clase media». Afirmaciones hechas en el Congreso de Estados Unidos y que no son de un declarado socialista como Bernie Sanders en un mitin, sino de un soso y moderado presidente demócrata en un discurso formal ante el poder legislativo. Ha desbordado el progresismo norteamericano y aún más sin duda a la temerosa socialdemocracia europea. Un giro inesperado al guion que parecía poco previsible por parte de alguien que no tiene grandes principios, pero que parece tener políticas. Como en la estrategia del buen ataque futbolístico, está demostrado que resulta más relevante «llegar» que no «ocupar» los espacios. La importancia del factor sorpresa. Políticas atrevidas para hacer frente a importantes problemas reales provocados, o más bien agravados, por la pandemia. Se dice que los políticos con fama y perfil de sobrios y prudentes tienen más fácil hacer cosas radicales, o intentar hacerlas. No dan miedo, no crean anticuerpos reactivos. Blanco, viejo y heterosexual. No asusta al perfil de votantes trumpistas de la América profunda. Su última propuesta de suspender las patentes de las vacunas de la Covid-19 ha cogido a contrapié a la Unión Europea, y no sólo a Angela Merkel que se ha puesto a la contra, sino a una izquierda europea que continúa faltada de valentía y de imaginación.

Probablemente volverán tiempos de decepción en la política estadounidense y el mismo Biden, dirigente práctico y sin hipotecas ideológicas, acabará por frenar sino contradecir su progresismo y atrevimiento actual. Quedará liquidada, sin embargo, la idea tan recalcada en la anterior crisis de 2008, que la austeridad económica sirva para afrontar recesiones y que sobre la creciente desigualdad se pueda construir ningún futuro socialmente aceptable. Y habrá puesto en evidencia una izquierda continental cautiva de su narcisismo y con una notable vocación para ser irrelevante.

Madrid marca el paso

La política española hace un tiempo que ya no se define en Cataluña sino en Madrid. No al Madrid capital sede de las instituciones y la administración del Estado, sino en la Comunidad de Madrid. La victoria abrumadora de Isabel Díaz Ayuso significa el triunfo, ahora sí, de un movimiento de nueva derecha populista fuertemente identitaria que se ha hecho con el control del Partido Popular, el cual ha sido arrastrado hacia posiciones extremas. Una corriente imparable que fue creciendo y consolidándose como una auténtica bola de nieve que ha acabado por sobrepasar a unas izquierdas perplejas que se han conformado con hacer el papel de la triste figura. Un relato de contenidos fáciles pero potentes que ha proporcionado a los sectores sociales madrileños irritados por los efectos de la pandemia y por un ascensor social que les es poco favorable, una salida hacia una especie de tribalismo «cañí» que ha conectado con la incorrección política con que se las gastaba Ayuso, así como con la provocación de posado cuasi fascista que exhibía Vox y la candidata Monasterio. Puestos a adscribirse a un nacionalismo, lo han hecho a uno conformado por «cañas y toros», gente que se ha sentido cómodo con la polarización extrema, el desafío y la gestión gamberra de la pandemia por parte de una presidenta convertida en el icono político para «ignorantes y bárbaros». Un experimento trumpista en toda regla, donde las mentiras se han propagado con total descaro, incluso haciendo bandera de ello, con una candidata con posado de ingenuidad, que tanto la han hecho propia los sectores acomodados del barrio de Salamanca, claramente favorecidos por sus políticas fiscales y de privatización de servicios públicos, como gran parte de los sectores populares de las barriadas del sur de la capital, a los que les ha mantenido las terrazas de bar abiertas y les han hecho promesas de falsa emancipación.

