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Guerra

Finalmente, la Rusia de Putin ha terminado por llevar a cabo aquello con lo que estuvo amenazando durante tiempo y que un cierto sentido de la cordura y de las proporciones nos hacía creer que no sucedería. Una guerra de tipo antiguo, de cuando las cosas desfilaban en blanco y negro, pero que es retransmitida en directo y que no creo seamos suficientemente conscientes de que tiene lugar en el corazón de Europa y cuyas consecuencias todavía no podemos ni imaginarnos. Efectos profundos y a largo plazo. La guerra son cuerpos de ejército, armamento, pero sobre todo personas a las que se les destroza la vida, que se les ha condenado a vivir asustados y en el horror. ¿Cómo es posible que la decisión de un autócrata pueda causar tanto dolor a tanta gente, tanta destrucción inútil? Cuando comienza una guerra hay poco que decir, las palabras pierden su sentido. Todo parece sobrante y ridículo. Nuestros problemas políticos y preocupaciones cotidianas pierden significación e incluso seriedad. ¿Qué interés pueden tener las broncas internas del Partido Popular o las disputas de patio de colegio entre facciones independentistas? La guerra que ha declarado Putin en Ucrania nos recuerda la dimensión de crueldad que puede tomar la vida, especialmente cuando se enfoca muy mal. Y no es sólo el sufrimiento que visualizamos y que obtiene el primer plano. Sobre todo, se pone de relieve la importancia de la libertad y la seguridad conculcada en nombre de vete a saber qué delirios imperiales o pulsiones por exceso de testosterona.

Nunca hay razones que justifiquen el camino de la guerra. No las hay acreditadas o justas. Menos aún existe ningún derecho ni razón que haga aceptable atacar a los demás, no respetar su soberanía. En el fondo, lo que estamos viviendo, más que una guerra entre dos países confrontados es una brutal agresión de unos hacia otros. Una demostración de desmesura. Si Rusia tenía alguna razón que esgrimir con relación al alineamiento de Ucrania con el bloque militar occidental de la OTAN, la ha perdido de forma absoluta con su brutalidad injustificable. La desigualdad de fuerzas es tal, de 1 a 10, que se convierte en el abuso del que se sabe extremadamente fuerte respecto a aquel que es débil de forma muy evidente. No puede ser honroso en modo alguno, suponiendo que en la práctica de la violencia fuera posible la existencia de códigos de honor a respetar. Ucrania y Rusia han tenido históricamente una larga y a veces no suficientemente confortable relación. No responden al perfil de comunidades homogéneas ninguna de ellas pues hay múltiples etnias, religiones, lenguas y culturas. Tienen mucho en común, pero lo que ha hecho Putin con su atropello y el intento de humillar a los ucranianos es crear justamente separaciones y odios que pueden durar siglos. Hay cosas que no se olvidan y, lo que es peor, generan cohesiones identitarias y filiaciones nacionalistas que no suelen traer nada bueno. En Ucrania lo «ruso» y lo específicamente «ucraniano» han convivido hasta ahora sin muchos problemas, precisamente porque son una mixtura, un híbrido de muchas cosas. Difícilmente después de esa agresión, esto sea nunca más así. Hay heridas que se alargan exageradamente en el tiempo y crean diferencias insalvables.

El problema principal en estos momentos, aparte de captar el grado de frialdad y psicopatía de Putin o el ver hasta dónde quiere llevar las cosas, es la salida de este trágico embrollo. A pesar de la complejidad, lo difícil no es desplegar los ejércitos, sino su repliegue una vez han salido de los cuarteles. No por cuestiones técnicas, sino por imperativos geopolíticos y de la propia dinámica interna de Rusia. Putin no tiene vuelta atrás. Quemó las naves y solo le sirve una victoria, aunque ya no puede ser rápida, abrumadora y definitiva como pretendía. Europa y todo el mundo occidental ya no pueden permitirse parches y están moralmente obligados a mantener el aislamiento de Rusia tanto en términos económicos como políticos. Se juegan conceptos que están en el tuétano de nuestra cultura y visión del mundo: libertad, soberanía, Estado de derecho, seguridad, respeto, valores democráticos… La respuesta interna de los rusos a Putin ayudaría mucho a deshacer esta situación, a la vez que permitiría distinguir a la ciudadanía de un país magnífico de sus nefastos dirigentes. Sin embargo, el clima de represión interna lo hará muy difícil.

Enemigos íntimos

La política como espectáculo ha vivido uno de sus grandes episodios en la última semana. El Partido Popular ha escenificado una especie de tragedia griega en la que ha habido de todo: hechos imprevisibles, espectáculo, giros continuos de guion, efectos sorpresa, crímenes pasionales, evidencias de corrupción, traiciones, celos, deserciones, miserias humanas… Todo ello se ha asemejado a un programa de los de Mediaset para entretener donde sólo necesitáramos dosis importantes de palomitas. Pero más allá de la lectura frívola que se puede hacer de todo ello, lo preocupante es el deterioro de la política que se escenifica de manera descarnada. ¿Cómo creer en algo después del catálogo de bajas pasiones en estado puro que nos han exhibido? Pablo Casado siempre ha sido un líder débil, un trepa de manual con dudosa formación que supo aprovechar en el 2018 los intensos odios de Soraya Sáez de Santamaría y Dolores de Cospedal. Ahora muere políticamente de forma similar. Nadie preveía, sin embargo, que sería tan torpe en la gestión de esta crisis. Ya hace tiempo que las fuerzas fácticas del conservadurismo, tanto las económicas como las mediáticas le dan, más que por amortizado, por incapaz. Tienen prisa por recuperar hegemonía y poder y les cuesta imaginarlo como presidente de Gobierno.

