En favor de la filosofía

El gobierno catalán propone quitar la filosofía como materia optativa de la ESO, como ya se hizo en la legislación estatal que sirve de marco. Si la presión de los académicos y la sociedad no fuerza un cambio de planteamiento en la política educativa, esta disciplina que ya estaba minorizada en la condición de “optativa”, desaparecerá del currículo formativo. Sólo se ofrecerá y todavía de forma disminuida, en el bachillerato. Son malos tiempos para aquellas materias que ayudan a conformar el pensamiento, estructurar el razonamiento y crear espíritus libres. Más allá de la filosofía, las humanidades también juegan un papel cada vez menor. No son funcionales de forma inmediata, pues no interesan. En los proyectos formativos, sólo va quedando espacio para lo meramente instrumental, para lo que aporta habilidades aplicadas y tecnológicas. Aprender a razonar, estructurar el conocimiento en grandes sistemas no se considera ya algo relevante. Esto resultaba básico cuando el sistema educativo tenía como finalidad primordial la de formar a personas libres que incorporaran potentes nociones de ciudadanía y buenas bases de cultura humanística. En el mundo ideológico del neoliberalismo y el ultraindividualismo imperante, se encarga al sistema educativo, en todos sus niveles, de formar a futuros empleados que, aparte de herramientas, dominen habilidades en saberes mecanizados y fragmentados, además de haber adquirido una buena capacidad de docilidad y aceptación de lo establecido. Ah, y una fuerte propensión a competir toda la vida con sus semejantes.

La filosofía contiene el pensamiento de que nuestro mundo ha ido generando y acumulado desde de Grecia y a lo largo de 2.500 años. Nos habla de las reflexiones que se han hecho y pueden hacerse sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, de los hombres y el universo. Nos explica sistemas de pensar que se han erigido de forma sistemática. No veo que esto resulte un tema menor en la educación de los jóvenes y que no les sea clave hacia el futuro. En educación, parece que aplicamos aquella máxima negativa de que conviene más, primero, lo urgente -dotar de empleabilidad- de lo importante -proporcionar conocimiento para una vida plena-. Hay quien argumenta que lo que no va a hacer la filosofía en desaparición en la secundaria ya se encargarán de aportarlo las materias de ética. Es como decir, que es suficiente con que aprendan normas y que no necesitan conocer el sustrato, el pensamiento, a partir del cual la ética y la moral se configuran. Además, estas materias se encuentran el sistema educativo en la condición de “espejo” de las asignaturas de religión para aquellas familias que optan por una educación laica. Pero al final resulta paradójico y poco defendible que en el sistema escolar tenga mayor presencia la religión que la filosofía. Toda una declaración de principios.

La lógica de la utilidad se ha ido imponiendo en el mundo de la educación y la cultura. El conocimiento, especialmente en las últimas décadas, se ha identificado progresivamente con el interés económico y mercantil, dejando de lado la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, la filosofía, las lenguas clásicas, la fantasía, el arte o bien el pensamiento crítico. Se ha ido borrando el horizonte amplio, civil, que debería inspirar la actividad humana. El pensador italiano Nuccio Ordine, ha escrito sobre un hecho que puede parecer paradójico, como es la gran utilidad de los saberes inútiles que, justamente, por no producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos nos ayudan a dotar de musculatura nuestra capacidad de pensamiento ya proporcionarnos nos un universo moral. Ya hace años que el dramaturgo Eugène Ionesco también alertaba de que todo lo útil impide la comprensión del arte y nos incapacita para disponer de un sentido social y colectivo. Nos convendría no perder la conciencia de que los saberes humanísticos, la literatura como la cultura en general, forman el líquido amniótico en el que se desarrollan las pulsiones de libertad, justicia, laicidad, igualdad, solidaridad, tolerancia, bien común o espíritu democrático. El gusto de vivir. Lo decía Ovidio, «por más que te esfuerces en encontrar que hacer, no habrá nada más útil que las artes, que no tienen ninguna utilidad». En Francia, Víctor Hugo ponía en cuestión la excesiva focalización en lo material y la pérdida de importancia en el sistema educativo, ya en la segunda mitad del siglo XIX, de los contenidos humanísticos; sobre el peligro de que se iluminaran las ciudades, pero que se fuera imponiendo la oscuridad en las mentes. Entendía que lo humanístico podía hacer de “antorcha” para la comprensión del mundo y para el desarrollo de nuestra dimensión ética.

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