El comercio del dolor

La información que recibimos nos va conformando como ciudadanos y como personas. Por eso en las sociedades libres y democráticas disponer de información veraz, plural y contrastada se considera y está tipificada en las constituciones como un derecho fundamental y básico. Justamente, la posibilidad de acceder a fuentes diversas para informarnos y la buena práctica periodística de separar cuidadosamente lo que es información de lo que es opinión, nos facilita el ser ciudadanos libres en la medida en que nos podemos construir nuestra propia opinión sobre las cosas. No se trata de que nos transmitan visiones uniformes y cerradas, que esto sería adoctrinamiento, sino que se proporcionen los elementos que nos permitan extraer cada uno de nosotros las propias conclusiones. La libertad de pensamiento y opinión precisamente descansa sobre el conocimiento de hechos veraces, los que la profesión periodística se ocupa de darles contexto estableciendo una secuencia de causalidades que otorgan significación a los hechos. Los acontecimientos aislados no son ni nos proporcionan información, no nos dotan de conocimiento ya que sin el componente articulado y explicativo son puramente anecdóticos y hacen poco más que distraernos, cuando no abonar el chisme y la curiosidad poco sana. Las personas tenemos dimensiones múltiples. Necesitamos estar informados de manera seria y profunda para ejercer como ciudadanos, pero también podemos ser dados a la banalidad, la superficialidad o la morbosidad en relación a cosas que suceden en nuestro entorno. Siempre ha habido algunos periodistas y algunos medios que han jugado a focalizar los dramas, las tragedias, los hechos delictivos, los escándalos…, para hacer comercio con cierto atractivo inconfesable que tiene la crónica negra o de sucesos amparándose en la justificación no contrastada de que, “es lo que quiere el público”.

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La profesionalización del periodismo y los códigos éticos y deontológicos de los medios y la profesión resaltaron, al menos los últimos cien años, que sólo debía ser material comunicativo aquello que proporcionara información relevante, necesaria, para la ciudadanía y que debería abstenerse de fomentar intereses malsanos o de satisfacer el interés de algunos por el cotilleo insustancial, especialmente cuando contiene aspectos sangrientos. Imperaba entonces el concepto de la información entendida como servicio público y de mecanismo de preservación y fomento de comportamientos y valores ética y moralmente defendibles. La recreación en los detalles de las miserias humanas no “informa”, sino que contribuye a hacer un espectáculo, un pasatiempo que induce a visiones truculentas de la sociedad y a comportamientos más bien enfermizos. En las últimas décadas, los impactos comunicativos (no creo que se puedan llamar información) se entienden como una mercancía y el público al que va dirigido, ya sólo se les ve y se les trata como consumidores. Toda basura indecente con la que se mercadea en las televisiones e internet sobre todo, pero también en radios y prensa escrita se justifica en nombre de la audiencia. Cuando hay hechos especialmente desgraciados o luctuosos, parece que gran parte de los medios lo celebran y nos dan todo tipo de detalles sobrantes e innecesarios para activar una morbosidad indecente revestida de emocionalidad. No aporta nada, no hará disminuir hechos luctuosos y tampoco nos hace mejores. Puro comercio.

El tratamiento del trágico y brutal asesinato de un niño en la provincia de Almería, por la inmensa mayoría de los medios, ha sido excesivo, impúdico, escandaloso y ha tenido más que ver con la práctica de la pornografía a partir de lo sucedido, que no con la información; especialmente evidente esto cuando el hallazgo del cuerpo del niño había desvanecido cualquier posibilidad de que estuviera vivo. Exagerado el tiempo que se ha dedicado al tema y especialmente desafortunado el contenido y el tono de la mayoría de medios, y no han sido una excepción los de titularidad pública. Hacer espectáculo con el dolor profundo que genera un hecho tan trágico como este no contribuye a nada bueno, como tampoco mitiga para nada el sufrimiento inimaginable de padres y familiares. El duelo se merece y requiere de privacidad. Ciertamente la condición humana genera a veces actos de maldad brutales, pero ni es periodismo exhibir impúdicamente los detalles, ni nos hace más humanos consumirlos con fruición.

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