Autor: Josep Burgaya

A propósito de Pegasus

Para la mitología griega éste era el caballo alado de Zeus. Ahora, da nombre a un software para espiar y el leitmotiv de una gran operación propagandística. El escándalo político no suele existir en sí mismo, sino que se construye cuando se le necesita. Estos días, en la política catalana y española, oímos numerosas declaraciones de tono alto y rasgadura de vestiduras que vituperan el presunto espionaje realizado a partir de un reconocido programa israelí creado a tal efecto. No se sabe su alcance ni el qué ni el cómo ni el quién, pero funciona una campaña bien organizada e informativamente bien engrasada, prefigurando responsables, corroyendo las instituciones y el gobierno de turno exigiendo no sólo que rueden cabezas, sino la verbalización pura y simple que ha existido un proyecto organizado y ejecutado de seguimiento del independentismo. Lógicamente que haya habido espionaje no debería banalizarse. Pero cabe decir que es lo que hacen los servicios de inteligencia de todos los estados modernos, así como grupos privados en una defensa poco limpia de sus intereses. La aceptación de que esto ocurra debería depender de si se realiza con autorización judicial o sin ella. Ésta es la clave, a pesar de ser un tema que siempre se mueve en los márgenes. El independentismo, de forma sesgada, aprovecha para erigir una “causa general” contra España. En su decaimiento actual, especialmente el sector más hiperventilado que cree en el “cuanto peor, mejor”, necesitaba una vía para volver levantar la dialéctica del enfrentamiento identificando lo “español” con una democracia de baja calidad, falta de respeto a los derechos fundamentales e incluso con el franquismo. Un intento por revertir la desmovilización de los fieles, los efectos geopolíticos adversos que significa la invasión de Ucrania, las manifiestas vinculaciones con la Rusia de Putin, el descrédito internacional. Y reagrupar un movimiento no sólo disperso, sino dividido y confrontado de forma profunda. Además, se avecina un ciclo electoral.

En los tiempos que corren, todo necesita una marca simplificadora e identificadora. Lo que se ha dado en llamar pomposamente el “catalangate” es poco más que un invento producto de un encargo del mismo independentismo hecho a un laboratorio canadiense, Citizen Lab, que tiene poco independiente y al que se le asigna una solvencia que no merece. Es lo que hace, informes por encargo. Que quien lo haya elaborado sea justamente un catalán que jugó un papel destacado en el Tsunami Democrático y los altercados de hace unos años, se pretende un hecho casual. Hace tiempo que el montaje estaba elaborado, pero se da a conocer justo cuando el Parlamento Europeo comunicó la creación de una comisión para investigar el abundante uso realizado en todo el mundo de este programa de espionaje telefónico de origen israelí, para que así se confundiera lo catalán con la preocupación general. Que el mismo día de darlo a conocer se tuviera a punto el lanzamiento de una página web de nombre “catalangate” ya preparada y rellena, por lo visto también es una casualidad. Estamos ante una campaña orquestada con el fin de que la presión informativa y el predominio del tema en la agenda política española ponga en crisis a la mayoría gubernamental. El intento de creación de una comisión parlamentaria al respecto obedece justamente a esta pretensión de desgaste y bloquear cualquier avance en la desescalada catalana. No interesan las explicaciones y menos la verdad. La finalidad de una comisión de investigación en el Congreso es sólo que exista y convertirla en el centro de la política española. Los grandes beneficiarios de todo, el Partido Popular y Vox.

Que el independentismo «unilateralista» haga esta apuesta resulta poco sorprendente. Llama más la atención y sale de toda lógica la sobreactuación de Esquerra Republicana. ¿Dónde los lleva? Parece absurdo que ERC juegue deportivamente al forzar el fin de legislatura. Si lo hace, quiere decir que su estrategia de realismo se va a hacer puñetas y queda en tierra de nadie frente a planteamientos catalanes más radicales o esencialistas. Hacer arrastrar a la actual mayoría parlamentaria durante el año y medio que queda de legislatura implica preparar el terreno para una victoria nítida de una derecha que viene de la mano con la derecha más extrema. Esto, a al menos una parte de Junts, la CUP y las llamadas entidades de la sociedad civil, ya les va bien. Significa abandonar cualquier pretensión de tender puentes y llegar a transacciones satisfactorias para todos. Representa recuperar la dialéctica salvaje y empobrecedora amigo-enemigo, entre el bien y el mal. Hay quien hace el cálculo de que esto reagrupa y cohesiona a los suyos, pero deberían pensar que esto comporta un drama para el país. Tenemos ya demasiadas evidencias de que quienes se llenan la boca afirmando que atizando el conflicto defienden la patria, les interesa poco el futuro de Catalunya y, menos aún, el de sus ciudadanos. La derecha más reaccionaria tiene prisa por llegar al poder. Y son muchos los que ayudan.

