Zygmunt Bauman-Carlo Bordoni. Estado de crisis

Ni la política es lo que era, ni el poder está allí donde había estado siempre. Política y poder se han segregado y esto explica en parte el desconcierto de una ciudadanía faltada de referentes sólidos y esto ayuda a entender cómo el poder económico se ha convertido en el poder con mayúsculas; de hecho, en el único poder realmente existente. De eso habla este libro de manera clara y contundente, de cómo mientras los problemas que debe encarar la humanidad tienen una dimensión global, no hay fórmulas globales para hacerle frente mientras Estados-Nación quedan encadenados a unos límites territoriales y a unas limitaciones intervencionistas y reguladoras que los han convertido en instrumentos casi inútiles. Mientras los afectados por la gran crisis de 1929 miraban hacia los gobiernos pidiendo auxilio y una intervención reparadora de los efectos perniciosos de las fallas del mercado, que con más o menos acierto se produjo, en la crisis actual ni confiamos en la acción de la Estado, ni éste está en condiciones de hacer nada más que no sea el de ayudar con recursos públicos al capital financiero para recuperar las condiciones de negocio de las que gozaba antes del inicio de la crisis de 2008. Así, la crisis actual contiene muchas crisis en su interior, entre ellas la de la capacidad de acción gubernamental para garantizar el bienestar de los ciudadanos, una crisis de la soberanía política real de los Estados frente a la hegemonía de las corporaciones y del Mercado desregulado, pero especialmente una crisis de la cohesión social que provoca una auténtica situación de jaque a la democracia representativa.

Este es un gran libro. Ameno y sencillo en las formas, pero de gran radicalidad y profundidad en sus contenidos. En Zygmunt Bauman-Carlo Bordoni: Estado de crisis (Paidós, 2016) asistimos a un potente diálogo entre el sociólogo que ha teorizado el concepto de la “sociedad líquida” y el ensayista italiano Carlo Bordoni, donde desarrollan las preocupaciones compartidas sobre un desencadenamiento del capitalismo más extremo que nos está llevando a una disolución de la sociedad tal y como la habíamos entendido durante muchas décadas y el triunfo de un individualismo empobrecedor que está acabando con los niveles mínimos de equidad que requiere el mantenimiento del sistema democrático de representación, evolucionando hacia formas democráticas puramente formales. Tiempo de cambios profundos que marcarán las próximas décadas y sobre los que la ciudadanía debería exigir que fueran justamente en una línea diferente a la que está yendo para garantizar un futuro decente y digno de ser vivido.

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