La derrota de la política

Hace unas semanas titulé un artículo “la atracción del abismo”. No pretendía más que ser una metáfora sobre el riesgo a hacerse daño. No me imaginaba hasta qué punto el impulso ciego de dirigentes políticos y líderes de opinión lo convertirían en una realidad. La fecha emblemática del 1-O ha superado con creces las peores sensaciones y temores que algunos teníamos, también las expectativas de otros. El clima de enfrentamiento, el desencadenamiento de odios y los estallidos de violencia física y moral han llevado las cosas a un punto que ya parece de no retorno. Probablemente el extremismo irreflexivo de ambos lados tiene las cosas allí donde las quería y sonríen de manera displicente. Esta dinámica loca era evidente que acabaría mal y, de continuar así las cosas, no hemos llegado aún a ninguna parte. La movilización del domingo tuvo una dimensión brutal, aunque como referéndum no fue más que un simulacro. El Gobierno del Estado respondió, como de costumbre, de manera autista. No entendió que la dimensión del movimiento agrandado por sus actuaciones torpes iba bastante más allá del independentismo. Como tampoco entender cómo se hacen y que significan las movilizaciones en tiempos de internet. Se confrontó una actuación “analógica” frente unos manifestantes armados con instrumentos “digitales”. Para el independentismo, construir un relato hegemónico de los hechos era bastante sencillo: imágenes impactantes, efecto viral multiplicador, medias verdades, creación de fuertes sensaciones y emociones… En estos tiempos, el origen y la veracidad de las cosas importan más bien poco.

Yo creo que ya no es momento de analizar causas, “culpas” y quien ha hecho que o no lo tenía que haber hecho. Es perder el tiempo, porque ya nadie escucha nada que no sea él mismo o la música de los “suyos”. Creo que alguien debería romper con una deriva que nos puede llevar a situaciones muy dolorosas, sino directamente trágicas. El Gobierno de la Generalitat, el independentismo y toda aquella gente que se han movilizado contra la brutalidad policial y la democracia se sienten ahora ganadores y dudo mucho que estén por dar un paso atrás, aunque lo deberían dar. Enfrente, el Gobierno del Estado, y el último discurso del Rey es una buena muestra, como que cree tener la verdad jurídica y administrativa, acepta el envite y dobla la apuesta. Sigue sin entender que, guste o no, el tema necesita ya no para resolverse sino sólo para apaciguarlo, un itinerario político. Ni la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) ni la aplicación del artículo 155 de la Constitución resolverán nada. Sólo generarán un aumento del nivel de la confrontación, episodios de violencia creciente y muchos perjuicios para la sociedad catalana -también la española-, mientras se dinamitan las instituciones de autogobierno y, lo que es aún peor, un mínimo espíritu de convivencia. Si hacemos ya ahora inventario del desastre, quien más quien menos ha perdido en el camino de El Proceso cierto número de amigos, conocidos y saludados. No es éste un tema menor. Esto hace días que ha dejado de ser una “fiesta”.

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Sí, el precio pagado ya hasta ahora moral y éticamente es inmenso, aunque los sectores más movilizados no sean muy conscientes de ello. La épica suele ir acompañada de un estado de embriaguez emocional donde se mide poco el coste y el beneficio, aún menos los daños colaterales. Yo confiaba, equivocadamente cabe decirlo, que la nueva izquierda catalana y española haría de elemento moderador, de rótula, y llegado el caso ejercería de puente y de mediación. Sea por lo que sea, ha dejado de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema. Ha proporcionado una musculatura a las movilizaciones independentistas, reforzando su componente vagamente “revolucionario”. Intuyo que a estas alturas, la dinámica de la revuelta está fuera de control de las instituciones catalanas que la promovieron, y si alguien marca el ritmo, seguro que no es la gente ni los planteamientos más ponderados. Tampoco en el gobierno del Estado parecen emerger actitudes de apertura y transacción realista. A estas alturas, aparte de algunas personalidades aisladas, sólo veo al PSC como formación que se encuentra en situación de poder asumir un papel intermedio y mediador, de plantear propuestas al margen de la dinámica política actual que permitan detener primero este proceso autodestructivo y rastrear luego una salida, por difícil que sea. Quizá no le avalan los resultados electorales de los últimos tiempos, pero si una trayectoria histórica que lo habilita a pedir la deposición de unas armas que van dejando de ser sólo metafóricas, para así entrar en el camino de la moderación y de la negociación. Se requeriría un gesto político fuerte y profundo que cambiara el terreno de juego, emplazando primero a la sociedad catalana a una recuperación del sentido de responsabilidad de la que, claramente, han estado carentes sus dirigentes, tanto catalanes como españoles.

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