El estudiado embate de Ayuso ha sido una escenificación trumpista bien preparada. Pasar a la ofensiva como mejor defensa, estrategia victimista, emocionalidad, verdades alternativas y una versión propia del ataque por las hordas en el Capitolio en forma de asalto “popular” en la calle Génova. Casado no era consciente de haber construido con su amiga Ayuso un monstruo de ambiciones inmensas e imparables. No midió que las amistades de hoy pueden ser los peores contrincantes del mañana. Mientras Casado ha escenificado en estos tiempos una estrategia errática entre la moderación y la derecha más dura como se ha visto en la reciente campaña autonómica de Castilla-León, Díaz Ayuso todo el mundo sabe que es ya la heroína de la derecha más desacomplejada, simbolizando el libertarismo reaccionario tan en boga en todas partes. De todas formas y atendiéndonos a los hechos de la última semana, es bastante elocuente que lo que era una denuncia por posible corrupción acaba con la destitución del denunciante y no, pidiendo explicaciones y responsabilidades a una denunciada no sólo con fuerzas evidencias de veracidad, sino que sobre ha tenido la desfachatez de reconocer los hechos de forma chulesca. La bandera de regeneración de un Partido Popular tan dañado por la corrupción que había enarbolado Casado acabó pisoteada con el plebiscito de los adeptos del pasado sábado a las puertas de la calle Génova. La fe y la devoción en los liderazgos populistas no acepta ninguna sombra de duda ni sospecha. Los familiares beneficiados o aprovechados no resultan más que un tema menor, pura obsesión estética de la cultura de izquierdas.

Pero más allá de odios personales y del factor humano de esta crisis, existen opciones profundas de posicionamiento y de contenidos políticos para las que decantarse, las cuáles necesitarán más cosas que dimisiones o congresos extraordinarios. Sobre todo, saber cuál es la estrategia política del conservadurismo español y cómo afronta el reto de la aparición más allá de sus siglas de una derecha extrema con fuerte atractivo electoral en las actuales circunstancias. No es lo mismo optar por un liberal-conservadurismo de tipo alemán, moderado, incuestionablemente democrático y que no hace concesiones a la xenofobia y exclusión de la que es portadora la extrema derecha; o bien se adoptan las formas y contenidos del populismo trumpista pactando e identificándose con los postulados de Vox. Estas dos culturas conviven en el Partido Popular y con Pablo Casado optaron por un fracasado camino de en medio. Al electorado le estimula más Ayuso sin duda, pero no está muy claro que su éxito electoral en Madrid sea exportable a toda España. Una vía emocional que los puede llevar a ser irrelevantes por su incapacidad para atraer al votante de centro, como por la imposibilidad de ser homologables entre una derecha de Europa Occidental que todavía parece tener muy claro cuáles son las líneas rojas que, respecto a la extrema derecha, no se pueden atravesar. Resolver ese dilema resulta fundamental. Como lo es que no habrá estabilidad política en España sin un centroderecha fuerte y organizado que además de ser elemento de alternancia de gobierno, deje de inducir temores a la ciudadanía progresista por no haber perdido del todo aspectos culturales muy rancios, algunos tics autoritarios y rémoras de su pasado franquista.

En favor de la filosofía

El gobierno catalán propone quitar la filosofía como materia optativa de la ESO, como ya se hizo en la legislación estatal que sirve de marco. Si la presión de los académicos y la sociedad no fuerza un cambio de planteamiento en la política educativa, esta disciplina que ya estaba minorizada en la condición de “optativa”, desaparecerá del currículo formativo. Sólo se ofrecerá y todavía de forma disminuida, en el bachillerato. Son malos tiempos para aquellas materias que ayudan a conformar el pensamiento, estructurar el razonamiento y crear espíritus libres. Más allá de la filosofía, las humanidades también juegan un papel cada vez menor. No son funcionales de forma inmediata, pues no interesan. En los proyectos formativos, sólo va quedando espacio para lo meramente instrumental, para lo que aporta habilidades aplicadas y tecnológicas. Aprender a razonar, estructurar el conocimiento en grandes sistemas no se considera ya algo relevante. Esto resultaba básico cuando el sistema educativo tenía como finalidad primordial la de formar a personas libres que incorporaran potentes nociones de ciudadanía y buenas bases de cultura humanística. En el mundo ideológico del neoliberalismo y el ultraindividualismo imperante, se encarga al sistema educativo, en todos sus niveles, de formar a futuros empleados que, aparte de herramientas, dominen habilidades en saberes mecanizados y fragmentados, además de haber adquirido una buena capacidad de docilidad y aceptación de lo establecido. Ah, y una fuerte propensión a competir toda la vida con sus semejantes.

La filosofía contiene el pensamiento de que nuestro mundo ha ido generando y acumulado desde de Grecia y a lo largo de 2.500 años. Nos habla de las reflexiones que se han hecho y pueden hacerse sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, de los hombres y el universo. Nos explica sistemas de pensar que se han erigido de forma sistemática. No veo que esto resulte un tema menor en la educación de los jóvenes y que no les sea clave hacia el futuro. En educación, parece que aplicamos aquella máxima negativa de que conviene más, primero, lo urgente -dotar de empleabilidad- de lo importante -proporcionar conocimiento para una vida plena-. Hay quien argumenta que lo que no va a hacer la filosofía en desaparición en la secundaria ya se encargarán de aportarlo las materias de ética. Es como decir, que es suficiente con que aprendan normas y que no necesitan conocer el sustrato, el pensamiento, a partir del cual la ética y la moral se configuran. Además, estas materias se encuentran el sistema educativo en la condición de “espejo” de las asignaturas de religión para aquellas familias que optan por una educación laica. Pero al final resulta paradójico y poco defendible que en el sistema escolar tenga mayor presencia la religión que la filosofía. Toda una declaración de principios.