Twitter

Quien más quien menos está en Twitter. Es probablemente la red social más influyente, aunque no sea la más numerosa. No tiene más de 15 años de historia, pero las dinámicas que se crean en esta trama de microblogging condicionan sin duda la política, pero otras muchas tomas de decisiones en nuestro mundo. Aparentemente un espacio de opinión libre y contraste de puntos de vista, que funciona en realidad como un universo de presión y de manipulación. Parece una plaza pública, pero el anonimato de los opinadores hace que el todo acabe siendo rudo y poco sensato, donde las dinámicas de difamación y persecución pueden resultar a menudo estremecedoras. El comportamiento grupal en forma de manada que tiende a acentuar y priorizar las posiciones extremas es muy grande, como lo es que una parte de los actuantes son perfiles falsos automatizados –bots-, preparados para contraatacar de manera sistemática a determinadas personas o argumentos. Unos pocs individuoss y máquinas organizadas pueden crear fácilmente sensaciones de pensamiento dominante y convertir temas irrelevantes en trendig tópic, el cual será emulado rápidamente por cualquier tema aún más vulgar. Hay quien se cree socialmente influyente porque hace cuatro tuits llamativos y algunos políticos en estos momentos son poco más que profesionales de lanzar mensajes ocurrentes. Una red social con más de 300 millones de seguidores en el mundo, pero un negocio que aún hoy en día no se ha logrado rentabilizar. Tiene un gran potencial por la aportación voluntaria de datos que los usuarios hacemos y las posibilidades publicitarias todavía pueden dar mucho de sí. Con tres mil trabajadores ocupados en monitorizar, controlar y poner al día el algoritmo, a pesar de su popularidad es una compañía que está económicamente en zona de pérdidas. Sin embargo, esta semana el magnate Elon Musk la ha comprado, como quien se hace un pequeño regalo, por la increíble cantidad de 43.000 millones de dólares. Aunque parezca una excentricidad, probablemente hará los cambios necesarios para convertirlo en un negocio más. Oiremos hablar de ello.

Elon Musk es una de las figuras más relevantes de las nuevas grandes fortunas amasadas a partir de iniciativas tecnológicas. No le adorna la discreción de muchas de ellas, sino que le gusta exhibirse públicamente de forma arrogante y opinando de forma atrevida cuando no puramente temeraria. No pertenece al núcleo duro de Silicon Valley. Actúa como un verso libre y con el desacomplejamiento que le da disponer de una fortuna valorada en cerca de 200.000 millones de dólares. Empezó a hacerse notar y enriquecerse con la plataforma de pago electrónico Pay Pal y se ha hecho popular con los coches Tesla. Sus principales intereses son ahora los viajes al espacio, con SpaceX, o de inteligencia artificial por medio de NeuraLink. Poco amante de pagar impuestos, ha ido desplazando sus sedes en Estados Unidos para conseguir contribuir apenas nada al erario público. Liberal extremo, se le sitúa dentro de lo que se llama el anarcocapitalismo. Su vocación es sustituir el papel de lo público y reducir el peso de las administraciones al mínimo. Justamente, su apuesta por Twitter la hace, afirma, en la defensa de la libertad absoluta en los mensajes, sin limitación alguna en una plataforma ya de natural muy reticente a moderar y eliminar mensajes y cuentas problemáticas. En contrapartida, afirma que eliminará los perfiles falsos que actúan de manera robotizada y se compromete a hacer más transparente y a mejorar un algoritmo de visualización de textos que no se sabe muy bien con que lógica actúa y sobre el que existen numerosas sospechas de funcionar de forma muy sesgada.

Nos guste más o menos Twitter juega el papel de sustitutivo de la plaza pública. Muy en la cultura de nuestro tiempo, reduce el debate a formulaciones básicas cuya finalidad no es aportar luz, conocimiento, sino crear impacto. Un espacio en el que todo el mundo puede expresar su opinión, aunque no tenga ninguna formación ni criterio. El nivel de la conversación tiende a igualarse por la parte baja y donde el insulto, la zafiedad, la falsedad y el desprecio campan de forma triunfante. Ciertamente bien utilizada es una herramienta de intercomunicación, pero más que el diálogo predomina los monólogos simultáneos. También aquí, de algún modo, el medio es el mensaje. Justo hace unos días leí un tuit que, de forma muy elocuente, afirmaba: «Twitter es como un bar, donde tú no eres el cliente, sino la cerveza».

Comisionistas

La corrupción no es extraña en el mundo político y, quien más quien menos, todos los partidos han sufrido sus episodios. Sin embargo, hay que reconocer que el Partido Popular se ha especializado y mucho en la cuestión, tanto por el número de casos como por su redundancia especialmente en tiempos que parece que deberían haber aprendido a ser algo más cuidadosos. Acaban de sufrir la última condena del caso Gürtel y, de forma paralela, Pablo Casado ha tenido que abandonar el liderazgo por haberse atrevido a denunciar los negocios al amparo del poder de la familia de Díaz Ayuso. En un contexto tan poco edificante quizás no resulta tan extraño que se haya producido el escándalo de las comisiones draconianas cobradas por intermediarios en el ayuntamiento de la capital utilizando -vea qué novedad- el vínculo con un familiar del alcalde Díaz Almeida. El caso no es de trasiego de influencias o de actividades que fuerzan un poco las líneas de la ética pública. Es sencillamente una estafa. En plena pandemia unos desaprensivos lleguen hasta altas instancias de la corporación municipal y prometen material sanitario a precios desorbitados y, encima, defectuoso. No fue un accidente. En el entorno de ciertas culturas políticas, los buitres dispuestos a hacer negocios fáciles tirando de contactos resulta más que habitual. Es el microclima idóneo. Los pícaros en cuestión son de manual. El típico fantasma que se presenta como “hombre de negocios” y un aristócrata sevillano de lo más decadente y habitual de las revistas y programas del corazón. La culminación era que también se trampeaban entre ellos. Ya puestos, porque no hacerlo. Vista la evidencia, la reacción política tan patética como siempre: negarlo y hacerse el ofendido. Demencial.

