Libertad es privacidad

En el mundo digital, nunca estamos al margen. Nos controlan nuestros dispositivos, nuestras apps, nuestra interacción en las redes sociales, así como la multitud de sensores que acompañan al artefacto móvil propio y de los demás. Con el Internet de las Cosas (IdC), es imposible no estar siempre bajo observación. Los sistemas de reconocimiento facial instalados en la calle nos tienen siempre ubicados y bajo control. Realmente los objetos nos miran. Esto vulnera una mínima noción de privacidad, pero sobre todo se mantiene siempre en estado de vigilancia y en disposición de ser activados. Los dispositivos móviles nos mantienen constantemente de guardia y a merced del “imperativo digital”. No hay descanso posible ni desconexión. Tener un smartphone en el bolsillo significa tener el acceso al mundo en la mano, pero también significa estar siempre en manos del mundo. Al recibir un mensaje, se nos exige respuesta y acción. Tácitamente, aceptamos ser llamados a actuar en cualquier instante, por lo que perdemos dosis importantes de libertad. Si no lo hacemos, nos sentimos permanentemente en infracción y nos vemos obligados a pedir disculpas por cualquier demora o por estar “fuera de cobertura”. Internet y los dispositivos móviles son ante todo instrumentos de “registro”, más que de comunicación. Un mecanismo del capitalismo llamado cognitivo que supera con creces cualquier forma de control social anterior. Facebook o Gmail son las máquinas de espionaje más grandes que jamás han existido. Vivimos mansamente en una auténtica jaula de cristal que el mundo digital nos ha creado y va ampliando su transparencia y exposición. Cuando una persona se sabe observada, su comportamiento se vuelve más conformista y obediente. El rastreo utilizado durante la última crisis sanitaria ha puesto de manifiesto la capacidad de los estados y de las grandes corporaciones que les auxilian para ejercer un estricto y exhaustivo control de sus ciudadanos.

La inevitable transparencia en la era digital

Los datos son el nuevo petróleo. Con datos suficientes, es posible percibir correlaciones y descubrir patrones. Eric Schmidt, antiguo CEO de Google, presumía: “Sabemos dónde estás. Sabemos dónde has estado. Podemos saber más o menos lo que estás pensando”. Es evidente que las empresas dominantes son aquéllas que han acumulado los retratos más completos de nosotros. Los detalles íntimos incorporados en nuestros datos se pueden utilizar para minarnos; los datos proporcionan la base para la discriminación invisible; se utilizan para influir en nuestras elecciones, en nuestros hábitos de consumo e intelectuales. Los datos ofrecen una radiografía del alma. Las empresas convierten esta fotografía del yo interior en una mercancía comercializable en un mercado, comprada y vendida sin nuestro conocimiento. Las grandes plataformas han llegado a ser dominantes sobre la base de su exhaustiva vigilancia de los usuarios, el control absoluto de las actividades y sus dosieres cada vez más voluminosos. Sin duda, una versión muy mejorada y ampliada de lo que un día fue Stasi. Lo que aparentemente es investigación de mercado, termina siendo vigilancia personal a través del sistema de perfilado de datos. La matemática estadounidense Cathy O’Neil ha alertado de cómo el big datacondiciona el acceso a un crédito o a un trabajo y hasta dónde patrulla la policía. De hecho, los prolijos perfiles personalizados están desarrollando ya el concepto “economía de la reputación”, lo que implica que el precio a pagar por productos y servicios se acomodará a nuestro detallado perfil digital.

El Internet de las Cosas multiplica exponencialmente la generación de datos y nuestra transparencia. Lo hace GoogleGlass, pero lo hacen los últimos modelos de televisores, que tienen la “inteligencia” para registrar nuestras costumbres domésticas y así ofrecernos anuncios personalizados. Los datos que acumulan los robots de limpieza que se van generalizando en nuestros domicilios son ingentes. Saben más y de forma más sistemática sobre nosotros que nosotros mismos. Google Chauffeur, el coche sin conductor, conocerá todos nuestros hábitos y relaciones. ¿A quién proporcionará la información? Esto es una “república de vidrio” en la que la vigilancia y el control se convierten en absolutos. La libertad desaparece. La idea del panóptico de Jeremy Bentham queda como un método de control puramente anecdótico comparado a un sistema de observación electrónico basado en 50.000 millones de dispositivos inteligentes a los que facilitamos toda nuestra vida sin queja alguna. La intimidad se ha convertido, sin duda, en un privilegio de ricos. Las empresas de big data saben lo que hicimos ayer, lo que hacemos hoy, pero lo realmente preocupante es que también saben lo que haremos mañana, cuando todavía lo desconocemos nosotros. Los estados nos siguen en el espacio público con un sinfín de cámaras que nos identifican. El coronavirus ha servido para blanquear todo este inmenso sistema de control público-privado.

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