La pérdida del respeto

Cuando la noción de libertad se esforzaba por abrirse paso en Europa frente a la larga noche de subyugación, pensamiento único y oscurantismo medieval, filósofos y pensadores ilustrados recurrieron a la conformación del concepto de “tolerancia”. La tolerancia impulsaba una actitud nueva que significaba aceptar que deberían cohabitar religiones y puntos de vista diferentes y que sería bueno ahorrarse la negación del otro, la confrontación abierta y la violencia. Era un paso en la buena dirección. Tolerancia no tenía connotaciones positivas en relación a compartir o aprender de los otros. Era aceptar, a menudo a regañadientes y manteniendo distancias, la existencia del diferente. La profundización en la cultura democrática y de libertad en los dos últimos siglos, ha llevado a menudo a ir más allá de las restricciones que contiene el concepto de tolerancia, considerando la diversidad ideológica, cultural política o religiosa como un aspecto positivo de riqueza y pluralidad donde las divergencias que no se liman en los procesos de interrelación se dirimen políticamente, obviando cualquier actitud de supremacismo y dando por aceptada una ya convertida en elemental noción de “respeto”.

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Pero parece que la conquista social y cultural del “respeto” se encuentra en una franca crisis y se retrocede de nuevo hacia el estadio más primario de la “tolerancia”, tras el cual y en regresión volveríamos al estado medieval de verdades únicas impuestas. El movimiento independentista en Cataluña ha hecho una deriva muy clara en este sentido. Es bastante obvio que la sociedad catalana está profundamente dividida en relación a la concepción del país y sobre su futuro político. La negación de esto y atribuirse la totalidad de la catalanidad, además de resultar irreal resulta ofensivo para la mitad larga de la población que no comparte estos objetivos y menos estrategias para llegar que, como mínimo, resultan una tanto excéntricas. No se respeta a la otra Cataluña, y menos se reconoce su existencia más allá del insulto o la descalificación. Se le tolera, siempre que no pretenda salir de los reductos al que se le ha recluido y del ostracismo al que se le ha condenado. Sin reconocimiento del otro -de otros- no hay salida civilizada a puntos de vista e intereses contrapuestos. El día que ERC, por poner un ejemplo, acepte, “reconozca” y se reúna con Inés Arrimadas y con Ciudadanos que son la fuerza más votada en el Parlamento de Cataluña, demostrarán una altura de miras y una voluntad integradora que parecen lejos de querer asumir .

No hubo respeto en la estrategia que llevó a la consulta del 1O, hecha contra toda cultura parlamentaria democrática, y aún menos lo hubo en una gestión posterior de unos resultados al pretender convertirlos en un mandato (incuestionable, decían) para proclamar con nocturnidad, sin debate parlamentario y de manera unilateral, una república “non nata”. Mantener el país en una ficción condujo a la pérdida de su autogobierno y produjo un daño irreparable en la imagen y credibilidad de sus instituciones. Es una falta de respeto a la inteligencia cuando se fuerza el lenguaje para modular interesadamente la percepción de la realidad -exilio, franquismo, decir que se falsean los resultados electorales…-, como es una falta también a las instituciones ya ellos mismos, cuando el entorno de Puigdemont convierte la legítima posibilidad de articular un gobierno en una especie juego de los disparates, pretendiendo investiduras telemáticas o inventando sobre la marcha ocurrencias jurídicas fuera del Estatuto y del sentido común. Se falta también al respeto de la ciudadanía cuando se divide el país en dos bandos, cuando se confunde lo que se desea con lo que es posible o cuando se hace una apropiación, durante años, del espacio público, el cual no se concibe como un ámbito justamente diverso, plural y compartido donde todo el mundo debe poder sentirse cómodo, sino como un espacio de dominio absoluto y de aplastamiento de toda posible discrepancia. Algunas plazas públicas se han casi privatizado y parecen querer simbolizar la superación de todo lo que no sea idéntico, la desaparición de todo vestigio del otro. No hay grandeza ni victoria en la aniquilación, sólo debilidad y empobrecimiento.

 

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