Una vida en exposición

Mantener la privacidad socialmente siempre se había considerado un valor y un factor que añadía respeto y credibilidad. Lo íntimo se preservaba y formaba parte de la restringida esfera particular y familiar. Tradicionalmente, la buena reputación descansaba sobre la discreción y cierta reserva en todo lo personal. Airear públicamente lo que se presumía como algo íntimo, siempre se había apreciado como una muestra de descuido y una señal para la desconfianza. Internet, y muy especialmente las redes sociales, ha inducido a la conversión de lo privado en público, a practicar un exhibicionismo impúdico al que en gran parte nos prestamos de forma generosa y natural. Parecería que hoy en día un exceso de discreción nos convierte en alguien que tiene algo que esconder. Se han invertido los papeles. Más allá de una cultura de la exposición ya naturalizada, donde la transparencia personal adquiere buenas dosis de teatralidad, la pérdida de la cautela personal tiene mucho que ver con una economía de plataforma que ha hecho del espionaje, del despojo de nuestra intimidad, de nuestros datos perfilados, la base del modelo de negocio. En palabras de Yuval Noah Harari, somos ya “animales pirateables” y nuestros cerebros pueden ser “hackeados”.

Mark Zuckerberg dijo no hace mucho tiempo y de forma muy elocuente: “la privacidad ya no es una norma social relevante”. Y no es extraña esa consideración. Hay más personas en Facebook de las que había hace doscientos años en todo el planeta, y esta red social representa el paradigma de la exhibición voluntaria. Estamos ante unas generaciones que han asumido que nada es privado y, lo que resulta chocante, es que apenas se ofrece resistencia a que esto sea así. Se hace alegre y voluntariamente. Es la condición que establecen las plataformas de internet para que esto pueda ser un negocio. ¡El espectáculo debe continuar! Nuestro yo digital va dejando rastro y no sólo eso, queda archivado para siempre. Alimentamos bases de datos mientras enviamos mails, compramos, escuchamos música vemos películas, chateamos o planificamos nuestro nuevo viaje. A partir de ahí, somos un libro abierto para que Google, o quien sea, personalice no sólo la publicidad que recibimos, sino también la información que se considera relevante y esperable para nuestro “yo digital”. Hemos creado una tecnología que nos modifica, nos expone y nos ha transmutado en mercancía y datos. Convertir la información personal en dinero comporta de forma inevitable conflictos con la privacidad, así como con la posibilidad de “olvido”. No es posible realizar un borrado absoluto de nuestras trazas en internet, dado que siempre los servidores acaban disponiendo de una copia oculta de lo que se publica en la red, más allá de cualquier eliminación voluntarista.

Un fallo de seguridad deja expuestos datos personales del Rey o Pedro  Sánchez - AS.com

El mundo de las redes sociales se ha convertido en un escaparate en el que nuestra exposición debe seguir unas reglas no escritas, pero muy estrictas. En los mensajes de texto, no se trata de escribir en una pizarra según el sentido convencional de la escritura. La secuencia del texto, los iconos utilizados y sobre todo la puntuación, lo son todo. Cada grupo de edad y cultura tiene sus códigos, no cumplirlos indica claramente pertenecer a la categoría del impostor y ser un auténtico neófito digital. Es especialmente importante demostrar una total disponibilidad. «La obligatoriedad» de la respuesta obedece casi a condiciones contractuales entre los que forman parte del grupo. La cuestión es acaparar la atención de los miembros, quienes deben al grupo una predisposición incondicional. Un mensaje de texto debe contestarse en un lapso máximo de cinco minutos. Lo contrario implica demostrar poca conexión o, peor, escaso interés. Por eso, el aparato de conexión tiene prioridad absoluta sobre la conversación, sobreponiendo siempre el mirar la pantalla y el clic histérico a cualquier relación en vivo y en directo. La descripción de las cosas que formulamos como una emergencia conseguirá que la gente te preste mucha más atención. El concepto de privado se desvanece. Nuestro diálogo en persona puede estar reflejado por uno de nuestros interlocutores hacia las redes, en tiempo real.

Facebook, tiene un mínimo de 98 campos de información que ha usurpado de nuestra intimidad: ubicación, edad, generación, género, idioma, nivel educativo, campo de estudios, colegio, afinidad étnica, sueldo, tipo de vivienda y régimen de tenencia, valor de la casa, composición del hogar, relaciones, cambios de trabajo, compromisos, matrimonios, paternidades, relaciones sentimentales, marca y antigüedad de vehículos, sistema operativo, servicio de correo electrónico, navegador, tipo de tarjeta de crédito, fluctuaciones de estado de ánimo, perfil de elector… Somos un libro abierto, demasiado abierto. La salud social y democrática requeriría mantener distinción y fronteras, una separación higiénica y prudente, entre lo privado y lo público.

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