La lógica de la utilidad se ha ido imponiendo en el mundo de la educación y la cultura. El conocimiento, especialmente en las últimas décadas, se ha identificado progresivamente con el interés económico y mercantil, dejando de lado la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, la filosofía, las lenguas clásicas, la fantasía, el arte o bien el pensamiento crítico. Se ha ido borrando el horizonte amplio, civil, que debería inspirar la actividad humana. El pensador italiano Nuccio Ordine, ha escrito sobre un hecho que puede parecer paradójico, como es la gran utilidad de los saberes inútiles que, justamente, por no producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos nos ayudan a dotar de musculatura nuestra capacidad de pensamiento ya proporcionarnos nos un universo moral. Ya hace años que el dramaturgo Eugène Ionesco también alertaba de que todo lo útil impide la comprensión del arte y nos incapacita para disponer de un sentido social y colectivo. Nos convendría no perder la conciencia de que los saberes humanísticos, la literatura como la cultura en general, forman el líquido amniótico en el que se desarrollan las pulsiones de libertad, justicia, laicidad, igualdad, solidaridad, tolerancia, bien común o espíritu democrático. El gusto de vivir. Lo decía Ovidio, «por más que te esfuerces en encontrar que hacer, no habrá nada más útil que las artes, que no tienen ninguna utilidad». En Francia, Víctor Hugo ponía en cuestión la excesiva focalización en lo material y la pérdida de importancia en el sistema educativo, ya en la segunda mitad del siglo XIX, de los contenidos humanísticos; sobre el peligro de que se iluminaran las ciudades, pero que se fuera imponiendo la oscuridad en las mentes. Entendía que lo humanístico podía hacer de “antorcha” para la comprensión del mundo y para el desarrollo de nuestra dimensión ética.

Parlamentos

Las cámaras de diputados son depositarias de la voluntad popular. Un poder fundamental en el Estado de Derecho cuya función radica en el control y construcción normativa del sistema político y donde, en definitiva, descansa la legitimidad del sistema democrático. El ámbito en el que se expresa la diversidad y la pluralidad de la sociedad. Justamente el término que lo define hace referencia a ser un espacio de diálogo y debate, también de confrontación, pero al fin y al cabo de acuerdo y consenso. Una institución que debe ser respetada y en la que las formas, la representación simbólica, tienen cierta importancia. Los representantes ostentan la dignidad que les confiere la elección, pero su actitud y comportamiento debe hacerlos merecedores de tal consideración y respeto por parte de la ciudadanía. Una cierta y necesaria teatralización de las funciones, el ritual, no debería transmitir la sensación de que es un zoco árabe. La prioridad debería ser legislar al servicio del conjunto de la ciudadanía. Más allá de la pasión que se puede poner en el ejercicio parlamentario, debería prevalecer la buena educación, la contención y evitar espectáculos que tiendan a la comedia, al sainete, a lo grotesco o, directamente, al teatro del absurdo. «Política es pedagogía» afirmaba un reputado político catalán de la época de la Transición.

El Congreso de los Diputados dio la semana pasada, a expensas de la convalidación del decreto de la Reforma Laboral, un espectáculo nada apetecible. El tema resultaba tan crucial en el fondo como también había condensado hasta el extremo una disputa derecha-izquierda ya exageradamente polarizada. Por la mayoría gubernamental se trataba de aprobar uno de los proyectos estelares de la legislatura. Hacerlo fracasar significaba por una derecha hispánica muy radicalizada poner fecha de caducidad justamente en el actual ciclo político. En los posicionamientos finales poco importaba el contenido de la norma o sus efectos benefactores por los trabajadores. Un tema no menor que se obvió en la disputa fue que el texto era el resultado de un pacto social acordado entre sindicatos y patronal que abría la posibilidad de disminuir la precariedad laboral y mejorar los salarios reduciendo la temporalidad contractual a través de la preeminencia de los convenios sectoriales, equilibrando algo las fuerzas tan desajustadas en los últimos tiempos entre el capital y el trabajo. Unos escenificaban el “no” en espera de que el resultado fuera “sí” por una cuestión de marcar perfil propio o bien para no hacerse la fotografía con según quien, aunque se la acabaron realizando con la extrema derecha. La operación extremadamente teatral y llevada secretamente por la derecha para hacer fracasar la aprobación a última hora por medio de tránsfugas, se fue al garete porque un diputado del PP se equivocó de forma reiterada a la hora de emitir el voto. Se ve que le ocurre habitualmente. Más que el resultado final y el sentido profundo del acuerdo, lo que ha quedado es el sainete ridículo que se escenificó.

El Parlamento como cuadrilátero: las batallas «a golpes» más memorables de  la política

En el Parlament de Catalunya acabamos de vivir un episodio más de realidad imaginaria y paralela que hace unos años nos tiene bastante acostumbrados. Esta vez se trataba de desobedecer una orden de obligado cumplimiento procedente de la Junta Electoral Central, relativa al desposeimiento de la condición como tal de un diputado. Una nueva ocasión para sobreactuar, apelando al embate contra las leyes y el Estado, fijando el incumplimiento como un objetivo político crucial. La presidenta Laura Borràs, muy dada a la sobreactuación, afirmaba de forma engolada que no pensaba acatarlo en modo alguno y decía estar dispuesta a cerrar el Parlamento. Un hecho este del que se desdijo, quizás porque alguien le debió hacer ver que esto sólo ocurre en las repúblicas bananeras o lo practican gobiernos escasamente democráticos vigentes en algunos países de Europa del Este. Al final, y tras culpar a funcionarios y disparar contra sus correligionarios, acabó por no jugarse la inhabilitación y cumplir escrupulosamente lo que venía mandado, manteniendo, eso sí, la actitud arrogante y el verbalismo de la rebeldía. El ridículo ha sido espantoso. Pero un episodio más de fuegos artificiales y de convertir la cámara catalana en un ámbito dado a la escenificación sectaria y a la irrelevancia.

