Habría que asegurar la producción estratégica

Cuando Europa ha necesitado determinados productos sanitarios de base industrial para hacer frente a la epidemia del coronavirus, se ha encontrado que ya no disponía de las plantas que lo pudieran fabricar. Hablamos de respiradores, de mascarillas, de alcohol en gel, vestimenta adecuada para los profesionales de la salud… Cosas bastante elementales, escasamente complejas, que renunciamos hace muchos años a producir en nombre de los costes bajos en que se podían producíar en el mundo asiático de salarios paupérrimos y condiciones de miseria. Teóricamente, no había ningún problema, ya que el sistema global satisfacía la demanda en cualquier momento y en cualquier lugar de manera extremadamente rápida y más eficiente. Pero esto podía ser así en condiciones normales, habituales, pero los publicistas de la globalización productiva no pensaron que a veces se dan situaciones excepcionales en las que el mercado deja de ser eficiente y no producir en el propio país, un problema. En momentos críticos ya sea por guerras, epidemias o escaseces, las cadenas de abastecimiento se rompen, los sistemas logísticos se debilitan y la tentación de los productores lejanos para especular, inevitable. Y los países cercanos, socios al menos teóricamente, se esfuerzan también para obtener unos productos ahora codiciados y escasos. La tesis tan incrustada en el pensamiento económico desde de David Ricardo, como es el de la ventaja competitiva, merecería de algunas matizaciones en la práctica. Aunque en parte se ha hecho, reconvertir plantas industriales para transformar la producción hacia una “economía de guerra” tiene muchas dificultades, falta experiencia y requiere de tiempo. Justamente, el tiempo de respuesta para disponer de productos esenciales ha resultado largo y, en algunos casos, letal.

Así, entre otras muchas cosas la epidemia actual ha evidenciado aún más las limitaciones y las disfunciones que ha comportado la doctrina mundializadora imperante en los últimos cuarenta años. Los líderes del capitalismo planetario desregulado, de la desaparición de fronteras económicas que limiten las energías comerciales, los partidarios de estructuras de estado menores y de un mundo donde prevalezca el individualismo y el libre mercado nos han llevado a una distribución mundial de la producción que, además de desindustrializare y precarizar laboralmente amplias zonas del mundo, nos ha convertido en dependientes de una producción hecha a muchos miles de kilómetros de distancia y sobre la que no tenemos ninguna posibilidad de incidir en caso de necesidad. La desterritorialización es lo que caracteriza al capitalismo global de la era actual. Sería necesario replantearse la distribución internacional de la producción que ha generado la globalización, o al menos el mundo occidental tendrá que reflexionar sobre si es posible una actividad económica equilibrada y que genere empleo sin industria, al tiempo haberse convertido en tan dependientes y vulnerables.

Desindustrialización – Agencia TSS

Cuando hablo de estas cosas me gusta citar a Dani Rodrik, el cual explicó hace unos años como la democracia y la autodeterminación nacional deberían prevalecer sobre la hiperglobalización, la cual la cruz claramente incompatible con la democracia. Para este economista de Harvard, la humanidad está ante un dilema de difícil resolución -de hecho, un trilema-, entre lo económico, lo nacional y lo democrático. Para él, la salida es que la democracia cree reglas globales que se apoyen en mecanismos de responsabilidad mucho más complejos de los que tenemos actualmente. En caso contrario, defiende una versión renovada del proteccionismo económico en la medida en que “los países tienen derecho a proteger sus propios sistemas sociales, normas e instituciones”. Sin instrumentos de intervención económica, los Estados no pueden sostener los servicios ni asegurar el bienestar de sus ciudadanos. Sin una economía sólida, diversa y compleja tampoco se puede asegurar la provisión de lo que es fundamental para la población. La doctrina proteccionista generalizada y mantenida en el tiempo suele resultar perversa y empobrecedora, pero no proteger la capacidad de producir en el territorio aquello que puede resultar estratégico e imprescindible en momentos críticos, desarma a cualquier país, le hace perder una noción básica y razonable de soberanía.

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