Farsa

No me veo capaz de afirmar de manera taxativa nada en relación a cómo acabarán los intentos de configurar una mayoría de gobierno en España. Todo apunta a que volveremos a elecciones, pero a saber, especialmente después del vía crucis catalán que aunque nadie daba un duro acabó por tener un “final feliz”; bien, o al menos un simulacro de final. Aunque no parezca políticamente muy dotado, no se puede negar que Pedro Sánchez tiene una empresa tan difícil y casi con todo a la contra, que quizás se merecería el milagro que le saliera bien. Poco probable. Ha sorteado la presión intensa en pro de una “gran coalición” que habría salvado los intereses del establishment, pero que a medio plazo habría enterrado un PSOE, entregado definitivamente al relato político de la derecha. La mayoría de progreso, seguro que deseada por muchos, es difícil de configurar dado que requiere de sumas y de connivencias que ya se han expresado repetidamente que son excluyentes. Ciertamente cuenta con un aliado estratégico que es Ciudadanos, el cual le interesa tan poco como a Sánchez tener que volver a las urnas, pero Podemos lo pondrá difícil, dado que en unas nuevas elecciones, probablemente harían el sorpasso y liderarían las izquierdas. En medio de todo esto, una buena parte del PSOE espera que Sánchez embarranque en estas negociaciones, mientras que para él, la supervivencia política pasa única y exclusivamente por formar gobierno.

Gran parte de la ciudadanía tenemos la sensación de asistir a una larga representación que nos llevará a la nada. Nos espera otro largo mes en el que los diversos rituales de apareamiento serán poco más que un engaño, ya que de lo que se trata es de una cuidada puesta en escena por parte de todos de cara a que el culpable del fracaso a los ojos de la opinión pública siempre resulte que ha sido el otro. Todo consistirá en un magnífico juego de simulaciones donde lo importante no es tanto el resultado final, sino la evaluación que puedan hacer los futuros electores del proceso que se sigue. Oiremos hablar hasta el abuso que en ningún caso se cruzarán “líneas rojas”, una expresión que ya da grima de escuchar, sabedores como somos que en política el “¡nunca!”, puede significar que “dentro de unos meses”. También escucharemos de nuevo expresar que algunos líderes deberían hacer “un paso al lado”, eufemismo que como sabemos todos puede querer decir dos cosas no forzosamente excluyentes: que los tuyos te echan, o que el líder simula que se va y lo que hace es poner un colono que le cuide la finca.

La práctica política es algo muy extraño, compuesta a veces de tomas de decisiones frenéticas y sin mucho tiempo para pensarlas, con períodos de estancamiento donde todo parece fluir de una manera extraordinariamente lenta, sin prisa. Mariano Rajoy ha dilapidado 40 días desde las elecciones, como si nada. El tema no es tanto que haya salido investido Presidente, algo lógico cuando has quemado durante años los amigos y has liquidado los puentes con los adversarios, pero tampoco parece que haya hecho nada para conseguirlo. Muy en su estilo, se ha limitado a esperar que pasara el tiempo. Aunque seguramente con más movimiento aparente, ahora probablemente se quemarán 30 días más para comprobar algo que era evidente la noche electoral, y es que no hay posibilidad de erigir un gobierno estable. Resulta curioso que, especialmente para los catalanes, vivir sin gobierno se está convirtiendo más en una norma que en una excepción. Ya sólo se ponen nerviosos los mercados y los indicadores económicos.

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