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Para que todo esto se diera, era necesario que el progresismo, las diversas izquierdas madrileñas colaboraran en hacerlo posible. Y lo han hecho. Aceptaron el desafío polarizador con que los tentaba la estrategia derechista y así le han servido una victoria inapelable. Aunque resulte increíble, la dialéctica entre «libertad y comunismo» que parecía una tontería, ha funcionado. La candidata popular logró que Pablo Iglesias hiciera el papel que les resultaba más propicio. Saltaba a la arena como redentor, con lo cual más que salvar Podemos lo que hacía era de gran activador del discurso populista adverso, movilizar el voto a la contra de alguien que, con o sin razón, la nueva derecha madrileña ha convertido en el chivo expiatorio de todos los males. Confiaban en su sobreactuación impostada y no los decepcionó. El debate ya no iba de políticas o de situaciones económicas y sociales provocadas por la gestión de la Comunidad, sino de principios abstractos mantenidos con griterío e incluso con violencia. No se hacía sino reforzar el relato y el marco mental establecido por esta derecha desacomplejada y airada en versión madrileña. Todo fue un calco de la campaña de Clinton contra Trump de las elecciones americanas de 2016. Actitud de supremacismo intelectual y moral del progresismo de los demócratas frente a unos seguidores de Trump a los que Clinton calificó de «deplorables». No había entendido las preocupaciones, las humillaciones ni la ira de una América profunda que, sobre todo, pedía respeto y que culpaba de todos los males al establishment y la cultura de la corrección política. Tanto para los ricos como para la gente de barriada madrileños, el poder constituido a combatir se llama Pedro Sánchez y su pacto de izquierdas. No han sabido refutar, especialmente entre su antiguo electorado, esta imagen creada de nuevas élites. Por si fuera poco, el papel del PSOE en estas elecciones ha sido penoso: cogido a contrapié, con un candidato de salida y poco convincente, cambiando de estrategia en plena campaña varias veces, con anuncia gubernamentales sobre temas fiscales que eran auténticos disparos al pie… La derrota ha sido contundente e indiscutible. Más que lamentaciones y pomposas declaraciones antifascistas, lo que habría que hacer ahora es autocrítica de los muchos errores cometidos. La derecha no ha ganado por «maldad intrínseca», sino por la incapacidad de la izquierda para entender las preocupaciones de los sectores sociales que le deberían apoyar, por su exceso de abstracción y desconexión de la realidad, así como la falta de un proyecto y unos discursos alentadores. Le ha sobrado actitud de «superioridad moral» y le han faltado humildad y políticas prácticas.

Sumas que restan

No hace ni siquiera seis meses que se anunció la absorción de Bankia por parte de CaixaBank, creando así el primer grupo bancario español, y ya tenemos unos primeros resultados que se podían fácilmente esperar: más de ocho mil despidos y el cierre de 1.500 oficinas. Dicho de otro modo, se recorta casi un 20% de la plantilla y se cierran más del 25% de sus oficinas. Era de previsible, aunque cuando se anunció la fusión a bombo y platillo se explicaron las enormes bondades de la operación y se negó a que esta fuese una de las principales consecuencias. Se dijo que la salud del sistema financiero español lo necesitaba y que las recomendaciones emanadas del Banco Central Europeo eran ir hacia instituciones bancarias más grandes y mejor capitalizadas. De hecho, fue el primer movimiento importante de una tendencia, poco liberal y adecuada de cara a los consumidores, consistente en reducir las ofertas bancarias españolas a tres y crear así un auténtico oligopolio. Se afirma que en este sector la dimensión resulta un tema capital. Las concentraciones tienen como finalidad la reducción de costes, el disponer de una mayor musculatura operativa para expandirse comercialmente, así como también mejorar las ratios de eficiencia y de solvencia. Las grandes cifras, sin embargo, ocultan que se ha producido una aceleración del modelo de banca que muda de manera rápida hacia el modelo online en el que la atención al cliente se ha convertido en una motivación claramente secundaria. Se cierran oficinas no sólo para evitar duplicidades producto de la fusión, sino porque «la oficina», que había sido el corazón comercial de este negocio y un marco donde atender y satisfacer los ciudadanos, se considera obsoleto en el mundo digital y una opción demasiado costosa. La lógica es la de unos accionistas que no esperan que se dé un buen servicio, sino que adelgacen los costes y aumenten los repartos de dividendos y mejore la cotización bursátil de la compañía.

