El coste de la desigualdad

 

La extrema y creciente desigualdad económica, además de injusta e inaceptable es a la vez insostenible y poco funcional. Richard Wilkinson y Kate Picket han publicado un magnífico libro en el que, combinando la sabiduría económica y el saber antropológico, han evaluado los costes de la desigualdad en forma de infelicidad colectiva. Más allá de lo estrictamente monetario, la desigualdad tiene efectos demoledores sobre una parte de la sociedad, en forma de salud, estrés y patologías diversas, así como el reforzamiento de la tendencia a la no cooperación. Las sociedades desiguales, además de insostenibles a largo plazo, son insanas y costosas en el corto plazo. No es tanto el bienestar de las personas lo que cuesta dinero, sino su infelicidad. Teniendo en cuenta que la calidad de las relaciones sociales se construye sobre cimientos materiales, la escala de diferencias de la renta tiene un efecto muy poderoso en nuestra manera de relacionarnos. Por primera vez en la historia, los pobres están en líneas generales más gordos que los ricos. Según estos autores, “la desigualdad se mete bajo la piel”, y es una evidencia que cuanto más desiguales, las personas de estas sociedades tienen más problemas de salud, de violencia, aumenta la ansiedad, progresan las patologías psicológicas por falta de autoestima e inseguridad social, se siente amenazada la identidad social de los individuos débiles, aparece la vergüenza, el orgullo herido y el miedo a perder el estatus. La desigualdad aumenta los fenómenos de ansiedad a ser socialmente valorados de forma negativa.

Existe una correlación entre confianza y colaboración, y la primera desaparece con la desigualdad. Quien confía, tiende a ser más proclive a culturas comunes y compartidas. Si desaparece la confianza, disminuye no sólo el bienestar de la sociedad civil, sino la propia noción de pertenencia a una sociedad. Wilkinson y Picket demuestran cómo se producen unos determinantes psicosociales de la salud además de los condicionantes meramente materiales. Su formulación de “a más diferencia de renta, menos cintura”, expresa que el progreso de la obesidad y del sobrepeso en el mundo desarrollado, especialmente en Estados Unidos, tiene mucho que ver con “el efecto consuelo” de la comida, que actúa especialmente sobre aquellos que por su bajo nivel de renta se sienten socialmente excluidos, o bien en sus límites. La desigualdad también se correlacionaría con el rendimiento y las oportunidades educativas, con el recurso a la violencia como forma de expresar el orgullo herido. En definitiva, la desigualdad genera sociedades disfuncionales con costes elevados y mucha más infelicidad. La desigualdad estimula el impulso hacia el consumo, con lo cual se genera una insatisfacción colectiva que tiene un coste elevado. Hay unos costes suplementarios de insatisfacción que generan los ricos a los demás. Las sociedades desiguales fomentan una improductiva competencia por el estatus y con ello socavan el bienestar no sólo material de forma directa, sino también mental a través de la erosión que provocan en nuestro sentido de la ciudadanía compartida.

Las sociedades democráticas requieren de unas condiciones mínimas de igualdad, o dicho de otro modo, de unos niveles de desigualdad moralmente aceptables. Las tendencias económicas y sociales actuales están a punto de sobrepasar, si no lo han hecho ya, todas las líneas rojas para mantener la cohesión política y social, el consenso necesario, dentro de unos márgenes que no lo hagan estallar. Cuando las desigualdades son agudas, es improbable que los ciudadanos se sientan comprometidos con las instituciones. Situados en este punto, es legítimo plantearse hasta qué punto no se legitima el levantamiento y la explosión de rabia de los sectores sociales sometidos a la violencia de la extrema pobreza. Las instituciones que no reparan patologías tan evidentes, ¿pueden exigir el respeto y el cumplimiento de la ley a los ciudadanos que las sufren?

 

 

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