El regreso a la tribu

Existe una creciente conciencia sobre la crisis que viven los sistemas y el propio concepto de democracia. Las razones son múltiples. En cualquier caso, resulta remarcable y bastante evidente la progresiva erosión de la cultura política liberal. El aspecto más castigado es el de la tolerancia, base sobre la que se sustenta cualquier apuesta de sociedad y asegurar la convivencia de lo diferente. Hemos transitado en los últimos tiempos desde el pluralismo fundamentado en la tolerancia hacia un tribalismo irrespetuoso e incluso ofendido ante la diferencia. El resultado es una polaridad ideológica y política, pero sobre todo emocional, que genera situaciones conflictivas y de negación que llevan a esto que se llama la “cultura de la cancelación”. El individualismo extremo impulsado desde los ochenta ha terminado mudando hacia un identitarismo que, paradójicamente, niega los mismos principios sustentadores de las sociedades liberales. Los más pesimistas creen que estamos frente al principio del fin del modelo liberal que conocíamos y que constituyó la base de nuestro mundo en los tres últimos siglos. Se mantiene de la terminología y las formas del Estado de derecho clásico, pero se subvierten los valores y equilibrios más allá del mantenimiento de las elecciones como modalidad de legitimación. Se pervierte la división de poderes y se genera una dinámica polarizadora que falsea la libre concurrencia de proyectos, políticas y opiniones por una fuerte tendencia al unanimismo forzado.

Los cambios en la conformación de la opinión pública acaecidos en los últimos años de la mano de lo digital, pero también de las mutaciones en la práctica del periodismo ayudan a entender los notables cambios en los comportamientos sociales. Se han diluido las fronteras entre información, entretenimiento y publicidad. Los medios, en aras de su supervivencia, han colaborado. El inmenso ruido comunicativo requiere mensajes extremadamente simples y que, sobre todo, capten la atención. Ésta es muy limitada y su captura tiene cada vez más valor económico. Se imponen pues los mensajes breves, impactantes, ruidosos, fáciles y emocionales. La finalidad es mostrar la pertenencia al grupo y reforzar su inclusión y cohesión. Cuando Trump apeló a los hechos alternativos para refutar la evidencia entramos en el ámbito de un relativismo absoluto. Ya no existía la posibilidad de conocimiento en sentido genérico y abstracto. Se imponía una «epistemología tribal». De forma paralela triunfaba lo que Adorno definió como el “narcisismo de la opinión”. Una especie de obligación a expresar el punto de vista propio de forma categórica y escasamente matizada. Hay que tener opinión, aunque no se tenga criterio. Se debe formar parte de uno de los bloques contrapuestos, es necesario inscribirse en la dialéctica amigo-enemigo. Más que los valores del propio grupo, es fundamental la existencia de un enemigo al que odiar. No debe ser posible eliminar la trinchera cavada y mucho menos atravesarla. Estamos ante lo que la teoría política ha llamado «partidismo negativo».

Tribalismo del consumidor: una batalla por la paz financiera

El populismo en su versión derechista, o de nueva extrema derecha, pretende recuperar la vieja fórmula de la soberanía estatal, con fronteras precisas y delimitadas, homogeneidad cultural interna y valores tradicionales frente a la nueva diversidad defendida desde el progresismo. Resulta bastante paradójico, el hecho de que esta derecha pretenda rehacer la cohesión y los vínculos de proximidad que la globalización que tan festivamente defendía generó. Es como si los efectos unificadores del modelo neoliberal, las migraciones masivas o el refugio en la multiplicidad de la diversidad no tuviera nada que ver. Enfrente, la izquierda más identitaria que de clase, impulsa luchas sociales específicas sin un proyecto de transformación económico y político global, como si el futuro se pusiera en manos de la adoración de pequeños dioses particulares erigidos o cooptados en el extenso mercado de la diversidad. Ya no existe una noción de ciudadanía única o de comunidad nacional específica, sino un sinfín de grupos de identidad que se arrogan el derecho a la primacía de sus preocupaciones y a condicionar el conjunto social. Lo cierto es que en el último cuarto de siglo todos los grandes relatos se han derrumbado. Las personas, carentes de referencias razonables, se comportan de forma cada vez más irracional, frenética y con tonos desagradables. El mundo se interpreta en términos personalidad individual. La política anima a las minorías a atomizarse, organizarse y pronunciarse a la defensa de su yo. Hoy en día, la vida pública está llena de personas ansiosas de librar batallas por una revolución que no deja de ceñirse a una tribu y que poco tiene que ver con la posibilidad de emancipación económica y social real.

Ucrania

Suenan con fuerza los tambores de guerra en el Este de Europa. Rusia se siente fuerte y en manos de autócratas sólo formalmente democráticos y quiere restablecer su papel central en la política mundial recuperando y tratando como suyos todos aquellos territorios que habían formado parte de la Unión Soviética. Europa y Estados Unidos mantienen el pulso militar y todavía diplomático en nombre de la defensa de la soberanía y la libertad de un país que pide vínculo y protección frente al gigante ruso. Todo ello, reminiscencias y un cierto retorno de conflictos que nos retrotraen a una Guerra Fría que creíamos superada desde el derrumbe del modelo soviético allá por los años noventa del siglo pasado. Rusia ha vuelto y quiere ser alguien en el escenario geopolítico global. Y dispone de argumentos para serlo: potencia militar y territorial, un gran ejército, agresividad y abundantes recursos naturales algunos de los cuales Europa necesita. Que se acabe invadiendo Ucrania y se desencadene un conflicto bélico de gran alcance puede que no sea lo más probable que suceda, pero hay posibilidades reales de que se produzca. No todo está bajo control en estos envites a gran escala y la fuerza a veces se escapa de las manos. Europa, en nombre de sus principios de acoger a todo el mundo que quiera formar parte de ella, ha aceptado el reto siguiendo aquella máxima militarista que «si quieres la paz, prepara la guerra».

