Trump como síntoma

Podía ganar, y lo ha hecho. Cuanto más insistían periodistas y analistas políticos en los tópicos de la movilización de hispanos, minorías, mujeres, el progresismo habitual, millennials y republicanos centristas, se iba haciendo más evidente que habría resultado inesperado. La gente cabreada no sale en las encuestas, ni tampoco la valoran los politólogos, pero existe y suele expresar un voto oculto que se manifiesta a la contra, aunque este voto en el fondo los perjudique. Algo deberíamos haber aprendido del referéndum británico o de las elecciones españolas. El desencanto, los temores y la irritación ya no optan mayoritariamente por el voto de izquierdas, especialmente cuando las opciones progresistas oficiales forman parte más que nadie del establishment del que se abomina. La América profunda está profundamente indignada y atemorizada por el futuro. No es la América de los recurrentes granjeros blancos, es la de las ciudades llenas de industrias abandonadas, de trabajadores en paro o extremadamente precarizados y de las clases medias venidas a menos. Una población que sufre como nadie el fenómeno de una creciente desigualdad, que percibe la inmigración como su competencia y que se siente lejos de los intereses de las grandes corporaciones y de Wall Street y a la que le fastidia una clase política de la que Hillary Clinton es su más precisa representación.

Resultado de imagen de la pobreza en EE UU

Ahora mucha gente se rasga las vestiduras y maldicen el hecho que un personaje grotesco, machista, mal educado, violento, grosero, demagogo, inculto y populista pueda hacerse con el control de la primera potencia mundial. Aunque resulte paradójico, Trump ha sabido conectar con la profundidad del desencanto y la indignación de una parte significativa de la sociedad americana que vive detrás de los escaparates de Manhattan o de Silicon Valley. Lo dijo hace poco por estas tierras el economista Joseph Stiglitz, Trump representa a los perdedores de la globalización, y en Estados Unidos y en todas partes son mayoría. Los grandes indicadores, las cifras macroeconómicas no nos pueden hacer perder la perspectiva de una realidad donde la concentración insultante de la riqueza aumenta, mientras el empobrecimiento y la exclusión afecta a cada vez más gente. Es fácil concluir que votando a Trump, sus electores hacen una opción irracional que sólo hará que perjudicarlos, dado que no deja de ser un magnate que ni por asomo pondrá en práctica políticas más sociales. Ciertamente, pero los que lo votan no creo que aspiren a mucho más que hacer una opción antisistema, dar un golpe en la cara a una corrección política que, hasta ahora, no les ha servido de nada. Contra lo que creían unos analistas confiados que los electores harían la opción del “mal menor” con Hillary, sesenta millones de estadounidenses han optado por expresar abiertamente su malestar. Quizá con cierta razón, han creído que el “mal menor” no dejaba de ser un “mal mayor” por entregas.

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Como en el proverbio oriental que dice que cuando alguien señala la luna hay quien lo que mira es el dedo, el tema de las elecciones americanas el progresismo y los bienpensantes lo han desenfocado y continúan haciéndolo. El problema no es Trump, aunque el personaje repugne. Había que abordar las causas del malestar económico y social que se proyectaban en el estrafalario liderazgo de éste. Dar una respuesta a indignados y excluidos, proponerles un futuro, en lugar de dedicarse a demonizar su candidato, actitud ésta que no ha hecho sino potenciarlo. En Europa podríamos sacar algunas lecciones que nos ahorren reiterar en los errores. Los ciudadanos necesitan respuestas y proyectos creíbles, no “más de lo mismo”, y mucho menos matar al mensajero. Si este no es el caso, ¿porque no hacer apuestas que si bien no rompen la baraja, al menos remueven las aguas estancadas? Pero que nadie se engañe, con Trump no llega ningún cambio. Hará exactamente las mismas políticas que habría hecho la candidata demócrata, sólo que con más testosterona y en una especie de versión “gore”. Nos hará pasar un poco más de vergüenza, eso sí.

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