Pero el trasiego de influencias y la corrupción también se dan más allá de la política. De hecho, el mundo del deporte en general y el del fútbol en particular es un terreno bastante abonado para saqueos organizados en forma de comisiones, las cuales poco tienen que ver con trabajos realmente realizados de intermediación que merezcan una remuneración. Son pura y simplemente un mordisco que cada vez es más grande. Los aficionados, siempre obnubilados por el sentimiento pasional, perdonamos todo menos perder los partidos. Cada vez más, la gestión de fichajes y traspasos es un mercado persa lleno de representantes, intermediarios, familiares, agentes, ejecutivos de clubes…, que saquean, como bien se ha visto en el Barça, las finanzas de los clubs de forma francamente deportiva. Como el club es de los socios, en realidad no es de nadie y, durante el tiempo de mandato, las directivas se dedican a la actividad extractiva, a colocar a amigos y familiares y a derrochar frívolamente el dinero, justamente porque no es suyo. En esta cultura tan ejemplar que predomina en Can Barça, con decisiones incomprensibles y contradictorias, con periodistas a sueldo del club mientras se dinamita tanto la marca como el prestigio adquirido, no es de extrañar que un “listo” como Gerard Piqué se crea con el derecho de pastelear en la organización de competiciones para sacar unos magníficos réditos económicos en forma de comisiones que se autoadjudica. Faltado de todo sentido de las proporciones y de la ética, no ve el conflicto de intereses evidente que esto significa y la mala posición en la que queda precisamente el club donde él -¡oh, sorpresa!-, es el jugador mejor pagado. Las conversaciones que se han oído con el presidente de la Federación Española de Fútbol les inhabilitan a ambos, no sólo para continuar donde están sino para merecer consideración y credibilidad alguna. Llevar una competición española, con todo lo que significa, a celebrarse en un país lejano como Arabia Saudí, una autocracia medieval en la que las mujeres lo tienen todo vetado, no debería ser aceptable, ni siquiera una posibilidad. El coleguismo y tono de las conversaciones, a pesar de las pretensiones clasistas de nuestro jugador, dan vergüenza ajena. Una mala película de gánsteres del sábado por la tarde. La respuesta, como en el caso del PP, ha sido la de disparar a diestro y siniestro y hacerse el ofendido. Y reivindicar el derecho a realizar negocios.

Tanto en uno como en otro caso, más allá del carácter ilegal o delictivo que puedan tener ambos temas, existe la dimensión moral. Los protagonistas no la tienen en cuenta y la desprecian. Pero la sociedad no debería hacerlo. Hay conductas que no son aceptables porque aleccionan negativamente, dañan la confianza colectiva. Tanto los partidos políticos como los clubs de fútbol hacen bandera de los “valores”. Aunque sea por una vez, estaría bien que se hiciera evidente.

Sociedades pequeñas, eventos grandes

Tanto en la dimensión personal como en la colectiva lo que se lleva es actuar en función y de cara al escaparate. No importa lo que realmente se es, sino lo que se aparenta. Resulta obvio que, en ocasiones, grandes operaciones que movilizan recursos y energías de toda una ciudad o un país pueden resultar fructíferas y relevantes. Se trata de alinear voluntades a partir de una gran cita que tiene un componente simbólico y pone en marcha una sociedad perfectamente impulsada por sus gobernantes. Las olimpiadas de Barcelona-92 son un magnífico ejemplo. La ciudad necesitaba un estímulo. El olimpismo sólo era un leitmotiv para que una inmensa energía inversora y transformadora se pusiera en marcha. Había un proyecto, una dirección política muy clara y la cita deportiva era excusa y culminación para una gran obra compartida. Las cosas funcionaron. El problema y el gran error es creer que organizar grandes pruebas internacionales, por sí mismas, te darán el dinamismo y la estrategia de los que estás faltado. Una ciudad o un país requieren proyectos de desarrollo sólidos y gobernantes que les proporcionen escenarios de futuro creíbles y factibles a partir de políticas públicas y de relatos propicios. Apostar sólo por lo que es aparente es garantía de fracaso. No se puede ir de fiesta en fiesta. Sólo hay que recordar que el intento de repetir en Barcelona el éxito olímpico con el Foro Universal de las Culturas del 2004, se saldó con un notorio fracaso que rozó lo grotesco. Las grandes citas están bien cuando deben representar la culminación de un proyecto económico, social y urbanístico sólido. Pero es necesario que exista un pastel para poder colocar la guinda.

El sainete sobre la candidatura a las Olimpiadas de Invierno de 2030 en el Pirineo parece inacabable. Como el país no tiene proyecto ni narrativa, sólo performances, no se sabe si se quiere o no. El independentismo gobernante recurre a un referéndum y se hace un lío a la hora de definir quién debería participar. Es como dejar que decida el azar o bien cómo crear una comisión de trabajo cuando no sabes que decidir. Si el Comité Olímpico Internacional que es quien tiene la última palabra en la adjudicación fuera una organización seria -que no lo es-, ya nos habría mandado al carajo. Es por eso y pese al esperpento de la coorganización con Aragón, que corremos el riesgo de que nos las otorguen. Hoy en día, acontecimientos como estos ya nadie los quiere. Solo ganan dinero cuatro aprovechados del entorno olímpico, pero los organizadores a perder. Apelar a que servirán de excusa para construir infraestructuras necesarias, resulta poco creíble. La conexión con el Pirineo es ciertamente mala y si no que se lo pidan a los usuarios de la línea de tren Barcelona-Puigcerdà. De las obras de adecuación y modernización se habla desde que los Rolling Stones debutaron en su primer concierto. En cuanto al eje del Llobregat, está concebido para que turistas y barceloneses lleguen a las segundas residencias, no para que la gente del territorio tenga un acceso justo a los servicios y a las oportunidades. Se olvida en esta candidatura que, probablemente, en el 2030 la nieve el Pirineo ya será historia y vete a saber si también el invierno. El cambio climático existe y avanza inexorable para quien quiera verlo. Fiarlo toda en los cañones de nieve artificial quizás resulta de un optimismo excesivo.

