Publicidad institucional

Que las instituciones informen, va de soi, como es lógico que los gobiernos se expliquen, aunque a veces no haría falta, ya que se les entiende todo. Para dirigirse a la gente, aparte de decretos y leyes, tienen los parlamentos, las comparecencias, las ruedas de prensa, las entrevistas… Los medios de comunicación, entre otras cosas, tienen la función de revelar y controlar ejercicio del poder político. Éste, cada vez más, le parece que no es suficiente y que merecemos unas buenas dosis de publicidad institucional por tierra, mar y aire. Especialmente cuando se acercan ciclos electorales, comienzan a aparecer vallas publicitarias recordándonos sus conquistas, anuncios a toda página de diario diciendo lo mucho que están haciendo por nosotros y spots televisivos y cortes de radio para hacernos todo tipo de recomendaciones para que cambiamos nuestra forma de comportarnos. Nos quejamos, a veces, del adoctrinamiento de los ciudadanos que se produce en la totalitaria China, pero lo cierto es que el que se hace con todos nosotros no tiene mucho que envidiar al país asiático. Aparte de la relativa proximidad electoral, estamos a finales de año, y los departamentos ministeriales o de consejerías hacen limpieza de remanentes presupuestarios y nos montan unas cuantas campañas. No hablamos de hacer un esfuerzo por informarnos, que esto no haría falta, sino de hacer propaganda, que es otra cosa. Más que darnos datos relevantes, lo que se hace es sacar pecho y, sobre todo algunos sectores políticos con sus cuotas de poder, intentar aleccionarnos y decirnos, como si hicieran un manual de urbanidad de los antiguos, como hemos de proceder.

La propaganda institucional tiene, además, otra gran función, que es mantener y ganarse el favor de los medios. Esto resulta especialmente relevante en el mundo de la prensa, tanto digital como de papel, que tiene en estos momentos poca sostenibilidad económica por sí misma. Esto resulta muy claro en Cataluña pues el mercado más reducido de lectores ha terminado por que gran parte de los medios sean unos “mantenidos” con la combinatoria de subvenciones por ser en catalán y las inserciones publicitarias que lo complementan. Sin esto, no quedaría diario en catalán vivo ya sea en papel u online. Las líneas editoriales despejan los vínculos si es que alguien tiene dudas. O se alinean con el sector más espiritual del independentismo o con el realismo mágico de los demás. Justamente, lo que apenas queda ya es periodismo «independiente». Quizás podríamos ir sacando este subtítulo de las cabeceras. Más que nada, para no confundir.

Me llaman la atención, sobre todo, estas campañas que nos pretenden cambiar el comportamiento, así como nuestros hábitos más arraigados, intentando realizar una especie de evangelización o de ingeniería social. Y no hablo de cuándo nos recuerdan cómo debemos hacer la elección selectiva de la basura, que a esto todavía le veo una utilidad. Hablo de campañas que lindan con la inconveniencia, no sé si por dentro o por fuera, y que nos pretenden decir con qué lengua debemos hablar y si hacemos un daño tan grande a los castellanohablantes cuando, para comunicarnos mejor y conociendo el idioma, les hablamos en castellano. Si no hacemos de “buenos” catalanes según la consideración que tienen de esto los que mandan, debemos sentirnos reñidos a menudo por aquellos que, en realidad, le hacen un flaco favor el catalán convirtiéndolo en antipático. El Ministerio de Derechos Sociales me ha llegado al corazón con la campaña en favor de que nos convirtamos todos juntos en inquisidores de nuestros conciudadanos, echándolos en cara si riñen a su hijo o gritan al perro. ¿Desde qué concepción política y ética se te puede montar una campaña para hacer a todo el mundo vigilante de todos? Más que la paz social se abona la discordia y el encaramiento del ciudadano-comisario con todo aquél que no se comporta según las normas generalmente establecidas por el Gran Hermano. Hay algunas subculturas de izquierdas a las que les sale una pulsión totalitaria que deberían hacerse mirar. ¿O es que, tal vez, trabajan para Díaz Ayuso o Vox?

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