Guerra y neorrealismo

Los equilibrios son siempre, por definición, inestables. Creíamos que el orden mundial configurado desde el derrumbe del sistema soviético era bastante sólido y tendría una larga duración. Lógicamente, en el trasfondo se desarrollaba una larga partida de ajedrez por la sucesión a largo plazo de la hegemonía americana por parte de la poderosa China. Entendíamos, sin embargo, que la rivalidad y el cambio de predominio necesitaría un par de generaciones y que la “guerra” entre las dos potencias sólo sería comercial y para tomar posiciones en el mapa de los grandes corredores geoestratégicos, el control de tierras y recursos escasos. Europa vivía con cierta placidez entre crisis y crisis intentando mantener una cohesión difícil en el seno de la Unión Europea. No parecía, más allá de la complicada gestión de la pandemia, que debiera producirse nada trascendental en muchos años. Pero, de repente, todo se ha acelerado. El imprevisto movimiento de Putin cambia no sólo el tablero global, sino que obliga a Europa a mudar sus prioridades. El zar postsoviético ha querido hacer valer el control interno de un país poco democrático y la posesión de arsenales nucleares para remodelar una partida global en la que tenía en los últimos años un papel únicamente de figurante. La impericia de la política europea después de la Guerra Fría no le ha dado justificación para la barbaridad que está cometiendo, pero sí le ha facilitado una coartada. Declinación económica y política combinada con proyectiles nucleares resultan una mala mezcla. Al gobierno chino no le va del todo mal esta aceleración, puesto que es el país beneficiario, aunque el descontrol del socio ruso le pueda generar algunas incomodidades en el corto plazo.

Termine como termine, esta invasión de Ucrania nos devolverá a una nueva política de bloques. Un escenario poco atractivo, especialmente para los europeos que lo viviremos de manera especialmente intensa y en la primera fila. La experiencia nos indica que se irá a la construcción de un nuevo equilibrio militar con Rusia. Esto comporta, guste más o menos, políticas de defensa expansivas y de rearme. Las prioridades políticas en los países de la Unión Europea ya han cambiado. Hemos quedado inmersos en pocos días en un hiperrealismo en el que los gastos e inversiones que no sean muy estratégicas se desplazan hacia revertir la dependencia energética y a restablecer en términos militares lo que se llamó después de la Segunda Guerra Mundial “equilibrio del terror”. En este contexto, no quedará mucho espacio para la poesía. Aunque cayera Putin y Rusia se democratizara, la fractura creada tardará muchas décadas en poder suturarse. Demasiada destrucción, sufrimiento y muerte provocadas como para restablecer el estado de las cosas y olvidarlo en un tiempo razonable. Rusia es un país muy grande, con una vocación paneslavista demasiado arraigada como para que ucranianos, polacos, rumanos, finlandeses…, puedan superar sus justificados temores. Ya existían demasiadas referencias históricas que inducían al miedo. La de ahora, retransmitida casi en directo por televisión, se mantendrá largo tiempo en la memoria colectiva y costará que deje de ser una pesadilla.

No sólo cambia la política internacional. Los países deben hacer frente a nuevas dinámicas de la economía, sustitución de importaciones, retraso de las transiciones energéticas, modificaciones presupuestarias y, sobre todo, recuperación de protagonismo de los clásicos partidos de la centralidad, más dados al realismo que los partidos periféricos. Esto resulta bastante evidente en España. El mantenimiento del gobierno de izquierdas actual parece bastante improbable e insostenible. A la izquierda más radical le tiemblan las piernas, no sólo por no haber interiorizado la función que una vez iniciado los conflictos bélicos hace el armamentismo, sino también porque quedan rémoras ideológicas -quizás sólo estéticas-, de las simpatías hacia Rusia y un cierto antiamericanismo aún no del todo superado. Resulta difícil estar en el gobierno y en la oposición a la vez, especialmente cuando vienen tiempos de predominio de argumentos poco elaborados en nombre de la razón de Estado, de sal gorda. Alguien podría pensar que la política catalana queda fuera de esos efectos. Se equivocaría. Por el momento el sector de El Procés que, de forma alegre y frívola, jugó a obtener el apoyo de la Rusia de Putin ha quedado del todo desautorizado y con la ropa interior a la vista. Una forma de proceder que, más que indignación, nos provoca vergüenza ajena.

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