La desolación europea

El atentado yihadista de París del mes de noviembre atemorizó y sacudió Europa, porque evitar la violencia del terrorismo islamista se convierte en una quimera, cuando quien lo practica está ofuscado por el odio, está imbuido de una verdad absoluta de carácter redentor y, además, está dispuesto a inmolarse en este acto extremo. París nos condenaba a aceptar, como ya lo había hecho antes el atentado a las Torres Gemelas, que no estaríamos nunca del todo seguros, por muchos muros y medidas de seguridad de las que nos dotaremos. Justamente nuestra característica fundacional de la noción de europeidad, el carácter de sociedad libre y abierta, nos impide alcanzar una categoría absoluta de inviolabilidad donde no haya margen al temor a ser víctimas de la violencia y del horror, porque afortunadamente no estamos dispuestos a renunciar a la libertad, o al menos en buena parte del significado que le otorgamos al concepto. Los atentados de Bruselas de esta semana no hacen sino recordarnos lo extremadamente volubles que se han convertido nuestras vidas; como unas pocas acciones de violencia salvaje, no sólo generan el caos y paralizan justamente el corazón institucional de nuestro mundo, sino que nos paralizan a todos. Más allá de la violencia ciega y la generación de sufrimiento inútil que nunca tendrá justificación alguna, algo nos hace intuir que no todo lo hemos hecho bien.

Fanatismo, religión e instinto de destrucción suelen representar una combinación letal y con los portadores de la cual no creo que haya posibilidad de razonar y dialogar para alcanzar una convivencia pacífica. Responder a esta nueva guerra con la “guerra” como afirman algunos dirigentes europeos difícilmente nos llevará a ninguna parte que no sea a dar coartadas y alas a los agresores. Las idas de Occidente en el mundo árabe, sea en la época del colonialismo para saquear y desordenar estos territorios, sea la época contemporánea por razones geopolíticas y de control de los recursos petroleros no han hecho sino traer muerte y destrucción, además de provocarles mucha aversión. Aunque el terrorismo islamista a menudo está amparado, impulsado y financiado por las minorías enriquecidas, justamente por las élites extractivas de estos territorios que han subyugado la población después de los occidentales, una parte de la ciudadanía entiende que algo tiene que ver una globalización económica, que a la mayoría de ellos no ha hecho sino empobrecerlos. La injusticia continuada, la condena a la pobreza y la arrogancia con que han sido tratados ha generado un amplio y profundo resentimiento social, que lógicamente alguien ya se ha encargado de convertirlo en un contencioso civilizatorio de raíz religiosa.

Europa no tiene necesidad de pedir perdón, ni obviamente tener que justificarse ante aquellos que practican la guerra más brutal. Pero sería bueno que cambiara de actitud con relación al mundo árabe, al mundo islámico y al mundo en general. Que los importantes contingentes inmigratorios de las últimas décadas los hayamos condenado a vivir mayoritariamente en las banlieus de las grandes ciudades carentes de casi todo y especialmente de futuro, dice poco sobre nuestra capacidad integradora. Como es penoso que hayamos condenado a cientos de miles de personas que han huido de Siria a vagar tratados como animales por Grecia y los Balcanes. Las imágenes de los campos de refugiados de las últimas semanas dinamitan el concepto de Europa, como lo corrobora el vergonzante tratado de “devolución en caliente” firmado con Turquía, a pesar de los miserables esfuerzos para realizar las deportaciones -que eso es lo que son- sin testigos que las puedan relatar. Los gobiernos europeos, atemorizados por el ascenso del populismo xenófobo, han apostado por tratar a los refugiados de manera brutal e inmisericorde. Para frenar electoralmente la extrema derecha han apostado por darle la razón, dotándode paso, estúpidamente, de más argumentos a aquellos que defienden un “choque de civilizaciones”.

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