Barcelona acaba de anunciar que será la sede de la Copa América de Vela del 2024. Las autoridades de uno y otro lado de la Plaza San Jaime lo han anunciado de forma ufana y triunfalista. Un evento que, se ve por los competidores que lo pedían, ya interesa a poca gente. O mejor, a la mayoría de las ciudades ya no les gusta que les tomen el pelo. Valencia, que lo ha organizado en dos ocasiones, está harta de perder dinero y dar lugar a entornos de corrupción que esta actividad favorece. Una exhibición de ricos y para ricos que lo primero que hace una vez anunciada su sede, es pedir bonificaciones fiscales para facilitarlo. De hecho, es costumbre de adinerados pagar pocos o nada de impuestos. Por eso lo son. Quizás lo que más ha sorprendido es que celebrara con tanto entusiasmo esta concentración de “pijerío” internacional la alcaldesa Ada Colau, que parece que en pocos años ha pasado de priorizar evitar desahucios a promover que los yates lujosos puedan amarrar en el puerto de Barcelona. Un acontecimiento casposo y anacrónico que más que blandirlo orgullosos debería avergonzarnos. Denota la declinación de país y la falta de políticos con proyectos sólidos tanto para Cataluña como para Barcelona. Todo se fía a la recuperación del turismo. Estrategia que cuando es predominante y casi única, siempre resulta fallida. Mientras, en la Comunidad Valenciana, hartos de décadas de fuegos artificiales, se han centrado no en obtener regatas sino la fábrica de baterías de litio de Volkswagen en Sagunto. Cuestión de prioridades.

Pendientes de todo y de nada

Si algo ha cambiado de forma notoria en el paisaje urbano en los últimos tiempos, es la actitud de las personas, así como su posición corporal. Casi nadie observa, habla, mira, se abstrae o escucha. Se trata de mostrar el círculo cerrado que cada uno de nosotros forma con su smartphone. La corporeidad ha adquirido un elemento externo que se ha incorporado a nuestra persona. Se exhibe tecnología y una hiperconexión tecnológica, cuya finalidad es evidenciar nuestras carencias y miserias cotidianas, así como practicar el culto al yo. Christopher Lasch escribió hace años sobre la cultura del narcisismo que es inherente a la sociedad de consumo de masas y del ideal individualista del liberalismo burgués llevado al extremo. Lo digital, todavía no se conocía. Un proceso este último que transporta a los individuos del interés por los demás hacia el interés por la ficción particular, de la preocupación por las injusticias colectivas hacia los problemas personales, un viaje hacia dentro mismo que pretende ser emancipador y que se concreta en el culto a salud física y mental, y donde se sustituye la figura de referencia del líder político por la del terapeuta. El ideal de felicidad ya no sería la paz exterior, sino la pretensión de llegar a una interior. Un individuo que tiende a recrearse en las emociones, indiferente, egocéntrico y desenfocado, que practica el “minimalismo moral” y el espíritu de supervivencia.

Una determinada economía, determinadas pautas de consumo y el modelo de sociedad neoliberal, junto con los instrumentos tecnológicos del mundo digital, genera un tipo de individuos y unas determinadas pautas morales. Aunque, lógicamente, no se puede generalizar, puesto que la diversidad de culturas individuales es enorme, la tendencia a generar comportamientos infantilizantes es grande. La dificultad para adquirir una visión global en un mundo tan complejo y cambiante comporta en muchos casos un repliegue hacia actitudes y formas de actuar de niños consentidos. Una de las reacciones más evidentes a este retroceso en la edad adulta, el huir de la complejidad hacia el simplismo, es el aumento sin comparación de los comportamientos insolidarios y egoístas. Un egocentrismo no sólo ni principalmente ideológico en la línea del liberalismo clásico, no entendido como un valor, sino como comportamiento emocional del tipo «lo quiero, y lo quiero ahora», como si la sociedad de consumo compulsivo nos permitiera participar en una fiesta hedonista continua en la que las limitaciones, el no, no existieran ni fueran posibles. Esta voracidad instituida tiene múltiples manifestaciones. El individualismo enfermizo que nos lleva a despreocuparnos ante la pobreza extrema que nos topamos en las calles y los sintecho que debemos superar para acercarnos a un cajero automático han pasado a formar parte del paisaje urbano, o dejar de atender cualquier víctima de accidente. Nada nos hará renunciar a los auriculares, o abandonar el clic impulsivo de la pantalla del móvil. Egoísmo y autismo voluntario se combinan para ir surfeando por la realidad y en el tránsito por la vida.

 Paralelamente, se ha fomentado la acentuación del hiperconsumo, en un narcisismo estético y de adicción a compras con derivaciones casi patológicas. Claramente existe una mutación del “nosotros” al “yo”, que está descapitalizado enormemente la vida social y la posibilidad de proyectos colectivos, así como la construcción de sociedades más humanitarias e inclusivas. Como ha escrito Philipp Blom, la economía de mercado ha terminado por generar “sociedades de mercado”, el individualismo forma parte del ADN de gran parte de los ciudadanos considerados ya sólo como consumidores. El creciente voto populista no deja de ser una apuesta en esa misma línea. El culto en el cuerpo, el gimnasio convertido en el nuevo templo es una de sus expresiones más evidentes, aunque seguramente no de las más nocivas; como el de ser unos jóvenes perpetuos tanto en el cuerpo, la estética, las actitudes y los comportamientos. Solemos pasar de forma repentina de la eterna juventud a la vejez extrema. Mientras tanto, utilizamos y abusamos de los nuevos tótems tecnológicos. Su función es de significación, de representación, y de intentar compensar nuestro aislamiento con una ficción de intercomunicación en que la falta de verdaderas amistades se compensa con encontrar miles en Facebook o en Instagram y dónde nuestra interacción va poco más allá de los reiterados “me gusta” que es el mantra reiterativo de la vida digitalizada.

