La nueva extrema derecha

El Partido Popular Europeo acaba de dar luz verde y reconocimiento a la alianza de la extrema derecha italiana. El conservadurismo continental abre la puerta así a que la derecha y la extrema derecha cooperen para recuperar el poder donde no lo disfrutan. Una buena noticia para el Partido Popular y Vox en España, no sé si tanto por el mantenimiento de los valores democráticos. Deberemos convivir con las nuevas formas que toma la extrema derecha así como con cierta convergencia con una derecha tradicional que no está dispuesta a mantener ningún cordón sanitario con sus formulaciones más extremas, de lo contrario dichas fascistas. De todas formas, el concepto de fascismo utilizado como sustantivo o como adjetivo para definir las nuevas derechas radicales, ha quedado obsoleto y resulta impreciso puesto que en la versión actual no son totalitarias, antidemocráticas, violentas o militaristas. Es cierto que hay muchos matices en el campo de estas vías políticas. En la misma Italia, cuna del fascismo originario, conviven al menos tres grandes opciones en la parte más diestra del arco político: Forza Italia, de Silvio Berlusconi; la Lega, de Matteo Salvini y, por último, los Fratelli de Italia, de Giorgia Meloni. Todos ellos, por su forma de acción política, pueden ubicarse dentro de la derecha populista, pero en ningún caso son “fascistas” en sentido estricto. Quizás Meloni se asemeja más al fascismo por su capacidad de constituir un movimiento dentro del cual los despalillados tienen un gran papel, pero entre sus objetivos no se vislumbra la construcción de un estado totalitario, la liquidación del sistema democrático, o bien el establecimiento de una economía dirigida en un estado corporativo. En Francia, el Frente Nacional tenía en sus orígenes un planteamiento de extrema derecha más clásica, pero el giro que le dio Marine Le Pen hace ya un par de décadas, dejó atrás los planteamientos más duros y las ínfulas totalitarias estrictas. Lo mismo valdría para Vox en España, e incluso para el Fidesz de Orbán que gobierna Hungría. Hay quien recurre al concepto de “neofascismo” para definirlos, pero esto implicaría que estamos ante una actualización formal de la versión originaria.


En realidad, estamos ante planteamientos bastante distintos del totalitarismo de los años treinta, aunque utilicen en ocasiones la simbología y la mística o los cantos de aquellos. Los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación distinta tanto con la violencia como con la democracia. Su defensa del pueblo contra las élites no implica querer crear un orden nuevo. Más bien, disciplinar la existente y servir de maniobra de distracción de los cimientos de los problemas actuales. El uso de la violencia no es su leitmotiv ni un elemento cohesionador, como tampoco el establecimiento de un régimen político nuevo que desplace al sistema democrático. Son partidarios de una democracia iliberal, como lo definió de forma precisa el húngaro Viktor Orbán, reajustando los papeles a la división de poderes y estableciendo una preeminencia clara del poder ejecutivo. Pese al euroescepticismo, no parece que entre sus objetivos figure el dinamitar la Unión Europea, a pesar de sus críticas y las implicaciones políticas con un Vladimir Putin que, este sí, aspira a debilitar a la unidad europea a través del papel de estos partidos . Prácticamente todos ellos son partidarios de mantenerse en el euro y sólo una crisis económica de mucha envergadura podría hacerles tomar el argumento del abandono como elemento de cohesión de los sectores más excluidos en el marco de la dinámica de polaridad extrema en el que se opera. La extrema derecha actual no es un producto estrictamente ideológico. El fascismo si lo era. Tenía un pensamiento y un imaginario utópico ligado a la creación de un hombre nuevo, la lucha contra el enemigo comunista y el objetivo de alcanzar la grandeza nacional. Los actuales extremistas sólo tienen una estrategia de empleo del poder.
La derecha extrema actual es una reacción al vacío de representación de las clases subalternas, la recogida de malestares e irritaciones diversas entre una población desarraigada y enfrentada a un futuro extremadamente incierto en este siglo y que entiende que resultó la perdedora de la globalización económica y no se siente reflejada en las batallas culturales e identitarias que tiene planteada la izquierda. De ahí que les exasperen ciertos extremos de la lucha feminista, la puesta en cuestión de los géneros binarios, los temas medioambientales o el exceso de corrección política. Esta extrema derecha, más que representarlos y proponerles un nuevo futuro, les permite un desahogo. Estos planteamientos tienen un contenido ideológico fluctuante e inestable, a menudo incoherente, en el que se mezclan filosofías políticas en contradicción abierta. Esto se ve claro en el Frente Nacional francés, donde desde sus orígenes conviven los nostálgicos de Vichy, católicos integristas, poujadistas, colonialistas, nacionalistas, comunistas desencantados, xenófobos… Todos los desarraigos y resentimientos posibles.

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