Autor: Josep Burgaya
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Agonía política
Aquesta legislatura va en camí de no tenir cap sentit. La configuració i les formes a través de les que es va arribar a bastir una majoria purament aparent ja així ho indicaven. Els acords polítics, a banda de lleialtat, requereixen de reciprocitat. Un quid pro quo que se’n diu ara. El pacte de Govern a l’Estat desafia totes les lleis de la física i de la política. No hi ha proximitat ideològica i, en canvi, un profund sentit de venjança per part d’alguns que el conformen, sembla que fer el paper de l’escorpí de la faula d’Isop. Voluntat d’uns de governar, pagant a canvi un cert preu pels suports aritmèticament imprescindibles, però alguns d’aquests es creuen amb el dret d’humiliar i convertir les agonies del partir governant en una mena de divertiment perpetu. No té cap lògica i suposa un desgast a la consideració de la política del tot insostenible. Resulta curiós com el que importen no son les polítiques i la seva significació, si no purament la representació pública de la confrontació política, això que se’n diu el “control del relat”.
La primera iniciativa legislativa, el decret òmnibus, d’ aquest nou període ha servit per escenificar la inestabilitat política que alguns pretenen mantenir i perpetuar perquè creuen que els convé i així fer “la puta i la ramoneta” amb la seva desorientada parròquia. Com que el pacte per obtenir l’amnistia pot interpretar-se pels més reescalfats com a una entrega, com el final d’un procés que no ha servit per a res de bo, es tracta d’anar escenificant que es té la clau del manteniment de la legislatura i que aquests es tancarà quan des de Waterloo es vulgui. Amb aquestes premisses i condicions ni el Partit Socialista ni Sumar aconseguiran una legislatura productiva. S’arrastraran de manera poc honrosa i el desgast serà immens. L’oposició dretana es frega les mans, però també i paradoxalment els beneficiaris de l’amnistia. No sembla preocupar-los que una vegada hagin obtingut el perdó que han exigit, torni la dreta més reaccionària, ens caigui a sobre un govern de PP i Vox. De fet, el necessiten per tal de recuperar una lògica de confrontació que el PSOE ha rebaixat de manera molt notable. De fet, no volen els ponts que els ofereixen, sinó trinxeres. Aquest es la realitat i per això, la dinàmica política espanyola actual no té una bona sortida.

Per a l’oposició reaccionària cada “demostració de força” que fan i faran Junts i Podemos agenollant el Govern i fent-li perdre votacions, és una festa. Saben que estan recollint els fruits del seu discurs dur i del seu relat apocalíptic sobre el trinxament d’Espanya i, segons ells, la deriva autoritària i antidemocràtica, amb un President que és presoner d’independentistes, comunistes i terroristes. Sembla difícil que ningú pugui combregar amb plantejaments tan fora de lloc, però hi ha un terreny massa abonat i els jocs malabars per mantenir una aparença de majoria de Govern també ho faciliten. Hem sentit a dir aquests dies que s’havia d’obligar a les empreses que van treure la seu de Catalunya per la inseguretat jurídica que s’hi donava, que se les havia d’obligar a tornar i a multar-les si no ho feien. Bogeria per bogeria. Amb tot això, no s’ha debatut ni la major part de la ciutadania s’ha assabentat que els paquets de mesures a aprovar pel Congrés aquesta setmana tenien un calat social i econòmic immens, extraordinàriament beneficiós per a aquells que ho necessiten. Es tractava de millorar la prestació d’atur i de mesures per fer front a la crisis amb la possibilitat de percebre una important aportació econòmica procedent de la Unió Europea. Ningú coneix el què i, en canvi, tothom ha vist el com. Mesures progressistes que no reforçaran les polítiques governamentals, degut al com s’han hagut d’aprovar. Pel camí Podemos s’ha cobrat la venjança enfront als ex-correligionaris de Sumar de fer decaure el paquet sobre temes de prestació d’atur. Aquí també ha primat escenificar el menyspreu més que no pas valorar els continguts. Així es la “nova política”.
