https://es.ara.cat/opinion/milei-falso-dios-argentino_129_4782412.html
Autor: Josep Burgaya
El federalismo podría ser la respuesta
Donald Trump está vivo
Entrevista en El Viejo Topo
Entrevista que me ha hecho Salvador López Arnal sobre mi libro Tiempos de Confusión y que se publica en la revista en el número de julio-agosto de 2023
Reseña de Lluís Rabell al libro Tiempos de Confusión
Crónica Global sobre el libro Tiempos de Confusión
Artículo en Crónica Global
Artículo publicado hoy en el digital Crónica Global:
https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/20230614/hay-partido/771552840_13.html
Charla en el Club Cortum
Homo Deus
Recientemente y a partir del surgimiento del ChatGPT, se está produciendo un auténtico debate público sobre la inteligencia artificial (IA), especialmente sobre si ésta puede ser un soporte y el complemento a la inteligencia humana, o bien si de forma bastante rápida acabará por emularla y sustituirla. Muchos vemos peligros importantes y, justamente, sus principales impulsores están planteando ahora que hay que evitar que el tema se descontrole y alertan de los peligros reales. Los tecnooptimistas, en cambio, lo ven como el gran camino emancipador de una sociedad humana que le permita superar todas sus limitaciones, enfermedades y muerte incluidas, gracias a desarrollos tecnológicos que, basados en el cerebro humano, tendrán la potencia y capacidad ilimitada que les puede proporcionar la mecánica. Estaríamos así a las puertas de una nueva era en la que la sociedad viviría la auténtica y exclusiva revolución de entrar en otra dimensión gracias a una inteligencia artificial autoprogramable que, además, incorporaría algoritmos de inteligencia emocional. Elon Musk y Sam Altman crearon, en 2015, OpenAI, una empresa dotada con mil millones de dólares para el desarrollo de la IA, teóricamente sin ánimo de lucro. Es aquí donde se crea ChatGPT.
El concepto de IA no es nuevo, aunque sea ahora cuando ha saltado a la palestra del gran público. Tiene ya un recorrido de casi 50 años. Nace con los experimentos computacionales de los años setenta e intenta reproducir el funcionamiento del cerebro humano de forma mecánica y mayor potencia. La web semántica, los progresos en el aprendizaje y la comprensión tienen que ver con esa concepción. En cambio, la IA basada en el uso y tratamiento de datos es mucho más reciente. Tiene que ver con establecer sistemas de aprendizaje automático a partir de algoritmos estadísticos que establecen patrones y emulaciones del comportamiento humano. El ritmo de cambio se define como «exponencial». Se aniquila, en palabras de Éric Sadin, el tiempo humano de la comprensión y de la reflexión, “privando a los individuos y sociedades de su derecho a evaluar los fenómenos y dar testimonio (o no) de su consentimiento”. Desaparece el concepto de largo plazo.

El desarrollo de las posibilidades de la Inteligencia Artificial es el último objetivo de muchas de las innovaciones digitales de las grandes corporaciones de Silicon Valley. En este sentido, Larry Page y Serguei Brin, de Google, nunca han escondido que su pretensión va mucho más allá de desarrollar el mejor buscador de internet o de aportar enriquecimientos concretos al bienestar humano. Hay un sentido redentorista, una convicción teológica en la necesidad de desarrollar una inteligencia mecánica que acreciente y sustituya las limitaciones del raciocinio y la sentimentalidad humana. El proyecto maestro de Google consiste en superar los límites de la inteligencia humana, creando y entrenando algoritmos para que puedan pensar igual o mejor que nosotros, pero mucho más rápido. La digitalización de todo el conocimiento libresco, han confesado, no es para prestar un servicio a las personas, sino para proporcionar la información a la inteligencia artificial. Estamos frente a una ideología consistente en reconfigurar el futuro de la humanidad, un nuevo darwinismo que aspira a reorientar el curso de la evolución humana. Un planteamiento que resulta bastante aterrador.
De hecho, ya el precursor de los ordenadores, el británico Alan Turing, no pensaba éstos únicamente como máquinas, sino como un símil de niños “capaces de aprender”. Preveía que el desarrollo acelerado de la computación llevaría a las máquinas a competir con las personas en el ámbito intelectual. El director de ingeniería actual de Google, Ray Kurzweil, defiende que ya estamos en el umbral de saltos espectaculares en genética, nanotecnología y robótica. Que está cerca el momento en que podremos desnudarnos de nuestros cuerpos y cerebros humanos caducos, frágiles y poco eficientes; de lo que él llama los cuerpos biológicos 1.0. A su entender, el devenir es la fusión completa con las máquinas y que nuestra existencia se vuelva virtual, disponiendo de cerebros externos y recargables.
