Siempre nos quedará Bruselas

Difícilmente volveremos a vivir nada comparable a lo que ha provocado el independentismo estos últimos días en Cataluña. Debía ser histórico, y lo fue, pero no justamente en el sentido que nos habían prometido. Buena parte de la ciudadanía de Cataluña hemos agotado en pocas jornadas las reservas que teníamos acumuladas de vergüenza ajena. Como ya nos temíamos, el engaño perpetrado es de proporciones bíblicas y el ridículo escenificado en el mundo, estratosférico. Nunca nadie en este país había engañado tanto a tanta y gente durante tanto tiempo. La desproporción entre lo que nos aseguraban y lo que podían ha superado cualquier abismo imaginario. Sólo había relato, y nada más. Como en la fábula, los “reyes republicanos” han evidenciado que no tenían camisa. La implosión del propio movimiento independentista una vez chocaron con la realidad, ha dado lugar a un grandioso esperpento de lo que aún parece que se nos reservan nuevas páginas. De todos modos, situados en este punto, de poco sirve continuar analizando los detalles grotescos de esta impostura. Acabaríamos utilizando adjetivaciones políticamente poco correctas que nada bueno nos aportarían hacia el futuro.

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Creo que la estrategia política más acertada, también la actitud ética y moral más adecuada, es abandonar enfrentamientos y reproches y no aceptar la lógica del frentismo. Celebro que algunos partidos -más bien pocos, la verdad-, estén por esta labor aunque estarían legitimados a pedir responsabilidades. Hay una inmensa fractura política y social. El sentido de la responsabilidad indica que se debería iniciar su reparación. No nos podemos acomodar al conflicto perpetuo. Dentro de las elecciones del 21D serán muchos los que continuarán cavando la fosa de separación, tanto de un lado como del otro. Es fácil, cuando todos creen disponer de sólidas razones que los avalan para hacerlo. Aunque costará reponerse de todo lo ocurrido y de poder recuperar la confianza en unas instituciones catalanas que han sido arrasadas por los mismos que decían quererlas potenciar, habría que recomenzar el camino para volver a hacer de Cataluña aquel lugar bastante interesante para vivir y convivir en la diversidad, que de hecho es lo que había resultado casi siempre. Un lugar abierto, libre, moderno e innovador como era antes de que se impusieran ideas sectarias y excluyentes que en algún momento pareció recrear una versión europea del Macondo de García Márquez. Habría que empezar a reconstruir un espacio central en la política catalana basado en el diálogo, la concertación y el predominio de un catalanismo realista e integrador. Por ello, sería bueno que al menos una parte del independentismo hiciera autocrítica y se replanteara una estrategia inmediatista que no podía llevar a ninguna parte.

Se necesitan puentes, aunque obligue a dar pátina de credibilidad a reconvertidos a la moderación de última hora; como sería necesario también que se moderaran algunos con tendencias vengativas y no precisamente abiertas que no corresponden. No solucionará la aplicación del código penal un tema el cual tiene un potente trasfondo político. Cualquier salida pasa por eludir la judicialización, y me temo que esto costará. Hay dirigentes políticos que deberían dar un paso al lado, aunque no lo harán. Por el bien de todos y por el bien del mismo independentismo. Si queda sentido de la dignidad, aquellos que conocían que todo era un grandioso “farol” ahora puesto en evidencia, deberían tocar retirada y quizás pedir alguna disculpa, ni que fuera a los suyos. Me temo sin embargo, que tendremos que convivir con una parte de la política y la sociedad catalana fuertemente “batasunitzada”. Es al menos la opción de supervivencia de ERC y la CUP. No es un escenario muy alentador. Hay que tener muy en cuenta el grandioso y movilizado movimiento social que ha levantado en los últimos años el relato independentista. Tal vez la parte de la sociedad que tanto ha empujado y apoyado en El Proceso, también debería reflexionar y, sin que se tenga que renunciar a ninguna convicción, aceptar que ha habido un calentamiento impropio y que ha empujado y esperado lo que era una quimera. Escuchar el canto de las sirenas, por más placentero que resulte, no lleva sino a embarrancar en los arrecifes de la realidad.

Posdata. ¡Qué paradoja! La misma tarde que el Senado aprobó el artículo 155, un poco más tarde ratificó la aprobación del CETA, el controvertido Tratado de Libre Comercio entre Europa y Canadá. Lo que son las cosas, un tratado que, justamente, liquida ya casi definitivamente cualquier pretensión de mantener la soberanía de la política sobre la economía a gran parte del mundo occidental. Aprobado el tema en menos de una hora. No le ha hecho mención casi nadie. Lo que es urgente siempre acaba por desviar el foco y la mirada de lo que es importante.

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