Fusiones bancarias: la hoja de ruta incluye la banca pública - Diario16

De hecho, esta reducción de costes -unos 770 millones anuales, calculan- es doctrina general en todo el sector y no hace sino aumentar desde 2008, que fue cuando se llegó al máximo histórico de empleo en este ámbito de actividad. Se han recortado desde entonces las plantillas en 94.000 personas -un 35% de su totalidad-, y se calcula que en las operaciones que hay ahora en marcha como la de CaixaBank, acabarán por reducir el empleo en 17.000 personas más. De manera concreta, el BBVA ya ha anunciado un ERE que afectará a 3.800 empleados. La perversión del sistema lo simboliza el hecho de que, cuando estas reducciones se anuncian, el rebote de la entidad a la bolsa es claramente al alza. La escenificación más clara del espíritu del capitalismo de que la ganancia de unos descansa sobre la pérdida de muchos otros. Para evitar los posibles efectos reputacionales negativos, los anuncios de reducción de plantilla siempre vinculados a que se incentivarán las bajas voluntarias, que se compensarán las jubilaciones anticipadas o bien que se ayudará a los despedidos a encontrar una recolocación. Buenas palabras que pretenden ocultar que los «descontratados» abultarán antes de tiempo las cohortes que dependen de unas ya muy debilitadas arcas del sistema de pensiones y que, de hecho, esta estrategia de contracción la pagaremos entre todos. Este es un sector que, tradicionalmente, conoce bien el arte de socializar las pérdidas que genera y privatizar los beneficios que logra. Un sistema bancario que cada vez es más etéreo y centrado en el negocio de la gestión de planes de ahorro y fondos de pensiones, más que en atender a las pequeñas empresas o bien a las personas. Que esta evolución con componentes tan perversos y derivadas claramente negativas la fomente el regulador en lugar de frenarla o dificultarla es un tanto sorprendente. Y esto resulta especialmente destacable en CaixaBank, entidad la que, aún hoy en día, el 14% de su capital es público. Hay malas famas que se ganan a pulso. No está lejos el día en que el sistema bancario actual se dinamitará del todo con la oferta de servicios financieros por parte de las grandes plataformas digitales. Una mudanza lógica por parte de las generaciones más jóvenes. Entonces, nadie llorará por la desaparición de marcas que no se han ganado ninguna estima ni reputación.

AstraZeneca como ejemplo

No voy a entrar en la concurrida opinática sobre los valores y defectos de las diversas vacunas, sus posibles efectos secundarios y, aún menos, a cuestionar ninguna decisión sobre las opciones tomadas por las autoridades sanitarias de cómo implementan el proceso de vacunación. No sé nada de ello, ni lo pretendo. En el tema de la pandemia sigo de manera estricta lo que van estableciendo las autoridades. Creo que son momentos para una cierta disciplina social. No me interesan los que van de «listos» y aún menos los negacionistas, tampoco los que ven en todo ello conspiraciones y, a menudo, me cansan tantos virólogos de cabecera a los que recurren reiteradamente los programas informativos. Siento decirlo, al respecto de la pandemia sobra mucha información. Un ejemplo de libro de lo que se conoce ahora como infoxicación. Demasiado ruido que no hace sino generar intranquilidad y que, quien más quien menos, se crea con el derecho de tener ideas propias sobre el tema. La ignorancia suele ser muy atrevida.

Me interesa, eso sí, el papel de las industrias farmacéuticas en este tema. Sin duda cruciales para generar varias vacunas en relativamente poco tiempo, pero muy condicionadas por el inmenso negocio que genera un producto en una demanda tan repentina y de una dimensión tan ingente. Lógicamente, hay una inversión que tienen que recuperar y digamos que se pueden comprender unas expectativas razonables de beneficio. El problema es que la concepción de lo que es «razonable» no se entiende de la misma manera si estás en el lado del receptor o bien del pagador. Parece que la Unión Europea no ha hecho un papel demasiado airoso en todo esto. Debía centralizar las compras a las farmacéuticas intentando evitar una subasta sobre quién pagaba más que nos habría salido muy cara, pero su ineficiencia ha llevado a que cada país -en España incluso cada comunidad autónoma- hiciera la guerra por su cuenta y pretendiera evidenciar un grado de determinación de la que, teóricamente, estaban faltos los demás. El desorden ha sido notable y quien ha salido ganando son los operadores. En esta guerra, la counicación sobre la fiabilidad de las vacunas han formado parte de la confrontación y se han mezclado informaciones médicas con intereses comerciales y geopolíticos. Y así, con poca base científica, la gente comenta que modalidad de vacuna quiere o no quiere. Un disparate.

