Nietzsche y la máquina de escribir

La tecnología modifica de forma sustancial la naturaleza humana o, como mínimo, el pensamiento y la conducta de las personas. La tecnología re-crea la psicología humana. Esto ha pasado siempre con cualquier avance relevante. La tecnología ha comportado continuadamente la “aceleración” de la humanidad. Gracias a ella todo lo que hacemos se encuentra siempre en proceso de transformación, en tránsito. A pesar de ser un producto social, lo tecnológico genera tendencias “imparables” que tienen que ver más con la naturaleza de la propia técnica que no de la sociedad. El problema está en que establece una determinada manera de actuar y de pensar, impone una lógica, además de una dependencia y una adicción que acaba por modificar nuestro comportamiento e incluso nuestra conformación cerebral, sin que en realidad seamos nada conscientes de ello. La tecnología que utilizamos, los instrumentos de intermediación entre lo que pensamos y hacemos condiciona el resultado final, de hecho, acaban por formar parte.

Incluso el mismo filósofo alemán Friedrich Nietzsche tuvo que reconocer que “los útiles de escritura participan en la formación de nuestros pensamientos”, a raíz de que la incorporación de la máquina de escribir a su vida le hizo modificar su prosa, tal como le hicieron notar críticos y amigos. Por lo visto, incluso un cerebro adulto es maleable y plástico. Cualquier cambio de hábito influye en el flujo de neurotransmisores hacia la sinapsis y, por tanto, en la comunicación neuronal. Incluso algo aparentemente tan simple y tan “maquinal” como una máquina de escribir de finales del siglo XIX modificó la prosa y en cierta forma los contenidos de filósofo tan prestigioso. Como es sabido, Nietzsche tenía abundantes problemas físicos y un carácter enfermizo. Sus problemas venían en parte derivados por las consecuencias de una caída del caballo estando en el ejército, pero sobre todo porque su hipocondría lo hacía empequeñecer ante cualquier daño real o imaginario. A partir de 1879, sus dificultades físicas se agudizaron y comenzó a moverse de manera estacional para Europa: Mediterráneo en otoño e invierno, los Alpes y Alemania en primavera y verano. Continuados dolores de cabeza y vómitos que le empeoraban la visión y le dificultaban la lectura y su habitual escritura en pluma y papel.

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Se le ocurrió hacer una apuesta tecnológica para poder continuar con su obra, recibiendo a principios de 1882 una sofisticada para la época máquina de escribir danesa, una Malling-Hansen. Esta bonita máquina ahora de museo, era una bola de tipos móviles, con cincuenta y dos teclas dispuestas de manera concéntrica por encima de la esfera. Debajo de las teclas, una placa curvada tenía depositado una hoja de papel. Mediante engranajes, la placa avanzaba mecánicamente a cada golpe de tecla. Era la máquina de escritura más rápida que se había fabricado hasta entonces. Un mecanógrafo experimentado podía escribir hasta ochocientos caracteres por minuto. Nietzsche, quedó fascinado con un artefacto que le permitía recuperar el ritmo de escritura incluso con escasa visión, y que le posibilitaba escribir con los ojos cerrados mientras hacía trabajar su mente. Tal era la devoción del filósofo hacia este instrumento de escritura mecánica, que incluso le dedicó una oda poética.

Pero pasó algo inesperado. Su prosa cambió. Su estilo devenir mucho más telegráfico y sus frases excesivamente duras, frías y cortantes. Se lo hizo notar en una misiva su amigo, el escritor y compositor Heinrich Köselitz, argumentando que su nueva contundencia filosófica pareciera tener que ver con la potencia de la máquina y que algún mecanismo metafísico transfiere su hierro a las palabras impresas, reivindicando la relación de la calidad literaria a la de la pluma y del papel. De hecho, su obra nacerá mecanografiada a partir de Así habló Zaratustra. Para el tecnólogo y crítico literario Friedrich A. Kittler, “bajo el influjo de la máquina la prosa de Nietzsche cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico”. Su escritura ya no fue nunca más la misma.

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