A pie de calle

Los efectos de la epidemia sobre la economía son y serán ingentes. Hemos vivido hasta ahora el choque de la paralización de la actividad y algunas medidas públicas para mitigarla, pero justamente cuando el trabajo se reanude empezaremos a tomar conciencia de lo que hemos perdido en esta colada y, sobre todo, de lo que ya no recuperaremos. Algunos negocios han perdido mucho dinero y han enviado gente en casa, pero se repondrán, aunque la cuenta de resultados este año sea peor que el anterior. Pero hay comercios y servicios, la mayoría de poca dimensión y con escasa capacidad de resistir para las que el paro de la actividad ha resultado letal, definitivo. Si hay un gran perdedor económico en esta crisis este es el comercio de a pie de calle. La mayoría pequeños negocios que ya venían trastabillados hace tiempo, que resultan muy importantes no sólo por el servicio que nos prestan, sino porque nos proporcionan empleo, vivacidad y seguridad en nuestras calles. El modelo de vida urbana europeo, especialmente en el Mediterráneo, ha consistido en la coexistencia de usos, funciones y actividades en una trama urbana exuberante y llena de dinamismo. Lo estamos perdiendo. No podremos culpar exclusivamente a la epidemia, pero esta ha terminado por apuntillar muchas labores que se hacían cara al público. Servicios y puntos de referencia que deberíamos entender que significaban mucho más que meros negocios particulares. Ya hace tiempo que aumentan los locales comerciales cerrados en nuestras calles y plazas. Hemos ido cambiando los hábitos de consumo empujados por una publicidad que nos lleva a los grandes espacios de compra, a deambular por estos polígonos comerciales horribles que hay en las entradas de todas las poblaciones que las hace a todas muy parecidas en su mal gusto. Mientras, en el corazón de las ciudades los pequeños negocios son desplazados por las franquicias de las marcas que también convierten los antiguos ejes comerciales en lugares también absolutamente idénticos e intercambiables. Y desplazados, finalmente, por la moda y comodidad de unas compras virtuales hechas a través de Amazon o de los mecanismos de venta online que han desarrollado todas las marcas. Todo lo queremos ya despersonalizado.

Un tercer centro comercial se implantará en el polígono Cabeza Hermosa

Saldremos de este confinamiento sintiéndonos más solos cuando recuperamos el uso del espacio urbano. Muchas tiendas de confianza y bares que formaban parte de nuestro paisaje habrán desaparecido. Dicen que serán más de un 30% de los que había. Detrás de cada negocio familiar cerrado hay toda una historia, todo un proyecto vital que se ha ido a pique y, sobre todo, un estilo de vida que dejamos que vaya desapareciendo. Los políticos suelen utilizar frases grandilocuentes para ensalzar el comercio de proximidad. Pero sólo son palabras. No se les dan ayudas, no se les protege, se le deja a merced de los buitres que especulan con los precios de los alquileres y, sobre todo, se hacen políticas urbanísticas que fomentan el comercio perimetral en las ciudades y se fomenta la instalación de las grandes marcas en el centro urbano. Todas las ciudades parecen querer ser idénticas las unas a las otras. No queda espacio para mucho más. Si acaso, pequeños negocios precarios que abren hoy y cierran mañana, que parecen llevar escrita la palabra fracaso en el rótulo y en el diseño torpe del escaparate. Y a los comerciantes de toda la vida los condenamos nosotros. Cada vez compramos más a través de la relación desangelada con el ordenador, aspirando a sentirnos reyes por un rato cuando tocan el timbre y repartidores extremadamente explotados y mal remunerados nos llevan a casa cualquier prenda, la cena o el último antojo que nos ha ocurrido. Y todo tiene un precio. Nuestras calles se empobrecen y se vuelven desoladas, desaparecen puestos de trabajo dignos, perdemos biodiversidad comercial y urbana, renunciamos al valor añadido que tiene la profesionalidad y el trato personal. Hemos hecho nuestro un modelo anglosajón no sólo de consumo, sino también de ciudad, con lo que no únicamente se pierden negocios, sino y sobre todo humanidad. Un mundo curioso. Nos podemos llenar la boca reclamando productos de “proximidad”, mientras dejamos que se mueran en el olvido y de inanición los que nos los pueden proporcionar.

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