Belén Gopegui. Quédate este día y esta noche conmigo

Dos personas perdidas intentando encontrar algo que se parezca a un sentido de la vida, y un tercer personaje en discordia que es Google. Un curioso, enigmático e inesperado triángulo sobre el que construir uno de los relatos más tristes y desesperanzados que he leído en mucho tiempo. Un diálogo de dos generaciones en un contexto de futuro próximo donde todas las inquietudes que podemos tener hoy sobre la hegemonía tecnológica digital han llegado al paroxismo. Un mundo frío e inquietante en el que los algoritmos ya han sustituido por completo a la libertad individual y la misma posibilidad de pensar. Una novela densa y profunda que requiere ser leída sopesando lentamente los argumentos filosóficos, éticos y vitales de unos protagonistas que no tienen nada en común, más allá de sentirse desubicados en una sociedad que ha perdido buena parte de la imperfección, pero también de la autenticidad, que es inherente y consustancial a la condición humana. La vida entendida como una ecuación matemática o como un mero resultado de las probabilidades deja de resultar atractiva. Cuando la tecnología nos sustituye y el mundo del Big Data nos convierte en absolutamente previsibles, ¿dónde queda la noción de libertad?

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A Quédate este día y esta noche conmigo (Random House, 2017) esta novelista madrileña de ya dilatada trayectoria construye una muy buena novela, pero especialmente, aporta una reflexión muy profunda sobre una sociedad hipertecnologitzada a la que le cuesta producir sentido en un momento en que nos hemos entregado de manera absoluta en el dominio de lo digital. La hiperconexión no sólo ha generado una cultura-mundo en la que la uniformidad de sociedades e individuos se convierte abrumadora, sino que genera un “efecto túnel” en el que se hace difícil de salir o revelarse contra lo que la red dice y sabe sobre nosotros mismos. Vivimos continuamente en el escaparate, al tiempo que dependientes de utilidades digitales que practican con nosotros una auténtica vigilancia. El smartphone nos ha puesto en un panóptico digital. Ya no somos nada sin internet y aún menos fuera de internet. Hay quien cree que esto amplía nuestra “humanidad”, pero lo cierto es que habitamos en un juego continuado sin mucha gracia, y siendo productores de datos para que la red pueda decir cómo somos y lo que consumimos. Durante muchos siglos buena parte de los pensadores se dedicaron a intentar dilucidar y explicar si había vida después de la muerte. Ahora ya parece que no tenemos esta duda. Sólo queda por saber si queda alguna posibilidad de vida antes de la muerte.

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