La perversión de la desigualdad

Si hay algo que corrompe y diluye nuestra sociedad es un crecimiento sin freno de la desigualdad económica y social. El último año, 26 personas híper ricas del mundo disponían de tanta riqueza como los 3.800 millones de individuos más pobres. Más allá de una cifra tan llamativa, hay una disparidad de condiciones, posibilidades y expectativas crecientes no sólo entre el primer y el tercer mundo, sino también en el interior de los países en que los datos agregados los sitúan dentro del mundo del bienestar. Los países occidentales -también Cataluña- han generado en su interior un cada vez más numeroso Cuarto Mundo y la gente en zona de exclusión o en peligro de caer en ella es cada vez mayor. La precariedad creciente tiene que ver con las posibilidades de consumo y de sostenimiento de los individuos, pero tiene que ver con la dignidad, especialmente cuando los niveles de renta son cada vez más extremos. La impúdica desigualdad en la que un 10% de la población posee el 85% de la riqueza mundial, y la mitad más pobre debe repartirse un 1%, crea una inestabilidad económica, social y política, que pone en jaque al sistema democrático. Reducir las desigualdades no es sólo una cuestión de rentas, es también una cuestión de respeto.

Richard Wilkinson y Kate Picket publicaron un magnífico libro en el que, combinando la sabiduría económica y el saber antropológico, evaluaron los costos de la desigualdad en forma de infelicidad colectiva. Más allá de lo estrictamente monetario, la desigualdad tiene efectos demoledores sobre una parte de la sociedad, en forma de salud, estrés y patologías diversas, así como el reforzamiento de la tendencia a la no cooperación. Las sociedades desiguales, aparte de injustas, son insanas y costosas. No es tanto el bienestar de las personas lo que cuesta dinero, sino su infelicidad. Teniendo en cuenta que la calidad de las relaciones sociales se construye sobre cimientos materiales, la escala de diferencias de la renta tiene un efecto muy poderoso en nuestra manera de relacionarnos. Ya antes de la crisis económica de 2008, se producían en el mundo occidental conductas antisociales que inducían a algunos analistas a hablar de una “sociedad rota”. Puede parecer anecdótico, pero no lo es: por primera vez en la historia, los pobres están en líneas generales más gordos que los ricos. La desigualdad se mete bajo la piel, y es una evidencia de que cuanto más desiguales, más problemas de salud, de violencia, aumenta la ansiedad, progresan las patologías psicológicas por falta de autoestima e inseguridad, se siente amenazada la identidad social de los individuos débiles, aparece la vergüenza, el orgullo herido y el miedo a perder el estatus. La desigualdad aumenta los fenómenos de ansiedad de ser socialmente valorados de forma negativa.

Resultat d'imatges de desigualdades sociales

Hay una correlación entre confianza y colaboración, y la primera desaparece con la desigualdad. Quien confía, tiende a ser más proclive a culturas comunes y compartidas. Si desaparece la confianza, disminuye no sólo el bienestar de la sociedad civil, sino la propia noción de pertenencia a una sociedad. Para los autores citados, hay unos determinantes psicosociales de la salud además de los condicionantes meramente materiales. Su formulación de a “más diferencia de renta, menos cintura”, expresa que el progreso de la obesidad y del sobrepeso en el mundo desarrollado, especialmente en Estados Unidos, tiene mucho que ver con “el efecto consuelo” de la comida, que actúa especialmente sobre aquellos que por su bajo nivel de renta se sienten socialmente excluidos, o bien en sus límites. La desigualdad también se correlacionaría con el rendimiento y las oportunidades educativas, con el recurso a la violencia como forma de expresar el orgullo herido. En definitiva, la desigualdad genera sociedades disfuncionales con costes elevados y mucha más infelicidad. La desigualdad estimula el impulso hacia el consumo, con lo cual se genera una insatisfacción colectiva que tiene un coste elevado.

Las sociedades democráticas requieren de unas condiciones mínimas de igualdad, o, dicho de otro modo, de unos niveles de desigualdad moralmente aceptables. Las tendencias económicas y sociales actuales han sobrepasado todas las líneas rojas para mantener la cohesión política y ciudadana, el consenso necesario, dentro de unos márgenes que no la hagan estallar. Cuando las desigualdades son agudas, es improbable que los ciudadanos se sientan comprometidos con las instituciones. Si los gobiernos no reparan patologías tan evidentes, ¿pueden exigir el respeto y el comportamiento cívico a los ciudadanos que las sufren?

 

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