Inflación

La inflación de marzo de este año se dispara, en España, un 9,8 por ciento. La escalada de los precios de la electricidad y de los combustibles por la guerra de Ucrania y los problemas de abastecimiento por el paro de los transportes por carretera han desbocado el IPC general respecto al mismo mes del año anterior. Esta extraordinaria tasa de inflación provocada por la invasión rusa en los mercados internacionales, se inició ya la pasada primavera debido a los cuellos de botella del comercio mundial, la dificultad para reactivar la producción y atender a la explosión de la demanda que provocaban las restricciones intermitentes de la pandemia. Y se estresó a finales de 2021 cuando la amenaza bélica empezaba a ser interiorizada por el mercado. Esta inflación recoge la escalada de precios del gas, de la electricidad, de los combustibles y de materias primas importantes para la industria como el aluminio y el acero, así como también de cereales. Productos en los que Rusia y Ucrania resultan actores claves a nivel mundial. En las últimas semanas se han añadido en España los problemas de abastecimiento provocado por la huelga de los transportes por carretera, justificada precisamente por el incremento de costes debido a los precios de los carburantes. Esto ha tenido un gran impacto, especialmente en la disponibilidad de alimentos básicos como la leche, el aceite o la harina. Se ha producido así una escalada difícil de contener. La especulación y el acaparamiento juegan en estas circunstancias un efecto multiplicador y las inquietudes sociales se desmandan. Los problemas económicos y sociales respaldan tensiones políticas, especialmente cuando los malestares se concentran y representan más allá de los partidos políticos convencionales y las organizaciones sindicales conocidas.

La inflación nos hace más pobre a todos. Pero como es habitual en estas dinámicas, a unos más que a otros. Ciertamente genera incertidumbre para la actividad productiva. Se contrae la demanda por pura merma de la capacidad adquisitiva y por falta de la confianza necesaria para mantener la actividad inversora. Pero la inflación se recrea especialmente entre las rentas bajas. El sistema salarial no es neutro, los salarios no se actualizan ni en el nivel ni en el ritmo de la escalada de los precios. Los estudios económicos dejan muy claro que son las familias con ingresos más modestos las que dedican más dinero respecto a su gasto total en pagar la factura de los bienes y servicios básicos, que son los más afectados. En cifras, Moody’s calcula que el 20% de familias con menor renta en Europa destina cerca de un 25% de sus ingresos a pagar alimentación y combustibles, mientras que las familias con rentas más elevadas sólo le destinan una media del 15%. Los aumentos de precios se concentran en productos básicos que tienen una demanda rígida, con dificultades para renunciar a ellos o sustituirlos. Los efectos son perversos. Se concentra en los segmentos más pobres, para hacerlos más pobres todavía, situando a muchos de ellos en la zona de la exclusión económica. La inflación resulta un instrumento para aumentar la desigualdad en sociedades que ya lo eran en demasía.

Gestionar estas situaciones, tomar las medidas y realizar las políticas económicas adecuadas resulta muy complejo. Quien diga lo contrario, o es un cínico o miente. La sábana es la que es, o bien se nos destapa la cabeza o bien los pies. Se necesitan medidas contracíclicas que contengan precios y son necesarias disposiciones de tipo social que refrenen el empobrecimiento. Se debe evitar que la depauperación inherente a los procesos inflacionarios recaiga sólo entre los asalariados. Se requiere de un pacto de rentas en el que los beneficiarios de estas dinámicas, que existen, renuncien a los privilegios y los costes de todo ello se equilibren. Lo que seguro no resuelve nada es bajar impuestos como reclama la derecha española de cara a desgastar al gobierno y crear una “ventana de oportunidad” para asaltar el poder. Los ingresos fiscales en estas circunstancias resultan más imprescindibles que nunca. No podemos reclamar más acción y gasto a la Administración y, al mismo tiempo, exigirle que rebaje unos impuestos que, además, si son adecuadamente progresivos, hacen de necesario mecanismo de redistribución. Tiempos extraños, preocupantes y convulsos en los que el liderazgo y el dominio de los tiempos resulta crucial, separa la buena de la mala política. Se necesitan respuestas inmediatas, tangibles, pero sobre todo actitudes comprensivas y solidarias más que tardías, alejadas y displicentes.

Desconcierto

Una de las virtudes políticas de Pedro Sánchez ha sido, sin duda y durante bastante tiempo, la de transmitir serenidad, cierto sentido de la pausa. Frente a problemas ingentes, de difícil gestión y dudosa salida, y con una oposición que ha planteado la llegada del apocalipsis día sí día también, el recurso a la acción tranquila y sensata, el no entrar en la psicosis del nerviosismo ha funcionado razonablemente bien. En la gestión de la pandemia, cuando todo era oscuro, Salvador Illa aportaba confianza y racionalidad. Cuando el tema de Catalunya parecía alimentar las posturas más extremas, lo que podía entenderse como una quimérica apuesta por el diálogo ha acabado por dar la razón al presidente Sánchez. LO más caliente del conflicto parece estar ahora bastante desactivado. Pero la invasión de Ucrania ha desatado muchas cosas. Efectos múltiples difíciles de mitigar. Aquí más que tranquilidad lo que emana del gobierno central es directamente descontrol e inacción, una especie de bloqueo paralizador. No sé si los errores son sólo de comunicación, o no se percibe exactamente la dimensión de la tragedia. Los malestares económicos y sociales se multiplican y la espiral de contestación y toma de la calle se multiplican. No es suficiente con contentarse en decir que esto son movilizaciones inducidas desde la extrema derecha. Aunque sea así en parte, la respuesta del gobierno denota una notable desconexión de una realidad donde los malos humores justificados progresan de forma geométrica.

