Unas élites cada vez más cínicas

El presidente de la CEOE, el catalán Joan Rosell, ha afirmado de manera elocuente esta última semana que “el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”, manifestando así la cultura actual de los sectores dominados consistente en acabar con cualquier vestigio del modelo social europeo, apostando por una sociedad de mínimos y de beneficios y desigualdad máxima. Conviene recordar, que hubo un tiempo en que la desigualdad social extrema no se veía como una conquista, sino como el fracaso de la sociedad y una notoria fuente de problemas. La polarización social por razones económicas llegó a niveles sin parangón con los procesos industriales del siglo XIX. La inestabilidad y la conflictividad en que dieron lugar en el mundo occidental, terminaron por convencer a las élites que su acumulación de riqueza y de poder sólo sería sostenible con mecanismos que impidieran diferencias excesivamente impúdicas y con instrumentos que establecieran un límite a la pobreza, a la vez que una cierta contención en las formas evitara exhibiciones de riqueza humillantes para los menos favorecidos. Dar dimensión y fortalecer los sectores intermedios, las clases medias, serviría para la consecución de dos objetivos fundamentales: cohesionar la sociedad con la falsa apariencia de igualitarismo que da el consumo y, al mismo tiempo, ampliar una demanda agregada que pudiera sostener el crecimiento continuo de la capacidad de producción, posible gracias a la tecnología y los aumentos de productividad.

Mantener los principios capitalistas del individualismo, de la iniciativa individual, el incentivo del lucro, de la acumulación de riqueza como algo que da sentido a la vida y la “desigualdad estimuladora” haciendo todo esto compatible con sociedades seguras y medianamente inclusivas que garanticen un funcionamiento saludable del sistema queda perfectamente representado, definido y teorizado por John Maynard Keynes, que estaba convencido de que era necesario “proteger al capitalismo de sí mismo”, de sus tentaciones autodestructivas dada su tendencia a polarizar la renta en los sus extremos. El Estado de Bienestar fue pues su construcción resultante. Significaba un pacto social entre los trabajadores industriales, representados por la socialdemocracia y los sindicatos obreros, con unas clases medias que entendían que el estado social también les beneficiaría y que, por lo menos, les daría seguridad y estabilidad a la sociedad y a la política. A este consenso necesario para que el modelo social europeo fuera posible, algunos llegaron desde considerandos de justicia social y, otras, desde visiones compasivas o incluso puramente pragmáticas.

El impulso liberal, de la década de los ochenta, fue el primer paso para poner en duda el modelo socialmente integrador que había prevalecido. Las políticas económicas neoliberales, practicadas por los nuevos conservadores, pero también por las terceras vías procedentes de la socialdemocracia, son incompatibles filosóficamente y técnicamente con el sistema de prestaciones y seguridades del Estado de Bienestar. Si su liquidación no fue inmediata, fue evitar pagar un elevado precio político. Sólo era una cuestión de tiempo. Como ya escribía Naomi Klein en La doctrina del shock, las élites del capitalismo aprovechan las situaciones de crisis para reformular las reglas del juego a su favor, para cargarse algunas concesiones ya que las situaciones críticas convierten en aceptables condiciones impensables en otros momentos. Es bastante evidente que en los últimos tiempos el establishment dominante ha abandonado todo indicio de compasión y ha hecho una apuesta de máximos en pro de sus beneficios y de su acumulación, lo que conlleva una sociedad y una economía de mínimos, una sociedad low-cost: bajos salarios, ínfima tributación y menos Estado. La irresponsabilidad de las élites se ha cargado el enorme capital social y lleva al conflicto, el “clase contra clase”. Jeffrey Sachs ha escrito que más que una crisis económica, sufrimos una crisis moral, “la élite económica y política cada vez tiene menos espíritu cívico”.

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