El nuevo individuo digital

Es una obviedad resaltar que el mundo, la realidad que nos rodea, cambia a una velocidad de vértigo. Aunque la historia de la humanidad siempre ya sido evolución y cambio, la capacidad de mudar que se ha alcanzado las últimas décadas, especialmente debido a las innovaciones tecnológicas, se hace difícil de seguir y de poderse mantener incorporado a las sucesivas olas. El problema no radica especialmente en comprender y utilizar las posibilidades tecnológicas, sino sobre todo adecuarnos a los cambios sociales, culturales y mentales que los nuevos utensilios comportan o son el resultado. Mucha gente, y especialmente las generaciones más jóvenes, viven las novedades técnicas y las nuevas formas de comportamiento y de vida que significan, como un dato o un hecho dado, además de la posibilidad de ir saltado de juguete en juguete, sin que haya que plantearse, su utilidad, la idoneidad o si realmente queremos y nos compensa el mundo hacia el que nos lleva. Se ha impuesto el concepto de surfear sobre la realidad, más que el hacerse preguntas sobre el qué, por qué o la conveniencia o el sentido que tienen las cosas. En el mundo hiperglobalizado de ciudadanos convertidos en consumidores compulsivos de la “novedad”, hacerse preguntas incluso se ha tornado de mal gusto. Si opinas que quizás la sociedad no debería renunciar a llevar el timón de su futuro y poner el conocimiento y la tecnología a su servicio, más que convertirse en su servidor y esclavo, lo más fácil es que te tachen de rémora, dinosaurio o inadaptado.

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Quizás aún tenemos poca perspectiva, pero el mundo digital está comportando cambios repentinos y drásticos, que superan y de mucho lo que sería una mera evolución de la tecnología y una pocos efectos sobre la sociedad y el comportamiento de las personas. Es un salto muy notorio y acentuado, lo que se llama un cambio disruptivo. Para la mayoría de gente, sin duda, un mundo lleno de posibilidades para la inmediatez y la interconexión que supone. Ganamos en tiempo y accesibilidad, y eso es un progreso notorio, pero tiene muchos efectos que no se pueden ubicar en el lado positivo de la valoración: superficialidad y trivialidad, exceso de velocidad, falta de tiempo de reflexión, demasiado ruido ambiental, abuso de exposición, pérdida de privacidad y retroceso de las relaciones personales, alta capacidad de intoxicación y de manipulación, impactos comerciales continuados, confusión entre la realidad y la ficción, conformación de un gran “rebaño”, soledad y aislamiento… Todos estos “efectos colaterales” sobre los que las generaciones predigitales tenemos una cierta conciencia y gestionamos como podemos, han provocado unos efectos demoledores hacia aquellos que ya forman parte de los llamados “nativos digitales”. Nos cuesta mucho entenderlos. Se comportan con la arrogancia de quien se cree poseedor de una nueva verdad y han desconectado de las formas, intereses y prioridades que han formado parte de nuestra sociedad en los últimos siglos.

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Con el smartphone incorporado al propio cuerpo, estos jóvenes y adolescentes consideran obsoletos nuestros valores culturales de origen renacentista, así como la devoción por la razón y el conocimiento que heredamos de la Ilustración. Hemos vivido hasta finales del siglo XX en el paradigma de una cultura libresca que, por medio de la enseñanza, transmitíamos generación tras generación. Los jóvenes actuales, ya sea en la escuela, en el instituto o en la universidad, ya no tienen la consideración ni el respeto vehemente hacia el “nuestro” conocimiento y menos hacia nuestra forma de transmitirlo. Creen tener todo el saber posible al alcance sólo ejerciendo un clic, aunque no saben qué preguntas plantear a tanta información disponible y así convertirla realmente en conocimiento. El mundo digital ha dado vida un nuevo tipo de individuo. Los espacios de encuentro y de sociabilidad presenciales de antaño -aula, iglesia, plaza pública- ya no sirven a personas que han asumido nuevas formas de conexión y de contacto. Los contenidos y los espacios de relación ya no son los mismos. Los que formamos parte de un mundo ya en retirada no es necesario que renunciemos a él, pero tendremos que convivir y aceptar que el nuevo paradigma ya es completamente otro.

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