Calor

Este verano estamos sufriendo en Europa una ola de calor que no tiene casi precedentes, combinada con una sequedad intensa que ha convertido incluso las zonas altas del continente en un auténtico secarral. El tiempo que hace, ha sido siempre un tema de comentario recurrente en todas las sociedades y una gran excusa para la conversación. De manera natural solemos tender a la exageración y  encontramos extremo siempre lo más inmediato, sea el frío o el calor, la lluvia en demasía o su ausencia. Más allá, sin embargo, de la impresión personal inmediata sobre las mayores o menores sensaciones de frío y calor, de sequía y lluvia, de viento y de nieve, los datos estadísticos de la climatología no engañan. Ya hace tiempo que hemos entrado en un ciclo en el que predominan los fenómenos meteorológicos extremos -que suelen ser portadores de maldades diversas-, con un aumento notorio de las temperaturas medias y con pluviosidades menores y más concentradas. El clima ya hace tiempo que cambia y sus efectos se dejan notar, y más que lo harán. Hemos vivido décadas mirando hacia otra parte, y atribuyendo los fenómenos meteorológicos más álgidos y el aumento del calor al carácter cambiante e incluso azaroso que siempre ha tenido la climatología. Incluso cuando la ciencia nos dice y nos explica que estamos ante un poderoso y trascendente proceso de cambio climático que podría terminar para hacer inhabitable una buena parte de nuestro mundo, hay quien se aferra al negacionismo para no tener que afrontar los importantes retos que el calentamiento global nos impone, y ya con muy poco margen de maniobra.

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Los acuerdos internacionales para combatir el calentamiento global disminuyendo la emisión de gases de efecto invernadero que lo provocan, han sido difíciles de obtener, insuficientes en los compromisos y escasamente respetados a la hora de aplicarlos. El protocolo de Kyoto de 1997, y que no entró en vigor hasta el 2005, era bienintencionado vez que con una ambición insuficiente. No podía ser muy exitoso en la medida que los principales emisores de gases -China y Estados Unidos- habían quedado al margen. Los Acuerdos de París de finales de 2015 tenían más calado y exigencia, los hicieron suyos todos los grandes países provocadores del calentamiento global. Las evidencias de la mutación climática ya eran muy evidentes y quedaba poco tiempo para evitar un futuro catastrófico. Los importantes compromisos de reducción, parecía que esta vez no eran un brindis al sol. Se daba por hecho, que al final de este siglo no se podría impedir que la temperatura media aumentara un mínimo de 2 grados centígrados, pero se pretendía evitar que fuera más allá, ya que los efectos derivados en forma de sequía, falta de agua potable, deshielo de los polos, aumento de los niveles de los océanos, inundación de importantes zonas costeras, pérdida de tierras de cultivo y migraciones masivas, difícilmente se podrían controlar. La acción humana sobre el planeta en los últimos dos siglos, eso que ahora se llama el Antropoceno, basada en sistemas de producción y de consumo insostenibles, nos ha situado en un escollo muy difícil.

En un verano donde hemos tenido notorias muestras de hacia dónde vamos en el terreno climático, resulta paradójico que el inefable Donald Trump haya aprovechado para anunciar que los Estados Unidos se desdicen de los Acuerdos de París. El negacionismo es dominante en la administración norteamericana, e incluso se han dado órdenes internas para sustituir el término “cambio climático” por más neutro de “tiempo extremo” y que todo lo que los técnicos medioambientales proponían para adaptarse a el calentamiento global pasara a denominarse “medidas de resiliencia al tiempo extremo”. Como si mudando el lenguaje, se hubiera terminado el problema. De todos modos, más allá de las ocurrencias del mundo de Trump, los efectos del cambio de política pueden ser demoledores, cuando no directamente criminales. Que Estados Unidos cumpla los acuerdos climáticos no tiene que ver sólo en que es uno de los dos principales emisores y todavía la principal economía mundial, sino por su capacidad de arrastrar muchos otros países en un sentido u otro. Así, el escenario de los próximos años parece empujar hacia un aumento de la temperatura media del planeta entre los 4 y los 5 grados. Un desastre que, aún a día de hoy, sería evitable.

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