El tema del precio de la energía se arrastra desde hace muchos meses y el encarecimiento del gas por la cuestión de Ucrania no ha hecho más que dispararse. Hace mucho que debía haberse reaccionado conteniendo los precios de la energía eléctrica, abandonando un sistema marginalista de subasta que es incomprensible, ineficiente e injusto. El aumento ahora del precio de la gasolina pone en pie de guerra al sector del transporte por carretera. Lógico. No se puede argumentar que ya se decidirá algo a finales de mes después de un muy anunciado tour de Pedro Sánchez por las cancillerías europeas. La reacción debía haber sido inmediata. Es una cuestión de emergencia, pero también de liderazgo. El tope del precio de los carburantes resulta urgente e inevitable. En política es clave dominar los tiempos, y parece evidente que se han dejado de controlar hace días. Una huelga de camioneros provoca, se sabe de siempre y en todas partes, un efecto multiplicador de las situaciones de crisis, genera caos: bloqueo de carreteras y accesos a las ciudades, desabastecimiento de las industrias y supermercados, psicosis de escasez con tendencias en el acaparamiento… Un contexto para que a la derecha le resulte fácil hacer un retrato de derrota gubernamental y prepare el asalto al poder. Una situación idónea para Vox que le permite promover, de forma similar que en Francia, un movimiento de descontentos con chalecos amarillos, fuera del control de las organizaciones sindicales y políticas tradicionales. Desgobierno.

El repentino cambio de política exterior con relación al Magreb ha terminado de remachar el clavo de la confusión que generan últimamente las acciones e inacciones gubernamentales. Pueden existir explicables razones geopolíticas para alinearse con Marruecos y ahorrarse los recurrentes episodios de presión con las oleadas migratorias, problemas con la pesca o amenaza de la soberanía sobre Ceuta y Melilla. En la situación internacional, Occidente cierra filas y Estados Unidos considera Marruecos un aliado clave para controlar el estrecho y el acceso al Mediterráneo. Pese al compromiso marroquí de dotar al Sahara de un estatuto de autonomía, el gobierno español no podrá evitar la imagen de haber abandonado el Frente Polisario y la mucha gente recluida en los campos de refugiados argelinos a su suerte. Para la cultura y solidaridades de la gente de izquierdas éste es un tema sensible que facilita, aún más, el distanciamiento y los motivos de enfrentamiento con los teóricos aliados gubernamentales. Acercarse a Marruecos implica de forma mecánica confrontarse con Argelia, país que, por cierto, nos abastece de gas natural y que, como parece lógico, ha puesto el grito en el cielo. El fondo del cambio de alianzas puede ser discutible, pero el volantazo repentino sin avisar ni consultar está resultando inaceptable. Se alimenta la imagen de desbarajuste y la mayoría de gobierno se tambalea aún más. Hay algo que los ciudadanos valoramos de nuestros gobernantes, es que sean previsibles. Cuando se tiene la sensación de improvisación, de falta de coherencia e hilo argumental, comienza una desafección que no suele tener camino de regreso.

Guerra y neorrealismo

Los equilibrios son siempre, por definición, inestables. Creíamos que el orden mundial configurado desde el derrumbe del sistema soviético era bastante sólido y tendría una larga duración. Lógicamente, en el trasfondo se desarrollaba una larga partida de ajedrez por la sucesión a largo plazo de la hegemonía americana por parte de la poderosa China. Entendíamos, sin embargo, que la rivalidad y el cambio de predominio necesitaría un par de generaciones y que la “guerra” entre las dos potencias sólo sería comercial y para tomar posiciones en el mapa de los grandes corredores geoestratégicos, el control de tierras y recursos escasos. Europa vivía con cierta placidez entre crisis y crisis intentando mantener una cohesión difícil en el seno de la Unión Europea. No parecía, más allá de la complicada gestión de la pandemia, que debiera producirse nada trascendental en muchos años. Pero, de repente, todo se ha acelerado. El imprevisto movimiento de Putin cambia no sólo el tablero global, sino que obliga a Europa a mudar sus prioridades. El zar postsoviético ha querido hacer valer el control interno de un país poco democrático y la posesión de arsenales nucleares para remodelar una partida global en la que tenía en los últimos años un papel únicamente de figurante. La impericia de la política europea después de la Guerra Fría no le ha dado justificación para la barbaridad que está cometiendo, pero sí le ha facilitado una coartada. Declinación económica y política combinada con proyectiles nucleares resultan una mala mezcla. Al gobierno chino no le va del todo mal esta aceleración, puesto que es el país beneficiario, aunque el descontrol del socio ruso le pueda generar algunas incomodidades en el corto plazo.