Occidente militariza Ucrania ante la supuesta invasión rusa: puntos claves  - RT

El problema de fondo de la Unión Europea es que siempre acaba jugando en una posición subordinada a los intereses y al dictado de Estados Unidos. Y es quien más puede perder en este pulso, tanto si termina en guerra o se impone la vía diplomática. Para Norteamérica, Rusia tiene un papel importante pero secundario en el tablero geopolítico. La rivalidad primordial y quien le disputa el liderazgo económico y político global es China. No le interesa el futuro de Ucrania y a Rusia lo único que le conviene es contenerla. No necesita su gas, sus recursos naturales o la producción industrial. Merece respeto por su arsenal nuclear, y poco más. Terminará firmando la paz con una salida digna lo antes posible y quien quedará en la estacada es la Unión Europea. La vecindad territorial y las relaciones de dependencia energética y continuarán estando allí y, entre otras, la debilidad de Europa en estas pugnas es no disponer de un ejército propio sino compartido, la OTAN, que claramente no lidera. El interés de Putin no es hacer un pulso con Estados Unidos, sino debilitar el concepto de Europa y mantener bajo su área de influencia no sólo todas las repúblicas ex-soviéticas, sino también aquellos países de Europa del Este que se incorporaron sin demasiadas exigencias a la comunidad europea y donde ahora evidencian de forma clara sus carencias desde el punto de vista de funcionamiento y la cultura democrática. La Unión Europea es una realidad diversa, plural y que tiene connotaciones más corales que unitarias. Ésta es también su grandeza en la medida en que contiene culturas, lenguas, historia y sentidos de pertenencia muy variados. En algunas circunstancias, esto la hace débil y poco cohesionada y que sus actitudes de firmeza en la defensa de sus valores parezcan impostadas y sobreactuadas.

Probablemente respecto a Rusia se manifiesta ahora el error de visión a largo plazo de Europa, que se viene arrastrando desde hace treinta años. Más que una actitud de displicente rivalidad y de evidenciarle a menudo la superioridad de nuestros valores, debía haberse entrado en una dinámica de aproximación y colaboración, haciéndoles más bien socios que rivales, conteniendo así la nuestra dependencia geopolítica tan absorbente y de resultados dudosos con Estados Unidos. Quizás debía haberse entendido que las relaciones entre Rusia y Ucrania son profundas, complejas y contradictorias y no haber cometido interferencias que pueden resultar provocadoras y humillantes. Lo que se ha llamado «el alma rusa» y que tan bien describen los grandes escritores rusos del siglo XIX, en buena parte proviene y está depositada en tierras ucranianas. No es tan sólo que hay mucha población de origen ruso en Ucrania debido a los grandes movimientos de población provocados por Stalin. Son dos mundos profundamente hermanados y con muchísimos elementos comunes. También con miedos históricos del hermano pequeño sobre el mayor. Había que haberse aproximado a todo esto con más prudencia y respeto de lo que probablemente se ha hecho. Pero, sobre todo, debía haberse tejido con un vecino tan poderoso y con tanta capacidad de desestabilización una relación mucho más interesada y funcional. La geopolítica es un terreno poco propicio para la poesía.

Las vergüenzas del Parlament

Vivir y cobrar sin trabajar es una fantasía que todos hemos tenido en alguna ocasión. Hemos imaginado a qué actividades recreativas y lúdicas dedicaríamos nuestro tiempo con la tranquilidad de cobrar una buena nómina y sin que, en contrapartida, tuviéramos que hacer unos horarios, asumir unas responsabilidades, dar cuentas… Disponer de un salario y vivir la vida sin esfuerzo y sin la condena bíblica del trabajo, a quien más quien menos, se nos pondría bien. Pero, para la mayoría de los mortales, es un pensamiento momentáneo, una pura quimera que nunca se cumplirá y que, probablemente, es mucho mejor que no se materialice. Esta semana, sin embargo, hemos descubierto que hay gente cerca de nosotros que sí, que la vida le ha regalado esta oportunidad. Veintitantas personas (no los llamaré trabajadores por respeto a los que lo son) a sueldo del Parlamento de Cataluña y parece que de manera extensiva a otras instituciones como la Sindicatura de Cuentas han obtenido el privilegio de, sólo con quince años de antigüedad, poder cobrar el salario completo a partir de los sesenta sin acercarse al trabajo. Ojo, no es una jubilación anticipada. Como buena cultura funcionarial, siguen siendo propietarios de la plaza y van generando trienios que agrandan su salario. El concepto utilizado por esta magnífica obra de dejadez, holgazanería y desperdicio de los recursos públicos recibe el poético nombre de “permiso de edad”. El tema no es nuevo y parece que esta prebenda se remonta al 2008. El procedimiento claro: se quiere renovar a altos empleados de la institución y los responsables políticos, que no se las quieren tener con los funcionarios, deciden ofrecerles un retiro dorado que es cobrar y no acercarse al trabajo. Para que la cosa no provoque resquemor en los ojos, se extiende a todos los funcionarios de la institución, quienes se apuntan deseosos a tal oportunidad. El pequeño considerando a tener en cuenta es que esto tan injusto, injustificado, inmoral y costoso lo pagamos entre todos. Nadie habría financiado de su bolsillo tan ilógica situación de privilegio.

