La estrategia de hacerse el loco

Llevamos un año y medio con Trump en la dirección de la mayor potencia económica y militar del mundo, y la verdad es que ha hecho honor a los temores de que su figura generaba ya en la campaña electoral. Por su actividad tenemos la sensación de estar ante un individuo con tal nivel de egocentrismo que le hace incapaz de entrar en diálogo con nada y con nadie, actuando sólo a partir de pulsiones muy elementales, obviando ningún sentido de la medida y de las proporciones, con un narcisismo desatado que no le hace diferenciar entre lo que piensa en un momento determinado y lo que sería conveniente. Más que representar un país que ostenta él solito el 15% del PIB mundial, parece hacerlo sólo de sí mismo. La ligereza y frivolidad con que afronta cualquier tema importante, asusta. Con escasa formación, desconsiderado y de formas extremadamente groseras, es capaz de convertir lo que en cualquier otra persona resultaría un ridículo espantoso, en una prueba de su personalidad y una muestra de una singularidad que lo convierte en irrepetible. La biografía que ha escrito el periodista Michael Wolff -Fuego y furia-, nos lo presenta como un personaje extremadamente peligroso, muy voluble, increíblemente arrogante, incapaz de leer ni una línea, con un entorno ideológico de extrema derecha, escandalosamente misógino, que no hace ninguna diferencia entre los intereses familiares privados y los de los Estados Unidos y sólo pendiente de que dicen de él los medios y, muy especialmente, la televisión.

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Trump es un político que resulta repugnante para la concepción política dominante en Europa, así como en América progresista y razonable. Representa la incorrección política personificada en todos y cada uno de sus peores aspectos. Ha entendido perfectamente la hegemonía actual de eso que se llama la pospolítica. No cumple con ningún requisito democrático, más allá de presentarse a unas elecciones y no descartar nada, ni ninguna jugada ilegal o sucia, para ganar y obtener el poder. Con ello y con muchas otras cosas, se parece enormemente a Putin. No busca el apoyo electoral racional a su proyecto, sino la adhesión que proviene del vínculo emocional que establece con una cierta sociedad americana que, justamente, valora su espectáculo de torpeza y falta de escrúpulos, presentándose como la mejor opción “antipolítica”. Con 18 meses, ha prácticamente dinamitado la política exterior y todo el sistema de relaciones internacionales, aparentemente sin ninguna lógica. Ha encendido Oriente Medio, se ha enfrentado a los socios norteamericanos del NAFTA (Canadá y México), ha dinamitado el MERCOSUR, ha colisionado con China por temas comerciales, se ha aliado con la Rusia de Putin, ha malhablado los sus socios europeos a los que acusa de aprovecharse de los esfuerzos bélicos de los EEUU, ha ridiculizado el G-8, se ha burlado de los mandatarios europeos -entre ellos la reina de Inglaterra-, se ha sentado a pactar con Corea del Norte y ha abonado un Brexit duro que debilite la Unión Europea. Cada encuentro internacional o cualquier posicionamiento, parece una ocasión para el espectáculo y para dar salida a expresiones aterradoras como las que, por ejemplo, hace en relación al tema de la inmigración. Ahora ya sus actuaciones crean la expectativa de cuál será la idiotez mayor que pronunciará, que le provoca un ego incontrolable y su incapacidad, parece que para comprender principios de respeto bastante elementales.

Sin embargo, cuesta creer que todo lo que hace ahora a la política de los EEUU sea tan improvisado en el mundo de Trump. Ciertamente que practica muy bien la estrategia de ser imprevisible, y esta es una manera de hacer que puede resultar tanto o más práctica que la acción perfectamente previsoria y diplomática. Comportarse como un loco infunde temor y eso da una ventaja notoria en la política, aunque implica situar las cosas siempre cerca del abismo, esperando que sea el rival el que evite un desenlace trágico. Y esto le sirve mucho respecto de Europa, donde la cultura política pasa por otras coordenadas, las cuales tienen más que ver con la razón ilustrada que con guerreros que viajan con armas atadas a la cintura. Y lo ha dicho y no se esconde. Su enemigo es Europa. Lo es en el terreno económico, ámbito donde la pretende subyugar aún más, pero sobre todo lo es por todo lo que simboliza su modelo social y cultural. Trump actúa como un energúmeno alocado, pero no es tan irracional como quiere que pensemos. Sus votantes, lo siguen adorando y, por supuesto, le proporcionarán un segundo mandato. La duda es, ¿qué piensa hacer Europa?

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