El debilitamiento de la democracia
De la mano de la nueva extrema derecha y de la deriva reaccionaria de las derechas tradicionales, hemos descubierto que las democracias no sólo pueden morir por levantamientos militares, sino también por el papel de líderes electos. El retroceso democrático puede empezar en las urnas. Van tomando el poder planteamientos populistas tras los que yacen nuevas formas de autoritarismo. Los nuevos autócratas (Trump, Putin, Erdogan, Meloni, Orbán, Milei…) y los que tienen pretensiones de serlo van limando el contenido del sistema desde dentro, degradando sus estructuras de forma gradual, sutil, incluso legal, hasta destruirla. Los nuevos dictadores, asaltando el poder judicial, amordazando al legislativo y atemorizando a la oposición acaban disolviendo el fondo y las formas del sistema hasta que éste acaba pareciendo una caricatura de sí mismo. Las democracias, como han escrito Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, se basan, aparte de las reglas escritas, en normas implícitas, las más importantes, la tolerancia mutua y la contención institucional. Aceptar a los contrincantes como legítimos es básico para evitar una polarización excesiva. Este principio no sólo se ha vulnerado en los regímenes populistas sino en la política de gran parte de países. España sería un ejemplo.
El Partido Popular, y Vox por supuesto, no reconocen la legitimidad del gobierno de coalición que lidera Pedro Sánchez. Sin tolerancia, un valor ilustrado básico y sin moderación en el uso de las prerrogativas institucionales para actuar contra los adversarios políticos, entramos en una política “sin barreras de seguridad” en la que cae en la pendiente de un extremismo creciente. En Catalunya, durante años, el independentismo también ha jugado a esto. En estos contextos, desaparecen las zonas grises entre los grandes partidos que les conectaban. Sucede en Estados Unidos, así como en España, Argentina o Italia. Quizás la capacidad de armar grandes coaliciones hace de Alemania la excepción. El problema es que, en esa polaridad, especialmente la derecha extrema sale ganando y, el electorado, aunque nos repugne esta dinámica al principio, nos acabamos acostumbrado. Deja de parecernos escandaloso, que forma parte del espectáculo o la gran confrontación identitaria. Insultos, desprecios y negación de la división de poderes del Estado.

El populismo que prolifera tanto en Occidente como en Oriente comparte una fuerte tendencia a utilizar retóricas acaloradas y el recurso a las teorías conspirativas. Su dialéctica entre incluidos y excluidos tiene mucha trampa. De hecho, la mayoría de los líderes populistas de derechas, también muchos de izquierdas, forman parte de las élites económicas y sociales nacionales. Fue el caso de Trump, pero también de Berlusconni, Le Pen, los Kirchner en Argentina, Haider en Austria, Modi en la India, o ha terminado por serlo el muy autoritario Lukashenko en Bielorrusia. Estos líderes y sus movimientos siempre se presentan y funcionan como un «correctivo democrático», aunque representan una erosión si nos atenemos al concepto de democracia plena. Tienden a una democracia electoral, mínima, donde se pierde por el camino un sentido amplio de su cultura y la posibilidad de deliberación y acuerdo. Planteamiento maniqueo que siempre aporta soluciones simples para temas complejos. Como establece Cass Mude, «el populismo suele formular las preguntas oportunas, pero ofrece las respuestas erróneas». Tendencia a generar bloques contrapuestos que se solidifican aumentando la violencia verbal y la polaridad. Más que los valores del grupo, resulta fundamental la existencia de un enemigo que se odia. No es posible eliminar la trinchera cavada y mucho menos atravesarla.
La digitalización abona y mucho la dialéctica polarizadora. El politólogo Ivan Krastev pone en duda el carácter democratizador del mundo digital, y apuesta más bien por ver su función degradadora ya que se van cerrando los espacios donde contraponer opiniones, por lo que esto implica transigir, ceder, compartir y pactar. En los encuentros reales, aunque existan grandes discrepancias, el aspecto humano implica la asunción de un cierto grado de compromiso y de transacción, de diálogo o, al menos, mantener las formas. En Twitter (ahora X) practicamos una relación basada en el monólogo continuo, a menudo de forma simultánea. Lo que nos llega sólo refuerza nuestra opinión. No existen matices ni posibilidad de mudar de pensamiento. Las redes sociales no refuerzan la democracia. Ésta, sería la gestión de las diferencias, intereses y opiniones antagónicas, no un espacio para establecer un discurso hegemónico que pretende ser unánime. En la democracia debe haber disidencia; en el mundo digital sólo enemigos a combatir y condenar.