La Mesa del Parlament acuerda eliminar el plazo en que los funcionarios  pueden cobrar sin trabajar

El tema no es anecdótico y pone de relieve no sólo la manera frívola en como se utilizan con demasiada frecuencia los caudales públicos, sino también los beneficios que implica trabajar a la sombra del poder. Porque si el mismo concepto resulta inaceptable, también descubrimos unos niveles de salarios en algunas actividades que nada tienen que ver ni con la proporcionalidad ni con el mercado. Hemos visto nóminas que van de 4.000 a 10.500 euros mensuales limpios de polvo y paja. Cifras impúdicas. Cuando el tema ha aparecido, han quedado fotografiados los presidentes del Parlamento que ha habido desde 2008 y que han dado por buena la situación. Ernest Benach de forma torpe lo ha justificado en nombre de que «eran otros tiempos». Por supuesto. Tiempo de crisis económica, de despidos y precarización que él, sin embargo, bien acolchado en el coche oficial que se hizo “tunear” para viajar más cómodo, no se dio cuenta de lo que ocurría fuera. De hecho, ningún “tiempo” da coartada a algo así y más les valdría a los muchos que lo sabían, que pasaran vergüenza, pidieran disculpas y lo arreglaran. Porque aparte de presidentes de la institución, había mesas del Parlamento con representantes de todos los grupos parlamentarios que parece que o bien no se miraban el presupuesto anual que aprobaban, o bien se instalan ahora en el cinismo de argüir un desconocimiento que no podían tener. Hay también todos los diputados de la Cámara, de las bancadas del Gobierno o de la oposición, además de la multitud de filtros de control presupuestario que debían haberse dado cuenta, denunciado e impedido lo que alguien ha definido como una «práctica de pillaje institucionalizada».

Constatamos a menudo el distanciamiento de la política por una parte creciente de la ciudadanía e incluso las actitudes “antipolíticas” que refuerzan los discursos populistas e iliberales de las derechas extremas. Aunque las fallas del sistema democrático no justificarán nunca su negación, hechos como el de los salarios del Parlamento, así como la dejadez y frivolidad que lo ha permitido, son el caldo de cultivo del discurso de los que se han constituido como antisistema. Así, es fácil construir la existencia de una casta hecha de connivencias entre funcionarios y políticos cuya finalidad última sería la extracción de buenos salarios y todo tipo de canonjías. Si no se depura de forma clara y ejemplar este tema y todas sus derivadas, en esto el país habrá perdido cosas mucho más importantes que dinero.

La sociedad del miedo

Toda sociedad y todo individuo sienten y se les manifiestan múltiples formas de miedo. Pero quizás nunca como ahora el miedo inquieta y condiciona a los grupos sociales intermedios y determina su comportamiento social y sus actitudes políticas. De entrada, por una cuestión de lógica. Sufren miedo aquellos que tienen algo que perder. Las clases medias crecen y se consolidan en el mundo occidental especialmente durante las tres décadas gloriosas del Estado de bienestar. Si el conflicto de clases había sido muy áspero en los primeros cuarenta años del siglo XX, después de una guerra que había dejado más de cincuenta millones de muertos y dado lugar a sinrazones como el Holocausto, se imponía un cierto arreglo entre capital y trabajo. El miedo inherente a la incertidumbre del mañana quedaba mitigado por las seguridades que el Estado se encargaba de proporcionar. De paso, se desarmaba la clase obrera clásica y su sentido de pertenencia como grupo, reforzando el ascensor social y un nuevo sentido de pertenencia a un grupo heterogéneo en progreso. La sociedad ya no venía definida por la polaridad entre grupos sociales antagónicos sino por los sectores intermedios de empleados, profesionales y autónomos que, en una feliz definición de los sociólogos Ulrike Berger y Claus Offe, constituían una “no-clase”. Las generaciones occidentales de después de 1945 no conocerían el totalitarismo ni la guerra. Se acostumbrarían a la seguridad, el bienestar, los derechos, el consumo y la progresión social. El horizonte resultaba expansivo y el porvenir un escenario donde actuar y triunfar.

Una clase media que se irá definiendo cada vez más en un sentido aspiracional que por los niveles de renta o funciones en el proceso productivo que puedan considerarse homogéneas. Una diversidad de empleos, ingresos y culturas cada uno de ellos cuenta con sus objetivos y que debe gestionar un buen catálogo de frustraciones y miedos. Estamos hablando de técnicos con varios niveles de calificación, de funcionarios de diversos estratos de mando y de responsabilidad, a los trabajadores de cierto nivel de las finanzas y de las empresas tecnológicas. También empleados de la sanidad y la enseñanza, profesionales liberales y trabajadores autónomos activos en el sentido que tenía este término antes de la uberización, la gig economy y las cooperativas de trabajadores subcontratadas por las grandes empresas. Un conglomerado social que hizo oír cada vez más su voz como electores que se consideraban estabilizadores por su tendencia a la moderación que se cree inherente a tener algo de patrimonio y a los que se iba orientando la publicidad de bienes de consumo de larga duración. La clase mayoritaria de la sociedad, que determina tendencias y que se siente el sujeto de referencia de los gobernantes, puesto que conforma el grueso de la “opinión pública”.

Pero a partir de la nueva lógica que impuso la globalización económica, acentuada por las crisis del 2008, ésta es una clase que ha sufrido un profundo proceso de transformación y pérdida de efectivos, al tiempo que ve desaparecer las seguridades aparentemente eternas construidas en los años de expansión de las políticas keynesianas. Nuevos miedos, nuevos temores nuevas vulnerabilidades. Visión del abismo del desclasamiento.