Claves para la comunicación eficaz sobre las vacunas del Covid-19 - COM  SALUD

AstraZeneca sirve de ejemplo, no sobre la mayor o menor bondad como tratamiento, sino sobre la perversión de un sistema de patentes que dificulta la fabricación de medicamentos en momentos de premura, así como un encarecimiento injustificado de los precios. También la dificultad para establecer quién tiene o debería tener la propiedad de lo creado. Porque, en general, muchos de los productos farmacéuticos descansan sobre una investigación que ha sido sufragada con fondos públicos. En el caso de esta vacuna también conocida por Oxford, y como explica el diario británico The Guardian, los 120 millones de euros invertidos, 45 millones los ha aportado el Gobierno británico, 30 millones la Comisión Europea y gran parte del resto procedían de entidades también financiadas con fondos públicos (universidades, centros de investigación, fundaciones …). El resultado es que la empresa farmacéutica sólo ha aportado el 3% de los costes de investigación que han hecho posible el resultado final. Ahora se dice propietaria. No es éste un caso excepcional. Una evidencia de que la financiación pública es crucial en los fármacos contra el coronavirus, pero pone en duda los derechos comerciales de las empresas privadas comercializadoras y da toda la razón a aquellas personalidades mundiales que han pedido, atendiendo al momento que vivimos, la liberación al menos temporal de estas patentes. Que se haga negocio a costa de la necesidad y de la inversión pública, parece poco justificado.

En un magnífico libro –El Estado emprendedor-, la economista italiana Mariana Mazzucato explicó hace unos años como buena parte no sólo de la investigación farmacéutica, sino de la tecnología disruptiva generada en el entorno de Silicon Valley era producto, fundamentalmente, de la investigación básica que se hacía con programas públicos, para ser después hábilmente rentabilizada por emprendedores privados en forma de sofisticados y bonitos ingenios. Esto vale para el algoritmo de búsqueda de Google de tanto renombre, el Page Rank, como por buena parte de la tecnología que contiene el smartphone de Apple. Unos beneficiarios los cuáles después sobresalen en el arte de evadir impuestos y no responder a sus obligaciones fiscales. En estas situaciones, el Estado además de emprendedor parece comportarse de manera ingenua y condena a la sociedad a ejercer el papel de la triste figura.

Twitter como campo de batalla

Cada vez más se pone en duda que Twitter sea un espacio saludable donde mantener diálogo e interacción. Estos días han anunciado su renuncia a esta red social la alcaldesa de Barcelona Ada Colau o bien la periodista Cristina Fallarás. Se han cansado de recibir insultos, descalificaciones y amenazas. Abandonan una selva donde más que diálogo hay una multitud de gregarios dispuestos a machacar al adversario o de gran cantidad de cuentas falsas destinados a crear una sesgada noción de la realidad, más que a reflejar la pluralidad de visiones. Pero, aunque todo esto se haya acentuado, probablemente su error fue pensar que Twitter era una plaza pública, un lugar de reflexión o de razonamiento. Siempre ha sido un arma, un mecanismo de activación y de movilización, y no de diálogo además de ser, como todas las redes sociales, un gran negocio hecho a partir de la apropiación de nuestros datos.