El editor de la revista Wired, Kevin Kelly, estima que hacia 2026 el principal producto de Google no será el motor de búsqueda, sino la IA. De hecho, Google tiene su apuesta estratégica central en la inteligencia artificial. Cada una de los 3.000 millones de búsquedas que la plataforma soporta todos los días sirven para enseñar a la IA de aprendizaje profundo. El motor del desarrollo de ésta lo forman los algoritmos que aprenden, pero el combustible son las enormes cantidades de datos que plataformas como Google pueden proporcionarles. Toda una paradoja, que la humanidad deba protegerse, a partir de ahora, de una inteligencia que ella misma ha desarrollado y que se está dotando de autonomía. Como lo define Bárbara Garson, se habría dedicado así un grado extraordinario de ingenio humano para desarrollar un ingenio artificial que derrotara al ingenio humano. Porque no está lejano el momento en que la ingeniería se desarrollará de forma automática, en la que la tecnología emancipada tomará las propias decisiones, convertida en una criatura que crecerá sola y cortará toda dependencia de las personas. Lo dicen quienes trabajan en su creación.
ETA en campaña, otra vez
Una de las mejores cosas que se han producido en España en los últimos años ha sido la disolución y desaparición de ETA, hace ya 12 años. Más de 1.000 muertes, cientos de atentados y una acumulación de sufrimiento injustificable. Durante mucho tiempo, las noticias sobre nuevas acciones armadas nos golpeaban a menudo. Una guerra desmedida e incomprensible que ningún ideal político podía justificar y, menos aún, en un estado democrático. Ciertamente que su final, no significó la conclusión de todo. Quedaban multitud de víctimas y sus familiares que deberían seguir viviendo con la sensación de que pagaban un precio muy alto sin saber muy bien porqué. A menudo sintiéndose poco acompañadas y sin que la mayoría tuvieran el consuelo de que se les pidiera disculpas. Quedaban también los flecos de los casos no resueltos, los asesinatos sin clarificar la autoría, juicios pendientes. También cientos de terroristas encarcelados, muchos con condenas largas, con el peligro de que sus familiares quisieran mantener la cultura de la confrontación. Superar situaciones dramáticas, recuperar la normalidad, desgraciadamente exige generosidad y también un cierto grado de olvido. Para pasar página, recuperar la normalidad democrática, no se pueden mantener cuentas pendientes. Tiene algo de injusto, pero la alternativa de continuar con la violencia es mucho peor. Durante años hicimos un costoso aprendizaje.
La izquierda aberzale vasca hizo una apuesta por defender sus planteamientos en la política. No merecen agradecimiento por ello, pero ha sido extraordinariamente positivo para todos que lo hicieran. Bildu, que es su marca actual, ha realizado un trayecto importante, además, hacia el realismo político. Se alinea con políticas progresistas de Estado y esto es bueno para todos y demuestra haber abandonado definitivamente los sueños del levantamiento y conflicto armado. Pero a veces, aunque sea de manera simbólica, reivindica su pasado y cuando lo hace, perjudica la reconciliación, a la democracia y, creo, que se perjudican a sí mismos. Hay fantasmas del pasado que no es muy recomendable blandir. Presentar en las listas electorales de Bildu etarras condenados por delitos de sangre, es una muy mala idea se mire cómo se mire. Hay cosas que no pueden blanquearse ni normalizarse. Aunque legal, resulta repugnante y, para mucha gente, revivir el dolor y una especie de provocación. Que la presión les haya hecho rectificar, no quita que el daño ya está hecho, demostrando que la historia reciente del País Vasco ha dejado muchas rémoras mentales y políticas que aún deben sanearse.

Lógicamente la derecha española más cavernaria – ¿hay otra? – ha aprovechado la ocasión alineando la totalidad de la izquierda, y especialmente el PSOE, con el terrorismo y sus herederos para reforzar su discurso polarizador y salvapatrias. Recurso al estómago, que no a la razón. Su planteamiento no responde a la realidad. El PSOE sufrió en las carnes de sus militantes el peor de la violencia y justamente el Gobierno del PSOE fue quien rindió a la banda forzando su disolución. El Partido Popular, como también Vox, están en lo de “contra ETA vivíamos mejor”. Cuando la organización armada es ya pasada, sólo ellos la reviven para utilizarla como arma arrojadiza. Se resisten a pasar página porque el discurso centrado en ETA y las imaginarias connivencias de la izquierda, creen, les ayudan a captar algunos votos especialmente primarios. Una lógica argumental absolutamente irresponsable en busca de una polarización política que resulta irrespirable. Dialéctica guerracivilista en la que los rivales o contrincantes políticos son “enemigos a batir” utilizando una retórica agónica y el lenguaje de la violencia. Gran parte de la derecha española y occidental ha abandonado hace tiempo los valores liberales y democráticos que le habían caracterizado y que hicieron posibles alternancias políticas cómodas a la mejor Europa. Ha prescindido de la inexcusable práctica del respeto, reconocimiento y tolerancia con el adversario, lo que es hacerlo con la sociedad. Se ha asilvestrado de forma notoria y aunque se presenta ridícula y puede inducirnos al humor, tiene un componente disolvente del sistema político y la cultura democrática que lo pagaremos caro.