Clase media" #Viñeta #Humor | Humor, Movie posters, Ups

Resulta paradójico que un grupo social que sigue siendo privilegiado respecto a buena parte de una sociedad donde avanza el terreno de la precariedad y la exclusión, se siente a la vez tan frágil y vulnerable, lo que le lleva a la toma de posturas extremas, redentoras e histéricas en política. Se acabó el formar parte de la centralidad política, de bascular entre ofertas moderadas para facilitar la alternancia. Radicalidad, griterío y refugio identitario. Los distintos populismos las acogen en sus brazos y les proporcionan un falso horizonte de emancipación. Las clases medias devienen aparentemente revolucionarias a través de propuestas que son extremadamente reaccionarias. Lo que hace el demagogo justamente es utilizar e intensificar el miedo a la gente y proporcionar un chivo expiatorio al que culpabilizar y que sirva para exorcizar a los demonios particulares. Para el populista, el miedo es elevado a categoría que permite discernir lo verídico de lo falaz. Se trata de definir dos campos antagónicos alineando el grupo social temeroso y vulnerable frente a otro grupo social asociado al dominio, la corrupción o el engaño, culpable de su frustración. Como explica el sociólogo alemán Heiz Bude, “el miedo vuelve a los hombres dependientes de seductores, mentores y jugadores. Quien es movido por el miedo evita lo desagradable, reniega de lo real y se pierde lo posible”.

Estabilidad política, a pesar de todo

En la política española contrasta la extrema polaridad que han impuesto las derechas de Partido Popular y Vox. Compiten en radicalidad y hacen de cada comparecencia y sesión parlamentaria una escenificación de combate terminal, siendo portadoras de un relato casi dantesco de la situación política. En realidad, se mantiene de manera bastante tranquila una mayoría parlamentaria de signo progresista que, aunque a trompicones por las sucesivas oleadas pandémicas, va tirando adelante la legislatura y logra aprobar algunas leyes que, a priori, parecía difícil que pudiera hacerlo. El gobierno español ha cerrado con dos victorias políticas bastante importantes en 2021. Por un lado, ha conseguido una mayoría holgada por la aprobación de los presupuestos generales de 2022. Unos presupuestos cargados de partidas sociales y engrasados ​​por la llegada de los fondos europeos postpandemia. Lógicamente, ha tenido que hacer concesiones concretas a la multitud de pequeños grupos que lo apoyan, pero el relato que quedará no será ni de grandes concesiones ni de grandes dificultades. Lo que quería el PP, que quedara la imagen de un gobierno filocomunista prisionero de nacionalismos e independentismos periféricos, no lo ha conseguido. Todo ha sido bastante plácido e, incluso, en el caso de ERC la exigencia parece ser más simbólica que otra cosa. Pactar una cuota de producción en catalán y otras lenguas cooficiales, a pesar de ser relevante para promover estos idiomas a nivel de uso social, no deja de ser alegórico puesto que no es posible la condición de obligatoriedad, sino de proporcionar estímulos a través de incentivos fiscales. Avanzar la jubilación de los Mossos a los sesenta años, equiparándolos con la Guardia Civil o la Policía Nacional tiene mucho interés para los afectados, pero poca relevancia en términos de país.

Aunque con menos diputados, el PNV siempre es más efectivo y prosaico en sus exigencias. Consigue la gestión íntegra del Ingreso Mínimo Vital -poca broma por su volumen económico y su significado-, así como importantes inversiones en relación con la llegada a Bilbao y Vitoria del Tren de Alta Velocidad (TAV), lo que es hará de forma soterrada. Aunque también más simbólico, logran, además, la cesión completa de la gestión de las cárceles, un tema sensible en aquella región. A los negociadores catalanes, como decía Ortega hace ya muchos años, les suele perder la estética. Se pasa de pretender una declaración unilateral de independencia a pactar una cuota lingüística en Netflix. Quizás una metáfora del retorno repentino y brutal hacia la realpolitik. El PNV sólo tiene seis diputados, no ha amenazado con rupturas, pero tiene infinitamente mucho más peso político. Probablemente pone en valor su moderación y su confiabilidad de partido de modelo antiguo, más preocupado por la estabilidad y los resultados obtenidos, que por el relato y lo que se dirá en las redes sociales. Maneras bastante diferentes de entender y de hacer política.

La reforma laboral com a arma – Josep Burgaya

El otro tema de gran reforzamiento por el gobierno español es el acuerdo alcanzado con los agentes sociales para la reforma laboral. Aunque no será la derogación de las regresivas leyes del PP de 2012 como se había prometido, resulta una victoria política incuestionable conseguir reformar de manera progresista la legislación laboral y disponer el acuerdo de las organizaciones patronales, lo que deja desnudas argumentalmente a las derechas y muy especialmente en el Partido Popular. Un acuerdo que para validarlo a nivel parlamentario todavía tendrá mucho tira y afloja, no pudiendo menospreciar que deba acabar haciendo con el apoyo de Ciudadanos. Lo que se ha firmado, ha forzado grandes tensiones en la patronal y entre éstas y el Partido Popular, que sería su referencia más natural. Cualquier cambio que quieran introducir en el texto nacionalistas e independentistas periféricos podría dar la coartada para que rompiese, algo que difícilmente se jugará el gobierno. Un pacto social para modificar la legislación laboral que, además, tiene problemas de mayor calado que la dialéctica y la pugna política actual. Genera mucho ruido y expectativas, pero traerá pocos cambios más allá de una relevante predominancia de los convenios sectoriales sobre los de empresa. Pese a la simplificación en los modelos de contrato, no terminará con la lacra de la temporalidad y de la precariedad que le es inherente. Ciertamente reequilibra un poco las relaciones entre capital y trabajo que estaban muy sesgadas, pero no afronta los retos que tiene el trabajo y su futuro en este período dominado por la digitalización y el capitalismo cognitivo y tecnológico. Justamente, es una reforma laboral que tiene mucho de “analógica”. Pese al incuestionable triunfo político que representa, éste es momentáneo. Quizás sería bueno que la izquierda gobernante fuera algo menos triunfalista al respecto. Más que nada, porque con la ley que pretende aprobar no resuelve ninguno de los grandes problemas de fondo en relación con el futuro del trabajo y los procesos de ensanchamiento de la desigualdad económica y social. Porque éste debería ser su objetivo. ¿O no?

