Bolivia

Nada es perdurable en Latinoamérica. En pocos meses se han puesto en cuestión las diversas hegemonías políticas que se habían establecido hace unos años y que parecían duraderas. De Bolivia a Chile, de Ecuador a Perú todo cambia o al menos se tambalea, mientras las turbulencias afectan también a Argentina, a Paraguay o en Colombia. El continente se encuentra políticamente muy desestabilizado, con causalidades muy diversas y diferentes que aparte de aspectos internos y particulares de cada país, tienen que ver con los avatares de una geopolítica convulsa y, porque no decirlo, con el renovado intervencionismo de la Norteamérica de Trump en el que continúan considerando su patio trasero. Curiosamente, sólo una Venezuela en estado terminal por su régimen despótico y su empobrecimiento parece resistir, a pesar de haber obligado a escapar de la miseria cerca de un 30% de su población hacia los países del entorno.

Con la huida precipitada de Evo Morales se derrumba en Bolivia lo que parecía el más sólido de los regímenes nacional-populares que se instalaron en Latinoamérica a principios de este siglo y el retorno al poder de una de las oligarquías más rancias de todo el continente. En un país de los más pobres de Sudamérica, donde los golpes de estado militar han sido no una anomalía sino una constancia a lo largo de su historia, ha sido el ejército quien ha enseñado la puerta de salida al régimen indigenista de Evo Morales. Sólo en el último tercio del siglo pasado se pueden contar más de una decena de golpes de estado en el país. Esta vez, incluso han intentado disfrazarlo de movimiento popular y parece que ha sido la policía más que los estrictamente militares los ejecutores del pronunciamiento así como de la represión posterior hacia aquellos que se resistían a un cambio de régimen y de hegemonías hecho con las cartas tan marcadas. La autoproclamada presidenta, Jeanine Añez, con la legitimidad de poco más del 1% del electorado, afirma haber vuelto la Biblia en el palacio presidencial, simbolizando la recuperación del poder de la minoría blanca tradicionalmente dominante, de la mano de las iglesias evangélicas más reaccionarias.

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Porque la subida democrática al poder de Evo Morales en 2005, significaba el triunfo de un líder indígena y sindicalista de los cultivadores de coca, encabezando un movimiento de izquierdas que pretendía nacionalizar los abundantes recursos naturales explotados por unas élites extractivas muy vinculadas a grandes corporaciones internacionales, a fin de promover un proceso de crecimiento económico que permitiera financiar amplios programas sociales para revertir la pobreza extrema de una gran parte de la población, mucha de la cual vivía amontonada en la Paz y, sobre todo, en la impactante megalópolis tercermundista de El Alto. Contando en su equipo con uno de los intelectuales más sólidos y respetados de la izquierda latinoamericana, Álvaro García Linera, ha desarrollado políticas redistributivas, así como programas sanitarios, educativos y sociales que han reducido la pobreza en más de un 40% y han liberado un 60% de la población que vivía en las condiciones más extremas. La tasa de analfabetismo ha pasado en estos años del 13% al 3%, mientras se incorporaba la población indígena y sus lenguas en la vida oficial del país. Los resultados económicos y de mejora del bienestar general, parecen incuestionables.

Pero más allá de eso, Evo Morales, como tantos otros liderazgos fuertes del continente, no supo gestionar su sucesión y salida del poder. Empeñado, como otros, al hacer cambios constitucionales que le permitieran ser reelegido y perpetuarse en el poder, terminó por dar alas a sus potentes detractores, culminando en unas últimas elecciones donde los resultados oficiales eran, como mínimo, de veracidad dudosa. Todo esto ha sido aprovechado por las clases más acomodadas, especialmente radicadas en la rica provincia de Santa Cruz, y por la oposición política derechista bien reforzada por los intereses de las empresas transnacionales y por las interferencias de la diplomacia de Estados Unidos. Las fuerzas armadas no han hecho sino servir de brazo ejecutor. Demasiados recursos naturales para explotar, entre ellos uno de tan estratégico para la tecnología actual como es el litio, como para dejar este país en manos de modelos políticos que priorizan la redistribución económica y la emancipación de los subyugados. Vuelve a Bolivia el modelo extractivo, colonial, que tanto hizo para generar una sociedad profundamente desigual, injusta y dominada por la pobreza.

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