Más que un pacto, una rendición

Se acaba de presentar a bombo y platillo lo que se ha llamado el primer gran pacto social de la legislatura, en el que el Gobierno, a un año de las elecciones, ha obtenido una muy preciada fotografía con la patronal y con dirigentes sindicales para anunciar medidas para la reactivación del empleo y el anuncio de un subsidio para aquellas personas que en situación extrema llevan tiempo en el paro, a las que se les abonará una prestación temporal de 426 euros. Ciertamente que para quien se encuentra en una situación dramática de exclusión económica y laboral puede resultar un pequeño balón de oxígeno, pero hablamos de una cifra y unas condicionalidades que lo convierten en cualquier cosa menos una ayuda para recuperar la dignidad y aún menos ser el camino hacia la inclusión social. Que esto lo promueva un Gobierno que nos ha precarizado hasta el infinito, que ha sustituido el concepto de promoción de la actividad económica por la devaluación interna y que miente anunciando de que la crisis ya es historia cuando una cuarta de la población activa está desocupada y sin perspectivas de serlo forma parte del guion, al igual que el beneplácito de una patronal encantada con una legislación laboral que ha puesto de rodillas a los trabajadores y con unas facilidades para la elusión fiscal que no podían ni imaginar y que les permiten, a los grandes, en plena crisis ganar más dinero que nunca. Lo que resulta paradójico y hasta cierto punto indigno, es que los representantes de los grandes sindicatos se hayan convertido en aduladores de políticas que avergüenzan a cualquiera que posea una cierta conciencia social, en “palmeros” de una dinámica y de unos intereses que no son justamente los de la ciudadanía a la que, al menos teóricamente, dicen representar.

Pocas personas deben de estar tan convencidas como yo del papel históricamente relevante que han jugado los sindicatos, las organizaciones de los trabajadores, para hacer de contrapeso a la tendencia hacia los mínimos salariales y de condiciones a las que individualmente tiende el mundo de la empresa con tal de maximizar beneficios. Salarios para tener una vida digna y condiciones laborales humanamente aceptables no se han conseguido como donación generosa por parte de patronales y gobiernos, sino como fruto de movilizaciones y grandes sufrimientos de generaciones y generaciones de clases subalternas. Convendría no olvidarlo. Incluso Keynes escribió sobre el insustituible poder equilibrador de unos sindicatos que al garantizar con su contrapeso buenos niveles de salarios, evitaban la polarización de renta en los extremos que llevaba al subconsumo y la crisis. Paradójicamente, el equilibrio de fuerzas entre capital y trabajo terminaba por salvar el capitalismo de sí mismo, de su tendencia autodestructora cuando se le deja evolucionar hacia una extrema desigualdad. En épocas de crisis el miedo se apodera de las personas más vulnerables, así como también de aquellos que deberían defender su dignidad. La rendición sindical, el triste papel que juegan la mayoría de comités de empresas más pendientes de su situación particular que de los intereses del colectivo, han postrado gran parte de los trabajadores a los pies de los caballos. Ya no existe la necesaria capacidad de intimidación. El resultado, salarios miserables, paro desbocado, empeoramiento de condiciones, humillaciones patronales como las de antaño, precariedad absoluta … Todos juntos hemos permitido que el capitalismo impusiera su cara más dura y más descarnada, más individualista y sin ninguna noción de justicia social, ni siquiera de compasión, volver al Manchester del 1800. Al igual que una “nueva política” surge para superar el anquilosamiento y las perversiones de las viejas organizaciones, es necesaria una nueva solidaridad laboral que supere unas organizaciones sindicales que no parecen representar mucho más que los intereses de sus estructuras dirigentes y a los trabajadores poseedores de todas las seguridades.

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