El momento más peligroso de la guerra

Las guerras no tienen un momento bueno, pero tienen etapas, algunas de las cuales resultan especialmente preocupantes. La invasión por Rusia de territorios ucranianos ha sido una agresión inaceptable con efectos humanos, sociales y económicos de inmenso alcance y no sólo para ucranianos y rusos. Se han roto la necesaria estabilidad que requiere el progreso en buena parte del mundo y los desequilibrios generados nadie sabe muy bien adónde nos pueden llevar. Todo cálculo en el terreno bélico resulta una mera aproximación. Como en una partida de ajedrez, cada movimiento abre una realidad nueva. En ese caso, se juega muy cerca del abismo. Rusia preveía una guerra relámpago que, en pocos días le permitiría ocupar la región del Donbass y provocar el colapso del gobierno ucraniano el cual sería sustituido por uno afín. Nada de esto ha pasado. La rusofobia ancestral en este país provocó una dinámica de cohesión y la emergencia de un liderazgo fuerte por parte de Zelenski, un cómico convertido en político. La resistencia militar de Ucrania resultó insólita, en gran parte por la ayuda militar occidental, pero también porque en Rusia de la gran potencia militar que había sido ya sólo le queda el arsenal nuclear. La guerra se alarga, con múltiples episodios de una brutalidad inusitada, y unos efectos económicos muy profundos más allá de los contendientes y de las sanciones impuestas por Occidente en Rusia. Parece que Europa no había previsto lo que significaría su posicionamiento en relación con la dependencia energética y el acceso a determinados alimentos y materias primas.

Tras la fase inicial en que la guerra en sus aspectos bélicos estaba presente de forma muy destacada en los medios de comunicación occidental, fue perdiendo peso y casi desapareciendo. Nos cansamos de todo. Por continuada, la violencia iba dejando de ser novedad. Sólo nos despertaba de la somnolencia aburrida del tema, de vez en cuando, las fanfarronadas de Putin recordándonos la posibilidad de usar su armamento nuclear. Escalofrío mientras cenábamos, imaginando el futuro apocalíptico que esto generaría. El problema es que mientras, parece, que nadie ha apostado por forzar la negociación y acabar con una dinámica que nos condiciona muchísimo y que puede acabar muy mal. Parece que nos agrade la opción aguerrida de ir impulsando a los ucranianos a entregarse a una confrontación que les está destruyendo con la falsa posibilidad de que pueden acabar ganando y arrodillar al gigante ruso. Una eventualidad que puede resultarnos justa, épica y romántica, pero que es una quimera. La disponibilidad de abundante armamento nuclear, en manos de gente poco sensata y dispuestos a utilizarlo, marca una diferencia insalvable que no permite a quien no lo tiene, ganar.

Justamente en las últimas semanas vivimos una escalada de optimismo tanto en Ucrania como en Occidente, por la contraofensiva militar ucraniana y la recuperación de territorios. Zelenski, pero también nosotros, nos hemos instalado en el optimismo radiante de que esta guerra la ganará el polo de la «libertad». Es fácil leer análisis estos días que ya hablan de la derrota rusa, el repliegue y la caída de Putin y con él todo su régimen autoritario y falsamente democrático. Bonito de imaginar y posibilidad poco plausible. La crisis energética en Europa resulta ya insoportable, como lo es la inflación económica derivada que está poniendo en cuestión la recuperación económica y el bienestar social. Los países productores de petróleo aprovechan la ocasión y, de paso, nos encarecen el petróleo. El invierno europeo no será dantesco, pero sí muy difícil y complejo. Ucrania se siente ahora fuerte y le embriagan los logros militares, negándose ya a cualquier negociación. Aquellos que le proporcionan la financiación y el armamento deberían hacerlos entrar en razón. Los fracasos militares rusos pueden estimular salidas desesperadas que ni siquiera es bueno imaginar. Justamente, quien se encuentra fuera del primer plano de la guerra debería huir de comportamientos emocionales. La única solución, no óptima para nadie, pasa por detener la guerra y negociar una salida en paz.

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