Autopistas y peajes

Hay temas que no son de blanco o de negro, y la cuestión de la eliminación de los peajes pertenece a esta categoría. Que de repente se hayan levantado las barreras que te obligaban a pasar por caja tan a menudo resulta sin duda un desahogo. En Cataluña, que teníamos la sensación cierta que había una profusión mayor que en ningún otro lugar de vías de pago tiene importancia material, pero también simbólica. Se han liberado 556 kilómetros de autopistas catalanas, curiosamente las que eran propiedad del Estado, mientras que los 120 kilómetros de pago que restan son de la Generalitat. Aunque tiene explicaciones técnicas sobre los vencimientos de la gestión, algo contradictorio si que resulta. Pero ¿es positivo o no que ya no tengamos que pagar? Pues sí, y no. Como muchas cosas en la vida es bueno y malo a la vez, tiene una carga ambivalente. Lo primero para tener en cuenta, es que los costes de mantenimiento de las vías los tendremos que pagar igualmente, lo que pasa que lo haremos a través de los impuestos. Una forma indirecta de hacerlo, que duele menos pero que nos afecta también particularmente. Es más, hasta hoy contribuía quien utilizaba estas vías y ahora lo haremos todos juntos, las transitemos o no. ¿Es mejor pagar por uso? En parte sí, es más justo. Ahora bien, la tarifa no discriminaba entre los usuarios que lo eran por necesidad de aquellos que lo hacían por gusto y aún menos entre los diferentes niveles de renta de los conductores de los vehículos. Lo que sí es seguro, que la gratuidad aumentará la fluencia de tráfico por estas vías rápidas, funcionará como un estímulo al tránsito rodado ahora que, al menos teóricamente, nos tocaría justamente impulsar la reducción de los vehículos privados para minimizar la contaminación y el impacto sobre el calentamiento global. Parece un poco contradictorio mirado en términos medioambientales. También es cierto, sin embargo, que no siempre el transporte público es suficiente o lo bastante eficiente para mudamos de hábitos en el desplazamiento. Pero también pasa, a veces, que la crítica al transporte público esconde una excusa, unas muy pocas ganas de cambiar de hábitos en una cultura donde ir a todas partes con el propio vehículo es prácticamente una adicción.

La patronal andaluza de constructores se opone a los peajes en autopistas y  carreteras

Que estas vías rápidas incorporen contingentes provenientes de vías alternativas más lentas pero que tenían el atractivo de que no se pagaba tarifa puede resultar muy beneficioso en algunas zonas. En el Maresme, por ejemplo, supondrá una significativa descongestión de una Nacional II que constituía una barrera entre estas poblaciones y el mar, convirtiéndose ahora en una vía menor y de un flujo de vehículos de escala más local. Probablemente les mejorará mucho la calidad de vida. Pero no en todo el territorio será así. Canalizar el tráfico por vías rápidas que aíslen la circulación del entorno y de las poblaciones, no siempre es bueno ya que justamente el viajero ni interactúa ni ve el territorio por el que pasa. La autopista crea un sistema autista de moverse en el que sólo importa el origen y el destino. En medio, no hay territorio ni paisaje a considerar ya que sólo hace una función puramente utilitaria para el que se desplaza, aunque justamente la huella visual y física del equipamiento suele condicionar y mucho los lugares por donde discurre. Una barrera más bien fea y infranqueable. Ya sé, que a menudo cuando vamos arriba y abajo lo hacemos por utilidad y no estamos para romanticismos, pero ciertamente en el concepto antiguo de viaje, lo más relevante no era el destino sino el camino que se hacía, lo que pasaba en el trayecto que se seguía.

En el mundo que vivimos y especialmente en nuestro país, el sistema de autopistas resulta necesario, inevitable e imprescindible. Al menos hoy en día. Es la manera principal como nos desplazamos en distancias medias y la forma en que se mueven buena parte de las mercancías. El transporte colectivo resulta sólo complementario a la hora de ir por Cataluña. Está hecho y pensado de esa manera. De manera inmediata resulta positivo que tengamos una buena red de autopistas con buen mantenimiento y, además, gratuitas. La realidad, sin embargo, es también que esto obedece a un modelo de movilidad antiguo y que se contradice con las declaraciones de buenas intenciones que hacemos sobre los impactos medioambientales, la huella de carbono y sobre el futuro del planeta. Nos llenamos la boca con el concepto de sostenibilidad, pero el modelo de transporte que tenemos y agrandamos justamente no lo es de sostenible. Los departamentos de Medio Ambiente de las administraciones suelen ser un negociado aparte que intenta hacer algunas acciones para verdear a posteriori las políticas que se hacen desde Economía, Empresa o Infraestructuras. El día que nos creamos de verdad el vector ecológico, este no será un ministerio o una consejería menor sino un componente transversal, el condicionante básico, y todos los ámbitos de gobierno le quedarán subordinados. Mientras tanto, y como dice la canción italiana: parole, parole, parole 

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