A propósito de la tasa Google

Google es sin duda la empresa que más relevancia tiene en nuestras vidas. Sus aplicativos los utilizamos en todo momento. No podemos ni imaginar hasta qué punto condiciona y canaliza nuestras actividades. Para algunos analistas, su poder acumulado es tal, que sería deseable que perdiera su carácter privado y se convirtiera en una corporación pública, o bien fuera troceada. Su dimensión, le proporciona un poder excesivo y la pone fuera de todo control. Es la gran y típica historia de éxito de Silicon Valley. Cuando nació como buscador de Internet, puso en evidencia que ante el cambio de siglo el elemento de mayor valor no sería el producir, sino intermediar, especialmente si se era capaz de diseñar una plataforma que te convertía en un prestador de servicios imprescindible.

A Larry Page y Sergei Brin, sus fundadores, los fascinaba crear un algoritmo que mejorara la deficiente clasificación de páginas a través de palabras clave que hacían otros buscadores. Con investigación y financiación pública crearon así el famoso PageRank. La innovación que aportaban, estaba justamente en definir bien los contornos de “relevancia” de cada usuario, para que la selección fuera precisa y se adaptara a su personalidad y a su carácter específico. Para ello, había que observar y analizar la inmensa información oculta vinculada a internet, dando prioridad a las páginas más citadas y de referencia. Empezaron a implantar el nuevo buscador desde el dominio de Stanford y, con su éxito inmediato, lo colapsaron. Al año siguiente, en 1998, se creaba la empresa Google ya fuera del campus universitario. Sólo han pasado poco más de veinte años.

De hecho, su mitificado y protegido algoritmo del buscador era sólo una parte de un proyecto, bastante más ambicioso en relación a la tecnología digital, y que tenía que ver con el valor estratégico y comercial de los datos perfilados. Dejamos un rastro inmenso de trazas y un sinfín de preferencias en los clics. Proporcionamos una minería de datos de enormes posibilidades para alimentar el crecimiento de la inteligencia artificial. También para la publicidad, el comercio, la seguridad o la política. Se podía afinar la información, paradójicamente disponiendo de mucha más información. Se instalaron en la voracidad de la indagación, escudriñando todo tipo de datos que podrían utilizarse para retocar resultados del buscador y, vaya casualidad, para venderlas. Lo de menos era la legalidad. Trabajaban en un terreno jurídicamente nuevo y virgen y contaban con el revestimiento que daba la gratuidad de su servicio. Creían que no se les podía presuponer ninguna intención poco honorable.

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La gratuidad era el gran cebo para que les proporcionáramos nueva y mejor información sobre nosotros mismos. La estrategia consistió en desarrollar otros servicios más allá del buscador. Gmail significó un salto importante. Nos suministraba Google un correo electrónico gratuito y, previa autorización que ni leíamos, aceptábamos que saqueara nuestros mails para poder saberlo todo sobre nosotros. Como si en el mundo anterior a lo digital, hubiéramos aceptado que el cartero abriera y leyera todas nuestras cartas y, además, las comentara públicamente. Cientos de millones de correos diarios analizados para descifrar nuestros intereses, intenciones y deseos. Una identidad para cada usuario. La puerta a la publicidad personalizada se abría de par en par. A partir de 2008, Google ya tenía patentados algoritmos de personalización, los cuales no cesarían de aumentar y de sofisticar. Cada vez más, quedaríamos prisioneros de nosotros mismos, o más bien del nosotros que nos hubieran adjudicado los algoritmos. Google no aportaba innovación tecnológica y sólo una intermediación vampirizadora del valor aportado por otros.

Los datos corporativos de la matriz de Google -Alphabet- son bastante indicativos de la dimensión. Con unos activos de 150.000 millones de dólares y un capital social de 110.000 millones, su valor bursátil es a estas alturas de alrededor de 650.000 millones de dólares; es decir, al mismo nivel que el PIB de Arabia Saudita o Suiza. Aunque está lejos de liderar el ranking mundial de empresas por su facturación -puesto que encabeza la petrolera ExxonMobile con casi 700.000 millones de dólares-, la tasa de rentabilidad que le permite su posición monopolística la sitúa entre las empresas más rentables, con cerca de 25.000 millones de beneficios anuales. Su contabilidad creativa, su capacidad para operar en paraísos fiscales y la presión que ejerce sobre los Estados y gobiernos para practicar la elusión fiscal, le permite disponer de unos niveles de liquidez envidiables y una enorme capacidad de inversión en innovación y desarrollo, que casi dobla la cantidad que dedica a este epígrafe España. Justamente, los datos fiscales en España resultan demoledores y explican bien el porqué de la “tasa Google” que ahora se plantea en algunos países europeos. Juega esta corporación con los costes de transacción con estados que ejercen de paraíso fiscal, como es el caso de Irlanda. Con tan sólo 200 trabajadores, en 2017 ingresó por concepto de publicidad en España unos 1.000 millones de euros, aunque solamente declaró 66 millones, pagando a Hacienda poco más de 2 millones euros. Es así como se practica el fraude fiscal a gran escala y el cómo se debilita el financiamiento del Estado de bienestar.

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