Twitter sirve para sustituir el pensamiento elaborado por la reacción airada y explosiva, en una especie de basurero de nuestras opiniones. Lugar de linchamientos, reforzamiento del propio criterio y la demagogia desmedida. Una pura ficción de debate y de falso acceso a buena información. Todas las redes sociales, además de una naturaleza que fomenta la intervención agresiva y la irresponsabilidad en los comentarios, tienen también un aspecto muy acentuado de configuración de efecto-túnel, es decir, de instalarnos en una burbuja según la cual acabamos sólo relacionándonos con gente con la que tenemos un acentuado sentido de comunidad y justamente para no ser expulsados ​​del «grupo» apostamos por expresar opiniones e intervenciones que se encuentran plenamente identificadas dentro del marco conceptual con el conglomerado de relaciones que tenemos establecidas. En las redes la actitud dominante tiende a dos comportamientos que se manifiestan en paralelo: comentarios negativos y a menudo ofensivos contra todo aquello y aquellos que no forman parte de la tribu y, por otro lado, apoyo sin fisuras a la propia congregación. Se produce un incisivo sentido de la identidad grupal, y difícilmente se cambia de opinión y de grupo. No se confrontan ideas, razones, sino sentidos de pertenencia.

12 técnicas para controlar la ira, por Daniel Colombo

El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por su función degradadora ya que se van cerrando los espacios en que contraponer opiniones, con lo que ello implica de transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque haya grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo. En Twitter practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de manera simultánea y, en el mejor de los casos, sucesiva. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No hay matices ni posibilidad de mudar de parecer. Para cambiar de opinión se requiere previamente cambiar de grupo. El mundo de los hiperconnectats es, en el fondo, un mundo de gregarios. Twitter y las redes sociales no refuerzan la democracia, ya que no hay diálogo ni siquiera el contraste de opiniones contrapuestas o simplemente dispares. La democracia sería la gestión de las diferencias, los intereses y las opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que pretende ser unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar. El linchamiento digital es la máxima expresión del activismo en las redes. La batalla para establecer una hegemonía cultural.

La perversión intrínseca de Twitter es que todas las opiniones valen lo mismo, justamente porque son eso, opiniones. Se tenga o no criterio sobre un determinado tema, se produce un igualamiento, por abajo. Se cruzan y entrecruzan mensajes como armas arrojadizas, pero sin ninguna posibilidad real de comunicación entre sí. Cuando surgieron, se consideraron las redes sociales como el nuevo paradigma de la democracia, la participación y la cultura libre. En realidad, es un submundo de monólogos histéricos cuya finalidad es crear la falsa sensación de que estamos incluidos y participamos. En el fondo, a quien nos dirigimos principalmente es a nosotros mismos. La furia y el resentimiento suelen acompañar las actitudes dominantes en la red. Una multitud que se expresa en conjunto, pero que vive en soledad. El agitador digital teclea animosamente, pero en general lo hace como sustitutivo del actuar. Se impone un «ni olvido ni perdón» que persigue toda la vida a los estigmatizados y que deja temporalmente satisfechos a unos acosadores que requieren rápidamente de un nuevo enemigo a combatir.

Ya no basta con hacer las cosas bien

El nivel de conciencia sobre los temas medioambientales ha aumentado mucho. El calentamiento global del que ya se notan sus efectos de manera bastante evidente es generalmente conocido y fuente de preocupación de una buena parte de la sociedad. La necesidad de mudar hacia energías renovables parece también bastante asumida y forma parte ya de nuestra elección a la hora de comprar vehículos o bien decidir cómo climatizamos nuestra vivienda. La publicidad suele ya contemplar los valores asociados a la sostenibilidad a la hora de condicionar nuestras opciones de compra, mientras los jóvenes estudian los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en los centros educativos. Incluso algunas de las mayores fortunas del mundo, como es el caso de Bill Gates, invierten gran cantidad de recursos en innovadoras y sofisticadas tecnologías que contribuyan a reparar, al menos una parte, del mal infringido al planeta. Se habla ahora de inyectar carbonato de calcio a la atmósfera para que evite la progresión del calentamiento y, afirman, atenuar la cantidad de luz solar que nos llega.

