La atracción del abismo

Las sociedades políticas, al menos en épocas de estabilidad, suelen promover para la gestión de la cosa pública a personas capaces de articular consensos entre intereses diferentes cuando no contrapuestos, que los puedan representar con dignidad (quiero decir que no les avergüencen), que expresen valores compartidos, que tengan dotes de liderazgo además de una cierta capacidad visionaria que les permita prever un poco más allá del presente. Disponer de la prudencia ha sido siempre un atributo fundamental del buen político, aunque a veces a la ciudadanía le gustarían ritmos de cambio más acelerados. Cuando alguien afirmó (parece que el primero fue Aristóteles, aunque todo el mundo lo endilga a quien quiere) “la política es el arte de lo posible”, se hacía una definición muy precisa de una función cuyo objetivo debe fue el proporcionar el mayor bien posible al mayor número de personas posibles. Las responsabilidades colectivas no están hechas para ser puestas en manos de gente irresponsable, voluble, abstraída o tarambana. La buena política no busca ni sabe de épica, sino de ambición razonable combinada con un fuerte sentido de la precaución. Aventuras, las justas. Si en un momento determinado hay que tomar algunos riesgos, se debe explicar el por qué y es necesario que haya un móvil bastante justificado para hacerlo, además de un cálculo de probabilidades positivamente razonable.

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La mala política siempre va acompañada de grandes retóricas redentoras, de un uso determinista y sesgado de la historia, de apelaciones a actos de grandeza ficticios, a la ofrenda para martirologios irreales que además nunca acaban protagonizando los que los blanden, a frases engoladas y pomposas que lo que pretenden es disimular o enmascaran la realidad. Cuando los líderes políticos no hacen la actividad quizás menos heroica y pomposa pero más necesaria como es gestionar y darnos cuenta de lo que hacen, sino que se dedican constantemente a adoctrinarnos, pedirnos el apoyo y la movilización para hacer gestos históricos que nos llevarán inexorablemente a la tierra prometida, es conveniente empezar a desconfiar de la bondad de su acción. Cuando se prometen futuros irreales, sueños románticos inalcanzables (y que no es seguro que sean ni siquiera deseables), procesos de cambio rápidos y fáciles para cosas que cualquiera sabe que, como mínimo, son muy complejas, estamos ante gente que nos engaña de manera premeditada. Ante el juego de los “trileros” que llaman nuestra atención con frases solemnes, mientras mueven los hilos de los verdaderos intereses y dejan en un segundo plano los problemas de la sociedad (pobreza, desigualdad, falta de oportunidades, precariedad, exclusión, necesidad de cambiar el modelo productivo…), estos sí, reales; como mínimo deberíamos ponernos en estado de alerta. Las cuestiones cruciales a afrontar en el ámbito socio-económico son globales, a fin de revertir dinámicas que lo son todo menos positivas. Es característica del populismo de todas las épocas, y en todas partes, llevar los legítimos malestares de la ciudadanía hacia explicaciones y relatos reduccionistas de tipo identitario, donde la configuración de un “enemigo” es el paso ineludible para la construcción de un “nosotros” contrapuesto. Se llama “construir pueblo” ya menudo los que surfean sobre esta ola tienen poco en cuenta las consecuencias negativas o incluso devastadoras que se pueden generar. ¿Todo sea para pasar a la historia, o para mantener el status quo!

Vamos mal cuando en el discurso político domina la testosterona, más que nada porque de una manera u otra se termina por hacerse daño. Las víctimas, sin embargo, no suelen ser nunca los incendiarios. El lema político de una cierta Cataluña en los últimos tiempos es “no se puede hacer tortilla sin romper los huevos”. Frase tan sofisticada y llena de matizaciones, de la que no se suele explicar que el primero que la pronunció fue un tal Josef Stalin, dictador soviético a las espaldas del que hay unas cuantas decenas de millones de muertos por la represión. No sería exactamente una buena referencia ni un modelo a seguir. Yo, por si acaso, prefiero la contesta que hizo el escritor comunista turco Panait Istrati que de viaje por la URSS de las purgas de los años treinta afirmó: “Muy bien. Veo perfectamente los huevos rotos. Y pues, ¿dónde está la tortilla? “

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