Trapero

Pierre Victurnien Vergniaud, revolucionario francés antes de ser guillotinado durante el período del Terror hizo esta reflexión: “La Revolución, como Saturno, devora a sus hijos”. De modo menos sangriento, El Procés también va fagocitando a sus protagonistas. La destitución del mayor Trapero, jefe de los Mossos d’Esquadra, llevaba meses en espera. Se ha hecho en Navidad para quitarle relevancia informativa. Es una forma de proceder muy típica de la mayoría de los gobernantes. En cuatro años, este policía ciertamente peculiar ha pasado de ser un mito del independentismo a considerarlo como un enemigo a retirar. Un juguete roto en la polaridad extrema instalada en Catalunya, entre la que ha navegado durante un tiempo, pero las oleadas han sido excesivas y le han acabado ahogando. Ha sido un policía que, aunque se dejó querer por la política, esta dimensión no era exactamente la suya y su profesionalidad le impidió dejarse manipular de forma flagrante como se intentó reiteradamente. De hecho, se le ofreció ir de diputado a las listas de Carles Puigdemont, momento en el que tocó retirada estrictamente hacia su trabajo. Vivió su momento álgido cuando los atentados de las Ramblas de Barcelona, ​​circunstancia en la que los Mossos demostraron una gran eficacia y nivel desarticulando y deshaciendo por la vía rápida el complot que lo había hecho posible. Sus ironías y sarcasmos en las ruedas de prensa le hicieron trending tópic y el independentismo vendía camisetas con su esfinge. Tocaba la guitarra y se encargaba de la paella en las soirées de Pilar Rahola en Cadaqués. Un modelo de charnego integrado y de funcionamiento del ascensor social. Se dejaba ver en el palco del Camp Nou y aparentemente la fama no le desagradaba. Un poco raro para la discreción que se espera de un policía.

De camisetas con su cara al traidor "José Luis": La caída del mito Trapero

En los “hechos de octubre” de 2017, su papel fue ambivalente. Optó por la prudencia que fueron incapaces de utilizar los políticos. Eligió una estrategia de estridente dejadez por parte de los Mossos para evitar enfrentarlos a votantes y organizadores de la velada, lo que le comportó un juicio en la Audiencia Nacional que le hubiera podido llevar a la cárcel, pero fue absuelto. Apostó por defenderse adecuadamente, renunciando a la condición de mito. El tribunal entendió que había intentado evitar males mayores, así como el descrédito de un cuerpo de los Mossos ya demasiado politizado. Al mismo tiempo, lo tenía todo listo por si debía hacer detenciones entre el gobierno que declaró la república no nata, si los jueces le pedían que lo hiciera. Así de profesional parece entender la función policial. Antes, en el juicio de los políticos de El Procés, su testimonio no gustó en absoluto a los encausados. Parece que Oriol Junqueras prácticamente le culpabiliza de su encarcelamiento. Una vez absuelto, fue restituido al cargo al frente de la policía catalana, pero era evidente que ya no satisfacía a los gobernantes. Los que le habían encaramado de forma exagerada haciéndole un héroe ahora le repudiaban. Sólo había que encontrar el momento y alguien dispuesto al encargo de quitárselo de encima y, además, difundir un aviso para navegantes. Así lo ha hecho el consejero Joan Ignasi Elena. En un último gesto de dignidad, Trapero no ha aceptado negociar y pastelear su nuevo destino. Parece decir: que me den lo que quieran y así no voy a tener deudas ni hipotecas con nadie. Su mirada triste de los últimos tiempos expresa el distanciamiento escéptico con la política y con los políticos.

Pero, como cuando antes íbamos a comprar el pan, en el cese de Josep Lluís Trapero ha habido un regalo adicional, que, aunque se ha querido que pasara desapercibido, no es menor. Se ha defenestrado también a Antoni Rodríguez, responsable de la unidad de anticorrupción desde la Comisaría General de Investigación. Parece que se le han ajustado cuentas, precisamente por ejercer su responsabilidad de forma independiente al poder ya las directrices políticas. Sus investigaciones han levantado varios casos que tienen en su centro gente del gobierno actual, como sería la cuestión del trocamiento fraudulento de pagos de Laura Borràs en el Institut Ramón Llull, o bien los mecanismos para la financiación de las zonas oscuras de El Procés donde parece estar implicado el exconsejero Miquel Buch. Más allá de la destrucción de símbolos y de relegamiento de policías muy profesionales, se le está haciendo un flaco favor a un cuerpo policial demasiado discutido, debatido, castigado y relegado por los mismos que lo dirigen. Una policía democrática requiere de profesionales bien formados y con medios, pero también de mandos y dirigentes políticos que entiendan su carácter de servicio público, así como de su necesaria neutralidad. No es ni debería ser un cuerpo para utilizar de forma sesgada y partidista por los gobernantes de turno.