Ha costado mucho llegar hasta asumir que estábamos en una deriva destructiva que había de detener, han sido necesarias muchas evidencias, para que el tema de los límites medioambientales del planeta se asume como un dato objetivo y no como un mito, como una invención de ecologistas y otros agoreros de todo tipo. Ahora los ricos y poderosos también parecen estar preocupados. El problema de fondo es que nuestra sociedad y nuestra economía se han sustentado durante la época industrial sobre el mito que la tecnología nos permitiría de manera progresiva dominar la naturaleza y ponerla a nuestro servicio. El desarrollismo, el crecimiento económico continuo ha sido la filosofía que ha movilizado izquierdas y derechas desde la revolución industrial. La superioridad que se creía incuestionable de la condición humana no nos hacía plantear la posibilidad de interactuar y convivir armónicamente con la naturaleza, sino que se trataba de subyugarla y dominarla como si sus posibilidades y su capacidad de regeneración fueran infinitas. Las externalidades de nuestras actividades económicas, medioambientales y de otro tipo, no se han empezado a contabilizar hasta hace relativamente poco tiempo. Nuestro sistema económico y productivo, en nombre de llegar a la suficiencia productiva, se ha basado en tecnologías sobre las que no controlábamos la totalidad, a veces ni siquiera una pequeña parte de sus efectos. Para el funcionamiento del sistema, para no caer en la sobreproducción, se ha estimulado el consumo a niveles irracionales, convirtiendo del despilfarro en la cultura y en los hábitos dominantes. Hemos construido una sociedad en que se vive sobre una cantidad ingente de desechos, incapaces ya de fagocitar los mismos, por nuestro inducido consumo desmedido y el deseo por poseer la versión más o menos nueva de las cosas. No es sólo un problema de actitud y de cultura personal, el despilfarro y la generación de residuos es la base sobre la que se sostiene el sistema económico y social.

Qué es la contaminación?

La duda radica en si la conciencia actual y la predisposición a «hacer las cosas bien» de la actualidad, es suficiente. La respuesta es que probablemente no lo es. Pretender la sostenibilidad medioambiental, pero también económica y social, resulta absolutamente descabellado si queremos mantener un sistema económico basado en el crecimiento continuado, que asociamos el progreso y el desarrollo deseables con el aumento permanente del PIB. Somos adictos al crecimiento y esto resulta del todo incompatible con respetar los límites medioambientales o bien en hacer posible un grado de bienestar razonable para el conjunto de la población. En la lógica actual, el único antídoto para el desempleo permanente es más crecimiento y más endeudamiento. Un círculo aparentemente virtuoso que se convierte en un circuito infernal. Para pasar de la economía del despilfarro a una economía circular, hay que imaginar una prosperidad sin crecimiento, una sociedad «de abundancia frugal». Una economía intensamente productiva requiere que hagamos del consumo nuestro estilo de vida. No hay salida. Como ha planteado de manera concluyente el teórico del decrecimiento Serge Latouche, pensar que conseguiremos establecer una compatibilidad entre el sistema industrial productivista y los equilibrios naturales apoyándonos sólo en las innovaciones tecnológicas o recurriendo a sencillos correctivos en las inversiones, sin esfuerzo, sin dolor y, además, enriqueciéndose, es un mito. Pronto no habrá ya elección y tendremos que reducir nuestra huella de carbono y organizar el racionamiento en la extracción de los recursos no renovables. Hay que mudar de una economía actual donde si no se crece se bloquea, a una economía diseñada para mantenerse estable sin crecimiento. No es incorporando tecnología y buenas intenciones a un modelo obsoleto como se van a enderezar las cosas. Se trataría de situarnos en un nuevo paradigma, en pensar diferente.

El espectáculo continuará

Cataluña no tiene Gobierno, pero posee y tendrá dosis enormes de escenificación. Hace años que estamos sin quien nos gobierne, cosa bastante evidente en los tiempos de pandemia que hemos vivido, y no parece que la excepcionalidad del país apresure a nadie. Los aprendices de brujo dicen que lo importante es controlar los «tempos» políticos, no precipitarse. No importa el tiempo, las urgencias, ni las medidas políticas que no pueden esperar. Los trenes van pasando para desesperación de una sociedad que, cuando va a votar, prefiere hacer una afirmación de identidad más que una apuesta por alguien que le pueda resolver las cosas, o al menos intentarlo. La política ya hace tiempo que no está en manos de políticos, sino de guionistas que usan actores para contarnos historias que nos emocionen.