Termine como termine, esta invasión de Ucrania nos devolverá a una nueva política de bloques. Un escenario poco atractivo, especialmente para los europeos que lo viviremos de manera especialmente intensa y en la primera fila. La experiencia nos indica que se irá a la construcción de un nuevo equilibrio militar con Rusia. Esto comporta, guste más o menos, políticas de defensa expansivas y de rearme. Las prioridades políticas en los países de la Unión Europea ya han cambiado. Hemos quedado inmersos en pocos días en un hiperrealismo en el que los gastos e inversiones que no sean muy estratégicas se desplazan hacia revertir la dependencia energética y a restablecer en términos militares lo que se llamó después de la Segunda Guerra Mundial “equilibrio del terror”. En este contexto, no quedará mucho espacio para la poesía. Aunque cayera Putin y Rusia se democratizara, la fractura creada tardará muchas décadas en poder suturarse. Demasiada destrucción, sufrimiento y muerte provocadas como para restablecer el estado de las cosas y olvidarlo en un tiempo razonable. Rusia es un país muy grande, con una vocación paneslavista demasiado arraigada como para que ucranianos, polacos, rumanos, finlandeses…, puedan superar sus justificados temores. Ya existían demasiadas referencias históricas que inducían al miedo. La de ahora, retransmitida casi en directo por televisión, se mantendrá largo tiempo en la memoria colectiva y costará que deje de ser una pesadilla.

No sólo cambia la política internacional. Los países deben hacer frente a nuevas dinámicas de la economía, sustitución de importaciones, retraso de las transiciones energéticas, modificaciones presupuestarias y, sobre todo, recuperación de protagonismo de los clásicos partidos de la centralidad, más dados al realismo que los partidos periféricos. Esto resulta bastante evidente en España. El mantenimiento del gobierno de izquierdas actual parece bastante improbable e insostenible. A la izquierda más radical le tiemblan las piernas, no sólo por no haber interiorizado la función que una vez iniciado los conflictos bélicos hace el armamentismo, sino también porque quedan rémoras ideológicas -quizás sólo estéticas-, de las simpatías hacia Rusia y un cierto antiamericanismo aún no del todo superado. Resulta difícil estar en el gobierno y en la oposición a la vez, especialmente cuando vienen tiempos de predominio de argumentos poco elaborados en nombre de la razón de Estado, de sal gorda. Alguien podría pensar que la política catalana queda fuera de esos efectos. Se equivocaría. Por el momento el sector de El Procés que, de forma alegre y frívola, jugó a obtener el apoyo de la Rusia de Putin ha quedado del todo desautorizado y con la ropa interior a la vista. Una forma de proceder que, más que indignación, nos provoca vergüenza ajena.

Tiempos de confusión

El posliberalismo se impone como actitud y pensamiento en muchos movimientos políticos, algunos de los cuales, especialmente en el Este de Europa, han logrado hacerse con el poder y constituir lo que el húngaro Orban llama estados iliberales. Se mantiene la terminología y formas del Estado de derecho, pero que subvierten los valores y los equilibrios más allá del mantenimiento de las elecciones como modalidad de legitimación. Especialmente, se pervierte la división de poderes, sometiendo, o intentándolo, el poder ejecutivo a los poderes legislativo y judicial y a generar una dinámica polarizadora que acaba con la libre concurrencia de proyectos, políticas y opiniones por una tendencia al unanimismo forzado a partir de todos los mecanismos en manos del Estado y, muy especialmente, a un uso especialmente perverso de las posibilidades encuadradoras del instrumental digital.

Precisamente, la Rusia de Putin representa un modelo de autoritarismo democrático. Un sistema autocrático constituido mediante elecciones, pero en el que no impera el Estado de derecho. Como pone de manifiesto con la agresión a Ucrania, ningún respeto por los valores inherentes al predominio de la libertad. Rusia, de hecho, no tiene una tradición ni una cultura liberal a la que atenerse. Pasó del zarismo al comunismo, sin un período burgués y de democracia parlamentaria. Su realidad actual poco tiene que ver con la recuperación y refugio en los valores tradicionales del país. A la caída del modelo soviético, tomaron el control económico y político los oligarcas y los “listos” del antiguo régimen que supieron reubicarse a tiempo, como fue el caso de Putin. Su desprecio por las normas y la cultura democráticas es absoluto. Combinan los términos de la democracia liberal con una sobredosis de nacionalismo y un imaginario de reconstrucción del gran imperio pasado.

Lo cierto es que toda sociedad, por tener un mínimo de cohesión, requiere elementos de adscripción. Conceptos de “ciudadanía” o de “civismo” son cruciales en las sociedades democráticas maduras, pero se han evidenciado como demasiado abstractos. Hay que conformar un “nosotros” que requiere aspectos emocionales de vinculación, pero lo importante es que estos tengan laicidad suficiente para que no se conviertan en formas de identidad nacional supremacista, irracional y excluyente. Las sociedades actuales son multiculturales o simplemente no son. Pero lo cierto, es que las políticas de la multiculturalidad tienden a generar una dispersión en “identidades menores” radicalizadas.

El populismo en su versión derechista, o de nueva extrema derecha, pretende retornar a la vieja fórmula de la soberanía estatal, con fronteras precisas y delimitadas, homogeneidad cultural interna y valores tradicionales frente a la nueva diversidad defendida desde el progresismo. Resulta bastante paradójico, el hecho de que esta derecha pretenda rehacer la cohesión y los vínculos de proximidad que la globalización, que tan festivamente defendió, ha creado. Enfrente, la izquierda transmutada en identitaria y ya no de clase, impulsa luchas sociales específicas sin un proyecto de emancipación económico y político global, como si el futuro se pusiera en manos de la adoración de pequeños dioses particulares erigidos o cooptados en el extenso mercado de la diversidad. Ya no existe una noción de ciudadanía única o de comunidad nacional específica, sino un sinfín de grupos tribales que se arrogan el derecho a la primacía de sus preocupaciones y a condicionar el conjunto social. Aquí, la importancia del enemigo resulta especialmente clave.