Política y poder
Todo apunta a que la próxima semana habrá pacto de investidura. Yo era de los que no le daba demasiadas posibilidades. Creía que el mundo de Waterloo sería fiel a los postulados irredentistas y que no cedería.. Debo confesar, que me habría alegrado de que así fuera. No creo que con estos mimbres se pueda erigir ninguna mayoría de gobierno sólida y seria. Parece que unos han entendido que la inesperada oportunidad que les proporcionaba la aritmética parlamentaria, si la dejaban pasar, no habría otra. Su futuro sería la desaparición política y el olvido. El reto para ellos, ahora, es presentarlo como una victoria, el reconocimiento por parte del Estado de sus culpas, la posibilidad del regreso soñado a Cataluña, convenciendo a sus más excitados de que esto no es una entrega política. Pero de hecho reconocen una legitimidad institucional que, afirmaban, querían dinamitar. Por parte del gobierno en funciones, se ha actuado con una practicidad absoluta. Se ha dicho y se ha pactado lo que sólo hace unos meses les resultaba absolutamente inasumible. La generosidad y las medidas de gracia para acabar con el conflicto que planteó El Proces ha sido el argumento insignia, lástima que hacerlo en una posición de chantaje a cambio unos votos de investidura le resta mucha grandeza a la decisión. Han sido necesarios gestos y fotografías difíciles de entender y que perseguirán durante tiempo al socialismo español. En medio, ERC sobreactuando y dando saltos para también salir a la fotografía. Se llegará a la investidura y a formar gobierno, lo otro será gobernar y el tiempo que habrá posibilidades de hacerlo. No es éste un tema menor, si se logra una legislatura larga y mínimamente calmada, Sánchez puede acabar haciendo comprensibles estos actos de funambulismo político. La derecha le acusará de oportunismo y de venderse España. Si los resultados a cuatro años fueran buenos, todo el mundo enaltecerá su capacidad de maniobra política.

Ciertamente una parte de la sociedad catalana y española no entiende que se apruebe y se aplique ahora una ley de amnistía. Muchos de ellos, no porque sean contrarios a ella por definición, sino por creer que no se dan las condiciones ya no de arrepentimiento, ni siquiera de propósito de enmienda. En términos jurídicos, no sería el momento procesal adecuado en la medida en que algunos de los presuntos delitos cometidos ni siquiera han sido juzgados. Se requeriría hacerlo en un momento en que la amnistía significara un cierre de una época y de determinados comportamientos. Desde el punto de vista formal que aquellos que deben ser beneficiarios de la revocación y olvido de los delitos sean quienes redacten los textos, decidan los detalles y hasta dónde llegan los afectados, da un poco de sonrojo. Existe un evidente conflicto de intereses. No me veo yo decidiendo cómo es la ley tributaria, por poner un ejemplo, en aquellos aspectos que me pueden afectar directamente. El problema es que quienes hacen esto necesitan blandirlo públicamente para justificarse
España viene de cuatro años políticamente intensos en los que, más allá de la debilidad que evidenciaban las sobreactuaciones y disputas entre los socios de gobierno, se han hecho políticas muy progresistas en temas laborales, de libertades, de atracción de fondos europeos. Se ha gestionado una economía en época de crisis mucho mejor que en la mayoría de los países de la Unión Europea. La mayoría que ahora se plantea, será aún mucho más débil. Los minoritarios que la pueden posibilitar se harán sentir de manera no justamente integradora y con voluntad de cohesión y se reservan “la acción de oro” para derribar al gobierno cuando lo crean conveniente a sus intereses. El socio principal del PSOE, Sumar, es una amalgama que solo el instinto de poder los mantiene juntos, mientras su líder siempre sonríe no se sabe muy bien de qué. El objetivo de Podemos y Pablo Iglesias es de dinamitar el gobierno de izquierdas en el que se sienten casi excluidos, y aprovecharán cualquier excusa para ello. Con estos mimbres, ¿qué puede salir mal? Cuando un artefacto político se construye de manera precaria y cuenta con mucha gente en contra y todavía una parte de los que están a favor lo están ahí sin entusiasmo, las posibilidades de éxito son pocas y el fracaso puede ser ruidoso y dramático para toda la izquierda. Puestos a correr riesgos, quizás tenía mucho más sentido volver a unas elecciones. Se podían perder, pero también podían ganarse. La apuesta actual por la investidura significa polarizar, más aún, la política y la sociedad española. Y esto, no creo que sea una buena opción. Nada desearía más que equivocarme. Siempre he pensado que la política necesita un acerado sentido de poder, pero, aún más, requiere proyectos y miradas profundas que vayan más allá del corto plazo.