Pere Aragonés ha sido derrotado por segunda vez. Es la historia de una humillación anunciada. En parte una vendettaentre enemigos íntimos, pero sobre todo la puesta en evidencia de que el dominio de la situación está en manos de Waterloo y de su sección del interior. Parece que todo el mundo lo ha entendido, menos ERC, convencido este partido que, si está dispuesto a tomarse todo el aceite de ricino que haga falta, al final se hará con el poder. La Presidencia todo lo vale. Lo que no parecen captar es que, cuando les entreguen nominalmente la vara de mando, ésta resultará vacía de contenido, sin credibilidad y con un presidente esposado. Una vez más, un vicario. ERC tendrá nominalmente la presidencia, pero no obtendrá ni el poder ni les dejarán gobernar. Este es el marco fijado por JuntsxCat. Laura Borràs ejercerá, como ya lo hace, de evidente dueña del negociado barcelonés, mientras la estrategia y el predominio institucional y político se traslada a un quimérico Consejo para la República que, tema menor, se ve que no ha elegido nadie. En medio, los republicanos habrán tenido que entregar su estrategia política en Madrid y Bruselas que se pondrá al servicio del conflicto abierto y continuado con el Estado que quiere Carles Puigdemont.

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Supongo que quien ha diseñado la estrategia de ERC se debe considerar una lumbrera, pero en realidad parece ejercer de enemigo. Cuando la última semana de la campaña electoral quisieron cerrar ostentosamente la puerta a un pacto de izquierdas con el PSC y los Comunes, desde el local de campaña de Junts brindaron con cava. Acababan de hacer a los republicanos prisioneros de su estrategia, les habían hecho entrar en su marco político y mental. Se cerraban a cualquier otra posibilidad o alternativa que es, al fin y al cabo, lo que les habría hecho fuertes en la negociación. El desprecio expresado hacia Salvador Illa, bien ostentoso y desagradable para que nadie en el mundo independentista los pudiera acusar de posibles «traidores», resultó un evidente tiro en el pie, una autolimitación que hoy pagan cara, aunque quién más lo sufraga es la sociedad catalana que habría tenido una oportunidad de salir de una división de bloques que la ahoga. Apuesta conservadora y aparentemente poco arriesgada: continuar con la estrategia irrendentista. Para disimular que, entre izquierda o derecha, había hecho esta última opción, creyeron que había que abrazarse lo más fuerte posible a la CUP hecho que, a su entender, forzaría a Junts a entregarse fácilmente a un pacto. Visto desde fuera, no parece una gran idea que para convencer a un partido liberal-conservador te presentes con un acuerdo programático con un partido que se define a sí mismo como «anti-sistema» (una cosa rara ésta, si se analiza la sociología y localización de su voto). El argumento para alargar la agonía política les había sido servido en bandeja a aquellos que tienen todo el tiempo del mundo y pocas ganas de que Cataluña tenga un gobierno efectivo y convencional.

Probablemente al final, apurando los tiempos, habrá algún tipo de pacto que puede resultar bastante vergonzante para ERC. JuntsxCat puede tener la tentación de forzar nuevas elecciones, pero incluso el muy activable electorado independentista parece mostrar signos de cansancio como lo expresan los ochocientos mil votos menos obtenidos en la última cita. La demoscopia les desaconsejará esta vía. Posiblemente tendremos Gobierno, pero otra cosa será que pueda gobernar en un clima con tantas malquerencias y cuentas pendientes. De hecho, la política actual ya no va de eso sino de ocupar el espacio para poder actuar. Será como ir al teatro con varios escenarios abiertos al mismo tiempo y en la misma sala. Para algunos, la perspectiva debe resultar emocionante, para otros, puro aburrimiento provocado por una obra ya muy vista.