En esta “gran confusión”, en palabras del politólogo francés Philippe Cocuff, es la extrema derecha la que se mueve con ventaja. Utiliza un lenguaje provocativo, ridiculiza las preocupaciones sectoriales de los grupos progresistas y transmite una situación de caos. De hecho, es esa derecha extrema y desacomplejada la que actúa como rebelde ante la corrección política y la facilidad para ofenderse de la sociedad progresista. En Francia, Italia o España, es la nueva derecha populista la que marca la agenda política y establece los temas de debate público. La reacción como resorte de la izquierda bienpensante no hace sino multiplicar el efecto de sus mensajes y la sonrisa entre cínica y burlona de su nueva y amplia base social. Las ideologías tradicionales que resultaban fáciles de ubicar ahora ya no se mueven con las lógicas antiguas. De hecho, los vínculos caprichosos y caóticos que se establecen entre identidades e ideologías generan híbridos a menudo incomprensibles y aparentemente contradictorios. Moralismo estricto en grupos de izquierda y la extrema derecha leyendo a Gramsci o Lenin.

Guerra

Finalmente, la Rusia de Putin ha terminado por llevar a cabo aquello con lo que estuvo amenazando durante tiempo y que un cierto sentido de la cordura y de las proporciones nos hacía creer que no sucedería. Una guerra de tipo antiguo, de cuando las cosas desfilaban en blanco y negro, pero que es retransmitida en directo y que no creo seamos suficientemente conscientes de que tiene lugar en el corazón de Europa y cuyas consecuencias todavía no podemos ni imaginarnos. Efectos profundos y a largo plazo. La guerra son cuerpos de ejército, armamento, pero sobre todo personas a las que se les destroza la vida, que se les ha condenado a vivir asustados y en el horror. ¿Cómo es posible que la decisión de un autócrata pueda causar tanto dolor a tanta gente, tanta destrucción inútil? Cuando comienza una guerra hay poco que decir, las palabras pierden su sentido. Todo parece sobrante y ridículo. Nuestros problemas políticos y preocupaciones cotidianas pierden significación e incluso seriedad. ¿Qué interés pueden tener las broncas internas del Partido Popular o las disputas de patio de colegio entre facciones independentistas? La guerra que ha declarado Putin en Ucrania nos recuerda la dimensión de crueldad que puede tomar la vida, especialmente cuando se enfoca muy mal. Y no es sólo el sufrimiento que visualizamos y que obtiene el primer plano. Sobre todo, se pone de relieve la importancia de la libertad y la seguridad conculcada en nombre de vete a saber qué delirios imperiales o pulsiones por exceso de testosterona.

Nunca hay razones que justifiquen el camino de la guerra. No las hay acreditadas o justas. Menos aún existe ningún derecho ni razón que haga aceptable atacar a los demás, no respetar su soberanía. En el fondo, lo que estamos viviendo, más que una guerra entre dos países confrontados es una brutal agresión de unos hacia otros. Una demostración de desmesura. Si Rusia tenía alguna razón que esgrimir con relación al alineamiento de Ucrania con el bloque militar occidental de la OTAN, la ha perdido de forma absoluta con su brutalidad injustificable. La desigualdad de fuerzas es tal, de 1 a 10, que se convierte en el abuso del que se sabe extremadamente fuerte respecto a aquel que es débil de forma muy evidente. No puede ser honroso en modo alguno, suponiendo que en la práctica de la violencia fuera posible la existencia de códigos de honor a respetar. Ucrania y Rusia han tenido históricamente una larga y a veces no suficientemente confortable relación. No responden al perfil de comunidades homogéneas ninguna de ellas pues hay múltiples etnias, religiones, lenguas y culturas. Tienen mucho en común, pero lo que ha hecho Putin con su atropello y el intento de humillar a los ucranianos es crear justamente separaciones y odios que pueden durar siglos. Hay cosas que no se olvidan y, lo que es peor, generan cohesiones identitarias y filiaciones nacionalistas que no suelen traer nada bueno. En Ucrania lo «ruso» y lo específicamente «ucraniano» han convivido hasta ahora sin muchos problemas, precisamente porque son una mixtura, un híbrido de muchas cosas. Difícilmente después de esa agresión, esto sea nunca más así. Hay heridas que se alargan exageradamente en el tiempo y crean diferencias insalvables.

El problema principal en estos momentos, aparte de captar el grado de frialdad y psicopatía de Putin o el ver hasta dónde quiere llevar las cosas, es la salida de este trágico embrollo. A pesar de la complejidad, lo difícil no es desplegar los ejércitos, sino su repliegue una vez han salido de los cuarteles. No por cuestiones técnicas, sino por imperativos geopolíticos y de la propia dinámica interna de Rusia. Putin no tiene vuelta atrás. Quemó las naves y solo le sirve una victoria, aunque ya no puede ser rápida, abrumadora y definitiva como pretendía. Europa y todo el mundo occidental ya no pueden permitirse parches y están moralmente obligados a mantener el aislamiento de Rusia tanto en términos económicos como políticos. Se juegan conceptos que están en el tuétano de nuestra cultura y visión del mundo: libertad, soberanía, Estado de derecho, seguridad, respeto, valores democráticos… La respuesta interna de los rusos a Putin ayudaría mucho a deshacer esta situación, a la vez que permitiría distinguir a la ciudadanía de un país magnífico de sus nefastos dirigentes. Sin embargo, el clima de represión interna lo hará muy difícil.